Mostrando las entradas con la etiqueta privacidad. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta privacidad. Mostrar todas las entradas

jueves, 2 de junio de 2011

Jumanji empresarial: la paranoia es buena


“Viví. Morí. Ahora déjame en paz”, eso es lo que quiero que ponga mi tumba.

¿Qué tengo que esconder? ¡Todo! Lo que equivale a decir: todo lo que reclames saber de mí es algo que no quiero decirte.

La privacidad es el medio más eficaz de preservar la libertad contra un Estado invasor. La privacidad se basa en la suposición de que (en ausencia de evidencias concretas de maldad) un individuo tiene derecho a cerrar su puerta y decir a otros (incluido al Gobierno) que se ocupen de sus asuntos. Es una presunción de inocencia. Es asimismo la piedra angular de la sociedad civil.

El acto de cerrar tu puerta en las narices expresa la distinción clave entre las esferas pública y privada. La esfera privada consiste en las áreas de la vida en las que un individuo ejerce autoridad y en las que no es apropiado que el Gobierno y otras partes no invitadas se introduzcan; tradicionalmente, el hogar o la familia se consideraban el ejemplo principal de la esfera privada. Así, históricamente, la privacidad ha permanecido como un baluarte entre el individuo y el gobierno, entre la libertad y el control social.

No sorprende que la privacidad este bajo un ataque fiero y sostenido.

El totalitarismo requiere información total y el Gobierno actual está resuelto a alcanzar una identificación completa de todos, realizando un inventarios de pertenencias a gravar y controlar: identificador nacional, biométrica, “¡sus papeles, por favor!”

Parece que en cada encrucijada se no pide rellenar un formulario, responder a preguntas invasivas, entregar nuestros bolsos para revisarlos, callar o hablar siguiendo órdenes y levantar los brazos para que nos cacheen.

En su libro Seeing Like a State: How Certain Schemes to Improve the Human Condition Have Failed, James C. Scott comentaba el papel protagonista de una forma de inventario (los datos del censo) en la aparición del estado moderno:

Si imaginamos un Estado que no tenga medios fiables para enumerar y ubicar a su población, promover su riqueza y mapear su territorio, recursos y asentamientos, estamos imaginando un Estado cuyas intervenciones en esa sociedad son necesariamente rudimentarias.

Adquirir datos no solo facilitaba “un sistema impositivo y de reclutamiento con un ajuste más fino”, sino asimismo permitía el Estado intervenir eficazmente en toda la sociedad. A más datos, más eficaz la intervención.

Para facilitar su eficacia, el Estado necesita eliminar la competencia y luego ordenar un monopolio en la producción de identificadores aceptables. Después de todo, un identificador no solo sirve como una herramienta de ingeniería social: también tiene funciones válidas de las que se ocuparía inmediatamente un mercado libre (y lo haría mucho más eficientemente). La identificación ofrece autenticación para herencias y títulos de propiedad, certifica que la gente tiene habilidades, por ejemplo para realizar una cirugía torácica, y documenta autorizaciones como derechos de accesos a edificios o cuentas bancarias.

El Estado no prohíbe necesariamente dicha competencia, sino que muestra su músculo en el monopolio de la identificación de varias maneras. Por ejemplo, aplica leyes contra la “falsificación”: la sanción actual por falsificación de pasaportes o visados es de diez años en caso de primer delito, si no está ligado a terrorismo o tráfico de drogas. Pero el arma más poderosa para aplicar este monopolio es que el Gobierno ha hecho de la identificación emitida por el Estado una condición de facto para actuar en la vida diaria. En esencia, el Estado y su documentación se han convertido en la única forma para que una persona “demuestre” su identidad y, por tanto, acceda a servicios vitales (incluso no públicos).

Los “no identificados” no pueden subir a un avión o un tren, ni conducir un coche. No pueden abrir una cuenta corriente, cobrar un cheque, tomar un empleo, acudir a clase, casarse, alquilar un vídeo (no digamos un apartamento) o comprar una casa. Los no identificados son ciudadanos de segunda clase a quienes el Gobierno les cierra buena parte de la vida y casi todas las oportunidades de mejorar. Entretanto, los “identificados” son vulnerables a que se bloqueen sus cuentas corrientes, se les niegue el acceso a la atención sanitaria, se les cancelen sus tarjetas de crédito, se les embarguen los salarios, se revisen sus historiales y están sujetos a montones de otras invasiones que provienen del gobierno que sabe exactamente dónde y cómo encontrarles.

