Mostrando las entradas con la etiqueta migración. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta migración. Mostrar todas las entradas

martes, 8 de septiembre de 2015

La columna de Carlos Federico Smith: el Estado ineficiente: el tema de la inmigración (II Parte)

Tal como expresé en la primera parte de este comentario, y que ojalá tuvo la oportunidad de leerla hace unas semana en este mismo sitio, fue la lectura de un artículo de La Nación del 16 de agosto, titulado “Migración nicaragüense se dispara con visa tica en mano: País registra aumento sostenido de inmigrantes desde el 2008,” el cual me estimuló a referirme a este asunto, tan importante en nuestro país y, a la vez, casi que comentado tan sólo subterráneamente.

El comentario periodístico de referencia empieza señalando el incremento creciente de solicitudes de visa de ingreso a Costa Rica; que tal aumento “empezó a verse en el 2008” y que “la previsión de los consulados es que este año se superará fácilmente la emisión de 200.000 visas.  En el 2014, se tramitaron 214.156 visas con vigencia de tres meses”.  Y continúa el análisis: “paralelo a la solicitud de visas, en los últimos años también viene creciendo la entrada de nicaragüenses a nuestro territorio” y que “para el 2013… la cifra llegó a 480.250”, además de que “las proyecciones para este año indican que ese número será superado.” 

Lo sorprendente es que en el texto principal del comentario periodístico citado (se exceptúan las declaraciones adjuntas de nuestro Canciller, don Manuel González) no aparece la palabra clave que sí se incorpora en el subtítulo del artículo de referencia: la palabra “inmigrantes” o “inmigración”.

Digo que me sorprende, porque el tema que podría ser de mayor interés es el de la inmigración hacia el país y no el simple aumento de visas de turismo (el ministro González sí acierta, cuando formula una aclaración totalmente pertinente: “la migración no es mala, pero hay que estar pendiente de ella).  Creo que el error de interpretación del periódico está en asumir que un aumento en las visas de turismo otorgadas (con una vigencia de tres meses) o que haya un crecimiento de “la entrada de nicaragüenses a nuestro territorio”, significan que necesariamente se está dando un aumento de la inmigración nicaragüense hacia Costa Rica.  Reconozco que es muy posible que eso sea así, pero no hay certeza de ello: no existe la información adecuada de que efectivamente esa entrada mayor al país se traduce de hecho en una inmigración permanente, que es a la que obviamente se refiere, como de interés, el señor Canciller.

Podría perfectamente ser que cada vez hay más facilidad para movilizarse de Nicaragua hacia Costa Rica. Es más difícil pensar que el crecimiento de esa entrada se deba a un aumento de los ingresos personales de nicaragüenses para tan sólo visitar a Costa Rica. La información de la cual carece el medio, al igual que creo que también el país, es si ese mayor número de entradas se traduce en una mayor permanencia laboral en el país de esas personas. Esto es, si es que ahora viajan más para emigrar de Nicaragua hacia Costa Rica y no para, por ejemplo, visitar al país en donde hay ya establecidos tantos parientes de origen nicaragüense.  Incluso podría ser que ahora los migrantes entran más al país de forma legal, en vez de la forma ilegal a través de cualquier sitio fronterizo como se solía hacer, y de lo cual no necesariamente las autoridades domésticas tenían un conocimiento exacto de su número.

Esta falta de claridad, al menos para mí, acerca del flujo de inmigración exacto o casi exacto que podríamos estar viviendo en la actualidad, nuestras autoridades gubernamentales no parecen tenerla, tal como se deduce del comentario de La Nación del 25 de agosto, titulado “Gobierno avala uso de visas de turismo para formalizar inmigración: Migración dice haber regulado situación de 450.000 nicaragüenses.” En él, la directora de Migración y Extranjería, señora Kathya Rodríguez indica que “la entrega de visas de turismo a los inmigrantes es una alternativa para regularizar la situación de las miles de personas que todos los días procuran ingresar por los puertos fronterizos.” Pero no es una comprobación de que todos esos ingresos al país con visas de turistas son para inmigrar como residentes de Costa Rica, aunque ahora lo harían legalmente. Bien puede ser que viajan como turistas, por ejemplo, visitando a familiares. En todo caso, ese dato medio confuso no es ápice para reconocer que el país continúa siendo objeto de un movimiento inmigratorio importante (lo cual tampoco es reciente, sino que viene desde hace más de treinta años).

