lunes, 11 de julio de 2016
Tema polémico: el rezago de la política
lunes, 6 de julio de 2015
Tema polémico: la tribu contra Trum
martes, 8 de julio de 2014
La columna de Carlos Federico Smith: cuatro consejos que tal vez alguien agradecerá
Soy consciente de que es muy pretencioso decir que, lo que mueve mi actuación como crítico del gobierno, es lo que Tucídides transcribió de la Oración Fúnebre del gobernante Pericles, pronunciada en el año 431 antes de Cristo, en el Cementerio del Cerámico, Atenas, en ocasión de las exequias de las víctimas atenienses durante el primer año de la guerra en contra de Esparta. Pero si alguien considera que mi justificación es inmodesta, pues no me queda más que aceptar dicha crítica.
“Los individuos pueden ellos mismos ocuparse simultáneamente de sus asuntos privados y de los públicos; no por el hecho de que cada uno esté entregado a lo suyo, su conocimiento de las materias políticas es insuficiente. Somos los únicos que tenemos más por inútil que por tranquila a la persona que no participa en las tareas de la comunidad. Somos nosotros mismos los que deliberamos y decidimos conforme a derecho sobre la cosa pública, pues no creemos que lo que perjudica a la acción sea el debate, sino precisamente el no dejarse instruir por la discusión antes de llevar a cabo lo que hay que hacer.”
Creo que nuestras recientes elecciones se definieron con base en base dos elementos. Uno de ellos radicalmente más importante que el otro. El primero es el malestar de los ciudadanos ante lo que percibe como actos corruptos del gobierno y, el otro, el temor a que un grupo político, a lo que luego me referiré, incline a nuestro país hacia medidas inconvenientes, como las llevadas a cabo en Venezuela bajo los gobernantes Chávez y Maduro. Obviamente muchos otros factores pueden haber jugado en la definición de dichas elecciones, pero considero a aquellos como los más significativos.
El PAC, del cual don Luis Guillermo fue su candidato, nunca durante la campaña fue objeto de cuestionamientos por razones morales. Ni siquiera ante el claro escándalo moral derivado de las elecciones previas a esta última, debido al exceso de gastos indebidos, presentados a cobro ante el Tribunal Supremo de Elecciones. Por el contrario, en lo referente a otros partidos –al menos en cuanto a los más significativos- la ciudadanía pudo observar cómo se les señalaron problemas morales en cuanto a su actuar político.
En lo que tiene que ver con el PUSC, a pesar de que su candidato era y es un persona íntegra –don Rodolfo Piza- el lastre de las acusaciones, que aún se debaten en los tribunales de justicia de varios de sus más importantes dirigentes, fue una clara molestia para muchos votantes, a tal grado que hubo una diáspora de anteriores seguidores del PUSC hacia otros partidos.
En lo que respecta al PLN, creo que es innecesario que me refiera al evidente desprecio del electorado, ante una serie de actos considerados por la ciudadanía como incompatibles con la corrección que exige el manejo del poder, en lo que trata de los fondos públicos. El resultado electoral me parece que es más que prueba suficiente del desprecio ciudadano por ese tipo de conductas.
El FA es un caso distinto. Como tampoco había pasado por ser gobierno, eso podría explicarnos por qué la ciudadanía, por lo general, no los consideró como relacionados con actos de corrupción en la gestión pública, aunque sí le pareció que sus pronunciamientos e inclinaciones hacia movimientos socialistas extremos, como los de Venezuela, no ofrecían al país la posibilidad de que los ciudadanos pudieran seguir progresando en paz y en libertad. Por ello, incluso muchos de quienes apoyaron inicialmente al FA, migraron razonadamente hacia otros partidos, principalmente hacia el PAC.
Siendo que, en mi opinión, el factor moral fue importantísimo en la elección anterior, creo que mi primer consejo para el gobierno actual es el siguiente:
1.- Las autoridades gubernamentales no pueden dejar margen para que el ciudadano perciba que actos del nuevo gobierno no están acordes con lo que esperaba en el campo de la moralidad en la gestión pública. Ejemplos: el cuestionado nombramiento del Director de Tránsito; el del director de la DIS (por las razones que sean, pero es lo que el pueblo percibe como indeseable); los nombramientos de ministros y otros altos funcionarios con sueldos de la Universidad de Costa Rica; ministros que devengan cuantiosas pensiones de privilegio, entre otros. Pero, en mucho, lo que se percibe es falta de energía en la lucha en contra de la corrupción que se dio en la administración anterior. Es cierto que esto último podría estar en proceso, pero creo que el gobierno no ha explicado lo suficiente a la ciudadanía, en cuanto a las acciones que está llevando a cabo.
Las elecciones anteriores fueron tomadas por muchos ciudadanos como la posibilidad de tener un gobierno que fuera eficiente para resolver una serie de problemas existentes en el país, en donde sus acciones estarían claramente definidas por experimentados ciudadanos, quienes encabezarían los principales puestos públicos. En cuanto a esto último, me parece que la ciudadanía vio con buenos ojos los nombramientos de funcionarios muy preparados, principalmente provenientes de los claustros universitarios. Pero la crítica que uno observa desde ya, y que puede volverse tenazmente desquiciadora de un buen gobierno, es que la nueva administración no sabe lo que está haciendo. Aquí viene mi segundo consejo:
2.- Si este gobierno no muestra un conocimiento aceptable de la buena y procedimental administración pública, la ciudadanía va a perder su confianza en que el gobierno de don Luis Guillermo tiene una idea clara de cómo hacer bien las cosas. Ejemplos: el zigzagueo gubernamental en el tema energético y particularmente en cuanto a una reducción prometida en los precios de la electricidad y de los combustibles; las contradicciones evidentes entre altos funcionarios del gobierno, como fue el caso de la posibilidad del gobierno de volver a poder negociar con importantes deudores tributarios; la promesa incumplida a la fecha de que, antes de proceder a aumentar nuevos impuestos o tarifas para recaudar fondos estatales dado un significativo déficit, el gobierno acudiría a reducir radicalmente el gasto público innecesario; las denuncias de pagos indebidos en los salarios del magisterio y sobre lo cual desde hace rato no se ha dicho nada más, entre otros. El gobierno parece que no actúa unitariamente, sino en compartimentos, y sin un rumbo unitario definido ante los graves problemas nacionales.
