Para esta ocasión, queremos compartir con ustedes el libro "La moralidad del capitalismo: lo que no le contarán sus profesores", editado por Tom Palmer. Se trata de un conjunto de escritos de diversos autores en los que se explica por qué el capitalismo es el mejor sistema económico del mundo, más allá de resultados, enfocándose en su naturaleza y superioridad moral. El día de ayer, este libro fue presentado en una actividad organizada por ANFE y la Universidad Autónoma de Centroamérica, la cual tuvo una gran acogida. Esperamos que lo disfruten.
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viernes, 4 de abril de 2014
jueves, 6 de marzo de 2014
Jumanji empresarial: Ecuador, pro-empresa vs pro-mercado
Se suele asumir que si uno está a favor del libre mercado uno está a favor de las empresas. Pero hay muchas maneras de promover las empresas que están totalmente reñidas con la promoción de un mercado abierto en el que la entrada y la salida de los actores es fluida. Los empresarios son muy dados a utilizar la retórica de libre mercado aunque muchos de ellos, una vez que están dentro de una industria, también suelen caer fácilmente en la tentación de defender y luchar por privilegios concedidos por el Estado.
Por ejemplo, es comprensible que a los productores locales que no dependen en gran medida de insumos importados, les resulte más fácil contentar a los políticos que tienen el poder de restringir las importaciones, que tener que luchar día a día por la preferencia de los consumidores, frente a la libre disponibilidad de productos extranjeros. Si usted es un empresario con capital para empezar o expandir un negocio, le convendría obtener la lista de productos afectados por la restricción de importaciones y producirlos localmente, pues tendrá asegurado muchos clientes cautivos. Es un negocio redondo por el cual el empresario tendrá que estar muy agradecido con la Revolución Ciudadana.
Poco le importa al empresario que goza de estos privilegios o a los políticos que los conceden que el consumidor de ingresos más bajos no tenga como protegerse de precios artificialmente más altos y de una reducción en su libertad para elegir entre distintas opciones. La reducción de opciones ya se empieza a sentir en los supermercados, dado que en enero de este año cayeron las importaciones un 58% en relación a enero de 2013. Para que tenga una idea, ingresaron al país el primer mes de este año 76% menos desodorantes corporales, 77% menos fórmulas de leche para bebés, 86% menos sombras y rímel, 81% menos pintalabios, 98% menos jabones de tocador.1 Pareciera que el Ecuador de la Revolución Ciudadana será maloliente, desnutrido y desagradable. Pero no se asuste, en el capitalismo de compadres, algunos podrán seguir importando gracias a los “acuerdos”.
Por supuesto que esto no favorece a todas las empresas. De lo contrario, no merecería el nombre “capitalismo de compadres”. Siempre serán las grandes empresas las más beneficiadas, siendo estas capaces de invertir más para adaptarse a las nuevas regulaciones o para obtener privilegios de políticos. No me refiero a sobornos, sino otro tipo de gasto como aquel derivado de acuerdos que comprenden garantizar X cantidad de producción local a cambio de obtener un permiso de importar X porcentaje de lo que determinada empresa importó el año anterior.2 Ya están ocupados muchos empresarios tratando de ser los primeros en obtener estos acuerdos, y el primero que los obtenga en su industria verá su poder de mercado fortalecido. Claro que esperaremos sentados a que la Superintendencia de Control de Poder de Mercado haga algo al respecto, cuando hay verdaderas e injustas barreras a la competencia.
Todas estas medidas ignoran la destrucción de riqueza (y de empleo) que resulta de sustituir importaciones para reemplazarlas con producción local más cara y de menor calidad. La simple verdad es que si la producción local fuese más eficiente y de mejor calidad, ya la hubiesen preferido los consumidores sin ser obligados.
Gabriela Calderón Burgos
Publicado en Instituto Cato
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miércoles, 15 de abril de 2009
Información sobre la crisis financiera
Hoy deseamos recomendar a nuestros lectores revisar una compliación de material realizada por el Instituto CATO sobre la crisis financiera. Este instituto, de corte liberal, ha venido argumentando que la crisis no fue causada por una falla en el mercado, sino por la intervención del Estado.La versión en inglés de esta página además de compilar las versiones originales de varios artículos traducidos presentados en la página en español, cuenta con recursos adicionales disponibles sólo en ese idioma.
Esperamos que nuestros lectores revisen estos argumentos ya que lamentablemente muchos políticos, académicos y periodistas dan por un hecho, sin considerar los argumentos en contra, que la crisis ha sido causada por un mal funcionamiento del mercado.