No dudo -y eso podría, sin duda, explicar que por ello en la actualidad está aumentando la inmigración de Nicaragua hacia Costa Rica- que ésta se motiva en mucho por razones económicas y que, a pesar de que nuestra economía no crece tanto como lo hizo hace varios años, en los cuales tuvimos fuertes flujos de inmigrantes, las cosas están económicamente peor en Nicaragua que aquí, por lo que los inmigrantes podrían seguir siendo atraídos al país, tal vez hasta en mayor grado, en busca de oportunidades de vivir mejor. En sentido similar, es de esperar que ese aumento de ingresos también sea motivado por la mayor estabilidad de familiares que en el pasado abandonaron Nicaragua para establecerse en el país: teniendo ya un “pie” firme en el país, se facilita la adaptación inicial requerida cuando se es un nuevo inmigrante.

Hay palabras sencillamente expresadas que contienen un mundo de explicaciones para un fenómeno.  En un artículo secundario al anteriormente citado de La Nación, y el cual está encabezado por “Sueño de ‘una vida mejor’ sigue atrayendo migrantes a Costa Rica”, la señora Gertrudis del Carmen González Chaves de Chichigalpa, Nicaragua, se expresa así: “Nos estamos viniendo de Nicaragua muchas personas, muchedumbre de personas por la necesidad de conseguir una vida mejor, conseguir empleo para sobrevivir.” Dios le ayude a doña Gertrudis en ese esfuerzo para trabajar dura y honestamente y así poder “sobrevivir.” Para ella le brindo las mismas palabras del poema que leí en la Isla de Ellis y que cité en la primera parte de éste mi comentario, y que aquí repito:

¡Dadme a vuestros rendidos, a vuestros pobres
Vuestras masas hacinadas anhelando respirar en libertad
El desamparado desecho de vuestras rebosantes playas
Enviadme a estos, los desamparados, sacudidos por las tempestades a mí!
¡Yo elevo mi faro detrás de la puerta dorada!"

Uno entiende particularmente esa dificultad para sobrevivir, cuando en nuestra economía el desempleo abierto oscila en alrededor de un 10% (y posiblemente mayor en labores que usan empleo no calificado, como suele ser el que ahora proviene del país de doña Gertrudis), al igual que el sub-empleo (que no es más que empleo a medias), el cual anda por allí de un 12.5% de la fuerza de trabajo. Conseguir empleo en tales condiciones es así mucho más difícil que en previas épocas de bonanzas (aunque no me extraña que, con todo y esta mala racha actual en nuestro país en cuanto a posibilidades de empleo, la situación sea aún mejor que la de Nicaragua).

Eso sí, hay un aspecto -reconozco que sensible desde muy diversos puntos de vista- que debemos de tener presente en esta situación.  No sólo Costa Rica ofrece probablemente mejores posibilidades de vivir mejor que en Nicaragua (además de una tradición de respeto a la libertad individual y a la persona en sí, que posiblemente aquí sea mejor que la de aquel país), lo cual tal vez significa que hay una mayor oportunidad de conseguir un empleo. Pero también es importante señalar que en Costa Rica hay otros “atractivos”, que incluso podrían competir con otros incentivos que estimulan a que la gente no trabaje lo suficiente y que prefiera recibir tales dádivas, aunque eso le someta a la sujeción del estado benefactor.

Cuando un inmigrante llega al país casi sin problema logra obtener una educación primaria y hasta secundaria gratuita (es también obligatoria y, además, el que los habitantes accedan a tal educación puede generar valiosas externalidades a todos los ciudadanos del país). Pero, en Costa Rica, recientemente hasta se les da un emolumento para que los padres envíen a los hijos a las escuelas. También pueden tener acceso, casi sin costo alguno, a la salud, tanto de menores, como de adultos e incluso de otros parientes cercanos, quienes hasta podrían no vivir regularmente en el país y viajar a éste cuando deban acudir a una cita hospitalaria importante. La Sala Constitucional ha declarado a la salud que brinda el estado como un derecho universal. Por eso, aun cuando no coticen al sistema de salud del estado, reciben el servicio casi sin problema alguno.

