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lunes, 16 de junio de 2008

Tema polémico: la condonación de la deuda externa

En muchas ocasiones hemos escuchado a la prole progre decir que la pobreza es culpa de las grandes potencias. Tan es así que todavía, a estas alturas del siglo XXI, algunas personas consideran que persiste una deuda de Europa para con sus excolonias por el "saqueo y robo de metales preciosos, cultivos y vírgenes", deuda que es decenas de veces mayor que la contraída por estas en favor de aquellos. De esta forma, esa gente pide a gritos que, como compensación, los países del Primer Mundo le condonen la deuda a los tercermundistas.

Evidentemente, ese reclamo no tiene fundamento alguno. ¿Por qué un europeo o un estadounidense de hoy deben pagar por las atrocidades y errores que sus antepasados cometieron hace más de 500 años? Siendo así, resulta que toda la humanidad continúa pagando porque un glotón como Adán se tragó una manzana que no debía. La gente que cree eso no se da cuenta de algo tan elemental que la responsabilidad es individual: sólo quien comete el acto debe cargar con las consecuencias. Si el culpable murió, ¡qué pena, proscribió la responsabilidad!

Algunos, ligeramente menos irracionales pero todavía muy lejos de la lucidez, solicitan más bien mayor cooperación de los países ricos hacia los pobres, que no incluya sólo el perdón de las deudas, sino la transferencia de más y más dinero. Entonces aparecen proyectos como el recordado Live 8, una especie de Woodstock moderno donde cientos de artistas piden acabar con la pobreza tratando de que el G-8 "duplique la ayuda, condone totalmente la deuda e imparta justicia comercial para África".

En el mundo rosa, donde los progres creen que todas sus sandeces pueden llevarse a la práctica y generar un final de cuento de hadas ("y vivieron felices para siempre..."), la idea del Live 8 puede sonar muy bonita pero en la realidad, tal propuesta está plagada de problemas. Para demostrarlo, vamos a realizar un breve pero conciso análisis, para el cual utilizaremos las categorías "países ricos y pobres" que sabemos que son etimológica y metodológicamente incorrectas, toda vez que lo que en realidad existen son individuos ricos y pobres. Pero por cuestiones de facilidad escrita, los reuniremos en dichas categorías para ser coherentes con el discurso progresista que estamos criticando.

A nivel conceptual, hay que desglosar que entienden los seguidores de esa idea por justicia comercial: ¿que los países ricos compren a precios mayores los productos de los tercermundistas? ¿que los países ricos vendan sus productos más baratos? Contestaremos esas preguntas para evidenciar los problemas conceptuales de quienes las hacen: si lo que se pide es que los países ricos compren a precios más caros o vendan más barato se comete el error, primero, de creer que quien compra es el país y no los individuos que habitan en él y, segundo, de que siendo los individuos quienes realizan las transacciones, ese tipo de medidas puede perjudicar severamente no sólo a los productores, sino a los consumidores y especialmente a los trabajadores en esos países primermundistas, trabajadores que, dicho sea de paso, muchas veces son migrantes de los países pobres.

Obviamente, pretender que los gobiernos de los países ricos emitan normas para que los productos que se exportan desde sus territorios se vendan más barato en el mercado internacional o para que los productos que se importan desde territorio de los países pobres se compren más caro en el mercado interno, significa que los Estados intervengan en la economía. Curiosamente, cuando uno analiza la organización político-económica de los países tercermundistas (ver Freedom House y Heritage) verá que precisamente son los lugares donde más intervención estatal en la economía existe. O sea, lo que esta gente pide es que los males de los países tercermundistas sean calcados en los países primermundistas. ¡Vaya maravillosa solicitud: mal de todos, consuelo de tontos!

