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jueves, 30 de abril de 2009

Obama choca con los Castro


El presidente Obama eliminó algunas restricciones que impedían que los cubanos viajaran frecuentemente a la isla o que les remitieran dinero a sus familiares. Fue un gesto inteligente. Una oportuna rama de olivo que había prometido durante la campaña que lo llevó a la Casa Blanca. Lo hizo en vísperas de su viaje a la Cumbre Americana de Trinidad y Tobago. Casi simultáneamente declaró a CNN que esperaba que el gobierno cubano pusiera en libertad a los presos políticos y respetara los derechos humanos, mientras publicaba un texto, ampliamente divulgado, en el que mencionaba el marco político adecuado para recibir plenamente a Cuba en la familia americana: la Carta Democrática firmada en Lima por los 34 gobiernos miembros de la OEA, precisamente el 11 de septiembre de 2001, mientras ardían las torres gemelas.

Raúl Castro, desencantado y desencajado, reaccionó de una manera previsible: ''más de lo mismo''. En ese momento estaba en Venezuela convocado por Chávez para agitar en el circo del ALBA, una familia excéntrica de países amantes del colectivismo y enemigos de la democracia representativa y del sentido común que se reúnen de vez en cuando bajo la carpa del ''socialismo del siglo XXI'' para jugar al antiamericanismo y practicar otras formas curiosas de la bobería. No muy lejos de Venezuela, en Haití, Hillary Clinton, la secretaria de Estado, había dicho algo muy similar: ahora le tocaba a Cuba responder a la buena voluntad del gobierno de Obama con una señal de cambio. Para La Habana aparentemente era algo muy fácil: si Estados Unidos facilita la entrada de los cubanos a la isla, ¿por qué Cuba no hace lo mismo y propicia que sus ciudadanos puedan entrar y salir libremente del país, como sucede en casi todo el planeta?

Raúl Castro tenía razón. Lo que Obama está planteando con relación a la isla es muy parecido a lo que han dicho antes que él otros diez presidentes norteamericanos (y lo que sostiene la Unión Europea, al menos desde que en 1996 los países miembros concretaron una posición común a instancias de España): Estados Unidos está dispuesto a entablar relaciones enteramente normales con Cuba, pero sólo si su gobierno evoluciona en dirección de la apertura política y el respeto por los derechos humanos y las libertades civiles. Washington, en suma, propugna un cambio de régimen en el país vecino. No está dispuesto a aceptar como ''normal'' y permanente esa dictadura comunista calcada del viejo y desacreditado modelo soviético, prácticamente ya desaparecido en todo el mundo. Obama, como sus antecesores, no admite la coartada de la ''soberanía''. Cuba debe cambiar.

¿Por qué esa insistencia? ¿Por qué Estados Unidos no puede convivir armónicamente con una satrapía comunista de la misma manera que en el pasado lo hizo con las dictaduras de Trujillo o Somoza? Las razones fundamentales son tres:

  • Porque Estados Unidos, tras un siglo de fracasos, al fin comprendió que era un cínico error mantener buenas relaciones con las tiranías en un continente supuestamente comprometido con las libertades, como se acredita en la Carta Democrática de la OEA. ¿No criticaban a Estados Unidos por tener vínculos amistosos con las dictaduras latinoamericanas?

  • Porque el caso cubano tiene un claro componente de política interna norteamericana. El 25% de la población cubana, unos tres millones de personas (nacidos en Cuba o descendientes directos de cubanos), vive en Estados Unidos y se refleja vigorosamente en la estructura social y política del país. Hay dos senadores, cuatro congresistas federales, y numerosos funcionarios y cuadros intermedios dentro de la estructura de poder norteamericana. Los intereses mayoritarios de la etnia cubana, o su relativo peso electoral, como sucede con los judíos americanos con relación a Israel, o con los afroamericanos cuando se formula la política hacia Africa, hay que tomarlos en cuenta.

  • Porque a Estados Unidos, finalmente, lo que le conviene es que en Cuba se instale una democracia sosegada y estable, como la costarricense, para mantener buenas relaciones políticas con la isla, dotada de un sistema económico productivo, de manera que los cubanos no continúen emigrando en masa hacia los Estados Unidos. Y nada de eso se puede conseguir si en La Habana continúa enquistada la vieja e incompetente oligarquía comunista que tomó el poder hace medio siglo y ha sido incapaz de evolucionar bajo el peso de la experiencia, lo que hace que el régimen actual, aunque fuerte en apariencia, sea siempre precario y provisional. Sabíamos que en el comunismo dinástico, tras Fidel le tocaba el turno a Raúl, pero ¿qué o quiénes vienen tras Raúl?