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martes, 3 de febrero de 2009
El credo liberal
Discurso pronunciado por Carlos Alberto Montaner en la apertura de la Universidad El Cato-Franciso Marroquín en Ciudad de Guatemala el 26 de enero de 2009.*El liberalismo parte de una hipótesis filosófica, casi religiosa, que postula la existencia de derechos naturales que no se pueden conculcar porque no se deben al Estado ni a la magnanimidad de los gobiernos sino a la condición especial de los seres humanos. Esa es la piedra angular sobre la que descansa todo el edificio teórico, y se le atribuye a los estoicos y al fundador de esa escuela, Zenón de Citia, quien defendió que los derechos no provenían de la fratría a la que se pertenecía o de la ciudad en la que se había nacido, sino del carácter racional y diferente a las demás criaturas que poseen las personas.
Antes de definir qué es el liberalismo, qué es ser liberal, y cuáles son los fundamentos básicos en los que coinciden los liberales, es conveniente advertir que no estamos ante un dogma sagrado, sino frente a varias creencias básicas deducidas de la experiencia y no de hipótesis abstractas, como ocurría, por ejemplo, con el marxismo.
Esto es importante establecerlo ab initio, porque se debe rechazar la errada suposición de que el liberalismo es una ideología. Una ideología es siempre una concepción del acontecer humano −de su historia, de su forma de realizar las transacciones, de la manera en que deberían hacerse−, concepción que parte del rígido criterio de que el ideólogo conoce de dónde viene la humanidad, por qué se desplaza en esa dirección y hacia dónde debe ir. De ahí que toda ideología, por definición, sea un tratado de «ingeniería social», y cada ideólogo sea, a su vez, un «ingeniero social». Alguien consagrado a la siempre peligrosa tarea de crear «hombres nuevos», personas no contaminadas por las huellas del antiguo régimen. Alguien dedicado a guiar a la tribu hacia una tierra prometida cuya ubicación le ha sido revelada por los escritos sagrados de ciertos «pensadores de lámpara», como les llamara José Martí a esos filósofos de laboratorio en permanente desencuentro con la vida. Sólo que esa actitud, a la que no sería descaminado calificar como moisenismo, lamentablemente suele dar lugar a grandes catástrofes, y en ella está, como señalara Popper, el origen del totalitarismo. Cuando alguien disiente, o cuando alguien trata de escapar del luminoso y fantástico proyecto diseñado por el «ingeniero social», es el momento de apelar a los paredones, a los calabozos, y al ocultamiento sistemático de la verdad. Lo importante es que los libros sagrados, como sucedía dentro del método escolástico, nunca resulten desmentidos.
Un liberal, en cambio, lejos de partir de libros sagrados para reformar a la especie humana y conducirla al paraíso terrenal, se limita a extraer consecuencias de lo que observa en la sociedad, y luego propone instituciones que probablemente contribuyan a alentar la ocurrencia de ciertos comportamientos benéficos para la mayoría. Un liberal tiene que someter su conducta a la tolerancia de los demás criterios y debe estar siempre dispuesto a convivir con lo que no le gusta. Un liberal no sabe hacia dónde marcha la humanidad y no se propone, por lo tanto, guiarla a sitio alguno. Ese destino tendrá que forjarlo libremente cada generación de acuerdo con lo que en cada momento le parezca conveniente hacer.
Al margen de las advertencias y actitudes anteriormente consignadas, una definición de los rasgos que perfilan la cosmovisión liberal debe comenzar por una referencia al constitucionalismo. En efecto, John Locke, a quien pudiéramos calificar como «padre del liberalismo político», tras contemplar los desastres de Inglaterra a fines del siglo XVII, cuando la autoridad real británica absoluta entró en su crisis definitiva, dedujo que, para evitar las guerras civiles, la dictadura de los tiranos, o los excesos de la soberanía popular, era conveniente fragmentar la autoridad en diversos «poderes», además de depositar la legitimidad de gobernantes y gobernados en un texto constitucional que salvaguardara los derechos inalienables de las personas, dando lugar a lo que luego se llamaría un Estado de Derecho. Es decir, una sociedad racionalmente organizada, que dirime pacíficamente sus conflictos mediante leyes imparciales que en ningún caso pueden conculcar los derechos fundamentales de los individuos. Y no andaba descaminado el padre Locke: la experiencia ha demostrado que las veinticinco sociedades más prósperas y felices del planeta son, precisamente, aquellas que han conseguido congregarse en torno a constituciones que presiden todos los actos de la comunidad y garantizan la transmisión organizada y legítima de la autoridad mediante consultas democráticas.