Hay temas que son trascendentales para orientar adecuadamente nuestra economía hacia la generación de un mayor empleo productivo. Aunque considero que en los meses por venir probablemente el ciudadano expresará como su preocupación principal el alto crecimiento de los precios (la inflación), me parece que el que, en realidad, impulsa su inquietud acerca del rumbo de nuestra economía, es su capacidad generadora de empleos productivos. El desempleo es, actualmente y creo que permanecerá siéndolo en un futuro cercano, el principal desasosiego económico de los costarricenses. Creo que el gobierno entrante ha hecho cosas muy apropiadas en este sentido, como ha sido, por ejemplo, la restauración de la confianza hacia el país de parte de la inversión extranjera aquí ubicada y, por ello, considero muy adecuado el viaje que hizo don Luis Guillermo a los Estados Unidos, para exponerle a inversionistas potenciales que el país es un atractivo para ellos, a pesar de la reciente salida de importantes empresas extranjeras que operaban en el país, que se dio a inicios de su administración. De esto último, el nuevo gobierno es poco lo que puede responsabilizársele. Aquí viene mi tercer consejo:
3.- Don Luis Guillermo debe seguir enfatizando -y, sobre todo, actuando consistentemente- que su gobierno no es un enemigo de la empresa privada, tanto nacional como extranjera. Por ello su política ante el problema fiscal es crucial: que no pondrá nuevos impuestos que graven al consumidor y al sector productivo nacional, antes de entrarle con bisturí al excesivo gasto público. Eso sólo genera una incertidumbre innecesaria para quienes desean arriesgar con sus inversiones. Después de todo, aquella fue una clara promesa hecha en su campaña electoral. Asimismo, el nuevo gobierno debe exponer concretamente un plan para reducir las trabas que hay hoy en la administración pública para poder hacer negocios y que en mucho afecta a los empresarios de menores recursos relativos. Es indispensable actuar pronto en ese sentido, tal como lo hizo eliminando las trabas totalmente innecesarias que había en el Ministerio de Salud para la aprobación de nuevos productos. No debe esperarse a que surjan crisis similares a ésta, para efectivamente incentivar el esfuerzo productivo en nuestro país.
Finalmente, quisiera tocar un tema que, me parece, está bullendo debajo de la superficie, y es el de nuestras relaciones internacionales, particularmente con los llamados países del ALBA. Me atrevo a pensar que nuestra ciudadanía desea permanecer lo más lejos posible de una cercanía con países que tienen esquemas comerciales y productivos muy disímiles al nuestro, en especial en cuanto a la apertura comercial en que nos hemos visto involucrados desde mediados de la década de los ochentas. Por ello, es crucial más bien acelerar nuestro acercamiento hacia los llamados países de la Cuenca del Pacífico y no con los llamados del Alba y sus asociados. Especialmente porque, por ejemplo, un acercamiento a Petrocaribe posiblemente lo será a costas de una aproximación política significativa hacia un país, Venezuela, cuyo gobierno se caracteriza por haber generado un empobrecimiento general entre sus ciudadanos, al imponerles esquemas de producción totalmente diferentes al nuestro, así como indeseables. Por ello, mi cuarta recomendación es:
4.- Profundice el acercamiento de nuestro país a los conglomerados de naciones que básicamente tienen una orientación similar en cuanto al comercio internacional. Robustecer un estatismo trasnochado e ineficiente acercándonos a otros agrupamientos, como el Alba, por ejemplo, no sólo hará que nuestra inversión y la generación de empleo decaigan sustancialmente, a la vez que introducirá una gran inquietud entre ciudadanos, como nosotros, amantes de la libertad y de un comercio abierto.
Espero que estos cuatro consejos sean de utilidad para los gobernantes entrantes, porque conforme pasa el tiempo la ciudadanía será más crítica de lo que ya lo es hoy, al irse dando cuenta de que sus expectativas e ilusiones no están siendo satisfechas y porque, en especial, que lo que se le prometió no se le cumple. El capital político se erosiona rápidamente y el problema está en que el tejido social de nuestro país podría verse afectado indebidamente por ello. Está en manos del gobierno actual llevarnos por mejores rumbos y el deber de los ciudadanos, cualesquiera sean sus inclinaciones políticas, es el de opinar libremente en espera de que lo que sugiere sea tomado en cuenta por sus gobernantes, a fin de que podamos efectivamente vivir mejor, todos nosotros.
Jorge Corrales Quesada
jueves, 8 de agosto de 2013
Jumanji empresarial: democracia y conocimiento
Los gobernantes son los responsables de crear las condiciones necesarias, si se quiere que dichos preceptos se respeten en toda la esfera socioeconómica de la nación; pero esto únicamente se logrará si los ciudadanos envían el mandato adecuado a los gobernantes electos. De lo contrario, siempre existirá el peligro de que los gobernantes de turno sucumban a las presiones de las argollas (grupos de presión), menospreciando las necesidades de los individuos dispersos y burlando, así, la libertad de elección del conjunto de la ciudadanía.
Desgraciadamente, este escenario de continua entrega del poder a políticos carentes de un mandato acorde con las necesidades individuales se ha dado por culpa de un desinterés generalizado de la clase política que no provee a la población del conocimiento apropiado, indispensable a la hora de crear un sentimiento de auto dependencia, capaz de generar el libre pensamiento. Y el ejercicio del libre pensamiento con conocimiento, base de la toma de decisiones ciudadanas, como en el caso de emitir un voto por ejemplo, es lo que garantiza la elección de agentes políticos que realmente se hallen dispuestos a respetar los preceptos básicos ya mencionados; es decir, un enfoque en pro de los derechos individuales, pero siempre conscientes del principio de una legítima representación y demás derechos por parte de las elites políticas.
El problema, claro está, es que la responsabilidad de diseminar este conocimiento liberador ha recaído, en los hechos, sobre una minoría burocrática que domina el sistema educativo, influyendo - consciente o inconscientemente - la conciencia individual y colectiva de los futuros electores y elegidos que comparten el sistema democrático. Tanto el magisterio, como los administradores del sistema, pretenden bajo un inadecuado esquema de grados y educación estandarizada que los jóvenes adquieran el conocimiento teórico y empírico, además de las habilidades y destrezas para analizar problemas complejos.
