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martes, 10 de octubre de 2017

La columna de Carlos Federico Smith: lo bueno y lo malo de las ideologías

He llegado a darme cuenta de que mucha gente, en un intercambio de opiniones, suele argumentar algo como esto: “el problema es que usted lo que dice es simplemente por razones ideológicas” o, más concretamente, escriben esto otro, presuntamente como forma de descalificar mi argumento: “usted, por razones ideológicas o de otro tipo, se empeñan (sic) en ensuciar lo hecho hasta ahora” por el gobierno.
 
Me interesa reflexionar un poco en torno al supuesto papel negativo que tiene una ideología -la que sea- al formularse críticas o argumentos acerca de una posición sobre alguna cosa. Como es usual, lo primero que hago es tratar de entender qué es una ideología y acudo a un buen diccionario, el de la Real Academia Española de la Lengua. Éste, si bien no tiene la profundidad analítica de un texto técnico especializado en política o filosofía, expone el uso sencillo, frecuente y común, que se hace de un término. En su definición aparecen dos acepciones, una de ellas, referente a una doctrina “que a finales del siglo XVIII y principios de XIX, tuvo por objeto el estudio de las ideas”, significado que no es relevante para mi objetivo, el cual más bien lo satisface la primera acepción que señala el diccionario, y que les transcribo:
 
“Conjunto de ideas fundamentales que caracteriza el pensamiento de una persona, colectividad o época, de un movimiento cultural, religioso o político, etc.”
 
Me parece que todo ser humano posee “ese conjunto de ideas fundamentales”, en la mayor diversidad que uno se puede imaginar y que le permite a la persona que contemple los hechos que observa y sobre los cuales medita, tomando ese conjunto de ideas esenciales como referencia. Todos tenemos una ideología, excepto, me imagino, a quien la naturaleza le haya impedido pensar.
 
Así, creo que es un enorme sinsentido tratar de descalificar a una persona que expresa una posición diferente o contrapuesta, en el curso del intercambio de ideas, porque actúa con base en “razones ideológicas”, cuando en verdad, todo ese intercambio entre las partes está impregnado de ideas básicas del pensamiento de la persona, aplicadas a un caso concreto. Ese conjunto de ideas fundamentales -cualquiera que sea- es propio del ente que razona, que piensa, que intercambia ideas; no le es extraño.
 
Todos tenemos una ideología -ese conjunto primordial de ideas- si bien, eso sí, sus partes integrantes -ideas dentro del conjunto- pueden ser mejores o peores para entender y explicar un fenómeno. Por tanto, de lo que se trata es de usar ese conjunto de ideas para demostrar lo que uno considera es bueno (o malo) en una argumentación.
 
La crítica es esencial para el avance del conocimiento.  Guardo siempre en buen recaudo algo que escribió el pensador Karl R. Popper:
 
“...lo nuevo en la actitud científica consiste en que intentamos eliminar activamente nuestros intentos de solución [de un problema]. Sometemos nuestros intentos de solución a la crítica, y dicha crítica trabaja con todos los medios de que dispongamos y que podemos elaborar. ...mi tesis fundamental es que lo nuevo que diferencia la ciencia y el método científico de la preciencia y de la actitud precientífica, es la actitud conscientemente crítica ante los intentos de solución [a los problemas]; por lo tanto, la participación activa en la eliminación, los intentos activos de eliminación, los intentos de criticar; es decir, de falsear.” (Karl R. Popper, “La teoría de la ciencia desde un punto de vista teórico- evolutivo y lógico, en La Responsabilidad de Vivir (Barcelona, Ediciones Paidós Ibérica, 1995, págs. 26 y 27)

Ese proceso permite que el conocimiento avance y, lo crucial para este comentario, es que las personas, para formular las críticas, tienen que hacer uso de su conocimiento acumulado, el conjunto de ideas de que dispone, y que constantemente debe estar sujeto a la crítica. Sin ese conjunto de ideas, no puedo organizar mi pensamiento crítico y sin crítica no avanza el conocimiento e incluso no habría razón para cambiar las ideas naturalmente temporales que se tienen.
 
