
viernes, 13 de febrero de 2009
Viernes de Recomendación

domingo, 8 de febrero de 2009
El verdadero Ché Guevara

El Che como romántico revolucionario, tal como lo representa Benicio del Toro en la película de Soderbergh, nunca existió. Ese héroe de la izquierda, con su aire hippie y su barba, imagen que hoy es icónica de las remeras y taza de café de todo el mundo, es un mito creado por los propagandistas de Fidel Castro, una especie de cruza entre Don Quijote y Robin Hood.
Al igual que esas historias, el mito del Che tiene una similitud superficial con los hechos históricos, pero la historia real es mucho más oscura. Algún Robin Hood probablemente cometió actos violentos contra los ricos y, para cubrir sus rastros, dio a los pobres parte del botín. En la España medieval, probablemente había caballeros parecidos al Quijote cabalgando por las sendas del reino, librándolo no de dragones, sino de los pocos musulmanes que quedaban. Lo mismo es válido para el legendario Che. Ningún adolescente en rebelión contra el mundo o sus padres parece capaz de resistirse al atractivo de la imagen del Che. Vestir una remera con su rostro es la manera más sencilla y barata de parecer estar del lado correcto de la Historia.
Pose de moda. Lo que funciona para los adolescentes también parece funcionar con los directores de películas que quieren sentirse eternos adolescentes. En los años 60, el estilo Che, con barba y boina, era al menos una atrevida declaración política. Hoy es poco más que una pose de moda que inspira una épica de Hollywood de gran presupuesto. ¿Qué viene después, un parque temático del Che? Sin embargo, una vez hubo un verdadero Che Guevara: es menos conocido que la marioneta de ficción que ha reemplazado a la realidad. El verdadero Che fue una figura más significativa que su clon de ficción, ya que fue la encarnación de lo que la revolución y el marxismo realmente significaron en el siglo veinte.
El Che no era un humanista. De hecho, ningún líder comunista sostuvo nunca valores humanistas. Fieles al profeta fundador de su movimiento, Stalin, Mao, Castro ni el Che tuvieron nunca respeto por la vida. Para bautizar un nuevo mundo, era necesario derramar sangre. Cuando uno de sus primeros compañeros de lucha lo criticó por la muerte de millones de personas durante la revolución china, Mao observó que millones de chinos mueren todos los días, así es que ¿qué importa? De manera similar, el Che podía matar y encogerse de hombros. Estudió medicina en Argentina, pero escogió no salvar vidas, sino eliminarlas. Tras llegar al poder, el Che condenó a muerte a quinientos “enemigos” de la revolución sin juicio previo, ni siquiera con demasiada discriminación.
Destruyó la agricultura. Castro, que no es ningún humanista, hizo lo que pudo por neutralizar a Guevara y lo nombró ministro de Industria. Como era de esperarse, el Che aplicó políticas soviéticas a los cubanos: la agricultura fue destruida y por todo el país quedaron regadas fábricas fantasmas. No le importaban la economía de Cuba ni su pueblo: su propósito era buscar la revolución por si misma, significara lo que significara, como el arte por el arte.
De hecho, sin su ideología el Che habría sido poco menos que otro asesino en serie. La propaganda ideológica le permitió matar en números mayores que lo que habría podido imaginar cualquier asesino en serie, y todo en el nombre de la justicia. Hace quinientos años, el Che probablemente habría sido uno de esos soldados que exterminaron a los nativos de América Latina en el nombre de Dios. En el nombre de la Historia, el Che consideraba que matar era una herramienta necesaria de una causa noble.
Pero supongamos que juzgamos a este héroe marxista según sus propios criterios: ¿realmente transformó al mundo? La respuesta es sí, pero para peor. La Cuba comunista que ayudó a crear es un fracaso indiscutible, mucho más empobrecida y menos libre que antes de su "liberación". A pesar de las reformas sociales de las que la izquierda gusta jactarse acerca de Cuba, el índice de alfabetismo era mayor antes de que Castro llegara al poder, y el racismo contra la población negra estaba menos extendido. De hecho, hoy es mucho más probable que los gobernantes de la isla sean blancos que durante los días de Batista.