Otro liberal inglés, Adam Smith, un siglo más tarde, siguió el mismo camino deductivo para inferir su predilección por el mercado. ¿Cómo era posible, sin que nadie lo coordinara, que las panaderías de Londres −entonces el 80% del gasto familiar se dedicaba a pan− supiesen cuánto pan producir, de manera que no se horneara ni más ni menos harina de trigo que la necesaria para no perder ventas o para no llenar los anaqueles de inservible pan viejo? ¿Cómo se establecían precios más o menos uniformes para tan necesario alimento sin la mediación de la autoridad? ¿Por qué los panaderos, en defensa de sus intereses egoístas, no subían el precio del pan ilimitadamente y se aprovechaban de la perentoria necesidad de alimentarse que tenía la clientela?
Todo eso lo explicaba el mercado. El mercado era un sistema autónomo de producir bienes y servicios, no controlado por nadie, que generaba un orden económico espontáneo, impulsado por la búsqueda del beneficio personal, pero autorregulado por un cierto equilibrio natural provocado por las relaciones de conveniencia surgidas de las transacciones entre la oferta y la demanda. Los precios, a su vez, constituían un modo de información. Los precios no eran «justos» o «injustos», simplemente, eran el lenguaje con que funcionaba ese delicado sistema, múltiple y mutante, con arreglo a los imponderables deseos, necesidades e informaciones que mutua e incesantemente se transmitían los consumidores y productores. Ahí radicaba el secreto y la fuerza de la economía capitalista: en el mercado. Y mientras menos interfirieran en él los poderes públicos, mejor funcionaría, puesto que cada interferencia, cada manipulación de los precios, creaba una distorsión, por pequeña que fuera, que afectaba a todos los aspectos de la economía.
Otro de los principios básicos que aúnan a los liberales es el respeto por la propiedad privada. Actitud que no se deriva de una concepción dogmática contraria a la solidaridad −como suelen afirmar los adversarios del liberalismo−, sino de otra observación extraída de la realidad y de disquisiciones asentadas en la ética: al margen de la manifiesta superioridad para producir bienes y servicios que se da en el capitalismo cuando se le contrasta con el socialismo, donde no hay propiedad privada no existen las libertades individuales, pues todos estamos en manos de un Estado que nos dispensa y administra arbitrariamente los medios para que subsistamos (o perezcamos). El derecho a la propiedad privada, por otra parte, como no se cansó de escribir Murray N. Rothbard −siguiendo de cerca el pensamiento de Locke−, se apoyaba en un fundamento moral incontestable: si todo hombre, por el hecho de serlo, nacía libre, y si era libre y dueño de su persona para hacer con su vida lo que deseara, la riqueza que creara con su trabajo le pertenecía a él y a ningún otro.
¿En qué más creen los liberales? Obviamente, en el valor básico que le da nombre y sentido al grupo: la libertad individual. Libertad que se puede definir como un modo de relación con los demás en el que la persona puede tomar la mayor parte de las decisiones que afectan su vida dentro de las limitaciones que dicta la realidad. Le toca a ella decidir las creencias que asume o rechaza, el lugar en el que quiere vivir, el trabajo o la profesión que desea ejercer, el círculo de sus amistades y afectos, los bienes que adquiere o que enajena, el «estilo» que desea darle a su vida y –por supuesto− la participación directa o indirecta en el manejo de eso a lo que se llama «la cosa pública».
Esa libertad individual está −claro− indisolublemente ligada a la responsabilidad individual. Un buen liberal sabe exigir sus derechos, pero no rehúye sus deberes, pues admite que se trata de las dos caras de la misma moneda. Los asume plenamente, pues entiende que sólo pueden ser libres las sociedades que saben ser responsables, convicción que debe ir mucho más allá de una hermosa petición de principios.
¿Qué otros elementos liberales, realmente fundamentales, habría que añadir a este breve inventario? Pocas cosas, pero acaso muy relevantes: un buen liberal tendrá perfectamente clara cuál debe ser su relación con el poder. Es él, como ciudadano, quien manda, y es el gobierno quien obedece. Es él quien vigila, y es el gobierno quien resulta vigilado. Los funcionarios, electos o designados −da exactamente igual−, se pagan con el erario público, lo que automáticamente los convierte –o los debiera convertir– en servidores públicos sujetos al implacable escrutinio de los medios de comunicación, y a la auditoría constante de las instituciones pertinentes.