La rigidez del sistema y la falta de conocimiento de los educadores hace imposible el uso adecuado de los datos (ya se trate del método científico, ya se trate del método heurístico), inhibiendo la propia iniciativa de los educandos. Por otro lado, la falta de una enseñanza que incluya conocimientos básicos sobre el sistema de especialización e intercambio que regulan, a través de los mecanismos libres de mercado, las actividades e interconexiones entre los diferentes agentes económicos de una sociedad, hace que la educación deje de ser una herramienta de vida y se convierta en una simple recopilación de datos inútiles para la generación de riqueza tangible e intangible. Este hecho obliga a los ciudadanos a tomar decisiones de voto, siempre bajo un estado de inseguridad, desconocimiento y hasta de coacción.
Una veloz mirada a semejante cuadro nos indica la evidente urgencia de promover una reforma educativa global e integral en Costa Rica, una reforma que explore esquemas educativos innovadores y liberadores, además de sistemas de autogestión y descentralización administrativa, y que se convierta en verdadero punto de apoyo de un alto grado de libertad de elección por parte de quienes requieren del aprendizaje y del conocimiento tácito para crecer. Además, urge reformar nuestro sistema de gobierno, para que tanto las decisiones de interés colectivo, así como la internalización de las externalidades implícitas en las actividades económicas, se logren conciliar a nivel local y no diluir a nivel nacional.
lunes, 15 de julio de 2013
Tema polémico: el salario de los candidatos
Concluimos rescatando el corolario de nuestro artículo anteriormente publicado: exigimos respeto por el dinero de aquellos que no quieren que sus recursos sean utilizados en campañas y planteamos reglas simples que, en nuestro criterio, servirán para eliminar buena parte de la corrupción que inunda a la gran mayoría de partidos políticos.
miércoles, 21 de noviembre de 2012
Desde la tribuna: el degradado proceso político costarricense
jueves, 30 de agosto de 2012
Jumanji empresarial: trilogía poética
Los caballeros de la política desde ya preparan sus mentiras, sacan a relucir sus máscaras, abren sus billeteras.
Los caballeros de la política desde ya adoctrinan a sus familias, seleccionan a sus amigos, identifican a sus enemigos.
¡Los caballeros de la política desde ya dejaron de ser humanos!
¡El príncipe ha llegado!
desde la Iberia, fue anunciada su llegada,
sin ser caudillo en propiedad, solo por relación, de padre e hijo y ambición,
su asamblea es convocada, sus soldados anunciados,
sea suya o de su padre, la autoridad se le es dada,
confianza pide, y confianza se le ha dado.
Olvidando su pasada vanidad,
olvidando su pasada insensatez,
olvidando que una vez,
el olvido a su tierra,
y esta a él,
y a su desfachatez.
Parásitos y Burócratas
La muerte y los impuestos no se pueden evitar,
De seguridad y sustento, el burócrata, no se tiene que ocupar,
mientras otros inseguros, velen por su bienestar,
chupa, chupa el parasito, a su huésped sangrara,
caso omiso a su ignorancia,
caso omiso a su violencia,
caso omiso a su suicidio,
Y es así, como el parasito y el burócrata, al huésped y al inseguro, algún día, mataran.
lunes, 30 de julio de 2012
Tema polémico: Figueres y el electorado
lunes, 13 de junio de 2011
Tema polémico: la corrupción como descrédito de la política

viernes, 28 de enero de 2011
VIernes de Recomendación

lunes, 17 de enero de 2011
Tema polémico: ser liberal no es ser de "derecha"

En ASOJOD queremos centrarnos en explicar que el liberalismo y la derecha, aunque típicamente se han considerado "hermanos" o, incluso, equivalentes, son sumamente diferentes. Para ello, primero hay que explicar qué se entiende por "derecha". Sin entrar en mucho detalle, la dicotomía izquierda-derecha se popularizó luego de la II Guerra Mundial, con el inicio de lo que se conoció como Guerra Fría, una disputa geopolítica entre las potencias socialistas -lideradas por la antigua URSS- y las capitalistas -comandadas por USA-. Se suponía que era el enfrentamiento entre opresión y libertad, entre un Estado centralizado y un mercado descentralizado. Frente a ello, académicos, políticos y demás, comenzaron a desarrollar sus propias teorías para explicar la dicotomía, pero siempre entendiéndola como un continuum con dos extremos -izquierda y derecha- en los cuales, los actores se movían en una línea que marcaba diferencias de grado.
Sin embargo, esa caracterización hoy día, está superada o, al menos, debería estarlo. ¿Por qué? Básicamente por dos razones: 1) es anacrónica y 2) es simplista. En cuanto a la primera, es obvio que superada la Guerra Fría, no hay bloques de poder tan claramente definidos como en su momento, sino que el poder se ha distribuido en una multiplicidad de actores que deben ser considerados en el análisis. La segunda tiene que ver no sólo con la ideología, sino con los intereses. No sólo hay más actores, sino que el desarrollo teórico-filosófico demuestra que los bloques "izquierda" y "derecha" no son monolíticos e, incluso, contienen elementos que no calzan en su caracterización. Primero, es imposible pensar que hay un grupo de corrientes socialistas uniformes: las diferencias entre marxistas, stalinistas, luxemburguistas, comunistas, troskistas, maoístas y demás, así lo demuestran, al igual que las divergencias entre los que se consideran "capitalistas". Es muy irresponsable, desatinado y hasta irrisorio, ver que se considere como pares a liberales, socialdemócratas, fascistas y otros grupos que, comúnmente, se ha dicho no son socialistas. Ante ello, ningún analista serio -este término definitivamente excluye al ejército de charlatanes que, con título o sin título que los califique, pretenden entender y explicar la política- usaría actualmente esa categoría de izquierda-derecha, sea para explicar la economía, la política, el derecho, la sociología o cualquier otra disciplina, pues la teoría ha avanzado lo suficiente como para dejar claro que existe una multiplicidad en el pensamiento y que las marcadas diferencias impiden que se les clasifique en un plano unidimensional.