Gestor de dictaduras militares. Más allá de Cuba, el mito del Che ha inspirado a miles de estudiantes y activistas en toda América Latina, haciéndolos perder la vida en absurdas guerras de guerrillas. La izquierda, inspirada por el canto de sirena del Che, prefirió la lucha armada a las urnas. Al hacerlo, abrió el camino a las dictaduras militares. América Latina aún no se ha curado de estos efectos secundarios del guevarismo.
De hecho, cincuenta años después de la revolución cubana, los latinoamericanos siguen divididos. Las naciones que rechazaron la mitología del Che y escogieron el camino de la democracia y la libertad de mercado, como Brasil, Perú y Chile, están mejor que nunca: la igualdad, la libertad y el progreso económico han avanzado a la par. Por el contrario, las que siguen nostálgicas de la causa del Che, como Venezuela, Ecuador y Bolivia, están en estos momentos al borde de la guerra civil.
El verdadero Che, que dedicó la mayor parte de su tiempo como presidente del Banco Central de Castro a supervisar ejecuciones, merece ser mejor conocido. Quizás si la película épica de dos partes de Soderbergh resulta un éxito de taquilla, sus financistas querrán filmar una secuela más ajustada a la verdad. Ciertamente no faltaría material para “La verdadera historia del Che”.
Guy Sorman
jueves, 1 de enero de 2009
Cincuenta años después, Cuba no tiene mucho que mostrar

Cincuenta años después de que Fidel Castro llegó al poder en Cuba, la gran pregunta sobre la revolución cubana no es si fue justificada, sino si valió la pena. Sobre la base de las evidencias disponibles, la respuesta es un claro no.
Un vistazo desapasionado sobre la Cuba de hoy demuestra que aunque el país ha erradicado los bolsones de pobreza extrema que existían durante la dictadura de Fulgencio Batista, la mayoría de la población tiene un estándar de vida más bajo y menos oportunidades de progreso personal que hace cinco décadas.
Los cubanos de hoy tienen un ingreso per cápita más bajo que gran parte de los países latinoamericanos. Tienen menos televisores, teléfonos, computadoras y automóviles en proporción con su población que la mayoría de los países de la región y figuran en el último lugar de América Latina en porcentaje de personas con acceso a internet, incluso por debajo de Haití.
Y aunque en algunos rubros Cuba sale bien parada, como en la alfabetización y la mortalidad infantil, en otros deja mucho que desear. Cuba, por ejemplo, tiene uno de los índices de suicidio más altos de las Américas.
Antes de hablar de mis impresiones de cuando viajaba con frecuencia a la isla a principios de la década de 1990, veamos las estadísticas concretas.
En el aspecto positivo, Cuba tiene un 99.8 por ciento de alfabetización entre los adultos, uno por ciento más que Trinidad y Tobago, y una tasa de mortalidad infantil de 6 por cada mil nacidos vivos, un poco más baja que la de Chile, según el Informe de Desarrollo Humano de las Naciones Unidas de 2008. Eso convierte a Cuba en el país con la mejor tasa de alfabetización de adultos y mortalidad infantil en la región.
Sin embargo, según el Anuario Estadístico de la ONU de 1957, Cuba ya estaba entre los cuatro países latinoamericanos con más alfabetizados y con mayor porcentaje de consumo calórico en ese año, así como el índice más bajo de mortalidad infantil de la región. En otras palabras, Cuba ha ascendido tres puestos en la clasificación de alfabetización y ha conservado su primer lugar en el índice de mortalidad infantil.