Por último: la experiencia demuestra que es mejor fragmentar la autoridad, para que quienes tomen decisiones que afecten a la comunidad estén más cerca de los que se vean afectados por esas acciones. Esa proximidad suele traducirse en mejores formas de gobierno. De ahí la predilección liberal por el parlamentarismo, el federalismo o la representación proporcional, y de ahí el peso decisivo que el liberal defiende para las ciudades o municipios. De lo que se trata es de que los poderes públicos no sean más que los necesarios, y que la rendición de cuentas sea mucho más sencilla y transparente.
¿Qué creen, en suma, los liberales? Vale la pena concretarlo ahora de manera sintética. Los liberales sostenemos ocho creencias fundamentales extraídas, insisto, de la experiencia, y todas ellas pueden recitarse casi con la cadencia de una oración laica:
Creemos en la libertad y la responsabilidad individuales como valores supremos de la comunidad.
Creemos en la importancia de la tolerancia y en la aceptación de las diferencias y la pluralidad como virtudes esenciales para preservar la convivencia pacífica.
Creemos en la existencia de la propiedad privada, y en una legislación que la ampare, para que ambas −libertad y responsabilidad− puedan ser realmente ejercidas.
Creemos en la convivencia dentro de un Estado de Derecho regido por una Constitución que salvaguarde los derechos inalienables de la persona y en la que las leyes sean neutrales y universales para fomentar la meritocracia y que nadie tenga privilegios.
Creemos en que el mercado −un mercado abierto a la competencia y sin controles de precios− es la forma más eficaz de realizar las transacciones económicas y de asignar recursos. Al menos, mucho más eficaz y moralmente justa que la arbitraria designación de ganadores y perdedores que se da en las sociedades colectivistas diseñadas por “ingenieros sociales” y dirigidas por comisarios.
Creemos en la supremacía de una sociedad civil formada por ciudadanos, no por súbditos, que voluntaria y libremente segrega cierto tipo de Estado para su disfrute y beneficio, y no al revés.
Creemos en la democracia representativa como método para la toma de decisiones colectivas, con garantías de que los derechos de la minorías no puedan ser atropellados.
Creemos en que el gobierno −mientras menos, mejor−, siempre compuesto por servidores públicos, totalmente obediente a las leyes, debe rendir cuentas con arreglo a la ley y estar sujeto a la inspección constante de los ciudadanos.
Quien suscriba estos ocho criterios es un liberal. Se puede ser un convencido militante de la Escuela austriaca fundada por Carl Menger; se puede ser ilusionadamente monetarista, como Milton Friedman, o institucionalista, como Ronald Coase y Douglass North; se puede ser culturalista, como Gary Becker y Larry Harrison; se puede creer en la conveniencia de suprimir los «bancos de emisión», como Hayek, o predicar la vuelta al patrón oro, como prescribía Mises; se puede pensar, como los peruanos Enrique Ghersi o Álvaro Vargas Llosa, neorrusonianos sin advertirlo, en que cualquier forma de instrucción pública pudiera llegar a ser contraria a los intereses de los individuos; o se puede poner el acento en la labor fiscalizadora de la «acción pública», como han hecho James Buchanan y sus discípulos, pero esas escuelas y criterios sólo constituyen los matices y las opiniones de un permanente debate que existe en el seno del liberalismo, no la sustancia de un pensamiento liberal muy rico, complejo y variado, con varios siglos de existencia constantemente enriquecida, ideario que se fundamenta en la ética, la filosofía, el derecho y −naturalmente− en la economía. Lo básico, lo que define y unifica a los liberales, más allá de las enjundiosas polémicas que pueden contemplarse o escucharse en diversas escuelas, seminarios o ilustres cenáculos del prestigio de la Sociedad Mont Pélerin, son esas ocho creencias antes consignadas. Ahí está la clave.
* Agradecemos al autor por darnos permiso de reproducir este texto.
lunes, 11 de febrero de 2008
¡Invitación!
En ASOJOD los queríamos invitar a la siguiente actividad organizada por el CATO.
Gobernabilidad en América Latina: ¿Tiene futuro el Neopopulismo?
Fecha: martes 19 de febrero de 2008
Hora: 2:00 p.m. a 5:00 p.m.
Lugar: Hotel Radisson
Inscripciones: Telf. 283-1847, o correo electrónico: academia@academiaca.or.cr
Cierre de Inscripción: Lunes 18 de febrero de 2008, mediodía
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