Pues bien, la realidad demuestra que esos charlatanes e irresponsables son los que dominan los medios de comunicación, las aulas de los diferentes niveles educativos y el discurso público, toda vez que aún hoy es fácil escuchar a alguien relacionar a corrientes de pensamiento claras con esas categorías superadas. Justamente ese es el caso que queremos abordar, cuando se considera al liberalismo como parte de la derecha, hermanándolo con el fascismo o la socialdemocracia.
Empecemos por explicar, grosso modo, los principios fundamentales del liberalismo o, por lo menos, los que fungen como común denominador entre las diferentes ramificaciones de esta corriente. Fundamentalmente, quienes se ubican en esta corriente comparten su aprecio por la libertad, el individualismo, el mercado como mecanismo de generación y distribución de riqueza, la descentralización de la información, la propiedad privada, la reducción del Estado y la iniciativa y decisión privadas. Por su parte, las características principales de la socialdemocracia son la intervención del Estado en las decisiones de los ciudadanos, la distribución de la riqueza, los derechos colectivos o sociales, la supeditación de lo individual a lo colectivo, entre otras. Queda claro que no son lo mismo.
Con el fascismo también existen diferencias que hacen que el liberalismo sea diametralmente opuesto. Hoy día, esos charlatanes e irresponsables de los que hablábamos en párrafos anteriores, dicen que las dictaduras militares en Chile y Argentina o que el "imperialismo" estadounidense son sinónimo de liberalismo. Nada más errado. Si bien es cierto que en Chile se tomaron algunas medidas liberales -reducción de aranceles, privatización de empresas estatales, transformación del sistema de pensiones, pasando de un esquema de reparto a uno de capitalización individual, potencialización de la libre competencia, desrregulación, etc.- lo cierto es que se llevaron a cabo en un contexto muy particular, caracterizado por la falta de libertad en otros ámbitos de la vida y por la existencia de una dictadura atroz y violatoria de los derechos individuales. Inclusive, en la actualidad, es posible observar cómo en ese país todavía persiste una defensa y un enfoque de libertad económica, pero no de libertad civil, política, decisional, etc. Temas como el aborto, la unión civil de personas del mismo sexo, entre otros, se mantienen con un bajo perfil, posiblemente por la influencia de la religión, que en esa nación es un factor muy importante para el conservadurismo.
En cuanto a Argentina, lo único en que coincidió con el liberalismo fue en un incipiente proceso de apertura económica que, hasta la fecha, no se ha consolidado por causa del imperante mercantilismo existente en esa sociedad. Si bien es cierto que algunos intentos por sacar al Estado de varios ámbitos de la economía tuvieron lugar -como en el caso de las privatizaciones- todo esto no se dio en un ambiente de libertad. Las empresas estatales no se vendieron como en una economía de mercado -donde no existen barreras de entrada para los competidores- sino que le fueron traspasadas a personas cercanas al Gobierno. El proteccionismo comercial, la corrupción, el despilfarro de los fondos públicos y las medidas anticompetitivas -impuestos altos, regulaciones absurdas, burocracia y tramitología- son elementos evidentes en el funcionamiento de ese país.
Por su parte, Estados Unidos -calificado por los partidarios de la teoría de la conspiración como "imperialista"- es un vivo ejemplo de todo lo que NO es liberalismo. Esa sociedad abandonó las ideas liberales desde la década de los 30, cuando se pusieron en marcha las políticas keynesianas diseñadas para la supuesta salvación de la economía y que, hasta estos días, no han sido eliminadas. Todavía persisten altos subsidios, enorme gasto estatal, regulaciones odiosas y una compra-venta de favores políticos que, aunque importante y destructiva, no alcanza los niveles de los países latinoamericanos.
Como podrán ver, y para confirmar los invitamos a investigar más acerca del pensamiento liberal, quienes creemos en la libertad verdaderamente, lo hacemos como un valor indivisible: no se puede hablar de libertad económica sin libertad civil o política y viceversa. Por ello, repudiamos todo uso de la fuerza y la coerción, todo impedimento a que los individuos piensen, se expresen, se asocien y busquen los fines que desean.
Los liberales creemos que el Estado debe salir completamente de la economía y de la vida de los ciudadanos, dedicándose únicamente a brindar protección a su vida, libertad y propiedad, y no a subsidiar pobreza, intervenir mercados, regular actividades productivas ni obstaculizar las decisiones individuales. Pensamos que el Estado no debe tener empresas, hospitales, escuelas, colegios o universidades, sino que todo eso debe ser privado, pero en un sistema donde libremente se pueda competir y escoger, no donde los políticos le aseguren un monopolio a los empresarios.
Defendemos la iniciativa privada para que las personas, haciendo uso de sus recursos, puedan escoger la actividad a la que desean dedicarse para obtener ingresos y que los otros individuos, libre y voluntariamente, decidan si premian o castigan su esfuerzo. Procuramos que las relaciones entre las personas se basen en el intercambio, definiendo cada parte lo que considera como valor y transándolo según los términos que ellos escojan, sin intervención de terceros.
Rechazamos los subsidios, los impuestos y el absurdo gasto público que tienen la mayoría de los Estados actuales, pues quitarle riqueza a quienes la han producido por su esfuerzo y talento para dársela a quienes no la han producido es inmoral. Además, es ineficiente, pues las personas no salen de la pobreza con base en bonos, becas y demás ayudas estatales, sino por la búsqueda de oportunidades de mercado, es decir, por la creatividad y capacidad para satisfacer necesidades de consumo.
Ser liberal no es ser de derecha. El fascismo pretende colocar valores colectivos por encima de los individuales; supeditar a las personas a entelequias como "patria", "bien común", etc. que no son otra cosa que el camuflaje para que unos utilicen a otros como medios para alcanzar sus fines. El fascismo se basa en el corporativismo, esto es, el Estado definiendo quiénes son los ganadores y perdedores de la actividad política y económica, dirigiendo la producción, asignando beneficios a sus amigos y perjuicios a sus enemigos, mientras el liberalismo busque que sean los consumidores los que premien o castiguen.