En lo que respecta al ingreso per cápita, el Informe de Desarrollo Humano de la ONU --la fuente estadística favorita del régimen cubano-- indica que el ingreso per cápita de la isla es $6,000 anuales, aunque la cifra está acompañada por un asterisco que indica que se trata de un cálculo del gobierno cubano y que ``procuramos generar un cálculo más preciso''.
De hecho, Cuba se niega a calcular su ingreso per cápita según las normas internacionales. Lo mismo ocurre con el índice de pobreza. Cuba emplea métodos estadísticos internacionales en los sectores que le conviene, como en algunos rubros de la salud y la educación, pero se niega a hacerlo en áreas en las que no sale bien parada. El informe sobre la ONU deja en blanco el casillero que corresponde a Cuba en el rubro del porcentaje de la población que vive en la pobreza.
''Ni las Naciones Unidas ni ninguna otra institución internacional tienen la menor idea de cuál es el ingreso per cápita o la tasa de pobreza en Cuba porque Fidel [Castro] ordenó que el país usara su propia metodología'', dice Carmelo Mesa Lago, profesor de Economía retirado de la Universidad de Pittsburgh, que desde hace tiempo es uno de los analistas más serios de la economía cubana.
''Las cifras del gobierno cubano no son creíbles, lo que hace que todo el mundo tenga que usarlas con un asterisco o no usarlas en absoluto'', añadió.
Lo que se puede constatar es que el salario promedio de los cubanos es de alrededor de $20 mensuales, según lo han reconocido los medios oficiales, lo que daría un ingreso promedio de $240 anuales.
Incluso si uno quiere darle al gobierno cubano el beneficio de la duda y aceptar su dudosa cifra de ingreso per cápita de $6,000 anuales --que supuestamente toma en cuenta los subsidios a los alimentos, la salud y la educación--, Cuba ocupa el puesto número 21 en Latinoamérica, muy por debajo de países como Argentina, México, y Brasil e incluso por debajo de la República Dominicana, Surinam y Belice, según el informe de la ONU.
Otras instituciones internacionales publican cifras que ofrecen un cuadro aún más sombrío de la Cuba actual.
Mientras que en 1959 Cuba ocupaba el primer lugar de Latinoamérica en el porcentaje de familias con televisores, hoy sólo el 70 por ciento de las familias cubanas tienen televisor, comparado con 97 por ciento en Argentina, 93 por ciento en México, 83 por ciento en El Salvador y 76 por ciento en la República Dominicana, según los Indicadores Mundiales de Desarrollo de 2008 del Banco Mundial.
En lo que corresponde a los teléfonos, sólo 9 por ciento de los cubanos tienen acceso a un teléfono de línea fija y apenas 1 por ciento de la población está suscrita a un servicio de telefonía móvil, según las cifras del Banco Mundial, uno de los porcentajes más bajos de la región, muy inferior al de Honduras.
Lo que es peor, sólo 2 por ciento de los cubanos tiene acceso a internet. En comparación, 27 por ciento de los costarricenses, 10 por ciento de los guatemaltecos y 7 por ciento de los haitianos tiene acceso a internet, según las cifras del Banco Mundial.
El gobierno cubano culpa de sus problemas económicos al embargo comercial de Estados Unidos. Pero aunque algunos creemos que el embargo en su forma actual es una política desacertada, tiene tantos agujeros que difícilmente se le puede culpar por el bajo nivel de vida en la isla. Estados Unidos es ya el principal exportador de productos alimenticios a la isla y muchos otros productos estadounidenses entran a Cuba a través de terceros países.
La vida en Cuba es sombría, según pude apreciar cuando viajaba a la isla y lo que cuentan los recién llegados.
La isla es como un enorme jardín de infantes, donde todos tienen garantizado un ingreso de susbsistencia pero el gobierno decide lo que uno puede estudiar, donde uno puede trabajar, que cosas uno puede comprar y si puede viajar al exterior. Es un buen lugar para subsistir si uno es un holgazán, o un inepto, pero puede ser muy exasperante para el que sea ambicioso o tenga opiniones propias.
