Mostrando las entradas con la etiqueta transición en Cuba. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta transición en Cuba. Mostrar todas las entradas

jueves, 30 de abril de 2009

Obama choca con los Castro


El presidente Obama eliminó algunas restricciones que impedían que los cubanos viajaran frecuentemente a la isla o que les remitieran dinero a sus familiares. Fue un gesto inteligente. Una oportuna rama de olivo que había prometido durante la campaña que lo llevó a la Casa Blanca. Lo hizo en vísperas de su viaje a la Cumbre Americana de Trinidad y Tobago. Casi simultáneamente declaró a CNN que esperaba que el gobierno cubano pusiera en libertad a los presos políticos y respetara los derechos humanos, mientras publicaba un texto, ampliamente divulgado, en el que mencionaba el marco político adecuado para recibir plenamente a Cuba en la familia americana: la Carta Democrática firmada en Lima por los 34 gobiernos miembros de la OEA, precisamente el 11 de septiembre de 2001, mientras ardían las torres gemelas.

Raúl Castro, desencantado y desencajado, reaccionó de una manera previsible: ''más de lo mismo''. En ese momento estaba en Venezuela convocado por Chávez para agitar en el circo del ALBA, una familia excéntrica de países amantes del colectivismo y enemigos de la democracia representativa y del sentido común que se reúnen de vez en cuando bajo la carpa del ''socialismo del siglo XXI'' para jugar al antiamericanismo y practicar otras formas curiosas de la bobería. No muy lejos de Venezuela, en Haití, Hillary Clinton, la secretaria de Estado, había dicho algo muy similar: ahora le tocaba a Cuba responder a la buena voluntad del gobierno de Obama con una señal de cambio. Para La Habana aparentemente era algo muy fácil: si Estados Unidos facilita la entrada de los cubanos a la isla, ¿por qué Cuba no hace lo mismo y propicia que sus ciudadanos puedan entrar y salir libremente del país, como sucede en casi todo el planeta?

Raúl Castro tenía razón. Lo que Obama está planteando con relación a la isla es muy parecido a lo que han dicho antes que él otros diez presidentes norteamericanos (y lo que sostiene la Unión Europea, al menos desde que en 1996 los países miembros concretaron una posición común a instancias de España): Estados Unidos está dispuesto a entablar relaciones enteramente normales con Cuba, pero sólo si su gobierno evoluciona en dirección de la apertura política y el respeto por los derechos humanos y las libertades civiles. Washington, en suma, propugna un cambio de régimen en el país vecino. No está dispuesto a aceptar como ''normal'' y permanente esa dictadura comunista calcada del viejo y desacreditado modelo soviético, prácticamente ya desaparecido en todo el mundo. Obama, como sus antecesores, no admite la coartada de la ''soberanía''. Cuba debe cambiar.

¿Por qué esa insistencia? ¿Por qué Estados Unidos no puede convivir armónicamente con una satrapía comunista de la misma manera que en el pasado lo hizo con las dictaduras de Trujillo o Somoza? Las razones fundamentales son tres:

  • Porque Estados Unidos, tras un siglo de fracasos, al fin comprendió que era un cínico error mantener buenas relaciones con las tiranías en un continente supuestamente comprometido con las libertades, como se acredita en la Carta Democrática de la OEA. ¿No criticaban a Estados Unidos por tener vínculos amistosos con las dictaduras latinoamericanas?

  • Porque el caso cubano tiene un claro componente de política interna norteamericana. El 25% de la población cubana, unos tres millones de personas (nacidos en Cuba o descendientes directos de cubanos), vive en Estados Unidos y se refleja vigorosamente en la estructura social y política del país. Hay dos senadores, cuatro congresistas federales, y numerosos funcionarios y cuadros intermedios dentro de la estructura de poder norteamericana. Los intereses mayoritarios de la etnia cubana, o su relativo peso electoral, como sucede con los judíos americanos con relación a Israel, o con los afroamericanos cuando se formula la política hacia Africa, hay que tomarlos en cuenta.

  • Porque a Estados Unidos, finalmente, lo que le conviene es que en Cuba se instale una democracia sosegada y estable, como la costarricense, para mantener buenas relaciones políticas con la isla, dotada de un sistema económico productivo, de manera que los cubanos no continúen emigrando en masa hacia los Estados Unidos. Y nada de eso se puede conseguir si en La Habana continúa enquistada la vieja e incompetente oligarquía comunista que tomó el poder hace medio siglo y ha sido incapaz de evolucionar bajo el peso de la experiencia, lo que hace que el régimen actual, aunque fuerte en apariencia, sea siempre precario y provisional. Sabíamos que en el comunismo dinástico, tras Fidel le tocaba el turno a Raúl, pero ¿qué o quiénes vienen tras Raúl?

Obama ha tomado la posición correcta. Hacer concesiones sin esperar algo a cambio hubiera sido un error. Habría sido como decirles a los demócratas de la oposición y al inmenso (aunque escondido) sector de los reformistas, que no era necesario que el país abandonara el fracasado sistema comunista porque a nadie le importa el destino de los cubanos. A Obama y a su administración sí les importan.

