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lunes, 15 de agosto de 2011

Tema Polémico: Indignados contra...¿?


Es innegable el legítimo derecho del ser humano a manifestarse ante lo que considera injusto. Este es, de hecho, un elemento fundamental de las democracias, al punto que no podríamos considerar una que acalle la voz de quienes sienten cómo sus legítimas aspiraciones se ven afectadas. Sin embargo, en los últimos meses hemos presenciado en diversas partes del planeta manifestaciones que banalizan este derecho.

En ASOJOD queremos llamar a reflexionar sobre el verdadero valor del derecho a manifestarse y su utilidad, como recurso ante las verdaderas injusticias, además del peligro y las contradicciones que se esconden detrás de algunas de estas expresiones.

Para ser claros, el derecho que estamos defendiendo –y sobre el cual queremos llamar la atención- es aquel que utiliza los mecanismos institucionales que brinda la democracia para manifestarse, y que constituye la vida misma de todo régimen democrático. No podríamos tolerar, por su puesto, aquellas manifestaciones contra la democracia misma, pues su naturaleza pone en peligro la propia supervivencia del sistema.

La reflexión surge a partir de las manifestaciones de los llamados Indignados de España, que nacen como corolario de la revolución de los Jazmines, con la clara diferencia de que estos últimos combaten en países al mando de tiranos, mientras que en Occidente las manifestaciones se enmarcan dentro de regimenes democráticos.

La consideración no escapa a nuestro interés inmediato, pues aunque los acontecimientos que se viven en España, Inglaterra, Chile e Israel se dan a miles de kilómetros de distancia, las consecuencias podemos apreciarlas en casos como la reciente huelga de trabajadores de la Caja Costarricense del Seguro Social, por citar sólo un caso.

Y es que no podemos dejar de lado las claras contradicciones que encierran este tipo de acciones colectivas, cuando los manifestantes exigen empleo, pero sus ataques se dirigen contra el sistema financiero y empresarial generador de empleo; cuando se indignan contra los políticos y la política en general, pero sus demandas colectivistas se encaminan a pedir mayores prerrogativas a los políticos; cuando exigen transparencia y democracia genuina, pero ellos mismos critican a los representantes que votaron, o peor aún, ni siquiera votaron.

“No nos representan”, gritan en España, pero son los que gritan –y los que no-, quienes llevaron a los representantes hasta donde están. Estas mismas contradicciones las podemos encontrar una y otra vez en nuestro país. Cuántos costarricenses que hoy critican las condiciones en que vivimos votaron por el partido en el gobierno.

Indignarse más parece un esnobismo que se expande al ritmo de las redes sociales. El último grito de la moda progresista es indignarse, y luego, preguntar por las razones de la indignación. Si alguien creé exagerada esta apreciación debería ingresar al grupo en Facebook Indignadxs Costa Rica para corroborar lo aquí dicho.

Pero no debemos reflexionar únicamente sobre la banalización del derecho a manifestarse, y los peligros que acarrea semejante libertad, sino también, sobre la eficacia de este instrumento, como mecanismo para llamar la atención y lograr objetivos sociales.

Ya en 1965 Mancur Olson, en su libro La Lógica de la Acción había señalado la naturaleza ineficiente de las manifestaciones dentro de los grupos numerosos, los cuales resultan menos eficientes en términos de organización y movilización que los grupos pequeños.

La cuestión no es menos relevante, pues si nos preguntamos cuál fue la última movilización social en Costa Rica que alcanzó el 100% de sus demandas deberíamos retroceder hasta el año 2000, cuando las organizaciones sociales lograron detener denominado “COMBO DEL ICE” que intentaba privatizar la prestación de los servicios la electricidad y las telecomunicaciones. Muchas manifestaciones han pasado en poco más de 11 años desde entonces, y ninguna ha logrado alcanzar la totalidad de sus peticiones.

¿Podríamos decir que este es un mecanismo eficiente? La respuesta es un categórico No.

Ni los grupos en contra del TLC, ni los estudiantes universitarios que pedían un aumento del presupuesto del FEES, ni los porteadores, ni los grupos indígenas, ni los trabajadores de la Caja, ninguno de estos grupos han alcanzado la integridad de los objetivos perseguidos.

Es por estas razones que consideramos que el derecho a la protesta debe ser accionado como ultima instancia, en casos que lo ameriten. Convocar a la protesta sin antes agotar los mecanismos que la propia democracia nos otorga es banalizar el derecho a la desobediencia. Lamentablemente hoy el derecho a manifestarse se encuentra corrompido, desgastado y degradado por los aficionados a la queja.

lunes, 17 de mayo de 2010

Tema polémico: la institucionalización de la violencia en las protestas


Para este Tema polémico queremos abordar un problema que se ha vuelto costumbre en nuestro país: la institucionalización de la violencia en las protestas. Para ello, deseamos retomar los dos casos más recientes, presentados en menos de una semana: la revuelta de manifestantes en el Traspaso de Poderes del sábado pasado y la protesta de estudiantes del colegio Vargas Calvo por el uso de pantalones ajustados.