Ahora, otra de las categorías del pedido progre hacia los países ricos es la condonación de la deuda. En este sentido existe una paradoja: la gente que escupe ante la inversión extranjera directa, que ataca al Banco Mundial o al Fondo Monetario Internacional es la misma que, muy luego, exige préstamos de parte de esos "buitres". Si no les prestan dinero porque no pueden pagarlo, entonces son "unas organizaciones o países del diablo, deseosas de ver a los pobres hundirse en la miseria"; si les prestan y les cobran, son unos "carroñeros, unos extorsionadores, unos usureros". Es claro que lo que desean es que se les regale (no preste) dinero. Pero ¿en qué mundo un banco o entidad financiera otorga dinero que no es suyo, sino de sus ahorrantes (o en este caso de sus tax payers) y luego no lo pide de regreso? ¿Cómo responderá a quienes depositaron el dinero? Pero además, tal regalo genera un problema ético: ¿por qué ha de regalársele a otro lo que alguien produjo?

Finalmente, el requerimiento de los progres acaba con la rimbombante exigencia de aumentar la cooperación económica internacional. Esto no significa otra cosa que solicitar a los países ricos que envíen más dinero a los países pobres para que éstos últimos salgan de su situación. Pero, como es a todas luces observable, los maravillosos progres no son asiduos científicos: no observan la evidencia para luego hacer sus apreciaciones. Esto porque un breve recorrido por la historia permite notar que, especialmente tratándose de África, la transferencia de fondos de los países primer mundistas sólo ha logrado agravar la situación: dictadores con más fondos para comprar más armas y así reprimir más a su población; gobernantes corruptos con más recursos para repartir; desórdenes institucionales y burocráticos con más dinero que desperdiciar. Y todo sin tener que rendir cuentas. ¿No es eso fantástico?

De tal forma, cuando escuchamos a alguien pedir más dinero hacia los países pobres o comercio justo y equitativo, en realidad estamos escuchando un pedido por mayor intervención del Estado en la economía. Es decir, que algunos, valiéndose del monopolio de la coerción impongan sus fines a los demás, de forma tal que unos terminemos sirviendo a otros.

Es claro que la pobreza no se acaba regalando dinero a los pobres, pues cuando lo gasten seguirán igual. Se soluciona eliminando todos los impedimentos existentes para que ellos puedan iniciar actividades productivas: barreras comerciales, cuotas, impuestos, permisos, licencias, concesiones, patentes, en fin, todas resumibles en la categoría de intervención estatal. Se elimina atrayendo mayor inversión extranjera directa, la cual significa más fuentes de trabajo y transferencia de tecnologías y procesos productivos a los cuales, de otra manera, quizá no se podría acceder.

Lo que África, América Latina, Asia, etc. ocupan es más libertad en todo el sentido de la palabra: los ejemplos históricos han demostrado que cuanto más libre es un sistema societal, los niveles de pobreza se reducen de forma más veloz.

sábado, 20 de octubre de 2007

El liberalismo NO promueve un comercio injusto


El movimiento del "comercio justo" ha tenido, y mantiene, un cierto predicamento tanto en el pensamiento de miles de jóvenes como en su vertiente más práctica, que tiene su reflejo en las tiendas que muestran productos de diversos países del mundo. Éstas se anuncian con el cartel de "comercio justo", para tranquilizar nuestras conciencias cuando compramos lo que en principio no queríamos, o podemos obtener en cualquier otro mercado a un precio mucho más barato. ¿Cuál es el sentido de este extraño fenómeno?

La idea que corre tras este movimiento es que el comercio capitalista, es decir el comercio libre, es injusto. Abandonados los agentes del mercado a sus propias fuerzas, se dice, llegamos a situaciones absolutamente injustas e insostenibles, como que un productor de patatas de un campo cercano a Lima, póngase por caso, obtiene por un kilo de su preciado producto diez céntimos de euro, mientras que el mismo cargamento se paga en un mercado de Madrid a un euro. Por tanto, el "productor" se queda sólo con el 10%, mientras que el restante 90% se lo reparten meros intermediarios; especuladores que engrosan sus carteras a costa del sufrido agricultor que saca de la tierra lo que los despreocupados consumidores occidentales nos comemos sin mayores contemplaciones.