La socialdemocracia o el socialcristianismo coinciden con el fascismo en la supeditación del individuo. Para esas corrientes, siempre hay algo más importante que la persona como para obligar a esta a ser un simple medio, despojándola de su riqueza, su talento, su trabajo, su esfuerzo y su dignidad. Comparten como valor que el individuo no es, para esas corrientes, más que un instrumento a disposición del político de turno para la consecución de valores antojadizos y caprichosos, basados en las ocurrencias y perversiones.
El liberalismo, por el contrario, es la única corriente de pensamiento que respeta la diversidad, aunque sea en su contra. La única que no pretende obligar a las personas a contribuir en el alcance de fines que no le son propios, la única que respeta al individuo como un ser que requiere, como condiciones sine qua non, la libertad, la propiedad y la vida para poder desarrollarse.
Así que cuando escuchen a alguien hablar de derechas e izquierdas y, principalmente, confundir al liberalismo con la derecha, pueden estar seguros que están frente a un estafador intelectual, frente a un charlatán que, por ignorancia o maldad, está tratando de confundirlos.
miércoles, 14 de enero de 2009
¿Por quién votar?

¿Por quién votar? Esta es una pregunta constante entre los ciudadanos cada vez que se acerca un proceso electoral, e inmediatamente surge la respuesta: “No hay por quién” o “Todos los políticos son iguales”. Tan vacía la pregunta como las respuestas, la primera está cargada de la desidia de los ciudadanos por informarse y de la mala oferta que algunos partidos les hacen. Por su parte, ambas respuestas son una generalización provocada por la pérdida de compromiso de los ciudadanos con la patria, así como por la poca atención de los partidos a los problemas reales que aquejan a la nación. Tan irresponsables son unos por lo que ofrecen como los otros por conformarse con tan poco.
Iniciamos un año de lucha electoral, en el cual la competencia por gobernar a partir del 2010 obligará a los partidos políticos a exponer con claridad sus cartas sobre propuestas y candidatos a los diversos puestos de elección popular. Ejercicio que también debería obligar a todos los ciudadanos a informarse y tomar conciencia sobre la situación nacional, para definir los requisitos y calidades que deberán exigir a quienes pretendan ejercer el poder del Estado desde los poderes Ejecutivo y Legislativo.
Actividad viva. Los problemas de la nación no son producto de la política, sino de la sociedad. Aquella es –afirmaba Aristóteles– la “ciencia de las ciencias”, pues es ella la que permite a las personas exponer sus preocupaciones e intercambiar con los otros la diversidad de criterios de una sociedad. La política es una actividad viva que se adapta, que se caracteriza por ser flexible y conciliadora. Esa que tanto critican unos y denigran con sus acciones otros, sin darse cuenta de que es la forma de gobierno de las sociedades libres. La política es democracia y esta es su producto, por ser diversidad de pensamiento.
Puede ser que en algunos momentos la política sea confusa, a veces vulgar o carente de resultados definitivos, y a veces enmarañada, lo que algunos definen como ingobernabilidad, sin darse cuenta de que ella, aun en las peores circunstancias, les permite a las personas decidir sobre el rol que desean ocupar en la sociedad. La política da al individuo la libertad de vivir las experiencias que le acentúan el sentirse un alma propia, sin necesidad de esconder lo que piensa y lo que desea. ¡Si no es ella la que produce la democracia, que alguien me diga, por favor, de dónde proviene!
La política es la que permite que se gobierne a las sociedades pluralistas, y concatena las múltiples ideas sin necesidad de utilizar la violencia. Sin embargo, lo que sucede es que algunos piensan que el verdadero problema de la sociedad está en la pluralidad. Por eso, doctrinas como el marxismo fracasaron, al renegar de la diversidad de criterios, pues buscó la unificación de pensamiento, por ser manifiesta y explícitamente antipolítica. Desde ahí surgió su caída, pues no era la tolerancia una de sus virtudes.
Consciencia del ciudadano. Es una obligación de todo buen ciudadano preocuparse por la calidad de sus gobernantes, y, más aún de los partidos políticos, el brindar la mejor oferta. No es posible que quienes quieren gobernar no dediquen tiempo a decir para qué y por qué pretenden ostentar el poder que el pueblo que gobierna les cede. Es requisito que los políticos muestren y divulguen sus ideas y proyectos con transparencia, y que el ciudadano se obligue a comparar y a comprometerse con la patria para escoger la mejor opción. Que no sean ni la farándula ni otros los que determinen la oferta política, pero mucho menos la inconsciencia del ciudadano la que castigue a una patria maravillosa, como es la nuestra, con un destino que no se merece.
Hoy en día tenemos un buen presidente, con sobrados atestados para serlo y con una muy buena labor, por lo que quien le releve no puede ofrecernos menos que él.
Bien escribía Ortega y Gasset que, “por muy cumplida que sea la vida de un pueblo, tiene harto que mejorar. Esa mejora de la patria esperan nuestros hijos de nosotros para que su existencia sea menos dolorosa y más llena de posibilidades”, a lo que agrego: “La patria es una tarea a cumplir, un problema a resolver, un deber”, y yo sumaría que en nuestras decisiones está nuestro destino.
Claudio Alpízar
sábado, 22 de noviembre de 2008
La perspectiva de la elección pública

Permítaseme comenzar diciendo lo que no es la perspectiva de la elección pública. No es un "método" en el sentido usual del término; es decir, no es un conjunto de herramientas, ni una aplicación particular de las herramientas estándar con métodos estándar, aunque nos estamos acercando ligeramente a esta última descripción. La elección pública es una perspectiva acerca de la política que surge de una extensión y aplicación de las herramientas y métodos de los economistas a la toma de decisiones públicas o colectivas. Sin embargo, este enunciado en sí mismos es inadecuado en términos descriptivos, ya que, para alcanzar tal perspectiva de la política, se requiere una aproximación particular a la economía. En la discusión siguiente me referiré a dos aspectos separados y bien diferenciados de los elementos de la perspectiva de la elección pública. El primer aspecto es una aproximación generalizada de las catálisis a la economía. El segundo es el postulado más familiar del homo economicus acerca del comportamiento individual. Estos dos elementos, como intentaré demostrar, ingresan con pesos diferentes en las distintas vetas de la teoría de la elección pública, definida de manera inclusiva.