Quienes se resisten a ser inventariados representan un problema para el Estado. La primera línea de ataque es acusarlos de ser “sospechosos”, es decir, de tener razones criminales o vergonzantes para rechazar responder preguntas.

“Si no tienes nada que ocultar…” empieza la cita, y siempre termina con una reclamación de cumplimiento. Invocar la privacidad ha pasado de ser un ejercicio de un derecho a ser una indicación de culpabilidad.

Es un juego de manos por el que la privacidad se redefine como “ocultación” o “secreto”; por supuesto, no es ninguna de ambas cosas. Al tiempo que permite la libertad, la privacidad es parte de una vida sana y reflexiva.

Consideremos un ejemplo: Desde la infancia, he llevado un diario en el que incluyo mis esperanzas, dudas, desengaños y deseos. Cuando lo leo, aún puedo sentir íntimamente quién era con diez años y esto me permite entender quién soy hoy. No comparto estos diarios, no porque me avergüencen, sino porque son personales. Son solo para mí, para mis ojos, para mi reflexión, y para nadie más.

Todos tenemos áreas de completa privacidad a proteger. Hay gente que lleva medallones con fotos de parientes muertos, otros sueñan con un amor prohibido, otra gente echa el pestillo cuando disfruta de un baño de burbujas o, tal vez, escribe una carta de amor que está destinada solo a otros ojos. Estos actos dibujan una línea entre la esfera privada y pública, constituyen una frontera que ningún otro ser humano puede tener derecho a cruzar sin ser invitado.

Si un vecino leyera las cartas de tu buzón o se dedicara a copiar los depósitos en tu libreta de ahorro, te sentirías violentado e irritado. Lo que es incorrecto que haga tu vecino es también incorrecto que lo haga el gobierno, porque solo hay un patrón de moralidad. Cierre la puerta en las narices a quien diga otra cosa.

Wendy McElroy

miércoles, 12 de septiembre de 2007

El memorandum


No hay justificación. El tono del memorándum es inaceptable. Eso es todo lo que puedo decir sobre esto. Se me ocurren muchas cosas en defensa de Kevin Casas a quien conozco personalmente, pero en este momento no tiene sentido porque por supuesto hay gente interesada en utilizar políticamente el tema y no atenderán razones de ningún tipo.

Sin embargo no deja de llamarme la atención la hipocresía de algunas personas que se rasgan las vestiduras en público pero que en privado son capaces de afirmar cosas que harían ver a Casas y Sánchez como timoratos niñitos bien. La única diferencia entre Casas y Sánchez y algunos que los defenestran públicamente con un claro interés político es que los primeros fueron puestos en evidencia por un escrito, mientras que los otros AUN no han sido descubiertos.

Entiendo que este no es el momento, pero tal vez algún día podremos hablar con mesura de lo peligroso que es aceptar discutir documentos que se hacen públicos mediante actos ilegales, cómo es que el TSE considera un correo electrónico un documento público y el papel de los medios de comunicación en la diseminación de material adquirido ilegalmente. No es el momento. Pero hay que hacerlo.

Por Roberto Gallardo

lunes, 10 de septiembre de 2007

En Vela


Mi columna del viernes pasado versó sobre lo que considero la cuestión de fondo del tristemente famoso memorando de Kevin Casas, segundo vicepresidente, y Fernando Sánchez, diputado del PLN: la privacidad, la relación entre el fin y los medios, y el uso de los medios tecnológicos para agredir verbalmente, difamar y amenazar. Los que sabemos del alcance de estas armas sabemos lo que decimos.

Las respuestas han sido de todo linaje y pelambre: muchas sólidamente argumentadas, a favor o en contra (agradezco, sobre todo, las críticas pues, si los elogios estimulan, aquellas hacen reflexionar). La mayoría ha consistido en un des-ahogo verbal explosivo, lo que me ha permitido documentar la magnitud de los problemas psicológicos en ciertos grupos. De estos especímenes deberán de provenir los agresores o agresoras domésticos contra cónyuges e hijos. No podían faltar tampoco los anónimos, a juzgar por sus amenazas: ¡cuídese cuando maneja!, ¡algún día la pagará!, ¡vaya escogiendo el lugar de la vela!, ¡el infierno espera a hombres como usted! ¡Usted es el peor idiota que he conocido! ¡Además de viejo, tonto! En fin, mi columna del viernes quedó probada con creces: estamos expuestos. En mi caso, me alegro. Prefiero que se deshoguen contra mí y no contra su familia. (Como ven, he leído a René Girard).

