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lunes, 16 de junio de 2014

Tema polémico: lucha estatal contra la pobreza, un verdadero fiasco.


En el año 2007, una de las ponencias del XIII Informe del Estado de la Nación advirtió que existe una serie de programas selectivos de atención de la pobreza, como lo son los comedores escolares, los CEN-CINAI, las pensiones no contributivas y el bono familiar de la vivienda,  cuyo análisis confirma la filtración de beneficiarios. Las poblaciones meta de esos programas están circunscritas al 20% de las familias de menores ingresos pero, en realidad, los comedores escolares tienen un diseño universal en el acceso, el bono de la vivienda puede llegar hasta las familias ubicadas en el cuarto quintil de la población total y los CEN-CINAI introducen criterios de riesgo infantil para definir quiénes tienen acceso. 

La cobertura de esos programas también resultó problemática: las Pensiones No Contributivas y el Bono de la Vivienda mostraron que la población atendida en el 2006 es del 45,2% y del 41,0% respectivamente. En tanto, los centros infantiles tuvieron la menor cobertura efectiva, pues solo atendieron al 13.2% de su población meta en 2006 disminuyeron a solamente el 13,2%, dejando por fuera al 86,8% de la población meta en el 20% más pobre. 

De acuerdo con el XIV Informe del Estado de la Nación del 2008, todos estos errores de focalización, filtraciones, cobertura alcanzada y exclusiones dependen de la definición de la población objetivo, es decir, si se toma como tal al 20% o al 40% más pobre de los hogares. Si la atención se pone en el 20% más pobre, tres programas se encuentran sobredimensionados, pues en los comedores escolares, las pensiones contributivas y el bono de la vivienda, los beneficiarios efectivos sobrepasan con creces a la población meta, que es el primer quintil.  

Tanto en el Informe XVIII (2012) como en el Informe XIX (2013), el Estado de la Nación sostiene que estos problemas no han sido corregidos, ni siquiera atenuados. De hecho, manifiesta que la ausencia de criterios claros para la selección de beneficiarios sigue siendo un problema pues aumenta las posibilidades de filtraciones que atentan contra la eficacia y eficiencia en el uso de los recursos públicos.

Recientemente, el diario La Nación publicó que el 37% de las ayudas en efectivo que entrega el Estado en la lucha contra la pobreza termina en hogares que no son pobres ni están en situación de vulnerabilidad. Se trata de pensiones del Régimen No Contributivo (RNC) de la Caja Costarricense de Seguro Social (CCSS), becas educativas del Ministerio de Educación (MEP) y del Instituto Mixto de Ayuda Social (IMAS) o ayudas directas que da esta última entidad, programas que en su conjunto consumen ¢200.000 millones por año, lo que equivale al 0,9% del producto interno bruto (PIB). 

En esa noticia se indica que en el caso de las pensiones del régimen no contributivo, las filtraciones son del 33%, al igual que en el caso de las becas estudiantiles. En cuanto a los giros en efectivo del programa del IMAS, Bienestar y Promoción Familiar, que da ¢50.000 o más a unas 50.000 familias, las filtraciones son del 22%.

Han pasado varios años entre ambas investigaciones –en las cuales participó el mismo investigador, Juan Diego Trejos– y los problemas de filtraciones no se han corregido. Por el contrario, han aumentado. Si a eso se le suma lo que ha venido señalando tanto la Contraloría General de la República como la Comisión para el Control del Ingreso y Gasto Públicos de la Asamblea Legislativa en los dictámenes de liquidación presupuestaria sobre la ausencia de un sistema de indicadores que permita medir el costo unitario de los programas y el impacto del gasto público en la situación de los ciudadanos, es de esperar que la vulnerabilidad a la Hacienda Pública sea todavía mayor, pues no se sabe a quién se le destinan los recursos ni el impacto que tienen las transferencias y programas.

Siendo así, estos resultados deben encender las luces de alarma. Los programas sociales, especialmente los de atención a la pobreza, consumen gran parte del presupuesto público y resulta inadmisible que el Estado no sólo sea incapaz de determinar, con claridad, la población meta y circunscribirse a ella, sino también que no tenga indicadores que permitan medir el impacto de esos programas. Hoy día, no se sabe qué pasa con las familias o individuos que reciben algún subsidio: si salen de la pobreza o si permanecen en ella. En otras palabras, nadie es capaz de decirle a los tax payers si los recursos que se le quitan mediante impuestos, supuestamente para ayudar a los más necesitados, realmente son bien utilizados y cumplen el objetivo con el que el Estado trata de justificar la exacción. 