Asimismo, si la familia no tiene recursos cuando llega al país, puede luego acudir a entidades estatales en busca de algún grado de soporte financiero: es común ver inmigrantes solicitando tal ayuda en el IMAS y no sé si eso aún lo hace el programa de Asignaciones Familiares. Igualmente, en cuanto a tener acceso a lotes y vivienda -incluso ubicándose como precaristas- es muy común observar que los apoyos gubernamentales no suelen discriminar en función de su nacionalidad, a ciudadanos de recursos presuntamente limitados, para que puedan acudir a las fuentes estatales de subsidio. Si usted es un migrante anciano, puede viajar gratis en los buses, al igual que lo hacen otros adultos mayores nacionales. He venido mencionando aportes en especie (excepto las ayudas en efectivo que puede dar el IMAS), que constituyen, por así decirlo, un ingreso en especie que hace que la persona ya no tenga que trabajar lo requerido para sufragarlos con su esfuerzo laboral propio. 
 
Todos esos gastos citados son pagados por la ciudadanía como un todo; por los contribuyentes. Lo más plausible es que, al menos en los primeros años de residir en el país como inmigrantes, estos tampoco están incorporados en los listados de contribuyentes de diversos impuestos (excepto ventas). Difícilmente, creo, lo que los inmigrantes reciben de subsidios o ayudas o apoyos del estado, es más que compensado con impuestos que pagan o deberían de pagar. Eso sí, reconozco que en nuestro país se desconoce el resultado neto de tal comparación.

Lo más grave, en mi opinión, es que la percepción de esa ayuda, que sustituye el esfuerzo propio que se debería de realizar, establece relaciones de dependencia que, una vez establecidas, son difíciles de detener o de cambiar.  Esto es, todos estos programas de ayuda usualmente no contienen vías para salir de esa dependencia y más bien uno observa como hay nuevas propuestas, que a veces se circulan, al menos en períodos político-electorales, que aumentarían tal dependencia de seres humanos ante el papá estado.  ¿Se acuerdan de la propuesta del candidato Johhny Araya para entregar plata en efectivo a gente de bajos ingresos para que comprara su comida? El único estímulo para salir de la ayuda de la cual dependen, es que las condiciones laborales se traduzcan en ingresos tales, que más que compensen esos beneficios que perciben más el costo del esfuerzo realizado.  Sin embargo, en la actualidad, tal hecho es más difícil que se dé.

En mi opinión, con excepción del acceso gratuito a la educación primaria y secundaria, el inmigrante debe de estar en capacidad de ingresar a laborar en el país, pero no para que reciba subsidios que estimulen que no se trabaje lo requerido para generar ingresos propios. Lo que mueve al inmigrante al país es poder vivir mejor, él o ella y su familia: para eso viene a aquí en busca de trabajo, incentivo que se ve alterado cuando se le dan recursos por el hecho de vivir en este país y no como fruto de su esfuerzo laboral.

Pienso que el inmigrante, legal o ilegal, no debe tener el derecho que poseen los ciudadanos del país para acceder a tales “beneficios” estatales, sino que, como resultado del proceso de obtener la residencia permanente en el país y obviamente al lograr la nacionalidad, es que tengan el acceso a tales programas de auxilio que actualmente se tienen en el país.

Antes de que alguien -apropiadamente- me lo recuerde, también el inmigrante que sea delincuente en su país, no debería entrar al país sin problema, casi como puede hacerlo ahora. Por supuesto, dicha delincuencia ha de estar calificada para tal permiso, no sólo porque estar marcado por una infracción de tránsito o un retraso en el pago de una pensión alimenticia y similares, no deben ser razón para impedirles la entrada, sino porque también muchas dictaduras suelen ser proclives a acusar y a juzgar, incluso en tribunales nada independientes del poder totalitario, como delincuentes a ciudadanos por el simple hecho de pensar distinto de esos gobernantes de turno.  En sencillo, si alguien como Leopoldo López, caso que hemos conocido de Venezuela, considerado delincuente en esa nación por el poder tiránico de ese país, eventualmente tocara nuestras puertas para migrar, se le daría la bienvenida sin que rigiera la exclusión por “delincuencia”, así señalada por el dictador. En Costa Rica resguardamos bien atesorado el valor del asilo.