Recuerdo una entrevista que le hice en La Habana al nieto del Che Guevara, Canek Sánchez Guevara, en 1991, cuando era un joven veinteañero y tocaba en una banda de rock heavy metal. Canek, quien más tarde emigró a México, era muy crítico --como muchos jóvenes cubanos-- de la revolución.
''Esta revolución está en ruinas'', me dijo. ``No hay comida, ni libertad... La gente dice que todo es culpa de la agresión yanqui, pero eso es un mito... un cuento infantil''.
La gente joven no tenía nada que hacer en Cuba, me dijo Canek. El estudiaba diseño gráfico en una escuela de arte pero consideraba que era una pérdida de tiempo.
''No hay papel, ni lápices, ni interés de parte de los profesores en hacer nada'', me dijo. ``Y si te gradúas, no hay trabajo en tu especialidad. Te van a pedir que vayas al campo para trabajar en la agricultura. Aquí no hay futuro''.
Cuando le pregunté que pensaría el Che Guevara de estas palabras si estuviera vivo, el nieto del héroe cubano dijo: ``Estaría orgulloso de mí. El Che Guevara era un rebelde. Jamás aprobaría en lo que ha terminado esta revolución''.
Y las cosas no han cambiado mucho desde entonces. No es sorprendente que cada periodista que viaja a la isla regrese contando lo mismo: es un país detenido en el tiempo, esperando --hasta el momento en vano-- que algo cambie.
La parte de la familia del Che Guevara que conocí en Cuba es un ejemplo típico de la división generacional que existe en la isla. Los abuelos tienden a apoyar la revolución --han invertido su vida en ella-- mientras los cubanos de mediana edad tienden a ser escépticos y la mayoría de los jóvenes son críticos. Como me dijo un joven en La Habana, ``esta revolución se ha convertido en una institución''.
La desesperanza que reina en la isla es posiblemente uno de los factores que inciden en el alto índice de suicidio, de 24.8 por cada 100,000 personas. A principios de esta década Cuba tenía el índice de suicidio más alto de Latinoamérica, pero este año ha descendido al cuarto puesto, detrás de Guyana, Uruguay y Trinidad y Tobago, según cifras de la Organización Mundial de la Salud.
Los funcionarios gubernamentales admiten que muchos cubanos se quejan de la falta de alimentos y oportunidades, pero alegan que la mayoría del país apoya a la revolución. Lo dudo mucho, por tres motivos fundamentales. Primero, porque he escuchado a muchos cubanos decir lo contrario --muchos con miedo a que los escuchen-- en la época en la que viajaba a la isla con frecuencia. Segundo, porque una encuesta realizada en Cuba este mismo año por el Instituto Internacional Republicano revela que casi el 70 por ciento de los cubanos de entre 19 y 49 años dijo que les gustaría tener un sistema democrático con elecciones multipartidistas y libertad de expresión.
Tercero, y más importante, porque el régimen cubano tiene una maquinaria de encuestas muy bien aceitada. Si el gobierno de Castro creyera que puede ganar en elecciones libres y que el pueblo cubano está tan orgulloso de los logros de la revolución, hubiera permitido elecciones libres hace mucho tiempo. Si no lo ha hecho es porque sabe que las perdería.
Entonces, ¿valió la pena mejorar algunos indicadores sociales al precio de bajar el estándar de vida general de la isla?
Definitivamente no. Otros países, como Chile y Costa Rica, han reducido la pobreza a un mínimo y con mucho menos trauma social.
En Cuba casi el 10 por ciento de la población huyó al exilio, cientos de miles de familias quedaron separadas, sin poder verse durante muchos años, y miles --decenas de miles, según algunos informes-- han muerto en el mar tratando de abandonar la isla. Millones de los que se quedaron fueron forzados al llamado trabajo voluntario, a cortando caña o destinados a otras ``tareas revolucionarias''.