Quienes, con cierta ligereza, buscan rechazar una tesis al simplemente aseverar que se afirma por razones ideológicas, no atinan al punto exacto crítico, cual es la bondad (o maldad) de un argumento, sino al instrumental que permite razonar ordenadamente. De hecho, Popper escribe lo siguiente:
 
“Diré simplemente, de modo muy general y vago, que emplearé el término ‘ideología’ para cualquier teoría, credo o visión del mundo no científicos que resulte atractiva y de interés para la gente incluidos los científicos. (Por tanto, puede haber ideologías muy útiles y otras muy destructivas desde un punto de vista, digamos, humanitario o racionalista.” (Karl Popper, El Mito del Marco Común (Barcelona: Ediciones Paidós S.A., 1997, p. 36).

Me imagino que, así quienes simplemente mencionan a la “ideología” de una persona como “destructiva”, debe serlo porque creen, sin hacer explícito que en la otra persona hay un atrincheramiento ideológico, que le impide razonar ante ideas que se formulen: algo así como una especie de acto de fe o de creencia inmutable. Pero, no debería serlo por el hecho de que esa persona tiene su ideología como cualquier otra, como le es propio. El problema no es la “ideología” como tal, sino si ese conjunto de ideas que posee la otra persona es bueno o malo para explicar, valorar, criticar y proponer alternativas acerca de los fenómenos que se comentan.
 
Quienes defendemos ciertas posiciones intelectuales ante la crítica, lo hacemos no para evitar aprender o que avance el conocimiento. Más bien, quienes alegan que la argumentación planteada es espuria por ser una “ideología”, posiblemente es porque la crítica les incomoda ante sus propias posiciones, negándose a incorporar en su pensamiento algo que convincentemente muestre su error previo.
 
Por lo tanto, al hablar de estar en contra de una proposición por “razones ideológicas” no se deberían referir al conjunto de ideas fundamentales de la otra persona, sino a una visión dogmática, de fe, de falta de imaginación, de intolerancia, de totalitarismo, de una moda intelectual, que se aleja del enfoque crítico. El liberal, por definición, no se caracteriza por este segundo grupo de “ideología total”, sino todo lo contrario: lucha contra la intolerancia y el totalitarismo en el campo de las ideas, contra el dogma muy propio de sistemas históricamente deterministas.
 
Termino con este concepto de Popper: 

“Así como hay religiones buenas y malas -religiones que estimulan lo bueno y lo malo en el hombre- así hay también ideas filosóficas buenas y malas, teorías filosóficas verdaderas y falsas. En consecuencia, no debemos reverenciar ni denigrar la religión en tanto tal, ni la filosofía en tanto tal. Más bien, debemos evaluar las ideas religiosas y filosóficas con mentalidad crítica y selectiva. El poder terrorífico de las ideas nos carga a todos con graves responsabilidades. No debemos aceptarlas ni rechazarlas irreflexivamente. Debemos juzgarlas críticamente.” (Karl Popper, El Mito..., Op. cit., p. 186.).

Cuando alguien le acuse de que usted argumenta con razones ideológicas, explique que eso es lo que razonablemente haría toda persona que quiera opinar sobre un asunto, pues de lo que se trata es de mostrar que hay ideas mejores o peores en torno a las cosas que se esgrimen en un acto crítico. Los llamados “argumentum ad hominem” o “argumento contra el hombre” podrá ser muy efectivo, principalmente en una discusión ligera, pero no pasa de ser una falacia: los argumentos se deben descalificar por sí mismos, no por las características de la persona que formula el argumento. 


Jorge Corrales Quesada

lunes, 23 de mayo de 2016

Tema polémico: combate a la intolerancia

El pastor alemán Martin Niemöller dijo una vez: "Cuando los nazis vinieron, primero buscaron a los comunistas y no dije nada porque yo no era comunista. Luego vinieron por los judíos y no dije nada porque yo no era judío. Luego vinieron por los sindicalistas y no dije nada porque yo no era sindicalista. Luego vinieron por los católicos y no dije nada porque yo era protestante. Luego vinieron por mí pero, para entonces, ya no quedaba nadie que dijera nada".

Quisimos iniciar nuestro tema polémico con esta frase porque ilustra muy bien nuestro punto. No hablaremos de nazis ni de comunistas el día de hoy, pero sí de un grupo humano cuya actuación u omisión, encuadra perfectamente en las líneas supracitadas. 