Similarmente, deseo aclarar de forma contundente que el inmigrante no es el responsable de que haya esos programas asistenciales del estado que les cubra como beneficiarios.  Así está hecho jurídicamente nuestro programa estatal de mitigación o alivio. No lo crearon los inmigrantes, sino los ciudadanos de este país.  Por lo tanto, la decisión de hacer partícipes de tales programas a extranjeros que llegan al país, es una decisión que ha estado en manos de los ciudadanos costarricenses y, por ende, en esas mismas manos es que está redefinirlos en los términos aquí sugeridos.

No estoy optimista en cuanto a que haya un re-direccionamiento institucional de los incentivos para laborar de los inmigrantes que vienen al país, en busca de una vida mejor. Por el contrario; incluso en estos momentos está presentada en la palestra de la discusión impositiva en la Asamblea Legislativa una propuesta extraña, inviable y sacada de un sombrero, como instrumento para justificar la sustitución del impuesto de ventas por el llamado impuesto al valor agregado (IVA).  Dado que en mucho la eficiencia de este último gravamen descansa en la universalidad de su aplicación e incluso en la homogeneidad de la tasa impositiva aplicada, la nueva propuesta tributaria del gobierno en pro del IVA propone exonerar del pago del impuesto a grupos de ingresos relativamente bajos de la economía (aunque la propuesta cubriría algo próximo a la mitad de la población: a unos 550.000 hogares, se nos ha dicho). Para lograrlo, según la propuesta gubernamental, se consideraría la devolución de una suma específica a cada hogar de bajos ingresos, lo cual obviamente incluiría a los hogares de migrantes, los cuales no suelen ser de ingresos altos e incluso medios-bajos. El monto mensual estimado que se le devolvería a cada hogar “pobre” es de ₡44.000, supuestamente como equivalente del IVA que ha pagado como consumidor.  No ahondaré en el análisis de esta propuesta, que desde ya me parece inconveniente, sino en lo referente a la estructura de incentivos que se da a los inmigrantes hacia Costa Rica, en comparación con vivir bajo un régimen salarial que les brinde los ingresos que requieren para vivir mejor.

Por lo expuesto, dicha propuesta tributaria sería uno más de los incentivos para que el inmigrante prefiera escoger no trabajar, en vez de laborar, y poder recolectar todos los beneficios o ayudas “sociales” que les da el estado costarricense; esto es, todos nosotros, los contribuyentes, en cualquier grado en que lo seamos.

Las ideas que he propuesto no son fáciles de que sean simplemente aceptadas porque sí, pero uno esperaría que puedan ser consideradas como una manera de enfilar los incentivos hacia una mayor y más eficiente producción, lográndose así el beneficio del inmigrante, quien al buscar el sustento propio y de su familia contribuye a la economía como un todo. Es la hora de entrarle al tema inmigratorio con racionalidad y con respeto hacia quienes opinan de manera diferente. Ojalá mi esfuerzo no haya sido en vano.
 
Jorge Corrales Quesada

martes, 26 de enero de 2010

El drama de Haití en un mundo cerrado


Ante el drama de Haití, la respuesta de la solidaridad internacional es conmovedora. Sobre todo, la de las ONG y la de todos los ciudadanos del mundo que están colaborando con ellas para las importantes tareas de rescate, asistencia y reconstrucción.

Pero hay un aspecto que permanece en silencio, entre su desconocimiento o la sospecha de que puede ser una de esas verdades que no se quieren decir.

Ya sea a través de creencias, o a través de ideas enseñadas en las universidades, se sigue considerando que la economía es un juego de suma cero, una distribución donde lo que se da a unos, lo pierden otros. Por eso casi todas las naciones, sobre todo las desarrolladas, han cerrado sus fronteras ante la inmigración libre de personas, favorecido ello por creencias de que existen cosas como nacionalidades por encima de las personas y sus derechos.