Ludwig von Mises decía que "el Estado no puede hacer a un hombre rico, pero sí puede hacerlo pobre". Eso es precisamente lo que ha pasado en el caso costarricense. Tenemos un Estado que nos arrebata una gran porción del fruto que ganamos con nuestro esfuerzo, trabajo y creatividad para, en teoría, trasladárselo a los "más necesitados", y con eso nos hace un poco más pobres a todos pues los recursos que nos quita el Estado bien podríamos utilizarlos para satisfacer por completo nuestras necesidades o para generar más riqueza, más empleo y más oportunidades.

En ASOJOD repudiamos esta política de Robbin Hood, donde se le quita a los que tienen, a los que se han esforzado por producir para regalarlo a los que no tienen. Probablemente la pobreza que estos viven no es su culpa -aunque hay muchos casos que muestran lo contrario- pero tampoco nosotros somos responsables por su situación y es completamente inmoral que se nos haga pagar para remediarla. Nosotros creemos en la caridad como medio libre y voluntario por el cual unos, preocupados por la situación de otros y sin que medie coacción, colaboran para ayudarlos a mejorar sus vidas. Eso es loable y virtuoso. Pero lo peor es que la política de lucha contra la pobreza en nuestro país ni siquiera alcanza el concepto de Robbin Hood. Las filtraciones muestran que mucha gente que no está en situación de necesidad está recibiendo fondos públicos. En muchos casos, como el que bien explica Trejos sobre los bonos de vivienda, pueden beneficiar a poblaciones ubicadas en el cuarto quintil, es decir, personas con suficientes ingresos para poder costear una vivienda sin ayuda estatal. Y ni qué decir con la educación superior, en cuyo caso el Informe del Estado de la Educación ha mostrado que casi un 70% de los estudiantes de las universidades estatales pertenecen al cuarto y quinto quintil mientras apenas un 4% pertenece al primero, a pesar que estas nacieron bajo el concepto de ofrecerle una oportunidades de estudios superiores a las poblaciones que no podían costearlas. Sin duda, toda una política de Hood Robbin, donde los de menos recursos le están subsidiando programas a los que pueden pagarlos. 

Los datos son claros: las políticas de lucha contra la pobreza han resultado un verdadero fiasco. El Estado ha demostrado, con creces, ser completamente ineficiente para combatir la pobreza. Antes bien, con una política del regalo, del subsidio, más bien la fomenta, toda vez que incentiva a las personas a permanecer en esa situación para recibir sin esforzarse y desestimula a quienes trabajan pues no pueden disfrutar de su riqueza porque se les quita una buena porción de ella. Y, para colmo de males, lo que se le quita supuestamente para ayudar a los que menos tienen, termina en los bolsillos de quienes no lo necesitan pero que se benefician de la incapacidad estatal para delimitar la población objetivo de sus programas. 

Lo hemos dicho hasta la saciedad: solo hay dos formas de combatir la pobreza. La primera es a través de la creación de riqueza y en lo que el Estado puede colaborar es en no entorpecer el proceso productivo, el emprendimiento, la iniciativa privada, en generar un marco jurídico estable que permita a los individuos operar con certeza y en resolver prontamente los conflictos que surjan. La segunda es a través de la iniciativa privada, en la voluntaria decisión de aquellos que deseen ofrecer sus recursos (tiempo, dinero, trabajo, etc.) para ayudar a los demás. Miles de asociaciones voluntarias nos demuestran que eso es posible y que tiene más éxito que ningún otro esfuerzo para ayudar a quienes lo necesitan. Cualquier otro planteamiento, especialmente este de transferir riqueza de unos a otros, termina convirtiéndose en un mecanismo perverso.

miércoles, 4 de junio de 2014

Desde la tribuna: de pobreza, caridad y otras cuestiones

El nuevo Presidente del IMAS (Instituto Mixto de Ayuda Social, creado a principios de los setentas como solución a la pobreza extrema) ha acuñado una frase muy interesante:  “la caridad no saca a nadie de la pobreza”.

Cuestión central si es bien enfocada, pues la idea del IMAS era acabar con la miseria extrema.  Incluso, para quienes recuerdan, era una institución autónoma con plazo u ocaso, que debía agotarse una vez cumplida su misión.  El hecho es que sobrepasó el plazo y hubo que renovarla con plazo perpetuo.  Dicho de otro modo, no cumplió las metas ni expectativas.

La caridad es una gran virtud.  Cuando la ejerce el Estado le quita la virtud y se convierte en repartidera.