Ser trata de los musulmanes. En los últimos meses hemos presenciado la escalada a nivel internacional de violencia y terrorismo. Casos como los atentados en Siria, Túnez, Marruecos, Irak, Francia y Bélgica, a los que se unen las decapitaciones y quemas públicas contra civiles difundidas por internet, el desplazamiento y salvajismo contra todo aquel que no abraze el islam -y no cualquier rama del islam, sino la que practican los miembros de ISIS- han sido reivindicadas por la organización conocida como Estado Islámico (ISIS, por sus siglas en inglés). 

El pánico y temor que se han apoderado de las personas, especialmente en el continente europeo, han llevado a la generalización de que todo musulman es terrorista y, por tanto, se debe sospechar de ellos. De inmediato, miles de musulmanes inocentes han saltado para exigir respeto y, sobre todo, para aclarar que no todos son violentos ni desalmados, que exiten muchas personas buenas, pacíficas y tolerantes que no comparten el radicalismo característico de ISIS. 

Eso es maravilloso, pero ¿resulta suficiente decirlo? Cuando mencionábamos la frase de Niemölle, lo hacíamos para señalar que muchos de esos musulmanes pacíficos y de bien que, con justa razón, han querido desmarcarse de ISIS y sus adeptos, deberían hacer más. El mal triunfa cuando las personas buenas no hacen nada y, lamentablemente, muchos de ellos han permitido y tolerado que, durante años, estos grupúsculos violentos crezcan y se expandan hasta alcanzar hoy niveles casi incontrolables. 

No basta con que los musulmanes condenen el terrorismo. Se necesita que lo combatan también, Más allá de tomar armas y desplegar tácticas, se requiere que desde los hogares se elimine cualquier forma de radicalismo violento, que se evite cualquier tipo de apoyo a grupos de esta naturaleza, que se erradique cualquier plataforma que permita el surgimiento del salvajismo.  Después de todo, ISIS se considera a sí mismo islamico, se dicen representantes del islam y matan, según ellos, por el islam. Por eso, son quienes practican el islam, los primeros llamados a detener esta aberración, esta tergiversación de su fe, esta manipulación de su pueblo. A ellos le ayudará todo el mundo, como lo debe hacer, unido contra cualquier organización que promueva la exterminación humana, independientemente del credo, la orientación política o la etnia que la respalde. 

En su célebre libro "La Sociedad Abierta y sus enemigos", Karl Popper escribía que "si extendemos la tolerancia ilimitada aun a aquellos que son intolerantes; si no nos hallamos preparados para defender una sociedad tolerante contra las tropelías de los intolerantes, el resultado será la destrucción de los tolerantes y, junto como ellos, de la tolerancia".

Con esto, Popper no quería decir que deban impedirse concepciones e ideas filosóficas intolerantes, mientras se puedan combatir en el plano de la razón, de la argumentación crítica. Pero deben prohibirse si buscan imponerse a la fuerza, si buscan acabar con las personas en lugar de las ideas, si pretenden erigirse como ciertas a golpe de tambor y sonido de cañón. En ese caso, indica, "debemos reclamar, en nombre de la tolerancia, el derecho a no tolerar a los intolerantes. Deberemos exigir que todo movimiento que predique la intolerancia quede al margen de la ley y que se considere criminal cualquier incitación a la intolerancia y a la persecución, de la misma manera que en el caso de la incitación al homicidio, al secuestro o al tráfico de personas". 

Pero más allá de la prohibición legal, se torna necesario combatir la intolerancia desde todos los frentes. Atacando su génesis, sus orígenes, evitando a toda costa que el odio y la violencia hacia quienes son diferentes, piensan, creen o actúan distinto se propague. No hacerlo, como bien explicó Popper, nos llevará a la desparación de los tolerantes, de los intolerantes y de todo: la desaparición del ser humano, sus derechos y sus libertades.



martes, 15 de diciembre de 2015

La columna de Carlos Federico Smith: mi posición ante mis críticas

Me imagino que muchos de mis amigos lectores en Facebook han notado mis diversos comentarios críticos en lo referente a temas de orden público, los cuales son usualmente encabezados y calificados con la frase “El Estado Ineficiente”, la que, seguida de dos puntos, trata algún asunto que deliberadamente he seleccionado para que sea objeto de mi crítica.

Quienes se han referido a mis comentarios, en general, supongo que, a modo de queja por mi preferencia selectiva, lo han hecho principalmente porque consideran que lo que hago son sólo análisis negativos, en donde no se reconoce lo positivo de otras acciones de parte de la persona o de la entidad gubernamental. 