Casi nadie cree o casi nadie acepta que un sistema de libre entrada y salida de capitales y de personas, con comercio libre interno y externo, y sin un estado de bienestar federal, es lo que permite la capitalización, el desarrollo, pero, además, es lo que permite que hablar de paz, de solidaridad, no sean meras palabras vacías y utópicas. Y esto es así porque todos leen a Marx pero no a Mises, y el resultado práctico de que la primer M predomine sobre la otra es el sufrimiento inenarrable de miles de millones de personas.

Por ello, el mundo actual se desvive por el envío de ayuda a Haití, pero a ningún gobierno se le ocurre decir “vengan, son ciudadanos por sólo pisar estas tierras”, a ningún gobierno se le ocurre mandar sus barcos militares no para la guerra, sino para la paz, para traer en masa a millones de haitianos a tierras que los reciban en libertad. Ah no, eso no, eso nunca. Ciudadanos opulentos y sindicatos fuertes que se llenan la boca hablando de solidaridad, allí dirán su muy enfático no. Y jamás leerán a Mises, desde luego, quien les explicará que cada persona que libremente se integre a una economía de mercado es más riqueza y no mayor pobreza para todos.

Pero no es sólo cuestión del drama de Haití. Millones y millones de personas sufren no terremotos, pero sí persecuciones y condiciones indignas de vida en las viles regiones autoritarias que habitan. Huyen como pueden, y los que pueden llegar a otras tierras tienen un magnífico recibimiento: son “ilegales”, son encarcelados, tratados como escoria y deportados nuevamente a su infierno, por esos mismos gobiernos que hoy están ayudando a Haití y con la mirada ignorante o cómplice, en silencio, de ciudadanos que también se consideran a sí mismos un dechado de humanidad. “Enviemos ayuda”, “vayamos”, “vayan”, pero NUNCA “vengan”, esta es su tierra, simplemente porque son seres humanos…

Es una M o la otra. Miles de colegas filósofos siguen hablando de Marx, y despreciando con todo su desdén a Mises, el héroe perseguido por los nazis y luego ignorado o despreciado por el establishment intelectual norteamericano. El resultado es el horror del mundo que hemos hecho: no un terremoto, sino, como ya dije una vez, el horror del mal de los males que podrían evitarse.

Gabriel Zanotti

sábado, 23 de mayo de 2009

Inmigrantes o emigrantes


Los países prósperos atraen inmigrantes. Ese era el caso de Argentina a principios del siglo XX, de Venezuela a mediados del siglo pasado y de Estados Unidos hasta hace poco. Argentina y luego Venezuela se convirtieron en países de emigrantes. Ahora, lamentablemente, todo parece indicar que Estados Unidos no está solamente en medio de una recesión, sino que esta gran nación está cayendo en una dura decadencia, provocada por políticas intervencionistas, exceso de gastos gubernamentales y altos impuestos.

Por muchos años, los estudiantes extranjeros que completaban sus estudios de postgrado en Estados Unidos y buscaban empleo allí, para quedarse y luego traer a sus familiares. Hoy siguen asistiendo y graduándose de estupendas universidades norteamericanas, pero una vez completados sus estudios suelen regresar a su país de origen o buscan empleos en Europa y el Lejano Oriente.

La inmigración crecía año tras año en Estados Unidos, de 252.000 en 1991 a 311.000 en 2005, pero esas cifras se han desplomado últimamente. La demanda de mano de obra, tanto para ingenieros como para obreros poco calificados, ha caído vertiginosamente.
Muchos menos mexicanos indocumentados tratan, hoy en día, de cruzar la frontera, al punto que los guardias fronterizos tienen poco trabajo y la construcción del paredón -que especialmente políticos republicanos apoyaban apasionadamente- dejó de tener sentido alguno.

El supuesto problema de la inmigración se ha estado transformando últimamente en un verdadero problema de emigración. Norteamericanos jóvenes y viejos se están yendo al exterior. Los primeros porque consiguen mejores oportunidades de trabajo y los ya retirados porque no quieren o no pueden pagar los altísimos impuestos a la propiedad que los políticos han ido incrementando sin piedad durante dos o tres décadas. Entonces, la gente vota con los pies en respuesta al exceso de intervencionismo, inseguridad jurídica, fiscalizaciones, regimentaciones, impuestos, inflación y regulaciones. Los extranjeros que emigramos a Estados Unidos sufrimos muchos de esos mismos males en los países donde nacimos y crecimos, pero ahora vemos con pesar la versión norteamericana.

