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domingo, 31 de agosto de 2008

La incongruencia del materialismo


Casi simultáneamente, en la Universidad de París IX (Dauphine), en la de Cornell, en la London School of Economics y en la Hoover Institution se realizaron, últimamente, jornadas en distintos campos de la investigación que, con muy diverso tenor e interés académico, tuvieron en común manifestaciones inequívocas de materialismo filosófico.

No se trata, claro está, de las preocupaciones por los aspectos crematísticos de la vida. Se trata de una tendencia que aflora, cada vez con más fuerza, en distintas áreas, a veces de modo explícito y las más de modo implícito, e incluso de manera inconsciente; es decir, sin que necesariamente constituya un postulado expreso de quien expone.

Son premisas que se encuentran tácitas en el razonamiento, pero que no siempre se exteriorizan de modo deliberado. Sin embargo, se trata del más crudo materialismo filosófico, referido a las características del ser humano, lo cual acarrea consecuencias de gran relevancia para el significado de la sociedad abierta.

Desde lados opuestos de la biblioteca se han escrito muchísimos libros sobre este debate tan medular, pero, como he dicho antes, sigo la fórmula que enseña que un artículo periodístico, igual que la minifalda, debe ser tan corto como para atraer la atención, pero de una extensión tal que cubra el argumento.

Me apresuro a escribir que el aspecto cardinal de esta controversia estriba en la incongruencia de sostener que el hombre está compuesto exclusivamente por kilos de protoplasma y que no hay tal cosa como los estados de conciencia, la psique, la mente o el alma. Esta postura se conoce como determinismo físico, y, si fuera correcta, no tendrían lugar ideas autogeneradas, no sería posible revisar nuestros propios juicios y no habría tal cosa como proposiciones verdaderas o falsas, puesto que haríamos lo que el loro. Estaríamos programados para decir lo que decimos y hacer lo que hacemos y, por tanto, no habría libre albedrío o libertad. Consecuentemente, no tendría sentido la moral ni la responsabilidad individual.

Una de las tantas refutaciones al determinismo físico se encuentra magníficamente expuesta en un libro que lleva el sugestivo título de El yo y su cerebro. Allí el filósofo de la ciencia Karl R. Popper y el premio Nobel en neurofisiología John C. Eccles muestran que no somos sólo de carne y hueso, que no estamos determinados por los nexos causales inherentes a la materia y que eso es lo que nos distingue del resto de las especies conocidas. Y lo dicho no tiene que ver con ser o no ser religioso: Popper es agnóstico y sostiene que los estados de conciencia emergen en el contexto de un proceso evolutivo.

Lo que consignamos no debe confundirse con la noción de Laplace, también refutada, en cuanto a que el universo es cerrado. Por el contrario: la propia evolución es consecuencia de fenómenos no previstos e imprevisibles, debido a la indeterminación del universo, lo cual es independiente del libre albedrío en el ser humano. Popper explica en su artículo Sobre nubes y relojes que si esto no fuera así, un físico experimentado, completamente ignorante en temas musicales que, por ejemplo, examinara detenidamente el cuerpo de Mozart, podría inferir y reproducir sus partituras. Incluso, si conjeturara modificaciones en su alimentación (como la sustitución de pollo por pescado), podría componer música que nunca compuso Mozart.

Si apareciera un determinista físico, si le preguntáramos si puede argumentar en un sentido distinto del que lo viene haciendo, si contestara por la afirmativa y procediera en consecuencia, estaría demostrado el libre albedrío. Pero si la respuesta fuera negativa, no tendría sentido seguir la conversación, puesto que no habría posibilidad de razonamiento, de pensamiento propiamente dicho ni de argumentación. El hombre sólo puede afirmar lo que está compelido y programado para afirmar, como una máquina. No hay debate con un determinista físico, puesto que la discusión supone libre albedrío.

Este tema no es una especulación filosófica menor, sino que, como hemos dicho, acarrea consecuencias de envergadura para la sociedad abierta. Si no hay libertad, no hay propósito deliberado, no hay preferencias, valorizaciones ni elección. En otros términos, no hay acción humana: sólo reacción, del mismo modo que ocurre en los reinos animal, vegetal y mineral. A cierto estímulo opera cierta reacción.