Y todo eso sin tomar en cuenta a las víctimas de la violencia política. Un total de 2,077 cubanos murieron en las llamadas guerras internacionalistas de Cuba en Angola, Mozambique, Etiopía y otros países africanos, según cifras oficiales citadas por el autor Norberto Fuentes en su Autobiografía de Fidel Castro.
Además, el Archivo Cubano, con sede en Nueva Jersey, afirma que ha documentado 8,273 ejecuciones, asesinatos extrajudiciales y desapariciones en la isla desde 1959.
''Tenemos los nombres y las fuentes de todas esas muertes y están disponibles en internet'', dice María Werlau, directora del Archivo.
El precio que han pagado los cubanos en libertades básicas perdidas ha sido enorme. Hay más de 200 prisioneros políticos en la isla, entre ellos 29 periodistas arrestados en el 2003, según los grupos de derechos humanos. Adolfo Fernández Saínz, uno de esos 29 periodistas, cumple una condena de 15 años de cárcel por ''subvertir el orden interno de la nación''. En su juicio, el gobierno presentó ''pruebas'' de su delito confiscadas en el apartamento del periodista: una máquina de escribir y libros prohibidos, entre ellos 1984, de George Orwell.
Mi conclusión: la dictadura cubana ha mejorado algunos indicadores sociales, pero otros países latinoamericanos han hecho lo mismo sin sacrificar libertades básicas y a un costo muchísimo menor en sufrimiento humano. Para los cubanos, la revolución puede haber sido justificada, pero no valió la pena.
Andrés Oppenheimer
jueves, 3 de julio de 2008
El rencor y la historia

Vengo de una cultura rencorosa. Los cubanos no les perdonan a los españoles que en 1871 fusilaron injustamente a ocho estudiantes de medicina de la Universidad de La Habana. Todos los años conmemoran la fecha lacrimosamente y recuerdan aquella barbaridad en medio de discursos encendidos por la cólera. Pero no se trata de un fenómeno aislado. En toda América Latina sucede más o menos lo mismo. Los mexicanos tienen sus ''niños héroes de Chapultepec'', seis cadetes adolescentes que murieron en 1847 defendiendo una guarnición militar —el castillo de Chapultepec— ante los invasores norteamericanos. Los paraguayos continúan hablando de la Guerra de la Triple Alianza (1864-1870), cuando se enfrentaron a Brasil, Argentina y Uruguay y murieron casi todos los varones en edad de esgrimir un cuchillo. Y así, en cada país, los agravios no se cancelan, sino se archivan y reviven periódicamente, como si el nacionalismo o la vinculación a los partidos políticos necesitaran alimentarse de estos viejos dolores para poder mantener su vigencia.
No se piense, claro, que esta curiosa conducta es propia únicamente de los latinoamericanos. Tal vez es la regla universal. Los árabes tienen aún más acusado el sentido del rencor histórico. Las razones por las que se matan los chiitas y sunitas tienen su origen en un oscuro pleito sucesorio, ocurrido en el siglo VII, muy difícil de explicar de una manera convincente a estas alturas. En España, aunque con menos virulencia, sucede lo mismo: hay castellanos que le imputan la decadencia del país a la entronización de la Casa de Austria en el siglo XVI, mientras muchos catalanes aseguran que la madre de todas las desgracias fueron el comienzo de la centralista dinastía de los Borbones a principios del siglo XVIII y los Decretos de Nueva Planta dictados por Felipe V para debilitar la identidad catalana. Incluso hoy, una de las formas que tiene el gobierno de Zapatero de mantener entretenidas a sus huestes socialistas es hurgar en las matanzas de la guerra civil de 1936 en busca de una siempre opaca "verdad histórica''.