El presidente Obama promete crear millones de nuevos puestos de trabajo con una política energética que pretende reemplazar el petróleo y el gas con turbinas de viento y la construcción de paneles solares en lugar de plantas eléctricas. Suena muy limpio y muy bonito, pero cada vez que decisiones políticas sustituyen las de individuos en un libre mercado, el inevitable resultado es el exagerado aumento de los costos y, por consiguiente, una dura caída del bienestar general. Ejemplos de las consecuencias del bien intencionado socialismo sobran, tanto en América Latina como en Gran Bretaña y la vieja Unión Soviética. Y el gobierno de Obama ya rompió un récord en este país imprimiendo billetes.

Si algo debiéramos haber aprendido desde hace mucho tiempo es que la prosperidad de la gente y un gobierno grande son conceptos radicalmente opuestos.

Carlos Ball

jueves, 8 de enero de 2009

¡Qué vergüenza!


Como si se tratara de una copia al carbón de la película "La Terminal" con Tom Hanks, hoy sale publicado en La Nación que un cubano lleva 33 días viviendo en el Aeropuerto Juan Santamaría, a la espera de que la Dirección de Migración y Extranjería le resuelva una solicitud de refugio. El hombre, que escapó de la dictadura castrista, asegura haber sido objeto de persecuciones políticas por pedir más libertades civiles para sus ciudadanos y vino a Costa Rica porque tenía la idea de que este es un país comprometido con la libertad, la democracia y el respeto de los Derechos Humanos.

Costa Rica muestra, con esta actitud, una nueva contradicción respecto a sus ideales y prácticas. Se pregona al mundo entero que somos un país comprometido con la libertad y el respeto al ser humano, pero en la realidad se mantiene a una persona inocente atrapada en una sala de espera, durmiendo sobre asientos, escoltado por un guardia, incomunicado y alimentado tan sólo por la buena disposición de algunos trabajadores del aeropuerto.

Es vergonzoso que las autoridades costarricenses sean responsables de un tratamiento tan violatorio de la dignidad humana como este. Y eso es resultado de, una vez más, las estúpidas políticas migratorias que en ASOJOD rechazamos totalmente, pues impiden la entrada a personas que no han cometido ningún delito y que poseen capacidades académicas o técnicas para las cuales nuestro Estado no tuvo que invertir en ellas, y que a la postre, pueden resultar muy beneficiosas para la economía nacional sin convertirse en una carga.

Esperemos que, en el ejercicio de sus competencias soberanas, pero más aún, con base en el compromiso internacional asumido por el país en materia de libertad y derechos humanos, se le asigne prontamente la condición de refugiado a este ciudadano cubano. O, también, que algún otro estado comprometido con esos ideales, tenga la valentía de aceptarlo en su territorio.

Los ciudadanos cubanos, al igual que los de todos los países donde reinan las satrapías, tienen derecho a ser libres. El compromiso de aquellos que creemos en las ideas de la libertad, es precisamente cooperar con ellos.

martes, 23 de diciembre de 2008

Por unas fronteras abiertas

Las migraciones son un fenómeno tan antiguo como la humanidad, hasta tal punto que se podría afirmar que forman parte de la propia naturaleza humana. Desde siempre, el hombre se ha desplazado en un afán de mejorar su vida, ya sea en grupos ya sea de manera individual. De hecho, en el ser humano era nómada en los primeros estadios de su desarrollo, lo que supone quizá el grado máximo del migrante al suponer un constante cambio geográfico a lo largo de la vida de una persona. En la mayor parte de los casos los motivos han sido y son económicos, pero no siempre es así. También ha habido y hay quien cambia de país de residencia en el afán de conseguir un nuevo hogar donde poder desarrollarse según sus propios valores o donde gozar de un mayor respeto a sus derechos.

