
El pasado 15 de setiembre, Oscar Arias dijo en su discurso del Día de la Independencia las siguientes palabras:
Cansancio. Esa idea ha generado las más diversas opiniones: algunas en son de burla y otras en son de crítica. En ASOJOD, queremos adherirnos a esta última corriente, la de la crítica a tan inoportunas palabras, por parecernos que ellas encierran un enorme problema.
¿Está cansado Oscar Arias de la democracia? Parece que sí, por lo que se deriva de ese discurso. Cansarse de los obstáculos es cansarse de la negociación, del pluralismo político, del derecho de los demás a defender sus ideas y proyectos. Lo opuesto a procesos decisionales con obstáculos son las más expeditas dictaduras, donde la opinión de uno solo es tomada como la opinión de todos. Ese es el sistema más eficiente en términos de costos de toma de decisiones, pero el más nocivo en términos de libertad, democracia y paz. Cansarse de la crítica es cansarse del control político, de la diversidad de opiniones y criterios, del señalamiento de errores. Es pretender infalibilidad en todas las materias y cerrar la puerta a recomendaciones y alternativas. Es el imperio de la soberbia y la terquedad.
Los recientes escándalos de las consultorías del BCIE y de la venta de los bonos chinos levantan suspicacias. El problema no es si se hicieron conforme a derecho o al margen de este, sino el secretismo, el manejo de la información. En una democracia, como decía Tierno Galván, los bolsillos de los gobernantes deben ser siempre de cristal, pero en Costa Rica la máxima es la confidencialidad. Paradójicamente, don Oscar reconoce en su discurso del Día de la Independencia la importancia de rendir cuentas, pero su gobierno actúa de forma totalmente opuesta. No le gusta que investiguen, que pregunten, que controlen o que critiquen. Todo intento es un "show mediático".
No comprende el Presidente que en los más elementales textos de Ciencia Política, la gobernabilidad no es la capacidad de la autoridad para ejecutar sus planes sin obstáculo alguno, sino la actuación de las autoridades en espacios reconocidos como legítimos por la ciudadanía. Y si hay críticas y malestar es precisamente porque buena parte de la ciudadanía no está legitimando la actuación del Gobierno de Arias. La gobernabilidad no es imposición, es integración; no es facilismo, es gestión. Eso es lo que hace democrático a un régimen político: la capacidad para generar consensos, no para imponer voluntades, incluso cuando esa voluntad sea la de la mayoría. Y lo que hace realmente libre a un pueblo es la posibilidad de reducir la coacción ejercida por sus gobernantes, cosa que sólo tiene lugar en un sistema donde no hay una inversión del mandato, es decir, donde el ciudadano es el principal y el gobernante su agente; donde hay espacio para la crítica y el control político.
También demuestra Arias su desconocimiento en materia sino jurídica. ¿Cómo es posible que un presidente pida a sus ciudadanos que no hagan legítimo ejercicio de sus derechos fundamentales? La libertad de expresión, como una de principales manifestaciones del derecho de libertad es una de las facultades que han tradicionalmente protegido al individuo del poder estatal. En nuestro país los tax payers han podido saber qué tan bien (o qué tan mal) se usa su dinero gracias a este derecho. El que un Presidente de la República pida a sus ciudadanos que no hagan uso de este derecho es como exigirle a una persona bajo ataque que no actúe en legítima defensa. Nos parece que don Oscar debería recordar la naturaleza de su cargo: Presidente. Quien preside, no ordena; quien guía, no impone; quien concierta, no discrimina. Tal vez sería sano que comencemos a llamar a nuestro Presidente, Ciudadano Presidente (como se hace en México). De esta manera probablemente ayudaremos a que quienes ocupen este cargo recuerden en realidad lo que son: ciudadanos y no soberanos."
La actitud de Arias nos preocupa, fundamentalmente en el marco de sus nuevos "giros geopolíticos". Mientras critica al sistema político costarricense e, indirectamente pide que lo dejen gobernar sin controles, aplaude al sistema venezolano y lo pone como ejemplo en la región. Paradójicamente, el último informe de Human Rights Watch revela que Venezuela es la antítesis por excelencia de la democracia: discriminación política, negación de espacios de oposición, ausencia de separación de poderes, falta de libertad de expresión y de asociación, diseño de políticas públicas clientelistas, entre otras tantas ocurrencias del teniente coronel Hugo Chávez.