Carlos Alberto Montaner

miércoles, 11 de marzo de 2009

Raúl o el arte de decapitar adversarios


En los años noventa se decía que el médico Carlos Lage haría la transición en Cuba. El primer vicepresidente era un hombre tranquilo y amable, situado en medio de una tribu usualmente frenética, aquejada de un machismo siempre a punto de convertirse en orquitis. Se lo escuché a Carlos Salinas de Gortari, cuando era presidente, y a otra media docena de cancilleres y jefes de Estado: ''Lage es el futuro''. Entonces, desaparecida la URSS, el comunismo cubano se tambaleaba. Parece que Lage, en privado, cuando conversaba con los políticos extranjeros, coqueteaba con las ideas democráticas y se vendía como el Adolfo Suárez caribeño.

Iniciado el siglo XXI el papel de delfín comenzó a desempeñarlo el canciller Felipe Pérez Roque, un ingeniero que (como Lage) procedía del entorno de Fidel Castro. Había sido una especie de primer asistente del comandante en jefe, así que cuando el canciller Roberto Robaina fue expulsado de su cargo, el propio Fidel lo impuso como sustituto porque ''era la persona que mejor interpretaba su pensamiento''. En diciembre de 2005 fue la apoteosis de Pérez Roque: dio una conferencia magistral en el parlamento y todo el mundo, incluido el Financial Times, lo declaró heredero al trono. En aquel momento tenía fama de ''talibán'' duro e inflexible.

A los pocos meses, en julio de 2006, Fidel Castro se enfermó y tuvo que abandonar el gobierno precipitadamente. Con la llegada de Raúl a la presidencia, tanto Lage como Pérez Roque fueron discretamente marginados. Los dos eran cuadros elegidos por Fidel para una hipotética sucesión política, pero Raúl no confiaba en ellos y tenía su propia idea de cómo y con quiénes organizar la reforma económica y la transmisión de la autoridad, de manera que siguió el mismo sibilino patrón de comportamiento utilizado contra el general Ochoa en 1989: le encargó al general Abelardo Colomé Ibarra, su hermano del alma y poderosísimo ministro del Interior, que armara un buen expediente acusatorio para poder sacarlos del juego fulminantemente, junto al resto de los funcionarios incómodos a los que deseaba eliminar.

Y eso es lo que ha sucedido: el formidable aparato de espionaje cubano ha acumulado pruebas de pequeñas corruptelas, de nepotismo continuado, de negligencias, del comportamiento contrarrevolucionario de algunos familiares, de ambiciones personales y (lo más grave) de transmitir a los políticos y visitantes extranjeros unas falsas expectativas con relación a los supuestos cambios políticos. Pérez Roque, que había sido un talibán en los primeros tiempos, a los ojos de muchos políticos y diplomáticos extranjeros se había transformado en un ''reformista'', como creía el canciller español Miguel Angel Moratinos, hombre empedernidamente propenso a equivocarse, que apostaba por él para la transición, más o menos como el anterior ministro español de Asuntos Exteriores, Abel Matutes, llegó a manifestar que el ''hombre del cambio'' sería Roberto Robaina, dato utilizado en su momento por ''el aparato'' para hundirlo definitivamente.

Una vez debidamente ''empaquetados'', con los voluminosos informes de los servicios de inteligencia sobre la mesa, Raúl Castro, experto en el arte de decapitar adversarios, dio inicio a su metódica labor de verdugo: convenció fácilmente a Fidel de la deslealtad esencial de los sujetos, convocó al Buró Político, enfrentó a los acusados con las pruebas de su comportamiento ''inmoral y miserable'', los destrozó emocionalmente, advirtiéndoles que lo hecho bordeaba la traición, por lo que merecerían ser ejecutados si la revolución no fuera tan generosa, y preparó las condiciones para el anuncio público, aunque en esta oportunidad tuvo que realizar un trámite engorroso, pero inexcusable: fue necesario explicarle al tontuelo de Hugo Chávez lo que iba a suceder, dado que los dos, Lage y Pérez Roque, eran sus interlocutores favoritos, y no podía sorprenderlo con su eliminación. Por muy insufrible que sea el venezolano, es el hombre que les da de comer y hay que cuidarlo como a papagayo fino.


Con estos y otros personajes fuera de combate (incluido Fernando Remírez de Estenoz, otra esperanza blanca de las cancillerías democráticas liquidada en la purga), Raúl siente que se ha despejado el camino al Sexto Congreso del Partido, convocado para el próximo otoño, al que llegará con todos sus hombres de confianza colocados en las posiciones clave, de manera que nada pueda escapar a su control.

Mientras tanto, cunde el total desaliento en las filas revolucionarias y se disipa cualquier ilusión de cambio. Silvio Rodríguez se va a vivir a la Argentina, donde no hay unicornios azules (los peronistas se los hubieran comido), Pablo Milanés arraiga definitivamente en Galicia, y los hijos y nietos de la nomenclatura se marchan sigilosamente a cualquier sitio en el que exista el sueño de una vida mejor. En Cuba ya se sabe que eso es imposible.