Obama ha tomado la posición correcta. Hacer concesiones sin esperar algo a cambio hubiera sido un error. Habría sido como decirles a los demócratas de la oposición y al inmenso (aunque escondido) sector de los reformistas, que no era necesario que el país abandonara el fracasado sistema comunista porque a nadie le importa el destino de los cubanos. A Obama y a su administración sí les importan.

Carlos Alberto Montaner

miércoles, 11 de marzo de 2009

Raúl o el arte de decapitar adversarios


En los años noventa se decía que el médico Carlos Lage haría la transición en Cuba. El primer vicepresidente era un hombre tranquilo y amable, situado en medio de una tribu usualmente frenética, aquejada de un machismo siempre a punto de convertirse en orquitis. Se lo escuché a Carlos Salinas de Gortari, cuando era presidente, y a otra media docena de cancilleres y jefes de Estado: ''Lage es el futuro''. Entonces, desaparecida la URSS, el comunismo cubano se tambaleaba. Parece que Lage, en privado, cuando conversaba con los políticos extranjeros, coqueteaba con las ideas democráticas y se vendía como el Adolfo Suárez caribeño.

Iniciado el siglo XXI el papel de delfín comenzó a desempeñarlo el canciller Felipe Pérez Roque, un ingeniero que (como Lage) procedía del entorno de Fidel Castro. Había sido una especie de primer asistente del comandante en jefe, así que cuando el canciller Roberto Robaina fue expulsado de su cargo, el propio Fidel lo impuso como sustituto porque ''era la persona que mejor interpretaba su pensamiento''. En diciembre de 2005 fue la apoteosis de Pérez Roque: dio una conferencia magistral en el parlamento y todo el mundo, incluido el Financial Times, lo declaró heredero al trono. En aquel momento tenía fama de ''talibán'' duro e inflexible.

A los pocos meses, en julio de 2006, Fidel Castro se enfermó y tuvo que abandonar el gobierno precipitadamente. Con la llegada de Raúl a la presidencia, tanto Lage como Pérez Roque fueron discretamente marginados. Los dos eran cuadros elegidos por Fidel para una hipotética sucesión política, pero Raúl no confiaba en ellos y tenía su propia idea de cómo y con quiénes organizar la reforma económica y la transmisión de la autoridad, de manera que siguió el mismo sibilino patrón de comportamiento utilizado contra el general Ochoa en 1989: le encargó al general Abelardo Colomé Ibarra, su hermano del alma y poderosísimo ministro del Interior, que armara un buen expediente acusatorio para poder sacarlos del juego fulminantemente, junto al resto de los funcionarios incómodos a los que deseaba eliminar.

Y eso es lo que ha sucedido: el formidable aparato de espionaje cubano ha acumulado pruebas de pequeñas corruptelas, de nepotismo continuado, de negligencias, del comportamiento contrarrevolucionario de algunos familiares, de ambiciones personales y (lo más grave) de transmitir a los políticos y visitantes extranjeros unas falsas expectativas con relación a los supuestos cambios políticos. Pérez Roque, que había sido un talibán en los primeros tiempos, a los ojos de muchos políticos y diplomáticos extranjeros se había transformado en un ''reformista'', como creía el canciller español Miguel Angel Moratinos, hombre empedernidamente propenso a equivocarse, que apostaba por él para la transición, más o menos como el anterior ministro español de Asuntos Exteriores, Abel Matutes, llegó a manifestar que el ''hombre del cambio'' sería Roberto Robaina, dato utilizado en su momento por ''el aparato'' para hundirlo definitivamente.

Una vez debidamente ''empaquetados'', con los voluminosos informes de los servicios de inteligencia sobre la mesa, Raúl Castro, experto en el arte de decapitar adversarios, dio inicio a su metódica labor de verdugo: convenció fácilmente a Fidel de la deslealtad esencial de los sujetos, convocó al Buró Político, enfrentó a los acusados con las pruebas de su comportamiento ''inmoral y miserable'', los destrozó emocionalmente, advirtiéndoles que lo hecho bordeaba la traición, por lo que merecerían ser ejecutados si la revolución no fuera tan generosa, y preparó las condiciones para el anuncio público, aunque en esta oportunidad tuvo que realizar un trámite engorroso, pero inexcusable: fue necesario explicarle al tontuelo de Hugo Chávez lo que iba a suceder, dado que los dos, Lage y Pérez Roque, eran sus interlocutores favoritos, y no podía sorprenderlo con su eliminación. Por muy insufrible que sea el venezolano, es el hombre que les da de comer y hay que cuidarlo como a papagayo fino.