¿Puede Costa Rica dirigirse hacia el mismo despeñadero por el que cayó Venezuela? Sí, definitivamente. El primer paso para saltar al vacío es la negación del papel fundamental que realiza la oposición en un sistema político, su estigmatización, su satanización, tal y como lo demuestra Chávez catalogando a Human Right Watch como "la agencia que hace el trabajo sucio del imperio". El paso siguiente es la paranoia: la consideración de que todo lo diferente es malo y que atenta contra los más altos valores de un país. Justo después de eso viene la proscripción de la oposición y el intento por presentar los intereses y estrategias del oficialismo como intereses y estrategias nacionales, recurriendo a la idea de un vocero para toda la sociedad como materialización del mito de la monoliticidad de pensamiento.
El último paso es la imposición. Eliminada la disidencia y satanizado cualquier intento por pensar diferente, los altos niveles de paranoia hacen que se pierda el control y la tolerancia. Cualquiera que se atreva a disentir, aunque sea en la más mínima forma, merece una tunda ejemplar. Poco a poco todos son enemigos y hay que acabarlos. El dogma se impone por convencimiento o por fuerza. Así, se termina apaleando tanto al enemigo, por estar opuesto, como al amigo, por precaución.
¿Eso quiere don Oscar? ¿Que nadie lo critique, sino que le aplaudan cada vez que camina? ¿No quiere que alguien le haga ver que está en un error, sino que prefiere equivocarse y ser él quien lo descubra, a precio de desastre? ¿Está cansado de la democracia? Los ciudadanos y políticos de muchos países latinoamericanos ya han contestado que sí a esa pregunta. Esperemos que don Oscar no termine por la misma senda.
"Voy a ser sincero con todos ustedes: estoy cansado. Estoy cansado de intentar hacer cosas que urgen y encontrar obstáculos por doquier. Estoy cansado de proponer medidad que son adversadas simplemente por venir del Gobierno. Estoy cansado de dar explicaciones a personas que lo que quieren no es una explicación, sino un acto de construcción de parte mía. Estoy cansado de intentar gobernar en un país que cree que la crítica a toda costa nos hace más libres, cuando en realidad nos hace más ingobernables".
Cansancio. Esa idea ha generado las más diversas opiniones: algunas en son de burla y otras en son de crítica. En ASOJOD, queremos adherirnos a esta última corriente, la de la crítica a tan inoportunas palabras, por parecernos que ellas encierran un enorme problema.
¿Está cansado Oscar Arias de la democracia? Parece que sí, por lo que se deriva de ese discurso. Cansarse de los obstáculos es cansarse de la negociación, del pluralismo político, del derecho de los demás a defender sus ideas y proyectos. Lo opuesto a procesos decisionales con obstáculos son las más expeditas dictaduras, donde la opinión de uno solo es tomada como la opinión de todos. Ese es el sistema más eficiente en términos de costos de toma de decisiones, pero el más nocivo en términos de libertad, democracia y paz. Cansarse de la crítica es cansarse del control político, de la diversidad de opiniones y criterios, del señalamiento de errores. Es pretender infalibilidad en todas las materias y cerrar la puerta a recomendaciones y alternativas. Es el imperio de la soberbia y la terquedad.
Los recientes escándalos de las consultorías del BCIE y de la venta de los bonos chinos levantan suspicacias. El problema no es si se hicieron conforme a derecho o al margen de este, sino el secretismo, el manejo de la información. En una democracia, como decía Tierno Galván, los bolsillos de los gobernantes deben ser siempre de cristal, pero en Costa Rica la máxima es la confidencialidad. Paradójicamente, don Oscar reconoce en su discurso del Día de la Independencia la importancia de rendir cuentas, pero su gobierno actúa de forma totalmente opuesta. No le gusta que investiguen, que pregunten, que controlen o que critiquen. Todo intento es un "show mediático".