Carlos Alberto Montaner

jueves, 1 de enero de 2009

Cincuenta años después, Cuba no tiene mucho que mostrar


Cincuenta años después de que Fidel Castro llegó al poder en Cuba, la gran pregunta sobre la revolución cubana no es si fue justificada, sino si valió la pena. Sobre la base de las evidencias disponibles, la respuesta es un claro no.

Un vistazo desapasionado sobre la Cuba de hoy demuestra que aunque el país ha erradicado los bolsones de pobreza extrema que existían durante la dictadura de Fulgencio Batista, la mayoría de la población tiene un estándar de vida más bajo y menos oportunidades de progreso personal que hace cinco décadas.

Los cubanos de hoy tienen un ingreso per cápita más bajo que gran parte de los países latinoamericanos. Tienen menos televisores, teléfonos, computadoras y automóviles en proporción con su población que la mayoría de los países de la región y figuran en el último lugar de América Latina en porcentaje de personas con acceso a internet, incluso por debajo de Haití.

Y aunque en algunos rubros Cuba sale bien parada, como en la alfabetización y la mortalidad infantil, en otros deja mucho que desear. Cuba, por ejemplo, tiene uno de los índices de suicidio más altos de las Américas.

Antes de hablar de mis impresiones de cuando viajaba con frecuencia a la isla a principios de la década de 1990, veamos las estadísticas concretas.

En el aspecto positivo, Cuba tiene un 99.8 por ciento de alfabetización entre los adultos, uno por ciento más que Trinidad y Tobago, y una tasa de mortalidad infantil de 6 por cada mil nacidos vivos, un poco más baja que la de Chile, según el Informe de Desarrollo Humano de las Naciones Unidas de 2008. Eso convierte a Cuba en el país con la mejor tasa de alfabetización de adultos y mortalidad infantil en la región.

Sin embargo, según el Anuario Estadístico de la ONU de 1957, Cuba ya estaba entre los cuatro países latinoamericanos con más alfabetizados y con mayor porcentaje de consumo calórico en ese año, así como el índice más bajo de mortalidad infantil de la región. En otras palabras, Cuba ha ascendido tres puestos en la clasificación de alfabetización y ha conservado su primer lugar en el índice de mortalidad infantil.

En lo que respecta al ingreso per cápita, el Informe de Desarrollo Humano de la ONU --la fuente estadística favorita del régimen cubano-- indica que el ingreso per cápita de la isla es $6,000 anuales, aunque la cifra está acompañada por un asterisco que indica que se trata de un cálculo del gobierno cubano y que ``procuramos generar un cálculo más preciso''.

De hecho, Cuba se niega a calcular su ingreso per cápita según las normas internacionales. Lo mismo ocurre con el índice de pobreza. Cuba emplea métodos estadísticos internacionales en los sectores que le conviene, como en algunos rubros de la salud y la educación, pero se niega a hacerlo en áreas en las que no sale bien parada. El informe sobre la ONU deja en blanco el casillero que corresponde a Cuba en el rubro del porcentaje de la población que vive en la pobreza.

''Ni las Naciones Unidas ni ninguna otra institución internacional tienen la menor idea de cuál es el ingreso per cápita o la tasa de pobreza en Cuba porque Fidel [Castro] ordenó que el país usara su propia metodología'', dice Carmelo Mesa Lago, profesor de Economía retirado de la Universidad de Pittsburgh, que desde hace tiempo es uno de los analistas más serios de la economía cubana.

''Las cifras del gobierno cubano no son creíbles, lo que hace que todo el mundo tenga que usarlas con un asterisco o no usarlas en absoluto'', añadió.

Lo que se puede constatar es que el salario promedio de los cubanos es de alrededor de $20 mensuales, según lo han reconocido los medios oficiales, lo que daría un ingreso promedio de $240 anuales.

Incluso si uno quiere darle al gobierno cubano el beneficio de la duda y aceptar su dudosa cifra de ingreso per cápita de $6,000 anuales --que supuestamente toma en cuenta los subsidios a los alimentos, la salud y la educación--, Cuba ocupa el puesto número 21 en Latinoamérica, muy por debajo de países como Argentina, México, y Brasil e incluso por debajo de la República Dominicana, Surinam y Belice, según el informe de la ONU.

Otras instituciones internacionales publican cifras que ofrecen un cuadro aún más sombrío de la Cuba actual.

Mientras que en 1959 Cuba ocupaba el primer lugar de Latinoamérica en el porcentaje de familias con televisores, hoy sólo el 70 por ciento de las familias cubanas tienen televisor, comparado con 97 por ciento en Argentina, 93 por ciento en México, 83 por ciento en El Salvador y 76 por ciento en la República Dominicana, según los Indicadores Mundiales de Desarrollo de 2008 del Banco Mundial.