En la actualidad el fenómeno migratorio ha alcanzado unos niveles en números absolutos mayores que en ninguna otra época. Los motivos son diversos. Nunca antes habían habitado tantos seres humanos sobre la tierra, lo que aumenta la cantidad de potenciales migrantes. Los medios de transportes son más veloces, cómodos y baratos que en cualquier momento del pasado. Si hace tan sólo un siglo cruzar de Europa a América (la ruta entonces habitual) suponía semanas de travesía en barcos mal acondicionados y con billetes caros, hoy en día el viaje en sentido contrario implica tan sólo unas horas de vuelo en cómodos y modernos aviones y a un precio proporcionalmente inferior al que pagaban españoles, alemanes, italianos o irlandeses por llegar a Argentina o Estados Unidos. Hay excepciones, no obstante, a esta norma de "más barato, corto y cómodo", sobre todo en lo que se refiere a los africanos.

Otro motivo que conduce al incremento de la inmigración es la diferencia de niveles de vida entre países, tal vez mayor que nunca antes en la historia, lo que supone un incentivo para emigrar. Esto no se debe al lugar común de que "los pobres son cada vez más pobres". No hay unos niveles de miseria que no haya conocido la humanidad en el pasado. Sin embargo, en amplias regiones del mundo (Norteamérica, Europa occidental y Sudeste Asiático, sobre todo) la mejoría ha sido mayor que en el resto del mundo y la diferencia se ha incrementado.

Y es este mundo rico el que trata de poner coto a la inmigración, al tiempo que la incentiva. Los gobiernos de los estados más desarrollados invierten cada vez mayores cantidades de dinero (procedente de los impuestos que pagan los ciudadanos) en sistemas que tratan de impedir la entrada de personas procedentes de otros países. Imponen asimismo visados para disminuir la cantidad de hombres y mujeres que cruzan legalmente las fronteras como turistas para después pasar a la categoría de irregulares o establecen moratorias como la que impide a rumanos y búlgaros establecerse en los demás países de la Unión Europea en igualdad de condiciones con el resto de los ciudadanos europeos.

Sin embargo, nada de esto logra frenar la inmigración. El motivo es que los mismos estados que ponen todas estas trabas son los que no cejan en su empeño de frenar el crecimiento económico de los países de origen de los inmigrantes. En un intento de proteger la "propia" industria y la agricultura, los gobiernos de la Unión Europea, Estados Unidos y otros países subvencionan al campo, así como otros bienes y servicios producidos dentro de sus fronteras, al tiempo que a la producción externa le imponen altísimos aranceles. Esto no sólo obliga a los locales pagar precios artificialmente elevados (lo que supone un freno a la economía de estos lugares), sino que además impide que se enriquezca el resto del mundo. Quien no puede vender su producción a otros, con independencia de que estos estén a cientos o miles de kilómetros, termina por no mejorar su nivel de vida o incluso se empobrece más. Y ante esta tesitura la emigración se transforma en la vía más factible de mejorar la situación personal.

Por muchas trabas que se traten de poner o por muy alto que llegue a ser el nivel de vida en todo el mundo, siempre habrá migraciones y es un fenómeno que no para de crecer. La única política realista para que estos flujos se reduzcan es el desarrollo de los países de origen, y este ha de llegar por el libre comercio. Mientras los países ricos se nieguen a permitir que las naranjas o los coches nuevos crucen las fronteras, quienes las pasarán legal o ilegalmente serán las personas. Y se trata de algo legítimo.

Es necesario, por tanto, poner fin a las trabas al comercio entre países. Los gobiernos de los países más desarrollados deben dejar de impedir que sus ciudadanos adquieran libremente bienes y servicios procedentes de las regiones del mundo más pobres. Si lo hacen, las personas de viven en ellas se enriquecerán y la emigración perderá gran parte de su atractivo para muchos. Bajarán los flujos migratorios y las fronteras podrán estar como debería ser su situación: abiertas para todo el que las quiera cruzar con el fin de hacer turismo, estudiar o quedarse a vivir. Desaparecería así la irregularidad y los cruces ilegales, que ponen en manos de mafias a miles de personas que tan sólo buscan una legítima mejora de su vida.