No comprende el Presidente que en los más elementales textos de Ciencia Política, la gobernabilidad no es la capacidad de la autoridad para ejecutar sus planes sin obstáculo alguno, sino la actuación de las autoridades en espacios reconocidos como legítimos por la ciudadanía. Y si hay críticas y malestar es precisamente porque buena parte de la ciudadanía no está legitimando la actuación del Gobierno de Arias. La gobernabilidad no es imposición, es integración; no es facilismo, es gestión. Eso es lo que hace democrático a un régimen político: la capacidad para generar consensos, no para imponer voluntades, incluso cuando esa voluntad sea la de la mayoría. Y lo que hace realmente libre a un pueblo es la posibilidad de reducir la coacción ejercida por sus gobernantes, cosa que sólo tiene lugar en un sistema donde no hay una inversión del mandato, es decir, donde el ciudadano es el principal y el gobernante su agente; donde hay espacio para la crítica y el control político.
También demuestra Arias su desconocimiento en materia sino jurídica. ¿Cómo es posible que un presidente pida a sus ciudadanos que no hagan legítimo ejercicio de sus derechos fundamentales? La libertad de expresión, como una de principales manifestaciones del derecho de libertad es una de las facultades que han tradicionalmente protegido al individuo del poder estatal. En nuestro país los tax payers han podido saber qué tan bien (o qué tan mal) se usa su dinero gracias a este derecho. El que un Presidente de la República pida a sus ciudadanos que no hagan uso de este derecho es como exigirle a una persona bajo ataque que no actúe en legítima defensa. Nos parece que don Oscar debería recordar la naturaleza de su cargo: Presidente. Quien preside, no ordena; quien guía, no impone; quien concierta, no discrimina. Tal vez sería sano que comencemos a llamar a nuestro Presidente, Ciudadano Presidente (como se hace en México). De esta manera probablemente ayudaremos a que quienes ocupen este cargo recuerden en realidad lo que son: ciudadanos y no soberanos."
La actitud de Arias nos preocupa, fundamentalmente en el marco de sus nuevos "giros geopolíticos". Mientras critica al sistema político costarricense e, indirectamente pide que lo dejen gobernar sin controles, aplaude al sistema venezolano y lo pone como ejemplo en la región. Paradójicamente, el último informe de Human Rights Watch revela que Venezuela es la antítesis por excelencia de la democracia: discriminación política, negación de espacios de oposición, ausencia de separación de poderes, falta de libertad de expresión y de asociación, diseño de políticas públicas clientelistas, entre otras tantas ocurrencias del teniente coronel Hugo Chávez.
¿Puede Costa Rica dirigirse hacia el mismo despeñadero por el que cayó Venezuela? Sí, definitivamente. El primer paso para saltar al vacío es la negación del papel fundamental que realiza la oposición en un sistema político, su estigmatización, su satanización, tal y como lo demuestra Chávez catalogando a Human Right Watch como "la agencia que hace el trabajo sucio del imperio". El paso siguiente es la paranoia: la consideración de que todo lo diferente es malo y que atenta contra los más altos valores de un país. Justo después de eso viene la proscripción de la oposición y el intento por presentar los intereses y estrategias del oficialismo como intereses y estrategias nacionales, recurriendo a la idea de un vocero para toda la sociedad como materialización del mito de la monoliticidad de pensamiento.
El último paso es la imposición. Eliminada la disidencia y satanizado cualquier intento por pensar diferente, los altos niveles de paranoia hacen que se pierda el control y la tolerancia. Cualquiera que se atreva a disentir, aunque sea en la más mínima forma, merece una tunda ejemplar. Poco a poco todos son enemigos y hay que acabarlos. El dogma se impone por convencimiento o por fuerza. Así, se termina apaleando tanto al enemigo, por estar opuesto, como al amigo, por precaución.
¿Eso quiere don Oscar? ¿Que nadie lo critique, sino que le aplaudan cada vez que camina? ¿No quiere que alguien le haga ver que está en un error, sino que prefiere equivocarse y ser él quien lo descubra, a precio de desastre? ¿Está cansado de la democracia? Los ciudadanos y políticos de muchos países latinoamericanos ya han contestado que sí a esa pregunta. Esperemos que don Oscar no termine por la misma senda.