En lo que corresponde a los teléfonos, sólo 9 por ciento de los cubanos tienen acceso a un teléfono de línea fija y apenas 1 por ciento de la población está suscrita a un servicio de telefonía móvil, según las cifras del Banco Mundial, uno de los porcentajes más bajos de la región, muy inferior al de Honduras.

Lo que es peor, sólo 2 por ciento de los cubanos tiene acceso a internet. En comparación, 27 por ciento de los costarricenses, 10 por ciento de los guatemaltecos y 7 por ciento de los haitianos tiene acceso a internet, según las cifras del Banco Mundial.

El gobierno cubano culpa de sus problemas económicos al embargo comercial de Estados Unidos. Pero aunque algunos creemos que el embargo en su forma actual es una política desacertada, tiene tantos agujeros que difícilmente se le puede culpar por el bajo nivel de vida en la isla. Estados Unidos es ya el principal exportador de productos alimenticios a la isla y muchos otros productos estadounidenses entran a Cuba a través de terceros países.

La vida en Cuba es sombría, según pude apreciar cuando viajaba a la isla y lo que cuentan los recién llegados.

La isla es como un enorme jardín de infantes, donde todos tienen garantizado un ingreso de susbsistencia pero el gobierno decide lo que uno puede estudiar, donde uno puede trabajar, que cosas uno puede comprar y si puede viajar al exterior. Es un buen lugar para subsistir si uno es un holgazán, o un inepto, pero puede ser muy exasperante para el que sea ambicioso o tenga opiniones propias.

Recuerdo una entrevista que le hice en La Habana al nieto del Che Guevara, Canek Sánchez Guevara, en 1991, cuando era un joven veinteañero y tocaba en una banda de rock heavy metal. Canek, quien más tarde emigró a México, era muy crítico --como muchos jóvenes cubanos-- de la revolución.

''Esta revolución está en ruinas'', me dijo. ``No hay comida, ni libertad... La gente dice que todo es culpa de la agresión yanqui, pero eso es un mito... un cuento infantil''.

La gente joven no tenía nada que hacer en Cuba, me dijo Canek. El estudiaba diseño gráfico en una escuela de arte pero consideraba que era una pérdida de tiempo.

''No hay papel, ni lápices, ni interés de parte de los profesores en hacer nada'', me dijo. ``Y si te gradúas, no hay trabajo en tu especialidad. Te van a pedir que vayas al campo para trabajar en la agricultura. Aquí no hay futuro''.

Cuando le pregunté que pensaría el Che Guevara de estas palabras si estuviera vivo, el nieto del héroe cubano dijo: ``Estaría orgulloso de mí. El Che Guevara era un rebelde. Jamás aprobaría en lo que ha terminado esta revolución''.

Y las cosas no han cambiado mucho desde entonces. No es sorprendente que cada periodista que viaja a la isla regrese contando lo mismo: es un país detenido en el tiempo, esperando --hasta el momento en vano-- que algo cambie.

La parte de la familia del Che Guevara que conocí en Cuba es un ejemplo típico de la división generacional que existe en la isla. Los abuelos tienden a apoyar la revolución --han invertido su vida en ella-- mientras los cubanos de mediana edad tienden a ser escépticos y la mayoría de los jóvenes son críticos. Como me dijo un joven en La Habana, ``esta revolución se ha convertido en una institución''.

La desesperanza que reina en la isla es posiblemente uno de los factores que inciden en el alto índice de suicidio, de 24.8 por cada 100,000 personas. A principios de esta década Cuba tenía el índice de suicidio más alto de Latinoamérica, pero este año ha descendido al cuarto puesto, detrás de Guyana, Uruguay y Trinidad y Tobago, según cifras de la Organización Mundial de la Salud.

Los funcionarios gubernamentales admiten que muchos cubanos se quejan de la falta de alimentos y oportunidades, pero alegan que la mayoría del país apoya a la revolución. Lo dudo mucho, por tres motivos fundamentales. Primero, porque he escuchado a muchos cubanos decir lo contrario --muchos con miedo a que los escuchen-- en la época en la que viajaba a la isla con frecuencia. Segundo, porque una encuesta realizada en Cuba este mismo año por el Instituto Internacional Republicano revela que casi el 70 por ciento de los cubanos de entre 19 y 49 años dijo que les gustaría tener un sistema democrático con elecciones multipartidistas y libertad de expresión.

Tercero, y más importante, porque el régimen cubano tiene una maquinaria de encuestas muy bien aceitada. Si el gobierno de Castro creyera que puede ganar en elecciones libres y que el pueblo cubano está tan orgulloso de los logros de la revolución, hubiera permitido elecciones libres hace mucho tiempo. Si no lo ha hecho es porque sabe que las perdería.

Entonces, ¿valió la pena mejorar algunos indicadores sociales al precio de bajar el estándar de vida general de la isla?

Definitivamente no. Otros países, como Chile y Costa Rica, han reducido la pobreza a un mínimo y con mucho menos trauma social.