Catalaxia, o la economía como la ciencia de los intercambios
¿Qué deben hacer los economistas? Mi respuesta a esa pregunta ha sido y es: urgirnos a exorcizar el paradigma de la maximización del lugar dominante que ocupa en nuestra caja de herramientas; a dejar de definir nuestra disciplina, nuestra ciencia, en términos del límite de la escasez; a que cambiemos la misma definición, incluso el propio nombre de nuestra ciencia; a dejar de preocuparnos tanto acerca de la asignación de recursos y de la eficiencia a concentrarnos en los orígenes, las propiedades y las instituciones del intercambio, consideradas en términos amplios. La propensión que sentía Adam Smith hacia el trueque y el intercambio de una cosa por otra, se convierte en el punto de partida adecuado para nuestra investigación y nuestras pesquisas.
La manera de aproximarse a la economía que he preconizado y sigo preconizando era llamada por algunos de sus proponentes decimonónicos "cataláctica", la ciencia de los intercambio. Más recientemente, el profesor Hayek ha sugerido el término "catalaxis", el cual, según él se aproxima más a los orígenes griegos de la palabra. Esta manera de ver la economía, como tema de investigación, llama nuestra atención directamente sobre el proceso de intercambio, comercio o acuerdo contractual. Asimismo, introduce necesariamente en los inicios de la discusión el principio de un orden o coordinación espontánea, que es, como he sugerido a menudo, quizá el único principio real de la teoría económica como tal.
Bien podría seguir con una elaboración y una defensa de esta aproximación a la teoría económica, pero ésta no es mi misión aquí. También podría preguntarse qué tiene que ver este argumento metodológico con la perspectiva de la elección pública, cuyo tema nos trae aquí. Mi respuesta es directa. Si tomamos en serio la catalexis, aparecerá en forma bastante natural el intercambio complejo tanto como el simple, definiendo al primero como el proceso de acuerdos contractuales que va más allá del número mágico "2" de los economistas, más allá de la simplicidad de dos personas, del escenario simplista del intercambio de dos artículos. El énfasis se desplaza directa e inmediatamente, hacia todos los procesos de acuerdo voluntario entre las personas.
De este cambio de la perspectiva de aquello sobre lo que debería versar la economía, se sigue inmediatamente una distinción natural entre "economía" como una disciplina, y la política o "ciencia política". No hay fronteras que puedan trazarse entre la "economía" y la "política" o entre "mercados" y "gobiernos", y tampoco los economistas limiten sus investigaciones al comportamiento de personas dentro de los mercados, a las actividades de comprar y vender en sí mismas. Mediante una extensión más o menos natural de la manera cataláctica de ver las cosas, los economistas pueden contemplar la política, y el proceso político, en términos del paradigma del intercambio. En tanto la acción colectiva se modele, con los tomadores de decisiones individuales como unidades básicas, y en tanto se conciba en lo fundamental que dicha acción colectiva refleja intercambios o acuerdos complejos entre todos los miembros de una comunidad significativa de personas, tal acción o comportamiento o elección puede fácilmente quedar cubierto bajo el paraguas de la catalaxia. En esta inclusión no hay, como tal, un "imperialismo de los economistas". Aun así persiste una distinción tajante entre la "economía como catalaxia" y la "política" o "ciencia política". Esta última, es decir la política como una disciplina académica de investigación, se encargaría de todo el universo de relaciones no voluntarias entre las personas, aquellas relaciones que entrañan poder o coerción. Cosa curiosa, esta línea divisoria entre las dos áreas de las ciencias sociales de investigación, es la misma que la propuesta por algunos científicos de lo político y por sociólogos, por ejemplo, Talcott Parsons.
Casi cualquier relación empíricamente observada entre personas incorporará algunos elementos catalácticos y otros elementos de poder. El escenario idealizado de la competencia perfecta se define en parte precisamente para poder describir una situación en la cual ninguna persona tiene poder sobre alguna otra. En el mundo en que todos y cada uno de los compradores de todos y cada uno de los productos y servicios confrontan a muchos vendedores entre quienes pueden preferirse sin costo, y en el que todos y cada uno de los vendedores de todos y cada uno de los productos o servicios confronta a muchos compradores entre quienes puede preferir sin costo, ninguna persona ejerce poder sobre ninguna otra. En un escenario así, el "poder económico" carece de significado o contenido.
No obstante, conforme nos alejamos de este ideal conceptual, a medida que las rentas, elementos de poder y de coerción potenciales comienzan a ser susceptibles de análisis mediante algo más que la catalaxia pura. No pretendo detenerme sobre la multitud de variantes institucionales bajo las cuales pueden coexistir los elementos de intercambio y de poder. Establezco esta distinción categórica sobre todo para sugerir que la perspectiva de la economía como una catalaxia, la cual es una extensión bastante natural de los escenarios institucionales en donde las personas interactúan colectivamente, nos ofrece una manera de mirar la política y los procesos gubernamentales, una "ventana diferente", para ampliar la metáfora de Nietzsche. Además, en un sentido muy amplio, de esto trata la perspectiva basada en la elección pública acerca de la política; una forma diferente de ver el proceso político, cualitativamente distinta de la manera de ver que surge desde la perspectiva de la política como poder.
Obsérvese que al aplicar la perspectiva de la catalaxia a la política, o al aplicar la elección pública, para emplear un término más familiar, no necesitamos y de hecho no debemos incurrir en el error de implicar, inferir o sugerir que los elementos de poder en las relaciones políticas quedan expulsados por una especie de magia metodológica. La perspectiva de la elección pública, que modela la política en última instancia basada en el paradigma de intercambio, no necesariamente nos ofrece un conjunto de hipótesis empíricamente refutables en el sentido de que la política y el proceso político sean exclusiva ni siquiera principalmente reducibles a un intercambio complejo, un contrato o un convenio. Debería resultar evidente que los elementos de renta pura, y por ende de poder, se ejercen con mayor facilidad en escenarios de intercambio complejo que en aquellos de intercambio simple, y por tanto más fácilmente en relaciones entre muchas personas que en intercambios entre dos personas, más en manejos políticos que en manejos del tipo de los de mercado. Así pues, una división apropiada de la labor científica requeriría de la disciplina de la ciencia política para concentrar mayor atención en los manejos políticos y que la economía concentrara mayor atención en los manejos de mercado. Aun así, hay muchas contribuciones importantes por hacer mediante las extensiones de ambas perspectivas a lo largo de todo el espectro de las instituciones. En este sentido, la perspectiva de la elección pública acerca de la política se vuelve similar a la perspectiva de poder económico sobre los mercados.