Si fuera así de fácil interpretar la razón de esos comentarios, me parece que podrían descartarse con prontitud, señalando simplemente que lo hago de tal manera porque esa es mi preferencia y, como persona libre, nadie me ha de obligar a hacer lo que no quiero o algo distinto a lo que prefiero hacer.  Pero deshacerse de tales reproches no es así de fácil, por lo cual intentaré adentrarme en las razones de mi preferencia.

La primordial es porque considero que la crítica tiene un propósito crucial en cuanto al avance del conocimiento. El eminente pensador Karl Popper escribe que “la actitud crítica, la tradición de la libre discusión de las teorías con el propósito de descubrir sus puntos débiles para poder mejorarlas, es la provisión razonable, racional… Puede describirse la actitud crítica como el intento consciente por hacer que nuestras teorías, nuestras conjeturas (que no son sino un conjunto de ideas que se usan para explicar un fenómeno), se sometan en lugar nuestro a la lucha por la supervivencia del más apto… así, obtenemos la teoría más apta que está a nuestro alcance mediante la eliminación de las que son menos aptas.”(Karl R. Popper, Conjeturas y Refutaciones: El Desarrollo del conocimiento científico, Barcelona: Ediciones Paidós Ibérica, S. A., p. 79. El texto entre paréntesis es mío.). 

Esa eliminación de teorías menos útiles se hace por el método crítico, que nos permite acceder a una verdad provisional acerca de una hipótesis específica de un hecho, acción u observación concreta. Esa exclusión de teorías mediante la eliminación de teorías que permite la crítica. Eso hace que nuestro conocimiento se enriquezca.  Tal como si el ser humano aprendiera de la prueba y el error, por lo que mostrar el error es algo profundamente útil.

Por ello, cuando uno formula una crítica a la ineficiencia del estado, la contribución que uno esperaría lograr con ella es que en esa administración del estado (en sus diversas dependencias o ramificaciones) se hagan mejor las cosas, descartando prácticas que conducen al desperdicio, la ineficiencia, las pérdidas y al agravio ciudadano.

Por su parte, cuando uno se pone a alabar las cosas que en el estado se hacen eficientemente, sin desperdicio, con todas las virtudes, ello sólo conduce a que la situación continúe inmutable, a no ser que, aceptando la bondad de la acción del momento, alguien pueda sugerir una forma aún mejor para hacerlo (lo cual no es extraño que también provoque  el malestar del político actor, pues un extraño y, tal vez, “limitado” o “inculto” o “ignorante” se “atreve” a proponer una forma mejor de hacer las cosas). Creo que ese tipo de alabanzas no suelen incentivar que las cosas mejoren. ¿Para qué sacrificarse en mejorar algo si quienes las valoran lo hacen positivamente, pues sus críticas estás plenas de halagos, elogios y aplausos?  La fuerza del estatus quo se impone, en especial en políticos a quienes lo que les interesa es la conservación del poder.  

“Para qué cambiar lo que funciona,” suele decir el pueblo; lo que hay que cambiar es lo que no sirve, lo que no funciona.  De aquí que la crítica también es útil como expresión del pueblo a sus gobernantes, acerca de que lo que ellos hacen no está bien o puede ser mejorado.

Pero, también, al funcionario del estado la ciudadanía le paga para que haga las cosas de la mejor manera, honestamente, sin desperdiciar lo que son sus propios recursos entregados al estado, de forma que cuando así lo hace, simplemente está retribuyendo esa paga. La gente puede valorar eso cuando decide votar en una próxima elección, no como una obligación equilibradora de lo que puede ser una crítica ciudadana.  No hay tal equilibrio, si la crítica es usada para descartar conductas impropias, inadecuadas o inconvenientes. Se ha pagado por un buen resultado; de manera que si recibe la paga (hasta adelantada) es bajo el supuesto de que cumpliría a plenitud para lo que se acordó contractualmente.
 