En Cuba casi el 10 por ciento de la población huyó al exilio, cientos de miles de familias quedaron separadas, sin poder verse durante muchos años, y miles --decenas de miles, según algunos informes-- han muerto en el mar tratando de abandonar la isla. Millones de los que se quedaron fueron forzados al llamado trabajo voluntario, a cortando caña o destinados a otras ``tareas revolucionarias''.

Y todo eso sin tomar en cuenta a las víctimas de la violencia política. Un total de 2,077 cubanos murieron en las llamadas guerras internacionalistas de Cuba en Angola, Mozambique, Etiopía y otros países africanos, según cifras oficiales citadas por el autor Norberto Fuentes en su Autobiografía de Fidel Castro.

Además, el Archivo Cubano, con sede en Nueva Jersey, afirma que ha documentado 8,273 ejecuciones, asesinatos extrajudiciales y desapariciones en la isla desde 1959.

''Tenemos los nombres y las fuentes de todas esas muertes y están disponibles en internet'', dice María Werlau, directora del Archivo.

El precio que han pagado los cubanos en libertades básicas perdidas ha sido enorme. Hay más de 200 prisioneros políticos en la isla, entre ellos 29 periodistas arrestados en el 2003, según los grupos de derechos humanos. Adolfo Fernández Saínz, uno de esos 29 periodistas, cumple una condena de 15 años de cárcel por ''subvertir el orden interno de la nación''. En su juicio, el gobierno presentó ''pruebas'' de su delito confiscadas en el apartamento del periodista: una máquina de escribir y libros prohibidos, entre ellos 1984, de George Orwell.

Mi conclusión: la dictadura cubana ha mejorado algunos indicadores sociales, pero otros países latinoamericanos han hecho lo mismo sin sacrificar libertades básicas y a un costo muchísimo menor en sufrimiento humano. Para los cubanos, la revolución puede haber sido justificada, pero no valió la pena.

Andrés Oppenheimer

sábado, 16 de agosto de 2008

En Vela


Nos dicen las últimas noticias de Cuba que la apertura de una moderna tienda estatal en La Habana, llamada Trasval, con tufillo capitalista, ha causado furor. La curiosidad ha prevalecido sobre la capacidad de compra y las candorosas colas se alargan en la calle bajo el concupiscente sol habanero.

La oferta de artículos de ferretería, limpieza, plomería, accesorios para carros, electrodomésticos, zapatos y otros es amplia. Un fantasma recorre Cuba… La prensa oficial, tentada por el consumismo, ha desenfundado las mohosas armas de la crítica para exigir un buen servicio y mejores mercancías. Esto es bueno. Un cuerpo de seguridad custodia el edificio, como si fuera una exposición de diamantes. Un cubano compró un televisor portátil, valorado en más del doble de su salario, para ver los Juegos Olímpicos, y Regina, jubilada, no pudo comprar una escoba pues el precio equivalía a su salario mensual. Pero ¡qué importa! Otro día será.

¿Qué ha funcionado en esta tienda? Algo muy simple: la naturaleza humana que el comunismo trató, por décadas, de destruir para construir otra, sin mancha alguna, sin pecado, angelical, sin ambición, sin egoísmo, unisex, pacífica, libre y, como expresó un gurú comunista, tan maravillosa que los seres humanos podrían, a la hora triunfal del comunismo, comunicarse por medio del pensamiento sin la intermediación burguesa de la palabra. El proyecto del “nuevo hombre” se ha derrumbado, bajo un Himalaya de muertos, igual que la Torre de Babel. En Cuba, Dios, que, como omnisciente, tiene un exquisito sentido del humor, le ha alargado la vida al gran hermano, Fidel, para que sea testigo ocular de su inmenso fracaso. Su sustituto y panteonero, el hermano Raúl, está entendiendo la lección: los hechos son testarudos y la naturaleza humana, con virtudes y vicios, grandeza y bajeza, siempre sale a flote, y lo mismo se extasía ante el Partenón como ante un electrodoméstico, y adora a Dios con Bach o suspira con Celia Cruz... Así somos.

También los ticos, sin tiranos ni represión, corrimos como locos, un día, a ver un Jumbo estacionado en el aeropuerto; contemplamos extasiados las primeras escaleras eléctricas en San José, donde los chiquitos y sus padres caían como racimos; imploramos un cubito de hielo a las primeras familias que tenían refrigeradora; nos congregábamos, sobresaltados, frente al portón eléctrico de una casa, en Heredia, donde un cartel previsor decía: “No se asuste, se abre solo”, u organizábamos excursiones a San José a ver los semáforos, que se apagaban o encendían “solos”…

Que nadie mate el niño que llevamos dentro...

Julio Rodríguez

viernes, 11 de abril de 2008

Viernes de Recomendación



Para esta semana les presentamos un breve debate entre el escritor cubano Carlos ALberto Montaner e Ignacio Ramonet, titulado ¿Qué ha hecho Fidel por Cuba?, en el cual ambos discuten respecto a los éxitos y fracasos del régimen cubano.

domingo, 2 de marzo de 2008

Sin Fidel; y ¿ahora qué?