Pueden desprenderse importantes implicaciones normativas de la perspectiva de la elección pública sobre la política, implicaciones que a su vez conllevan una manera de ver la reforma institucional. En la medida en que el intercambio voluntario entre personas se valora positivamente mientras que la coerción se valora en términos negativos, surge la implicación de que es deseable la sustitución de lo último por lo primero, suponiendo, claro está, que dichas sustitución sea tecnológicamente factible y que los recursos empleados no sean prohibitivos. Esta implicación nos da el empuje normativo que explica la propensión que tiene los economistas de la elección pública a favorecer manejos como los del mercado cada vez que ello sea factible, y a favorecer una descentralización de la autoridad política en las situaciones apropiadas.
No obstante, aun sin las implicaciones normativas, la perspectiva de la elección pública sobre la política dirige nuestra atención directamente hacia una forma de emprender reformas que surge desde la perspectiva del poder. En la medida en que las interacciones políticas entre las personas se modelen como un proceso complejo de intercambio, en el cual las entradas sean evaluaciones o preferencias individuales y el proceso mismo se conciba como el medio a través del cual estas preferencias posiblemente divergentes se combinen o amalgamen de alguna manera para conformar patrones o resultados, se vuelve más o menos necesario que la atención se dirija hacia el proceso de interacción mismo y no hacia alguna evaluación trascendente de los resultados en sí mismos. ¿Cómo se hace "mejorar" a un mercado? Lo que se hace es facilitar el proceso de intercambio, mediante una reorganización de las reglas del intercambio, contrato o acuerdo. Los procesos de intercambio de tipo mercantil no se "mejoran" o "reforman" mediante reacomodos arbitrarios de los resultados finales.
La perspectiva constitucional, con la cual he estado asociado tan de cerca, surge en forma natural del paradigma o programa de investigación de la política como un intercambio. Para mejorar la política, es necesario mejorar o reformar las reglas, la red de intereses en la cual el juego de la política se desarrolla. No se quiere sugerir que esta mejoría resida en la selección de agentes moralmente superiores quienes emplearán sus facultades de alguna manera en el "interés del público". Un juego se describe por su reglas, y la única forma de producir un juego mejor es cambiar esas reglas. Precisamente esta perspectiva constitucional, la cual emerge de esta perspectiva más omnicomprensiva de la elección pública y las cuestiones políticas de actualidad. Como economista, siempre me ha parecido difícil proferir consejos acerca de políticas particulares, por ejemplo, proponer tal o cual cambio en la ley de los impuestos. Por otra parte, y en contraste, sí siento que es de la competencia del economista analizar regímenes constitucionales alternativos o conjuntos de reglas y discutir el funcionamiento predecible de arreglos constitucionales distintos. Así pues, personalmente me he visto involucrado, tanto directa como indirectamente, en varias propuestas de cambios constitucionales que se han realizado en los setenta y a principios de los ochenta, como las proposiciones 1 y 13 en California en 1973 y 1978, respectivamente (la primera no tuvo éxito y la segunda sí), y la proposición 2 1/2 en Massachusetts y la proposición 6 de Michigan. Al nivel del gobierno federal, he participado en las propuestas de enmienda constitucional para garantizar presupuestos balanceados, y en propuestas concomitantes de límites a los impuestos o a los gastos, así como cambios propuestos al régimen monetario básico.
He identificado el primer elemento o aspecto de la abarcadora perspectiva de la elección pública como la manera cataláctica de aproximarse a la economía, el paradigma de la economía como intercambio. Me he referido a los economistas decimonónicos que insistieron en un marco cataláctico para reforzar sus investigaciones. Cometería un error si en este punto no mencionara que mi perspectiva económica surgió no de una investigación directa acerca de la metodología económica sino más bien desde la perspectiva constitucional de la elección pública que adquirí de Knut Wicksell. Con frecuencia he señalado que Wicksell es el precursor primario de la teoría moderna de la elección pública. Ya en 1896 Wicksell advirtió la falsedad de la presuposición de que nosotros, como economistas, damos consejos al déspota benévolo, a la entidad que, de hecho, internará maximizar una función de bienestar social. Wicksell aconsejaba que, si se desea reformar la política económica, debemos observar las reglas mediante las cuales se realizan las decisiones de la política económica, debemos observar la constitución misma. Esta noción de Wicksell de la "política como un intercambio complejo" fue el estímulo que me hizo mirar más de cerca las presuposiciones metodológicas de la economía misma, que en realidad no había cuestionado independientemente.
Homo Economicus
El segundo elemento que identifiqué en la abarcadora perspectiva de la elección pública al comienzo de este ensayo es el postulado del comportamiento comúnmente conocido como el homo economicus: los individuos son modelados para comportarse de tal manera que maximizan utilidades subjetivas ante las restricciones que enfrentan, y, si el análisis ha de llegar a ser operativo, es necesario establecer argumentos específicos en las funciones de utilidad. Se hace necesario modelar a los individuos como antes que persiguen sus propios intereses personales, estrechamente definidos en términos de posiciones netas de riqueza, mesurables, tanto predecibles como esperadas.
Claro está que este postulado conductual es parte y parcela de la herencia intelectual de la teoría económica, y la verdad de las cosas es que ha servido bien a los economistas. Proviene de las contribuciones originales de los economistas clásicos mismos, cuyo gran descubrimiento fue que los individuos que actúan movidos por intereses propios pueden generar, sin advertirlo, resultados que sirvan al interés global "social" dada una red apropiada de leyes e instituciones. De estas raíces del siglo XVIII ha crecido en la dependencia de los economistas y de la economía en el postulado del homo economicus, la confianza para analizar el comportamiento de las personas que participan de distintas maneras en los mercados, y, mediante esto, para analizar el funcionamiento de las instituciones de mercado mismas.