¿Hay alguna cultura que no cultive el rencor histórico? Probablemente las que provienen del tronco británico. Estados Unidos, por ejemplo. La observación se me hizo evidente leyendo una historia de las formaciones políticas norteamericanas. Hoy la inmensa mayoría de los nativoamericanos --los de origen indio-- y de los afroamericanos votan por el Partido Demócrata, pese a que, en el pasado, ambas minorías fueron víctimas de feroces atropellos perpetrados por los líderes políticos de esta agrupación. El pendenciero Andrew Jackson (1829-1837), que fue querido (y odiado) como pocos presidentes demócratas, no sólo fue propietario de esclavos, sino trató, maltrató y expulsó a los indios de sus tierras de una manera que hoy calificaríamos como genocida.
El Partido Republicano, el de Lincoln, en cambio, fue el defensor de los negros durante la guerra civil, el que decretó el fin de la esclavitud, y el que luego propuso las enmiendas constitucionales XIII, XIV y XV que les otorgó los derechos civiles a los ex esclavos y a sus descendientes, todo ello frente a la intensa oposición de los demócratas. Por la otra punta, el Partido Demócrata, en el sur de los Estados Unidos, fue el principal sostén del Ku Klux Klan, y todavía hoy uno de sus antiguos miembros, Robert Byrd, es senador por West Virginia. Fueron los gobernadores demócratas sureños los que con mayor fiereza defendieron la segregación racial y se opusieron a la integración en las escuelas, obligando al presidente republicano Ike Eisenhower a utilizar a una división de paracaidistas para hacer cumplir las sentencias de los tribunales, circunstancia que explica que, en aquellos tiempos, Martin Luther King prefiriera votar por los republicanos.
Es cierto que esas posiciones racistas de los demócratas comenzaron a cambiar durante los gobiernos de Truman, Kennedy y Johnson en la década de los sesenta del siglo pasado, pero lo interesante no es la capacidad de adaptación de los dirigentes de ese partido, sino la casi absoluta falta de consecuencias electorales que tiene el pasado en el presente político del país. Esa pragmática actitud de indiferencia ante los hechos pretéritos, posiblemente sabia y envidiable, es casi incomprensible en nuestra cultura. ¿De dónde surge? Sospecho que de la relación que se tiene con el porvenir. En la cultura de origen anglosajón el futuro parece ser lo único importante. El pasado apenas cuenta. Nosotros vivimos aplastados por su peso.
Carlos Alberto Montaner
viernes, 20 de julio de 2007
Apertura al mundo

Explican los estudiosos de nuestra historia que una de las causas principales de la ruptura de las colonias españolas con su metrópoli fue la política ibérica de restricción del comercio porque obstaculizaba el progreso de la región.
Surgió así la consigna de “comercio libre” que tuvo el mérito de contar con la aceptación de los grupos más visionarios de aquel tiempo (véase Álvarez, Óscar, “Impacto de la ideología liberal en una nación emergente”, Rep. Amer., Año VIII, Nº 2 ene-marzo 1983, Heredia, págs. 7-8).
En la Constitución Federal de 1824 se promulgan las libertades de comercio, industria y agricultura.
En Costa Rica hubo motines en 1812 contra el monopolio estatal del negocio del tabaco.
Cuando se aprobó lo que constituye la primera constitución, el Pacto Social Fundamental Interino de Costa Rica o Pacto de Concordia, se dispuso que “para el fomento de la provincia se permitirá… el comercio libre de todos los artículos o efectos de consumo…”.
Necesidades expansivas. La gente trabajadora del Valle Central estaba urgida de las libertades de comercio y agricultura, por lo que esa apertura al mundo vino a satisfacer sus necesidades expansivas. Con la instauración del libre comercio cesaron las devastaciones de los piratas y la actividad productiva interna se ligó al mercado internacional.
Ante esa apertura, los primeros estadistas costarricenses se dedicaron a impulsar la creación de la infraestructura necesaria para las exportaciones e importaciones.