El meollo del asunto es que después de tanta acción del Estado en contra de la pobreza, más bien parece que reproduce el patrón perverso y cada vez hay más dependientes de la ayuda pública.  Pareciera, entonces y como se ha dicho reiteradamente, que la lucha contra la pobreza se convierte en un negocio.  No es de extrañar, entonces,  que la nueva Presidenta del INVU también salga a denunciar que encuentra formas monopólicas en las casas de interés social.

La existencia del Estado debería facilitar el que cada cual tenga la posibilidad de resolver sus problemas económicos por sus propios medios (trabajo, creatividad, empeño, empresariado, producción, generación de riqueza, responsabilidad y superación).    Hemos institucionalizado algunas formas de ayuda social que se han convertido en un fin en sí mismos e, incluso, hemos agregado el calificativo de “social” al Estado de Derecho, deformando algunas concepciones importantes y promoviendo algunas cuestiones perversas.  ¿Por qué entre más bonos de vivienda aparece mayor saldo de viviendas?  ¿Por qué entre más becas y programas aparece mayor cantidad de gente que las requiere?   ¿Por qué cada vez hay más ayudas sociales y más gente que las necesita?

¿No bastan las instituciones que hay?  Es claro que algunos políticos medran en medio de todo.  Su propuesta es directa y descarada, ofrecen ir a quitarle a los otros para repartir entre los suyos (el paquetazo de Pacheco era eso:  dijo, con demagogia y mentira, que ya los ricos tenían su TLC y que había que darle a los pobres el paquete tributario; el trámite de la ley de impuestos  a las casas de alto valor, supuestamente para dar vivienda a los más necesitados y así en cada caso).  También es evidente que buena parte de  la burocracia se asienta con el crecimiento del aparato público.  Asimismo, es innegable que la demagogia se presta para que los buscadores de rentas agarren lo suyo.  Transferimos el riesgo social, repartimos y festinamos la plata ajena, expropiamos lo de unos para repartirlo entre otros (aquí hay situaciones de lo más paradójico:  expropiamos para repartir parcelas que luego terminan en manos de políticos de uno y otro partido, concentradas y en contravención de la idea original).

Si de competencia se trata, ¡claro que es hora de revisar cómo es que el propio Estado y sus instituciones, a través de la contratación, podrían estar promoviendo carteles y concentraciones!   El hecho es que algunas de esas contrataciones no deberían ni existir.  Los subsidios en vivienda terminan en contrataciones masivas que contravienen la idea de participación personal, responsabilidad y focalización, prestándose a rutas inaceptables. 

Queda mucho en el tintero, esto no es sino un poco de apuntes derivados de los primeros asombros de los nuevos administradores públicos.  ¡Ojalá les dure!

Federico Malavassi 

miércoles, 16 de marzo de 2011

Cuestionar a los parásitos


La degradación moral de una sociedad tiene muchos síntomas. Pero misteriosamente algunos prefieren apuntar su artillería buscando culpables en retorcidos ámbitos, cuando en realidad las explicaciones están a la vuelta de la esquina, mucho más cerca de lo que creemos.

Y es que hemos naturalizado el concepto de que muchos, demasiados deben esforzarse, trabajar y producir, generando riqueza, para que otros, sin hacerlo puedan gozar de los beneficios del mérito ajeno. Estamos rodeados de parásitos, y lo más grave del caso es que nos estamos acostumbrando a ello. Convivimos a diario con gente que ha elegido la más fácil, la de no hacer, la de dejar que otros lo sostengan, la de victimizarse responsabilizando a cuanto monstruo real o imaginario tenga a su alcance.

Que los beneficiarios directos de ese magnífico negocio de vivir del esmero ajeno, aprueben esta actitud generalizada no debe sorprender. Después de todo, maximizan su propia ecuación. Mínimo sacrificio, largamente compensado por cuantiosas ventajas recibidas sin más merecimiento que el de autodefinirse como postergados, minusválidos y mártires del sistema.

Lo paradigmático, es que los esquilmados, los que se esfuerzan, los que han elegido el camino más complejo y agotador, pero más honroso por cierto, se hayan acoplado tan mansamente y acepten con tanta condescendencia esta nueva moralidad impuesta, convirtiéndose en verdaderos esclavos.

Los creadores, los que están dispuestos al riesgo, los que trabajan de sol a sol, poniendo en ello no solo su esfuerzo físico, sino fundamentalmente su cerebro, su ingenio y talento, su preocupación y compromiso, se vienen resignando a esa nueva posición, la de los expoliados, esos que trabajan para que otros disfruten de su empeño.