No se desarrolló ningún postulado comparable para el comportamiento de las personas en sus capacidades o papeles políticos o de elección pública, sea como participantes del proceso electoral o como agentes activos del cuerpo político. No surgió un postulado de este tipo ni de los economistas clásicos ni de sus sucesores. No existía ninguna "teoría económica de la política" que se derivara del comportamiento de elección individual.
En retrospectiva, podríamos haber esperado que los economistas desarrollaran una teoría de este género, como una extensión más o menos obvia de su postulado del homo economicus llevándolo de los mercados a los escenarios de las instituciones colectivas. Una vez que los economistas volvieron su atención hacia la política, debieron, o al menos eso nos parece hoy, haber modelado a los electores públicos como maximizadores de utilidades. ¿Por qué no lo hicieron así? ¿Pero por qué fallaron de modo similar sus descendientes del siglo XX, a pesar de algunos modelos sugerentes propuestos por postrimerías del siglo XIX? Mi propia interpretación de esta falla al paradigma de la maximización-escasez-asignación-eficiencia, un paradigma que difiere en esencia de lo que abarca la economía clásica, y que aleja la atención del comportamiento individual en los contratos de intercambio hacia alguna norma de asignación presumiblemente objetivable que se mantiene conceptualmente independiente de la elección. Para el tercer decenio de este siglo la teoría económica se había desplazado hacia una disciplina de matemáticas aplicadas, no de catalaxia. Aún los mercados llegaron a ser concebidos como "dispositivos de cálculo" y "mecanismos" que podían o no asegurar resultados idealizados de asignación. En la base, los mercados no se concebían como instituciones de intercambio, de las que emergen resultados a partir de interacciones complejas de intercambio. Sólo bajo este paradigma moderno de la teoría económica podrían tomarse en serio los absurdos totales de las estructuras socialistas idealizadas de Lange-Lerner, como de hecho lo fueron, y por desgracia lo siguen siendo entre muchos practicantes de la economía. Podemos bien preguntar: ¿Por qué los economistas no se detuvieron a reflexionar acerca del por qué los administradores socialistas tendrían que comportarse según las reglas idealizadas? O, para avanzar un poco la discusión en el tiempo, ¿por qué los economistas de los treinta, los cuarenta, los cincuenta y hasta los de los sesenta tomaron en serio la teoría política keynesiana? ¿Por qué fueron incapaces de ver el hecho elemental de que los políticos electos buscarán cualquier pretexto para crear déficit presupuestarios? Todo esto parece tan sencillo en retrospectiva, pero no debemos subestimar las dificultades, y de hecho los costos morales, que entraña un genuino desplazamiento de paradigma, en la forma misma en que vemos el mundo en torno nuestro, trátese de economistas observando la política o de cualquier otro grupo. No era fácil para los economistas de antes de los sesenta pensar en quienes realizan las elecciones públicas como maximizadores de utilidad en algún sentido que no fuera tautológico. En parte, este bloqueo intelectual puede deberse a la falta cometida por quienes propusieron modelos del interés propio al no incorporar el paradigma de la política como un intercambio en sus propias reflexiones. Si se mira la política simplemente como una relación potencialmente coercitiva entre personas, a todos los niveles de conceptualización, entonces sería valiente o retorcido el economista que modelara a quienes realizan las elecciones públicas (trátese de votantes o de agentes) como maximizadores netos de riqueza. Pocos quieren cosechar el desprecio que ha recibido Maquiavelo a lo largo de la historia. Un mundo de la política como ese no es un lugar agradable. Asimismo los análisis basados en un modelo tal y propuestos como "la verdad" se vuelven altamente nocivos. La misma sensación desagradable que producen estos modelos de la política puede explicar la negligencia de lo que hoy parece ser los claros precursores de este elemento de la perspectiva de la elección pública. Algunos de los primeros italianos, sobre todo Pareto, quienes quizá estaban influenciados de un modo importante por Maquiavelo, parecen haber iniciado muy poco sobre el pensamiento de los científicos sociales modernos en torno al proceso político. (Tampoco ha sido importante el impacto, a partir de mediados de este siglo, de Schumpeter.)
Sólo cuando el postulado del homo economicus del comportamiento humano se combina con el paradigma de la política como intercambio surge de la desesperanza una "teoría económica de la política". Conceptualmente, tal combinación hace posible generar un análisis comparable en algunos aspectos con aquel de los economistas clásicos. Cuando en política se modelan a las personas como poseyendo intereses propios tal y como sucede en otros aspectos de su comportamiento, el desafío constitucional se convierte en el diseño y la construcción de instituciones básicas o reglas que limite al máximo posible el ejercicio de tales intereses de modo expoliador y que dirijan esos intereses a favor del interés general. Así pues, no debe sorprendernos descubrir las raíces de una perspectiva de la elección pública como esta que contiene ambos elementos en los escritos de los Fundadores de Estados Unidos, y sobre todo en las contribuciones de James Madison a los Federalist Papers.
En un sentido completamente real, y sin falsa modestia, veo The Calculus of Consent como la primera contribución a la teoría moderna de la elección pública que combina y equilibra los dos elementos o aspectos críticos de esta amplia perspectiva. Es probable que esta combinación nunca hubiera ocurrido a no ser por los pesos ligeramente diferentes que Gordon Tullock y yo aportamos en nuestro esfuerzo común por escribir este libro. Creo que es política como intercambio, reconocido la gran influencia del enorme trabajo de Knut Wicksell sobre finanzas públicas. En contraste (y esto es interesante ya que su entrenamiento inicial no era el de economista), el acento de Tullock (que provenía de su propia experiencia y sus reflexiones acerca de la burocracia) era el de modelar a todos los agentes de las elecciones públicas (votantes, políticos y burócratas) estrictamente en términos de sus intereses propios. Podía sentirse cierta tensión a medida que trabajábamos el análisis en aquel libro, pero una tensión que de hecho nos ha servido a lo largo de dos decenios desde su publicación inicial.
James Buchanan