Eccles, en su ensayo The Human Brain and the Human Person, escribe: "Es un error pensar que el cerebro lo hace todo y que nuestras experiencias conscientes son simples reflejos de la actividad cerebral, lo que constituye una visión filosófica común. Si fuera así, nuestros estados conscientes no serían más que espectadores pasivos de las actividades que realiza el mecanismo neuronal del cerebro. Nuestra creencia de que realmente somos capaces de adoptar decisiones y tenemos control sobre nuestras acciones no sería más que ilusión. [...] Somos una combinación de dos cosas o entidades: nuestro cerebro, por una parte, y nuestra propia conciencia, por otra. [...] El cerebro nos provee, como personas conscientes, de las líneas de comunicación con el mundo material".

Es en verdad paradójico que, por ejemplo, algunas de las teorías que en economía pretenden explicar los fenómenos de la elección y las decisiones partan de premisas deterministas que, naturalmente, niegan la posibilidad de que existan preferencias. En un buen número de los estudios científicos se parte de análisis "behavioristas", principalmente sustentados en los trabajos originalmente expuestos por Burrhus F. Skinner (especialmente en su libro Beyond Freedom and Dignity ), que, entre otras cosas, han tenido gran influencia en ciertas vertientes del derecho penal. Según esta corriente de pensamiento, nadie puede ser castigado, debido a que cada persona está compelida a hacer lo que hace y, consiguientemente, no es responsable de su conducta.

John R.Lucas, en The Freedom of the Will, escribe: "El determinismo no puede ser verdadero, porque si lo fuera no consideraríamos los argumentos de los deterministas como reales, sino como reflejos condicionados. [...] Sólo un agente libre puede ser racional. El razonamiento (y, por tanto, la verdad) supone la libertad. Lo mismo acontece con la deliberación y con la opción moral".

Todo el andamiaje de la sociedad abierta se sustenta en la libertad del ser humano. En su capacidad de elegir y preferir entre distintas variantes, lo cual, desde luego, no tiene sentido en el mundo del determinismo físico. No son pocos los profesionales que se declaran partidarios del liberalismo y exponen con gran enjundia y elocuencia esa perspectiva, pero dan por sentadas las premisas sobre las que descansa esa filosofía, sin considerarlas y mucho menos escudriñarlas. Es así como se ofrecen enormes espacios al materialismo, que demuele aquellas premisas una a una y, desde arriba, como un efecto dominó, socava y corroe todo el referido andamiaje, hasta convertirlo en una mera etiqueta vacía de contenido.

En el ámbito de la psiquiatría, Thomas Szasz, en prácticamente todas sus obras, la emprende contra la noción de la llamada "enfermedad mental", al insistir en que la enfermedad es un proceso interno degenerativo que se desarrolla de modo tal que produce lesiones orgánicas que afectan tejidos y células, consecuencia de ese mal funcionamiento de la estructura corpórea. Sostiene que no hay tal cosa como la enfermedad de la psique, de las ideas, de los hábitos y las conductas, lo cual debe distinguirse de los problemas químicos en el cerebro. Szasz pone de manifiesto que enfermedades como la tuberculosis, el cáncer o la escarlatina no son asimilables a proyectos de vida que se estiman desviados de la media, y que no es pertinente corregir todo con medicaciones tales como las dirigidas a los neurotrasmisores, lo cual para nada niega los procesos de somatización.

En resumen: el materialismo no sólo demuele la dignidad del ser humano, sino que esteriliza la muy benéfica consecuencia bifronte del pluralismo y el debate de ideas, tan fértil e indispensable al efecto de reducir nuestra colosal ignorancia.

Alberto Benegas Lynch

miércoles, 25 de junio de 2008

Obama y el cambio


Ted Sorensen, uno de los ideólogos del gobierno de John F. Kennedy, dijo que tal vez la elección de un presidente católico en 1960 era más difícil que la de un afroamericano en 2008. Puede ser. Hasta esa fecha todos los ocupantes de la Casa Blanca habían sido protestantes. Pero la sociedad americana, por su propia dinámica interna, cambió en la dirección en la que se ha movido incesantemente desde su fundación a fines del XVIII: la apertura y asimilación progresiva de todos los grupos étnicos, de todas las tendencias culturales y de las diversas minorías. Como parece que sucede en el Universo, Estados Unidos es una sociedad en perpetua y acelerada expansión.