Con estos y otros personajes fuera de combate (incluido Fernando Remírez de Estenoz, otra esperanza blanca de las cancillerías democráticas liquidada en la purga), Raúl siente que se ha despejado el camino al Sexto Congreso del Partido, convocado para el próximo otoño, al que llegará con todos sus hombres de confianza colocados en las posiciones clave, de manera que nada pueda escapar a su control.

Mientras tanto, cunde el total desaliento en las filas revolucionarias y se disipa cualquier ilusión de cambio. Silvio Rodríguez se va a vivir a la Argentina, donde no hay unicornios azules (los peronistas se los hubieran comido), Pablo Milanés arraiga definitivamente en Galicia, y los hijos y nietos de la nomenclatura se marchan sigilosamente a cualquier sitio en el que exista el sueño de una vida mejor. En Cuba ya se sabe que eso es imposible.

Carlos Alberto Montaner

martes, 17 de junio de 2008

Cuba: Gracias a la revolución...


Al principio no veía ni entendía nada y por eso era fácil que la palabrería oficialista del gobierno cubano y sus mas acérrimos detractores de la lógica me engañaran.
Y el engaño me lo dio la revolución, no por la que mis abuelos lucharon, sino la que impusieron los hermanos Castro.

Es por eso que hoy, gracias a la revolución, tuve que intentar salir de cuba en una balsa por que sentía que aquí no se respetaban mis derechos. Por la revolución cuando fui devuelto por los guardacostas estadounidenses y pise suelo cubano fui decretado no confiable, quedando así, por siempre relegado.

Gracias a la revolución, mi vida, mi juventud y mis sueños se van muriendo, mis pertenencias por uso sin reposición se van deteriorando, gracias a la revolución no puedo trabajar pues simplemente no soy confiable, según dicen los si confiables, los de la policía, los del departamento de la seguridad del estado, esos que se cansan de mentir y nadie puede cuestionarlos.

Por la revolución existen dos monedas en mi país, la moneda nacional y la libremente convertible. Una para mi y la otra para los jefes de estado y de gobierno, pero gracias a la revolución con la mía nada puedo comprar, pues no me sirve en las tiendas de ropa y artículos de primera necesidad.

En la revolución de dos lideres, un único partido y una sola y única política permitida otros jóvenes como yo se ahogan en el estrecho de la Florida o perecen bajo dudosas circunstancias. Así fue cuando lanchas guardacostas de esta invicta y humanitaria revolución de dos un triste 13 de julio de 1994 hundió a otra embarcación con niños y jóvenes que solo querían vivir como seres humanos.

Gracias a la revolución las cárceles están llenas de jóvenes no confiables como yo, existen casi 300 presos políticos, pero hay mujeres que luchan y eso es bueno, por que esas no son de esa revolución. Mujeres que por ser madres y esposas de personas que sufren. A cualquier hombre se le aprieta el pecho de emoción por ellas porque, gracias a la revolución, y como en el 1956 Fidel castro lo dijo, en un país sin justicia los hombres y mujeres jóvenes estarán siempre muertos o presos.

Gracias a la revolución hubo un mariel por los años 80—gran emigración de cubanos—con gritos de “¡fuera la gusanera!” (epíteto para los que deciden irse de la isla). Después, gracias a la revolución, esos que repudiaron a los “marielitos” de Cuba forzosamente, esos que gritaron “¡fuera!” entraron a la sección de intereses de EE.UU. en la Habana a pedir visas.

A mi no me crean, después de todo según ellos nunca tendré razón, al fin y al cabo solo soy un apatria, un mercenario sin dinero. Para ellos, los confiables, solo soy un contrarrevolucionario y por si eso no era suficiente, amigo de la mafia anticubana y terrorista de Miami—honor que me hacen. Según ellos de quienes yo considero esos hermanos exiliados que luchan por la libertad de Cuba allá en el exilio en el país del susto para la dictadura Fidelista y Raulista.

En fin, a la revolución le debemos mucho, gracias a la revolución.