El jefe de Estado, don Juan Mora Fernández, pudo manifestar en esta tesitura en 1829: “…es un axioma bien conocido en la economía que los caminos de ambos puertos deben ser los primeros canales para crear y extender nuestro comercio y agricultura y que cuanto más expeditos y fáciles sean aquellos serán tanto mayores los progresos…”.
No obstante las limitaciones de todo tipo de la naciente Costa Rica independiente, hay referencias a la construcción y mantenimiento de caminos y puentes, sobre todo hacia los puertos.
La apertura al mercado internacional indujo al crecimiento y diversificación de la agricultura nacional. Se introdujeron nuevos cultivos y en 1832 se efectuó la primera gran exportación de café. El Estado impulsó un plan de colonización de las tierras baldías.
Inmigración y tecnología. Se recibió con beneplácito un decreto de la República Federal que favorecía la inmigración de extranjeros hacia Costa Rica. La importación de herramientas elevó la productividad agrícola.
Con el metal extraído de los Montes del Aguacate se realizaron las primeras acuñaciones de moneda, lo que permitió a Costa Rica incorporarse a la economía monetaria indispensable para una nación exportadora.
Todo lo anterior hizo posible que pudiera informarse muy temprano en la historia de Costa Rica: “… a merced de la libertad de entablar relaciones mercantiles con los comerciantes de otras Naciones tenemos nuestros Puertos traficados continuamente… la influencia del comercio sobre los costarricenses pone en movimiento la agricultura y la industria…”.
El 12 de febrero de 1827, en un informe de la Municipalidad de San José hay referencia a la situación de la ciudad en estos términos: “…que por la libertad de comercio y arribo continuo de barcos por el sur, la industria en el comercio y la agricultura se encuentra en mucho adelantamiento, pues las cosechas de dulce, maíz, azúcar, frijoles y demás frutos aun no bastan para llenar el consumo del pueblo y surtido de los barcos; que por la misma razón han tomado otro mérito dichos efectos, pues el café, además de haber doblado este año su cosecha, se halla en estimación y los mismos cueros y petates y demás cosas de extracción, con que se han avivado el tráfico de los pueblos, a pesar de ser malos los caminos…”.
Lo anterior ha permitido concluir que la política económica de apertura al mundo impulsada por los primeros estadistas costarricenses logró la superación de las limitaciones coloniales caracterizadas por el estancamiento, el impedimento a las libertades de industria y comercio que llevaban a la pobreza.
Decisión correcta. Eso fue bueno para Costa Rica y sigue siendo la decisión correcta. Cierto retroceso se ha dado y se ha mantenido por la intervención excesiva del Estado en querer ser todo sin tener facultades para ello: educador, sanador, asegurador, constructor, vigilante, empresario, banquero, dueño de muchas cosas que podían ser mejor usadas y administradas por la sociedad, que es más creativa, productiva y servicial que el Estado, sin perjuicio de la inspección del Estado en lo que atañe al cumplimiento de tareas referentes al bien común, pero sin convertirse en el Estado que en todo se mete, dificulta el ingreso de mercancías, en todo estorba , desperdicia sin conciencia todos los recursos y casi todo lo hace mal.
Por ello, lo que signifique apertura al mundo en beneficio no solo de los exportadores, sino, sobre todo, del consumo por los ciudadanos de artículos diversos provenientes del ancho mundo, sin trabas excesivas de orden aduanal y sin monopolios esclavizantes, será un bien para Costa Rica.
El Tratado de Libre Comercio entre los Estados Unidos, República Dominicana y Centroamérica va orientado en la misma dirección en que actuaron los visionarios costarricenses de los comienzos de la vida independiente, que tanto bien y gloria dieron a Costa Rica. Esas han sido raíces costarricenses: apertura al mundo.
Guillermo Malavassi, tomado del periódico La Nación