Hasta que punto hemos perdido el norte en esto, que quienes crean riqueza y producen, no solo son exprimidos, sino que además son fuertemente criticados, convirtiéndose en el blanco preferido de las ideologías dominantes.

Los parásitos han ganado la más importante de las batallas: la moral. Nos vienen convenciendo que son merecedores de este presente, que este es el camino adecuado, y que los esquilmados deben, además, aplaudir esta modalidad. Están ganando la contienda intelectual, al punto que ningún partido, movimiento político, ni sectores de la intelectualidad, se anima a cuestionar en voz alta, en público, esta atrocidad sistémica y estructural que ni siquiera propone retirarse progresivamente y ya ni precisa justificar su transitoriedad como en otros tiempos.

Cuando alguien intenta objetar esta realidad, lo hace con culpa, pisando como en terreno minado, eligiendo las palabras justas para no decir lo políticamente incorrecto. Definitivamente nos vienen torciendo el brazo, al punto de acallarnos. Nos están convenciendo de que lo moralmente adecuado es que algunos trabajen duro, para que otros disfruten de los frutos del esfuerzo ajeno.

Con esa lógica, no solo han conseguido la aceptación popular de que los que más tienen los deben sostener económicamente, sino que además deben hacerlo sin chistar. La represalia es automática y la amenaza constante es ser considerados indecentes, insensibles, avaros y ambiciosos. Es que los aprovechadores no admiten cuestionamiento alguno a su forma de vida.

Y a no equivocarse, cuando hablamos de parásitos no solo nos referimos a los que reciben la dádiva estatal del eufemístico concepto de las políticas sociales, también hablamos de los pseudoempresarios que viven de la prebenda y crecen a la sombra de los favores públicos, a los que han elegido como medio de vida a la política para financiarse con puestos públicos, porque son incapaces de triunfar en sus profesiones u oficios y a los buscadores de privilegios que pululan por doquier.

Alguna vez Ayn Rand dijo “El hombre que produce mientras los demás disponen de su producto es un esclavo“, y un poco más profundamente valdrá recordar otra de sus reflexiones “Nada nos es dado en la Tierra. Todo lo que necesitamos debe ser producido. Y aquí el ser humano afronta su alternativa básica, la de que puede sobrevivir en sólo una de dos formas: por el trabajo autónomo de su propia mente, o como un parásito alimentado por las mentes de los demás. El creador es original. El parásito es dependiente. El creador enfrenta la naturaleza a solas. El parásito enfrenta la naturaleza a través de un intermediario."

El escenario es difícil no porque ellos vengan ganando la disputa, sino porque los que financian esta fiesta con su esfuerzo han decidido callarse, entregarse dócilmente, casi como esclavos, asumiendo que deben trajinar incansablemente no solo para sí mismos, sino también para mantener este perverso sistema que se profundiza cotidianamente sin indicios de modificar su rumbo un solo centímetro.

Habrá que juntar coraje para dar la batalla donde corresponde, en el campo de las ideas, perdiéndole el miedo a los fantasmas, a las corporaciones y al intimidante poder del discurso hegemónico.

Será importante tomar fuerzas, y para ello es relevante asumir quienes están haciendo lo correcto, y quienes no. Porque los parásitos podrán seguir esquilmando a la sociedad por algún tiempo, le podrán quitar sus recursos, sus esfuerzos, vivir de sus talentos e inteligencia, y al mismo tiempo criticarlos con vehemencia. Lo que no podrán obtener nunca de ese modo es dignidad, respeto y autoestima. Eso solo se consigue cuando se tiene integridad moral.

Por algún lado debemos empezar. Tal vez sea buena idea, al menos dejar de aplaudir a los parásitos. Ellos también se alimentan de la aprobación de todos. Señalarlos con un dedo puede ser el camino. Identificarlos todos los días en vez de adularlos puede ser un primer paso. Tal vez sea hora de cuestionar a los parásitos.

Alberto Medina Méndez

viernes, 31 de julio de 2009

Viernes de recomendación


Para este viernes de recomendación, en ASOJOD queremos ofrecerles un interesante ensayo de Hubertus Müller-Groeling, titulado "La dimensión social de la política liberal".

Este documento queda como anillo al dedo en un contexto como el actual, donde constantemente escuchamos a los "paladines de la justicia social" lanzar diatribas contra el liberalismo por considerarlo "salvaje" o sin "rostro humano", pero que, en realidad, no entienden que la cooperación libre y voluntaria es más exitosa, tanto para el individuo como para la sociedad, que la coerción estatal para distribuir la riqueza y "encargarse de los más necesitados".