Álvaro Yero Felipe

jueves, 10 de abril de 2008

Cinco razones por las que Raúl Castro fracasará


Raúl Castro va a fracasar como gobernante. Cuando heredó la presidencia de Cuba se proponía tres tareas. Primero, mantener el poder. Segundo, mejorar sustancialmente las condiciones de vida de los cubanos. Tercero, fortalecer la institucionalidad vigente en el país para asegurar la transmisión futura de la autoridad sin sobresaltos, especialmente cuando él y Fidel hayan muerto.

Los tres propósitos estaban firmemente entrelazados, aunque el último es el verdaderamente importante. Para mantener el poder a largo plazo era indispensable aliviar la miseria que padecen los cubanos, fenómeno que, en su momento, aumentaría la legitimidad del partido comunista y facilitaría la renovación permanente de la clase dirigente. Raúl sabe que él y su hermano están por encima de las instituciones y tienen suficiente capacidad de intimidación como para gobernar sin consenso, pero ese poder no es transmisible.

Son cinco, por lo menos, las razones que conspiran contra el éxito de Raúl:

  • El veto permanente de su hermano a cualquier medida aperturista. Acaba de suceder en La Habana. Convocaron a una reunión para anunciar algunas leves disposiciones que facilitaban los viajes al exterior de los cubanos y Fidel no quiso admitirlas. El es una persona muy cautelosa, totalmente paranoica. Está convencido de que cualquier cambio pone en peligro la estabilidad del régimen. Fidel no ignora que el sistema es un desastre, pero es su desastre. Es su obra y quiere preservarla. En lo que decide morirse, su último y más triste papel sobre la tierra será sabotear cualquier medida de gobierno sensata que el país necesite.
  • Granma, el diario del partido comunista, acaba de publicar, sorprendido, que el 19% de los cubanos no trabaja aunque les ofrezcan un empleo. Incluso, han explicado las razones: les pagan muy poco y en una moneda inservible. Se han dado cuenta de que es mejor morirse de hambre sin trabajar que morirse de hambre trabajando.
  • Raúl comprende la importancia de los estímulos materiales para motivar la laboriosidad de las personas, pero no puede satisfacer esas necesidades porque el sistema es intrínsecamente improductivo. Mientras no haya competencia real, propiedad privada e instituciones hospitalarias con la creatividad individual (inevitablemente conducentes a la desigualdad), no aumentará la producción de manera significativa. Si realmente quisiera entender por qué Cuba es un país miserable y cómo pudiera dejar de serlo, todo lo que tiene que hacer es observar la realidad coreana. Los del norte padecen un sistema como el que él y su hermano preconizan. Los del sur gozan de una economía libre como la que él y su hermano detestan.
  • Durante casi medio siglo Raúl Castro dirigió el ejército con cierta habilidad y su instinto será tratar de manejar al país por los mismos métodos. Fracasará. Un ejército es una estructura vertical de ordeno y mando fundada en la obediencia ciega y en la repetición monótona de formas petrificadas de hacer las cosas. Una sociedad moderna, innovadora y productiva, sin embargo, está basada en el tanteo y error, en el cambio permanente, en la constante renovación de las élites dirigentes y en la aparición espontánea de nuevas formas de agrupación. Los ejércitos están concebidos para matar y morir eficientemente. El aparato productivo de una sociedad y el ámbito público en que éste se cobija tienen una función totalmente diferente: crear riqueza y generar el espacio institucional adecuado para que los individuos persigan sus propios fines.
  • Una sociedad no puede permanecer de espaldas al entorno histórico en el que vive. Cuba no puede ser permanentemente la excepción anacrónica de un universo comunista que se desmoronó en sólo tres años a partir de que los alemanes derribaran el muro de Berlín. Los jóvenes cubanos de la década de los sesenta vivieron la (equivocada) ilusión de que construían el mundo del mañana. Los jóvenes cubanos del siglo XXI viven, con horror, la pesadilla de ser los últimos representantes del pasado, los fantasmagóricos sobrevivientes y guardianes de un universo que se hundió por su incompetencia y crueldad.

Seguimos sin saber cuándo Cuba comenzará su viraje hacia la normalidad —pluralismo político, democracia, libertades, derechos humanos, modelo económico racional, relaciones cordiales con sus vecinos, atmósfera sosegada—, pero nadie debe tener la menor duda de que ésa es la única dirección en la que puede moverse el país. Raúl puede favorecer el trayecto o puede entorpecerlo. Pero no está en su mano evitarlo de manera permanente.


Carlos Alberto Montaner