¿Cuál fue, según estos, el pecado? Que el viernes no me lancé contra los autores del memorando, muestra inequívoca, según los mensajeros, de mi incoherencia y complicidad. En el fondo, un elogio irracional, pues creen que un columnista debe juzgar y condenar de inmediato, y una desbordante temeridad, pues presumen que comulgo con un texto que, de inmediato, fue repudiado por todos y cuya elaboración lamentan sus autores.

¿Hicieron mal los autores? Sin duda. Doble falta: conocedores en grado sumo de las asechanzas del poder político, no midieron su extensión, sinuosidad y peligrosidad, para los funcionarios y la sociedad, aun en la presentación de propuestas cuya mayoría son torpes e inaplicables, y, peor aún, si lo fueran. El escándalo ha sido beneficioso para todos. Para los autores, primeramente; para los dirigentes del SÍ, a fin de que actúen siempre con transparencia, y para ciertos dirigentes del NO para que no acusen a los otros de lo que han sido maestros indiscutibles: la estrategia del miedo y los ataques contra la institucionalidad democrática.

Para todos, tirios y troyanos, novicios y profesionales, la restauración de la discusión crítica y la urgencia de salvar y fortalecer nuestro sistema democrático y político, en este barco común, en un mundo proceloso.

Por Julio Rodríguez
Tomado de la Nación

viernes, 7 de septiembre de 2007

En Vela


El memorando del que informa hoy La Nación y que ha corrido por Internet sobre la campaña del TLC debe abrirnos los ojos. Un hacker , pirata o experto en estos actos delictivos penetró en el sistema de comunicación de la Presidencia de la República y se apoderó de su contenido para hacerlo público. Igual violación han sufrido otras entidades públicas y privadas. Esta es la cuestión de fondo. Estamos expuestos. Todos sin excepción, no solo en las calles, sino en nuestras casas y oficinas, y en nuestra propia intimidad.

Conforme la tecnología avanza y nos regala sus frutos, para bien propio y de la humanidad, mayor es el riesgo de utilizarla para el mal. La penetración de los delincuentes en el ancho mundo de la telefonía y, ahora, de Internet lo demuestra día a día. El ámbito sagrado de nuestra privacidad y de las relaciones humanas personales está expuesto al chantaje, a la amenaza, al anonimato y a la publicidad sin fronteras ni límites. Hay gente que se nutre de este poder.

Las modalidades por Internet son conocidas: mensajes, anónimos o personales, directos o por mediación, para chantajear, amenazar, silenciar o difamar. Recordemos que reiteradamente se publicó por Internet un diálogo falso entre periodistas y el Ministerio Público. El asalto contra la privacidad y la dignidad de las personas no cesa. Se trata de mafias ideológicas, políticas, económicas, criminales o, simplemente, de personas sedientas de odio, envidia o venganza, sabedoras de que la difamación causa un daño irreparable y de que la amenaza o el chantaje, extorsivo o no, son instrumentos de terror que conducen al silenciamiento, a la servidumbre, a la indefensión o a la impotencia, todo en un oasis de impunidad.

El peligro no se detiene aquí. Este tipo de delincuencia mediática afecta el sistema de seguridad de un país. El narcotráfico y el terrorismo conocen sus secretos, del que derivan enormes ganancias y daños inmensos a la sociedad.

En fin, los que ahora disfrutan de estos triunfos mediáticos están cavando la fosa del miedo y la desconfianza, y, a la vez, estimulando a los grupos, internos o externos, dedicados a estos menesteres. Mañana las víctimas pueden ser ellos o sus familiares. Hay límites que no se deben traspasar, pero, eso sí, si se da ese otro paso más allá, el que nuestra conciencia y los valores éticos retienen, no hay retorno.

No nos forjemos ilusiones. Hay gente en nuestro país capaz de todo. Ningún objetivo o interés merece el sacrificio de la libertad o de la dignidad.

Por Julio Rodríguez
Tomado de la Nación