Fidel se va, pero se queda. La primera decisión que ha tomado su hermano Raúl como flamante presidente de Cuba es delegar sus atributos y consultarle a Fidel todos los temas importantes. El parlamento respaldó esa propuesta por unanimidad. Por algo a estos infelices diputados los conocen como “Los niños cantores de La Habana”. Es un coro pueril, complaciente y afinado. Llevan medio siglo obedeciendo y no saben hacer otra cosa. Seguramente, esa fue la condición exigida a Raúl para que pudiera ocupar formalmente la presidencia del país. Fidel se ha reservado el poder de veto. Seguirá gobernando hasta su muerte.

De eso se trata esta nueva jugada. Fidel está muy mal de salud y quiere continuar mandando desde el más allá. Los brasileros, que son la fuente más fiable e indiscreta que se conoce sobre la salud de Castro, especialmente el entorno de Lula, lo afirman en privado: lo asombroso es que todavía esté vivo. Incluso, sotto voce , me han reiterado el primer diagnóstico que ellos divulgaron y luego desmintieron: realmente, fue cáncer lo que tuvo. Han vuelto de La Habana con esa vieja-nueva noticia. Y si ahora Fidel entrega el mando, aunque conserve la autoridad y la capacidad de obstaculizar cualquier reforma, es porque sabe que no le queda demasiado tiempo en este valle de lágrimas.

Limpieza previa. Antes de darle a Raúl la llave de la dictadura, Fidel limpió el Consejo de Estado de reformistas dispuestos a convivir con los demócratas de la oposición. Ahí no están, por ejemplo, Abel Prieto o Eusebio Leal, dos altos funcionarios dulcemente razonables. A Carlos Lage, el presunto Adolfo Suárez en todas las quinielas políticas, lo desplazó de la línea sucesoria. Colocó en su lugar a José Ramón Machado Ventura como eventual sustituto de Raúl, un anciano organizado e inflexible, que tendrá a su cargo disciplinar al desvitalizado Partido Comunista, una estructura zombie en la que 800.000 personas militan por inercia y no por convicción. Fenómeno nada sorprendente si recordamos que el de la URSS tenía 20 millones de miembros y lo disolvieron por decreto sin una protesta callejera.

Raúl se propone resolver las cuestiones materiales más urgentes heredadas de la devastadora era fidelista. Está convencido de que los cubanos, en realidad, no desean libertades, sino pan con mantequilla. Cree que si el Gobierno mejora el suministro de comida y la población vive un poco mejor, aceptará de buen grado lo que hoy admite por resignación e impotencia. Es una forma endurecida y cínica de ver las cosas, pero es la que tiene.

Los sueños de Raúl. Cuando Raúl cierra los ojos y sueña con el futuro de Cuba ve tres panoramas sucesivos.

kA corto plazo (12 meses, pero con los primeros cambios antes del verano), vislumbra un país más productivo y menos hambreado que el que ha recibido.

kA medio plazo (36 meses), se imagina una sociedad menos rígida, con espacios de opinión más amplios. La reciente publicación del discurso del cardenal Bertone y una actitud más hospitalaria hacia la Iglesia es un anticipo de ello.

kA largo plazo (60 a 72 meses) sueña con haber reproducido en Cuba un modelo más parecido a la Rusia de Putin que a la China actual, donde el capitalismo controlado por los viejos amiguetes del Partido, del ejército y del Ministerio del Interior manejan todos los hilos del poder político y económico, garantizando el sostenimiento de una élite capaz de autorrenovarse, que manipulará al país por varias generaciones hasta que la anomalía histórica del comunismo se vaya disolviendo sin traumas en una aceptable normalidad latinoamericana.

Raúl se equivoca. Le fallan las premisas básicas. El Partido no es revitalizable porque ya casi nadie cree en el colectivismo o en las tonteras marxistas, como afirman los propios hijos de la nomenklatura. (Si Raúl lo duda, ¿por qué no conversa con los hijos de Juan Almeida, Carlos Lage, Machado Ventura, Juan Escalona o de su hermano Ramón?). Las fuerzas armadas tampoco son un bloque monolítico. Se mantienen unidas por lealtad a Fidel y porque están más cerca del espíritu de banda que de la disciplina castrense, pero ideológica y emocionalmente hace mucho tiempo que rompieron con el discurso revolucionario. Uno no elige la carrera militar para administrar hoteles o para darles de comer a los turistas canadienses.

Los cubanos quieren algo más que pan con mantequilla. Quieren libertades. Quieren poseer empresas, tener bienes, salir y entrar libremente en el país, contar con diversas opciones políticas, leer e informarse como les da la gana, y recuperar el control de sus vidas, secuestradas por los Castro hace medio siglo. Lo que debe comprender Raúl es que el destino no lo ha colocado en ese puesto para salvar una revolución que hundió al país y casi nadie quiere, sino para enterrarla ordenadamente. Es su mejor papel.