Ambos hechos no son cosa aislada en la realidad costarricense, sino que son una manifestación de algo verdaderamente problemático: la institucionalización de la violencia en las protestas. Ya sea una manifestación por la "autonomía universitaria", o por la concesión de los muelles de Limón, o por la riña taxistas-porteadores, o por el medio ambiente, o por la aprobación de un Tratado Comercial, las manifestaciones en nuestro país tienen algo en común y es que los participantes están yendo más allá del derecho a la libre expresión para violentar sistemáticamente los derechos de los demás ciudadanos, entre ellos, el libre tránsito y la propiedad privada.

En ASOJOD no sólo repudiamos estos actos sino que ya estamos cansados de ver que por cualquier cosa, especialmente si es algo tan ridículo como pantalones ajustados, cientos de personas -especialmente estudiantes colegiales o universitarios- recurran a la violencia para resolver problemas o exponer su oposición a alguna medida. Lo peor del caso es que ellos forman parte de una ciudadanía que ya ve como recursos legítimos y válidos, la violencia y la agresión, hasta el punto de celebrar, cual efeméride, eventos tan lamentables como el 24 de abril de 1970, fecha en que se llevó a cabo una de las más violentas protestas en Costa Rica: las protestas estudiantiles contra ALCOA, que no lograron su cometido pues siempre se pudo llevar a cabo la explotación de aluminio, aunque sí consiguió demostrar que la destrucción de vehículos, la agresión contra otros ciudadanos, la ruptura de vidrios, el grafitti y la intimidación, pueden usarse para cualquier cosa.

Estamos ante una cultura realmente peligrosa, por cuanto que cada vez que surge un problema, los costarricenses están recurriendo a manifestaciones violentas, bloqueos, tortuguismo y destrucción, en fin, a todo un cúmulo de irracionalidades, en lugar de acudir a las vías institucionales correspondientes para exponer su oposición. Justamente, el caso de los estudiantes del Liceo Vargas Calvo refleja lo absurdo de la mentalidad de muchos manifestantes, que primero causan daños y estragos y después de todo el problema, dicen que buscarán el diálogo para evitar la violencia. O sea, primero tiran piedras y lastiman personas y después pretenden sentarse a conversar, cuando debieron haber actuado alrevés. ¿Por qué se saltan las vías apropiadas, cuando existen? Si son lentas o no dan resultados eficacez, ¿por qué no trabajar para mejorarlas en lugar de destruir todo lo que se encuentran a su paso? ¿Por qué no comportarse como gente civilizada, conciente de que gracias al pago de impuestos de todos los ciudadanos están cursando estudios en instituciones públicas y que no deben morder a la mano que les da de comer.

Lamentablemente, los jóvenes de hoy nos están demostrando cómo serán en el mañana. Cuando lleguen a las universidades, muchos de ellos querrán recurrir a la violencia como recurso para solucionar problemas. Y cuando traten de ser detenidos por las autoridades para reestablecer el orden, serán los mismos que se victimizarán como si estuvieran reprimiendo una manifestación pacífica; serán los mismos que dirán que vivimos en una dictadura que no tolera la libertad de expresión y serán los mismos que pretenden que los demás individuos sacrifiquemos nuestros derechos para que ellos puedan destruir con toda tranquilidad lo que se les antoje.

El problema es serio y requiere medidas serias. Más que la detención de estos revoltosos y un castigo ejemplarizante, se necesita que los individuos tomemos conciencia del despeñadero moral al que nos dirigimos y tomemos decisiones para evitarlo.









domingo, 10 de junio de 2007

El desorden producido en el Ministerio de Educación Pública en cuanto a nombramientos de cara al curso lectivo 2007 ha sido el aliciente para que docentes y estudiantes actúen de manera inapropiada. Primero fue la revuelta en el Liceo Roberto Gamboa, producto de un aparente mal trato del director hacia los docentes y estudiantes, luego los lanzamientos de piedras por parte de los alumnos del Liceo de Costa Rica como respuesta a un supuesto ataque que habían recibido de parte de los estudiantes del Colegio México.

La razón de que estos casos se den es que, al estar el MEP presionado por los órganos de control político, por la prensa, por los mismos docentes y estudiantes y por la opinión pública en general, entonces debe dedicar todos sus esfuerzos y personal para subsanar los errores cometidos en nombramientos, lo cual le quita recursos (temporales, humanos y económicos) para poder implementar medidas de castigo a los que trasgreden las normas. Así, los docentes y estudiantes involucrados en actos reprochables consideran que quedarán impunes pues saben que el Ministerio no puede realizar las investigaciones correspondientes en este momento.

Por ello, es muy necesario poner fin a este desorden, pues se trata del futuro de nuestros jóvenes, ya que en situaciones así, muchos de ellos deciden desertar del sistema educativo, convirtiéndose algunos en delincuentes o personas que no aportan cosas positivas a la sociedad