Lo explicó muy bien el premio Nobel Douglass North en un ensayo reciente: Estados Unidos, sin proponérselo, inventó para el mundo lo que llama la ''sociedad de acceso abierto'' basada en la competencia y la subordinación a la ley. La combinación de esos dos elementos ha generado, por una punta, la renovación permanente de la élite dirigente en el terreno político, y, por la otra, el mayor desarrollo tecnológico y científico que ha conocido la especie. Este fenómeno, a su vez, ha producido una cantidad increíble de riquezas. Tras el ejemplo norteamericano hoy existen, al menos, dos docenas de países de ''acceso abierto''. Exactamente los más prósperos y estables del planeta.


Si esta perspectiva es correcta, el senador Obama no viene a traer el cambio: él es el producto de los cambios. En apenas medio siglo, los afroamericanos han pasado de luchar gallardamente por un puesto en la parte delantera del autobús a luchar por la conquista del despacho presidencial en la Casa Blanca. Pero este modo de entender a Estados Unidos también define el verdadero sentido de la presidencia norteamericana: la principal función del jefe del Estado no es guiar a los americanos en una dirección elegida por él o por los líderes de su partido, sino perfeccionar las instituciones y facilitar los mecanismos que hacen posible que las personas compitan en un clima justo para que el conjunto de la sociedad evolucione como consecuencia del resultado de las decisiones que libremente toman todos los días millones de personas. Eso es lo que ha hecho grande a Estados Unidos.


Esto se entiende mal en el exterior. Leo que los españoles votarían abrumadoramente por Obama si pudieran participar en las elecciones norteamericanas. Y esa misma fue la impresión que me llevé tras recorrer recientemente varios países latinoamericanos: prefieren a Obama. ¿Por qué? Por las malas razones: porque la imagen de Estados Unidos que prevalece en el mundo es muy negativa. Sin matizar, sin detenerse a comparar, ven al país como una potencia imperial manejada por las grandes corporaciones económicas, que atropella militarmente a los más débiles, consume una parte sustancial de las riquezas del planeta, ensucia la atmósfera y los océanos sin la menor conciencia, margina a los pobres dentro de sus fronteras --al extremo de negarles cuidados médicos--, y provoca graves turbulencias financieras internacionales con su irresponsabilidad en el manejo de sus gastos internos. O sea: exactamente la imagen que proyectan Michael Moore en sus sesgados documentales y una buena parte del establishment académico norteamericano en sus clases y publicaciones universitarias.


Para el mundo, esto es lo que Obama va a cambiar. Hay una relación directamente proporcional entre el grado internacional de obamismo y la mala percepción de Estados Unidos. Mientras peor es la imagen que se tiene del país, más confianza se posee en que el joven senador afroamericano eliminará esas conductas reprobables que le atribuyen a Estados Unidos. Cuando Obama dice que va a cambiar el país (aunque no haya definido qué va a cambiar y cómo), fuera de las fronteras americanas se le percibe como un revolucionario que, finalmente, terminará con los abusos de la CIA y el Fondo Monetario, retirará a las tropas acantonadas en el extranjero, someterá al orden a las multinacionales, cuidará del medio ambiente al costo que sea y gobernará para los pobres.


Entonces, ¿qué ocurrirá, realmente, si Obama llega a la Casa Blanca? Prácticamente nada de lo que sueñan los simpatizantes de Obama en el exterior. Como tampoco el católico Kennedy introdujo un cambio fundamental en la vida americana en los 1,000 días que gobernó al país. La inercia de la sociedad de acceso abierto se irá imponiendo. La competencia y el funcionamiento de las instituciones guiarán a la sociedad en la dirección que aleatoriamente vaya desplegándose. Contrario a la premisa retórica de Kennedy, lo importante, lo revolucionario, no es lo que Obama pueda hacer por su país, sino lo que su país ha podido hacer por Obama en un periodo relativamente breve. Eso es lo admirable.


Carlos Alberto Montaner

martes, 15 de enero de 2008

¿Qué hacen los políticos?


