En muchas ocasiones hemos escuchado a la prole progre decir que la pobreza es culpa de las grandes potencias. Tan es así que todavía, a estas alturas del siglo XXI, algunas personas consideran que persiste una deuda de Europa para con sus excolonias por el "saqueo y robo de metales preciosos, cultivos y vírgenes", deuda que es decenas de veces mayor que la contraída por estas en favor de aquellos. De esta forma, esa gente pide a gritos que, como compensación, los países del Primer Mundo le condonen la deuda a los tercermundistas.Evidentemente, ese reclamo no tiene fundamento alguno. ¿Por qué un europeo o un estadounidense de hoy deben pagar por las atrocidades y errores que sus antepasados cometieron hace más de 500 años? Siendo así, resulta que toda la humanidad continúa pagando porque un glotón como Adán se tragó una manzana que no debía. La gente que cree eso no se da cuenta de algo tan elemental que la responsabilidad es individual: sólo quien comete el acto debe cargar con las consecuencias. Si el culpable murió, ¡qué pena, proscribió la responsabilidad!
Algunos, ligeramente menos irracionales pero todavía muy lejos de la lucidez, solicitan más bien mayor cooperación de los países ricos hacia los pobres, que no incluya sólo el perdón de las deudas, sino la transferencia de más y más dinero. Entonces aparecen proyectos como el recordado Live 8, una especie de Woodstock moderno donde cientos de artistas piden acabar con la pobreza tratando de que el G-8 "duplique la ayuda, condone totalmente la deuda e imparta justicia comercial para África".
En el mundo rosa, donde los progres creen que todas sus sandeces pueden llevarse a la práctica y generar un final de cuento de hadas ("y vivieron felices para siempre..."), la idea del Live 8 puede sonar muy bonita pero en la realidad, tal propuesta está plagada de problemas. Para demostrarlo, vamos a realizar un breve pero conciso análisis, para el cual utilizaremos las categorías "países ricos y pobres" que sabemos que son etimológica y metodológicamente incorrectas, toda vez que lo que en realidad existen son individuos ricos y pobres. Pero por cuestiones de facilidad escrita, los reuniremos en dichas categorías para ser coherentes con el discurso progresista que estamos criticando.
A nivel conceptual, hay que desglosar que entienden los seguidores de esa idea por justicia comercial: ¿que los países ricos compren a precios mayores los productos de los tercermundistas? ¿que los países ricos vendan sus productos más baratos? Contestaremos esas preguntas para evidenciar los problemas conceptuales de quienes las hacen: si lo que se pide es que los países ricos compren a precios más caros o vendan más barato se comete el error, primero, de creer que quien compra es el país y no los individuos que habitan en él y, segundo, de que siendo los individuos quienes realizan las transacciones, ese tipo de medidas puede perjudicar severamente no sólo a los productores, sino a los consumidores y especialmente a los trabajadores en esos países primermundistas, trabajadores que, dicho sea de paso, muchas veces son migrantes de los países pobres.
Obviamente, pretender que los gobiernos de los países ricos emitan normas para que los productos que se exportan desde sus territorios se vendan más barato en el mercado internacional o para que los productos que se importan desde territorio de los países pobres se compren más caro en el mercado interno, significa que los Estados intervengan en la economía. Curiosamente, cuando uno analiza la organización político-económica de los países tercermundistas (ver Freedom House y Heritage) verá que precisamente son los lugares donde más intervención estatal en la economía existe. O sea, lo que esta gente pide es que los males de los países tercermundistas sean calcados en los países primermundistas. ¡Vaya maravillosa solicitud: mal de todos, consuelo de tontos!
Ahora, otra de las categorías del pedido progre hacia los países ricos es la condonación de la deuda. En este sentido existe una paradoja: la gente que escupe ante la inversión extranjera directa, que ataca al Banco Mundial o al Fondo Monetario Internacional es la misma que, muy luego, exige préstamos de parte de esos "buitres". Si no les prestan dinero porque no pueden pagarlo, entonces son "unas organizaciones o países del diablo, deseosas de ver a los pobres hundirse en la miseria"; si les prestan y les cobran, son unos "carroñeros, unos extorsionadores, unos usureros". Es claro que lo que desean es que se les regale (no preste) dinero. Pero ¿en qué mundo un banco o entidad financiera otorga dinero que no es suyo, sino de sus ahorrantes (o en este caso de sus tax payers) y luego no lo pide de regreso? ¿Cómo responderá a quienes depositaron el dinero? Pero además, tal regalo genera un problema ético: ¿por qué ha de regalársele a otro lo que alguien produjo?
Finalmente, el requerimiento de los progres acaba con la rimbombante exigencia de aumentar la cooperación económica internacional. Esto no significa otra cosa que solicitar a los países ricos que envíen más dinero a los países pobres para que éstos últimos salgan de su situación. Pero, como es a todas luces observable, los maravillosos progres no son asiduos científicos: no observan la evidencia para luego hacer sus apreciaciones. Esto porque un breve recorrido por la historia permite notar que, especialmente tratándose de África, la transferencia de fondos de los países primer mundistas sólo ha logrado agravar la situación: dictadores con más fondos para comprar más armas y así reprimir más a su población; gobernantes corruptos con más recursos para repartir; desórdenes institucionales y burocráticos con más dinero que desperdiciar. Y todo sin tener que rendir cuentas. ¿No es eso fantástico?
De tal forma, cuando escuchamos a alguien pedir más dinero hacia los países pobres o comercio justo y equitativo, en realidad estamos escuchando un pedido por mayor intervención del Estado en la economía. Es decir, que algunos, valiéndose del monopolio de la coerción impongan sus fines a los demás, de forma tal que unos terminemos sirviendo a otros.
Es claro que la pobreza no se acaba regalando dinero a los pobres, pues cuando lo gasten seguirán igual. Se soluciona eliminando todos los impedimentos existentes para que ellos puedan iniciar actividades productivas: barreras comerciales, cuotas, impuestos, permisos, licencias, concesiones, patentes, en fin, todas resumibles en la categoría de intervención estatal. Se elimina atrayendo mayor inversión extranjera directa, la cual significa más fuentes de trabajo y transferencia de tecnologías y procesos productivos a los cuales, de otra manera, quizá no se podría acceder.
Lo que África, América Latina, Asia, etc. ocupan es más libertad en todo el sentido de la palabra: los ejemplos históricos han demostrado que cuanto más libre es un sistema societal, los niveles de pobreza se reducen de forma más veloz.