Pero, ¿por qué centrar la crítica en el Estado y no hacerlo con la empresa privada?  Es una pregunta interesante y la respuesta me parece viable y directa: porque en una empresa en competencia (lejos del aberrante caso del monopolio) hay una constante aprobación o desaprobación; o sea, una forma de crítica, cuando los consumidores votan (como si así lo fuera) al realizar la compra del producto de esa empresa.  Si la gente los aprueba, los compra; si los desaprueba, no los adquiere.  De inmediato se me dirá, que la toma de decisión expuesta conduce a una parálisis, al estatus quo. Pero eso no es así, porque en un orden de mercado existen competidores quienes luchan por tomar cualquier parte del mercado -no sólo proveniente de competidores ya existentes en el mercado, sino, ante todo, de potenciales entrantes al mercado- de manera que hay un incentivo para la innovación, la mejoría, para que vendan más barato algo de una misma calidad, a fin de atraerse a aquellos consumidores clientes provenientes de sus competidores.
Darwinianamente, quien no se adapta a las nuevas circunstancias, terminará por desaparecer. De paso, esto es lo que le permite a Hayek, refiriéndose a la evolución de Darwin, atreverse “a afirmar que, de hecho, Darwin se inspiró en la ciencia económica. Por sus notas manuscritas sabemos que estaba leyendo a Adam Smith, cuando en 1838, estableció las bases de su propia teoría biológica.” Friedrich A. Hayek, “La Fatal Arrogancia: Los errores del socialismo,” en F. A. Hayek, Obras Completas, Vol. I, Madrid: Unión Editorial, S. A., p. 215).

Pero ahí no llega el asunto con el empresario en el mercado: él siempre estará atento a cualquier cambio que mejore sus ganancias, ya sea mediante el uso de nuevas tecnologías, la introducción de nuevos y más eficientes bienes de capital, todo en busca de un uso mejor de los factores productivos que contrata para obtener el bien final. 

Lo destacable es que en un sistema competitivo de mercado hay incentivos que conducen al uso eficiente de los recursos, de manera que, quien no lo logra, queda fuera del mercado: es así como en una economía se hace “la limpia.” El que no se adapta, fracasa, queda afuera: quiebra y así los recursos que queden libres se pueden dedicar a producir las cosas que ahora los consumidores-votantes-críticos desean.

A diferencia de esto, tal situación de “limpia” no sucede en el caso del estado.  Tan sólo extraordinariamente se cierran producciones ineficientes (como sucedió durante el gobierno de la señora Thatcher, pero véase que aquí no ha sido posible cerrar a los ineficientes CNP o la Fábrica Nacional de Licores, como ejemplos) o cuando se hace lo es en el marco de un “cambio” político casi revolucionario, producto del hastío del ciudadano. Pero la limpia no es cotidiana, usual, imperante, como sucede en un sistema privado de pérdidas o ganancias.  Mientras que en éste la pérdida la asume el empresario-capitalista, nunca se observa que, cuando es del estado, la asuma, de su bolsillo, un político responsable de una mala decisión o de un mal resultado de su empresa u agencia pública.

En el estado no hay un mecanismo o instrumento por el cual la crítica que hace el consumidor mediante el voto, reprende y ocasiona la remoción o sustitución o quiebra del “empresario” o director, usualmente un político a cargo de la entidad. Eso suele suceder sólo cuando hay elecciones y se elige a un gobierno que mantiene una diferente posición política comparada con el vigente. El empresario socialista (el empleado público que hace las veces de empresario dentro del estado) no sufre en su bolsillo las consecuencias de sus “malas” acciones, a diferencia de como sucede con mucha mayor rapidez en una empresa privada. Ya vemos cual sistema es más eficiente cuando se requiere de cambio como producto de la crítica.

Evidentemente, en este último caso de administración gubernamental, el ciudadano pierde porque no recibe aquello que él considera que está pagando de una manera u otra (ya sea mediante tarifas públicas o impuestos o inflación o deuda) y es por ello que protesta, critica, cuando algo le parece mal hecho.  Si en vez de la “inteligencia” política (quedar bien con el superior, el presidente o lo que sea) rigiera la “inteligencia” empresarial, sujeta al escrutinio de su rendimiento de parte de los accionistas o del capital propio, aquellos políticos al menos deberían de estar agradecidos con que algún ciudadano haga crítica pública de sus fracasos o malas decisiones, asumiendo que, de esta manera, se vería motivado a hacer las cosas de la manera en que la desea el público consumidor. No hay duda que ese sería en el mejor de los casos, pues usualmente lo que hacen es ignorar la crítica.

El antónimo de la alabanza y del elogio, la crítica es la que amplía nuestro conocimiento y promueve que corrijamos los errores. Por ello, más bien debe agradecerse cuando alguien la formula racionalmente, en vez de desdeñar y hasta molestarse cuando se hace públicamente, tal como es mi caso.


Jorge Corrales Quesada