El planteamiento no puede ser más erróneo, y basta recordar algunas obviedades para ponerlo de manifiesto. El cargamento de patatas en Lima no nos es de ninguna ayuda a los "insolidarios" consumidores europeos. Para nosotros no es un bien de consumo si no podemos acceder a él; precisamente producir significa transformar y acercar los bienes al consumo, que es el objetivo último de toda producción. Desde el punto de vista económico, las patatas en un campo de Perú y en el mercado de Madrid no son el mismo bien, precisamente porque en este último sitio están más cerca de nuestro consumo. Llamar productores sólo a agricultores e industriales y no a los comerciantes, transportistas y demás servicios que colaboran en que finalmente lleguen los bienes a nuestra disposición es un absurdo, que ha sido puesto de manifiesto desde finales del siglo XIX, por no remontarnos varios siglos atrás. El nuevo movimiento del comercio justo tiene varias décadas de atraso en el estudio de lo más sencillo de la teoría económica.

Basados en esa concepción precientífica de la economía, la solución que proponen es la de sustituir a los intermediarios del mercado por otros, que realizan el mismo servicio, pero "gratis" o con un menor coste. Si la teoría es absurda, la solución no lo es menos, porque son los que colaboran en este amaño los que pagan, con el valor de su esfuerzo y de su labor, a quienes participan en las primeras etapas del proceso productivo que acaba con las patatas en los mercados de Madrid, en el ejemplo que hemos puesto. Piénsese lo que se quiera de quienes están convencidos de la "teoría" del comercio justo y de sus capacidades, pero lo más seguro es que el valor de su trabajo estaría mejor empleado en cualquier otro uso, ya que verdaderos profesionales se dedican de lleno a competir en el mercado libre por ofrecer los mismos servicios, en la mejor calidad y al menor precio de que son capaces. El que no logra realizar el transporte, la distribución, el control de calidad, la financiación, etcétera suficientemente bien y barato es expulsado por el mercado. Por tanto, los que realizan el denominado comercio justo están realizando esos servicios de un modo más ineficiente, lo que en parte se compensa con la entrega del valor que de todos modos aportan.

De hecho, una mera aproximación a la historia económica nos enseña que el proceso de rivalidad, de competencia, de búsqueda de oportunidades de beneficio que es característico del mercado libre ha logrado reducir secularmente los costes de transporte y de distribución de bienes. Cada participante en el mercado sabe que si realiza su labor de un modo más eficaz o a un menor coste, puede obtener un mayor beneficio y desplazar al resto de los competidores, que desde luego no se quedan atrás. Echar por la borda al fenómeno que ha permitido y que fomenta la reducción de los costes en el transporte y distribución de bienes en nombre precisamente de esos costes es un disparate mayúsculo, y no es propio de quien reflexione mínimamente sobre el caso.

No obstante, las reflexiones que se pueden hacer sobre el asunto van más allá. Puesto que el denominado "comercio justo", que hemos descrito, sí que es insostenible y resulta ineficiente, el resultado es que los "justos comerciantes" se ven obligados a subir el precio por encima de lo que uno puede encontrar en cualquier otro punto del mercado, como se puede comprobar con facilidad. Eso sí, se promete a los compradores que el sobreprecio se paga en aras de una buena causa, que es que el primer productor reciba una mayor renta. Pero en realidad no tenemos ninguna constancia de ello. No sabemos si lo que estamos pagando de más va a parar al esforzado agricultor limeño o si el vendedor interpretará la justicia del comercio de un modo más particular.

Por último hay que añadir un par de apreciaciones más. El verdadero comercio justo es el comercio libre, el que se desarrolla por el acuerdo voluntario de las partes, mientras que el que sí cabe calificar de injusto es precisamente el que se lleva a cabo bajo la coacción de una de las partes o de un tercero. Si elimináramos el comercio internacional, que parece ser el objetivo no declarado de quienes participan de esta idea absurda, el labrador peruano de nuestra historia, en vez de cobrar los 10 céntimos por kilo de patatas que recibe como compensación de destinar su producto a la red mundial del comercio (el denostado capitalismo global), se tendría que conformar con los 3 ó 5 céntimos que le puede ofrecer su mercado local. Es él el primer interesado en abrazar los beneficios del libre mercado, con el que quieren acabar quienes utilizan de modo espurio el término justo, para aplicarlo a un amaño mal concebido y seguramente peor realizado.

José Carlos Rodríguez, tomado de www.liberalismo.org