Carlos Alberto Montaner

miércoles, 20 de febrero de 2008

El comandante se despide


¿Cambio de era en Cuba? No exageremos. Todavía falta. Es algo que solo podrá proclamarse con realismo cuando se transforme el sistema y –ojalá– lo reemplace una mezcla de realismo económico, democracia política y apertura social.

Sin embargo, tampoco puede restársele importancia al “Mensaje del Comandante en Jefe”, que ocupó ayer la portada del diario oficialGranma , y que, suscrito por Fidel Castro, se adelanta a la sucesión formal del poder que pronto se dará en la isla.

Breve adiós. Con una brevedad desusada, lo esencial del anuncio se reduce a 16 palabras: “No aspiraré ni aceptaré el cargo de Presidente del Consejo de Estado y Comandante en Jefe”.

Esta línea, por supuesto, no está escrita en el vacío. Al contrario, es parte de unaperformance bien estructurada, y de varios actos.

Con el trasfondo de una salud en crónico deterioro y varios mensajes previos plagados de enigmáticas claves, el 20 de enero se produjeron las “elecciones” de partido único, para integrar la Asamblea del Poder Popular (parlamento decorativo), de 614 miembros.

Los dos Castro (Fidel y Raúl), por supuesto, estuvieron en la lista: primer símbolo de continuidad formal.

El siguiente capítulo tenía dos partes. La primera es la apertura de sesiones “parlamentarias”, el próximo domingo 24, durante las cuales se llenarán dos de los tres cargos máximos de la isla: presidente y comandante en jefe de las Fuerzas Armadas. El tercero, secretario general del Partido Comunista, se oficializará en el seno de este último.

La segunda parte era si Fidel mantendría esas posiciones. Ayer dijo que no. Así, se despidió del poder formal, dentro de una liturgia que respeta las normas del propio régimen.

Fue otro ejemplo calculado de continuidad; otro intento más de sucesión controlada dentro de las estructuras del poder y con un elenco muy reducido: el de su hermano y sus más íntimos –y, hasta ahora, leales– colaboradores; los mismos que lo han acompañado en su convalecencia.

Formas relevantes. Por esto, no estamos ante una transición; menos, ante una transformación. Se trata, simplemente, de formalizar la sucesión; es decir, cambiar con la esperanza de que todo siga igual.

Sin embargo, incluso en un régimen personalista y totalitario, como el de Cuba, las formas y los símbolos importan, sobre todo si el entorno es cada vez menos favorable para el statu quo.

Precisamente por la acumulación de problemas económicos, por los cambios mundiales, por el descontento social, por la incertidumbre consustancial a un “supremo” replegado en su lecho de enfermo y por la incapacidad del sucesor para llenar su vacío, Raúl Castro se ha visto obligado a impulsar algunos tímidos cambios.

Ha comenzado por donde menos riesgos y más ganancias potenciales existen: la economía, con mayor apertura a las microactividades privadas y nuevos guiños a la inversión extranjera. Ha desarrollado tímidos ejercicios para oír reclamos, como ocurrió recientemente en algunos centros educativos y de trabajo. E hizo el gesto de liberar, por pedido de España, a cuatro presos de conciencia en precario estado de salud.

Otros cambios. Si, como todo indica, el Castro bis y edulcorado recibe los puestos oficiales que ejercía su hermano, y este se repliega al papel de “compañero Fidel”, siempre poderoso, pero cada vez menos, las posibilidades de cambios más profundos se volverán inevitables, aunque el deseo oficial sea otro.

Raúl no es un Deng Xiaping; menos, un Gorbachev. Sus dotes son inferiores; su control, simplemente heredado, y su voluntad transformadora, mucho más reducida, casi inexistente. Sin embargo, como militar que es, posee importantes dosis de pragmatismo, y, como caudillo que nunca ha sido, depende más de los resultados que de las promesas o de la historia para apuntalar su poder.

Todo lo anterior ocurre en un contexto de deterioro generalizado en el país; es decir, de un régimen colapsado, aunque aún presente. Por esto, Raúl está obligado a cambiar. En sus intenciones, probablemente, querrá hacerlo lo menos que sea necesario para mantenerse en el trono Sin embargo, la historia reciente del totalitarismo (China, por el momento, excluida) demuestra que las aperturas económicas tienen inevitables –y profundas– consecuencias sociales y políticas.

Esto quiere decir que, aunque ni el “Mensaje del Comandante en Jefe” ni lo que decida a partir del domingo un parlamento que no es son transformaciones esenciales, sí mejoran las condiciones para que se produzcan.

Solo cuando esto ocurra, con vigor –y, ojalá, paz– estaremos ante un verdadero cambio de era. Por el momento, solo es de disfraces.

Eduardo Ulibarri

domingo, 28 de octubre de 2007

Al pie de la sepultura de Castro


El presidente Bush convocó a medio mundo al Departamento de Estado. Quería dar a conocer una importante declaración a los cubanos de la Isla. La ceremonia, oficiada el pasado 24 de octubre, tenía algo de urgencia. Lo rodeaban la secretaria, Condoleezza Rice, el senador Mel Martínez, los congresistas cubanoamericanos y otros funcionarios notables. No era un mensaje electoral dirigido a los votantes de la Florida. Ésos se hacen en guayabera y en tono mitinero. Era otra cosa mucho más seria.