El joven senador Barack Obama se ha convertido en la gran revelación de los comicios estadounidenses. No solo porque es el primer candidato afroamericano con serias posibilidades de convertirse en presidente, sino porque dice encarnar el cambio que supuestamente necesita la sociedad norteamericana. Entre los republicanos, Mitt Romney, un exitoso empresario mormón, exgobernador de Massachusetts, quintaesencia delestablishment económico y político del país, se propone como mandatario alegando exactamente el mismo argumento: asegura representar el cambio. Parece que la palabra tiene una gran acogida entre los electores.

Los dos, tal vez, se equivocan. La función de los políticos norteamericanos no es generar los cambios, sino regularlos. Los cambios económicos los produce la propia dinámica interna de la sociedad civil. Se llevan a cabo por medio de las decisiones libremente tomadas por millones de ciudadanos emprendedores y laboriosos que son los que espontáneamente determinan la dirección y la velocidad en que se mueve el país. Los hacen en los laboratorios, en las fábricas, en las empresas, en las universidades. Los verdaderos artífices de los cambios son los investigadores, los científicos, los grandes ingenieros, los gerentes creativos, los empresarios agudos, los pensadores que en cada centro educativo remodelan día a día el conocimiento. Los cambios sociales los impulsan (o los frenan) los medios de comunicación, las iglesias, las ONG, los sindicatos, las organizaciones de estudiantes y los diversos grupos de interés.

Certeza de dictaduras. Los políticos, ante esa incontrolable dinámica, absolutamente impredecible, solamente pueden administrar y hacer reglas. Si las reglas son acertadas, benefician al conjunto de la sociedad, impiden los atropellos, evitan las injusticias flagrantes y consiguen facilitar la implantación de los cambios. Si se equivocan, las consecuencias pueden ser totalmente negativas y se convierten en una verdadera rémora. Pero no corresponde a los políticos la tarea de cambiar el destino de los pueblos, entre otras razones, porque en las sociedades libres nadie sabe hacia dónde debe desplazarse la población. Esa monstruosa certeza solo se tiene en las dictaduras socialistas, dotadas de una sola cabeza, donde los grandes artífices de la ingeniería social, utilizando como correa de transmisión a ciertos grupos de oscuros funcionarios, generalmente precedidos por unos fanáticos iluminados, creen saber hacia dónde debe marchar la sociedad, y arrean al pueblo en esa dirección a punta de látigo y calabozo, ahogando de paso el espíritu emprendedor, mientras arrancan de cuajo cualquier vestigio de genuina creatividad

Lucha tenaz. La mera existencia de un fenómeno como Obama prueba esa afirmación. Fue la lucha tenaz de los cuáqueros y de los abolicionistas en el siglo XIX, retomada luego por Martin Luther King a mediados del XX, donde se generó la posterior legislación integracionista de Lyndon Johnson que hoy, felizmente, permite que Obama sea una opción viable para los electores americanos. Lo que cambia a Estados Unidos es el tren, el teléfono, la aviación, la píldora anticonceptiva, las computadoras o la clonación –entre otros centenares de innovaciónes–, y todos esos hitos tecnológicos surgen en el seno de la sociedad civil y precipitan al país en una dirección hasta entonces insospechada, provocando consecuencias tremendas en todos los órdenes de la convivencia, ante las cuales tienen que reaccionar los políticos. Esa es la virtud de las llamadas sociedades abiertas, donde el Estado no dirige ni planifica, sino se limita a regular equitativamente. Es de este orden espontáneo de donde surge la inmensa fortaleza y la increíble capacidad para generar riqueza de una nación como Estados Unidos.

Pero hay otra paradoja: a veces los grandes cambios, aun siendo benéficos, crean graves problemas que sí deben enfrentar los políticos. Un caso típico es el desarrollo de la farmacología y de los carísimos equipos de diagnóstico. Gracias a ellos, hoy las personas tardan más en morir –el verdadero cambio es el aumento de la longevidad–, pero esos últimos años son terriblemente onerosos y nadie sabe cómo hacerles frente, porque casi todo enfermo desea prolongar su vida a cualquier costo. La función del político, pues, es encontrar la forma de regular este cambio de la manera más razonable y eficiente posible, dentro de las limitaciones que siempre impone el presupuesto. Y la labor del elector, claro, consiste en tratar de identificar qué político es capaz de hacer mejor esa y otras parecidas tareas. No es fácil.

Por Carlos Alberto Montaner