Bush les estaba hablando a todos los cubanos, pero muy especialmente a la cúpula dirigente. Los norteamericanos tienen una información vital y precisa: la inmensa mayoría del aparato de poder quiere cambios profundos. Circulan cien informes sobre las discusiones desatadas en Cuba para examinar los problemas que afectan al país y los resultados son casi unánimes: prácticamente nadie quiere mantener el régimen actual. Comienzan, tímidamente, por reclamar cambios económicos, y no tardan en pedir cambios políticos y libertades individuales.

Rául y supercherías. Lógico. ¿Cómo creer en las virtudes del partido único y del colectivismo tras medio siglo de fracasos y miseria? Una inmensa mayoría del país quiere la restauración de los derechos de propiedad, la democracia y el pluralismo. Entre los intelectuales, artistas y estudiantes es un clamor casi unánime. El único convencido de las virtudes del comunismo es Fidel Castro, y su muerte, precedida por la demencia senil, no debe estar muy distante. Ni siquiera Raúl, que fue comunista antes que Fidel, cree ya en esas supercherías. Por eso Bush no lo mencionó en su discurso. Quería dejar abiertas todas las opciones. Por eso se dirigió a las Fuerzas Armadas y a los cuerpos de seguridad. Quienes recojan los deseos de la sociedad e inicien o faciliten la transición hacia la democracia tendrán todo el apoyo de Estados Unidos. Existe vida más allá del comunismo.
Imprimir Imprimir Enviar Recomendar
Disminuir Disminuir Aumentar Aumentar

Hay otro elemento clave en el discurso de Bush. Prefiere la libertad a la estabilidad. Lo ha dicho claramente. No admite el cínico argumento (defendido por algunos militares norteamericanos) de que es preferible una tiranía que mantenga la calma en la Isla, para evitar el éxodo masivo de los cubanos, antes que correr el riesgo de una transición hacia la democracia que podría ser turbulenta. Eso se llama aprender de la historia. Durante todo el siglo XX Estados Unidos pactó con dictaduras repugnantes en busca de estabilidad y le salió mal. En ese bastardo razonamiento descansaban los censurables lazos con Somoza, Trujillo, Batista o Pinochet. La izquierda condenaba a Washington por esa postura. Ahora Bush se coloca en el lado ético del conflicto frente a la dictadura de Castro, y la izquierda, que no tiene conciencia de sus propias contradicciones, ni de su falta de valores democráticos, sigue condenándolo.

El modelo checo. Bush y sus asesores, en cambio, se dan cuenta de que los intereses de Estados Unidos sólo pueden garantizarse si se instaura en Cuba un régimen democrático dotado de un sistema económico eficiente. La prolongación de la dictadura, aunque sea una imitación del modelo chino, sólo aplaza el problema, no lo resuelve. Es preferible un país sacudido por el cambio tumultuoso, como sucedió en Europa del Este, que lo ocurrido en Rusia, donde no hubo conflictos populares, pero acabó instalado en el Kremlin una mezcla antiamericana de mafiosos y policías. Lo que le conviene a Estados Unidos es que la Cuba futura se parezca a la República Checa o a Hungría, y no a Rusia o a China. Afortunadamente, es lo mismo que quisieran casi todos los cubanos.

¿Cómo se financia esa Cuba durante el cambio? Bush también lo ha descrito: Washington creará un fondo internacional para esos fines. Llegada la hora, no faltarán los fondos, los asesoramientos y los respaldos. La idea la aportó hace dos años en la Universidad de Princeton el expresidente uruguayo Luis Alberto Lacalle, y hasta le puso un nombre: Fondo José Martí. De ahí la recogió FAES, unthink-tank presidido por José María Aznar, y la incorporó en un documento llamadoAmérica Latina: una agenda de libertad , coordinado por el diputado Miguel Ángel Cortés. Luego, de la mano de Aznar, la idea entró en la Casa Blanca. Los cubanos no tendrán graves obstáculos económicos para transformar la dictadura en una democracia y pasar del colectivismo al mercado y la propiedad privada.

El sustituto de Fidel. Esa parte del mensaje es muy importante. Fidel Castro se muere, pero pretende legarles a los cubanos como herencia a un caudillo sustituto: el señor Hugo Chávez. Y la manera de persuadirlos para que lo acepten es no dejarles opción: o admiten la jefatura de Chávez con sus petrodólares y sus subsidios multimillonarios –en torno a tres mil millones anuales–, o se mueren de hambre. Pero se acabó ese chantaje: ya hay cómo salir del abismo en que nos dejará el Comandante. Hugo Chávez, que es una persona particularmente detestada por los cubanos, podrá largarse a otro sitio a vocear su delirante socialismo del siglo XXI. Los cubanos vivieron intensamente el del XX y quedaron escarmentados para siempre.

Carlos Alberto Montaner