Antonio José Chinchetru

lunes, 25 de agosto de 2008

Tema polémico: la migración


Para este día, en ASOJOD queremos abordar uno de los fenómenos más relevantes y visibles de nuestros tiempos: la migración. En la actualidad, prácticamente no existe país que no esté involucrado con este tema, ya sea como país destinatario, originario o tránsito. Históricamente, todos los países se han construido sobre la base de inmigrantes. No hay, hoy día, una sola nación cuya población sea netamente original. Hay varios ejemplos: Estados Unidos se construyó a partir de la llegada de cientos de miles de inmigrantes, tanto europeos (fundamentalmente polacos, italianos, ingleses e irlandeses) como asiáticos, (muchos de ellos chinos, coreanos y japoneses) latinoamericanos (principalmente mexicanos, cubanos, puertorriqueños, dominicanos y salvadoreños) y afrocaribeños (sobre todo de las Antillas). Hoy día es quizá una de las sociedades más multiétnicas que existe. Costa Rica es también otro buen ejemplo, con una importante mezcla de europeos (especialmente españoles), aborígenes, asiáticos (sobre todo chinos y taiwaneses), latinoamericanos (argentinos, chilenos, nicaragüenses, cubanos y colombianos) y afrocaribeños (principalmente jamaiquinos). Así, podemos seguir con cada país y la conclusión es exactamente la misma: las sociedades están conformadas por individuos de diversa raíz cultural y étnica, que en un momento determinado, han salido de su país natal para instalarse en otro y tener descendencia. Por eso, es obvio que no existe una "raza o nación" pura.

No obstante, a pesar de esta verdad de Perogrullo, aún existen importantes restricciones a los migrantes. Esto resulta paradójico en un contexto de globalización, interdependencia y conexión, donde la relativa libertad en el flujo de capitales, bienes y servicios no va acompañado de la consecuente movilidad de personas. Evidentemente, esto demuestra que la mal llamada "globalización neoliberal" no existe: primero, porque el neoliberalismo como tal no existe (ya en otros artículos hemos explicado por qué y no hay absolutamente ningún estudio, argumento o persona seria que pueda definir de forma realista ese pseudomovimiento sin caer en prejuicios, errores, ataques ad hominem o absurdos). Segundo, dado que el término correcto es "liberal", es importante destacar que dicha corriente implica total ibertad en el amplio sentido de la palabra, así como la prevalencia del individuo sobre la sociedad. Lo que hoy día tenemos es un sistema internacional en vías de globalización, pero donde el Estado aún permanece como uno de los más importantes -si no el más importante- actor con poder definitorio de las reglas del juego. Esto lo confirma el hecho de que ni siquiera los flujos de capitales y mercancías son libres, toda vez que existen importentes obstáculos, tanto impositivos como técnicos, definidos por los distintos Estados. Asimismo, es el Estado el que sigue definiendo los criterios para permitir o negar la libre movilización de personas. En suma, ni tenemos completa libertad ni prevalencia del individuo sobre el Estado.

En ese contexto, es fácil notar que en la actualidad los distintos gobiernos-en mayor o menor grado- mantienen políticas restrictivas contra los inmigrantes. En Estados Unidos construyen muros para impedir su entrada; en la Unión Europea aprueban normas para penalizar la migración indocumentada; en otros países como Repúbilca Dominicana, España y México se refuerza el nacionalismo y el odio hacia el extranjero. En otras latitudes persisten las actitudes xenofóbicas y racistas, sean materiales (agresiones físicas) como psicológicas (chistes, rechazos, etc.). En fin, tal y como lo hicieran en su momento los nazis, el no perteneciente a la "raza (¿?) elegida" resulta ser el culpable de todos los males. Por eso vemos que en muchos lugares se sataniza al extranjero: se le culpa de la criminalidad, de la falta de empleos, de la pobreza, de la explotación, de la contaminación, etc.

Ante esta problemática tan generalizada, en ASOJOD queremos desmentir buena parte de los argumentos de aquellos que se oponen a la migración. En primera instancia, como defensores de la libertad, consideramos que existe un derecho fundamental de las personas de trasladarse libremente a cualquier destino siempre y cuando lo haga con intenciones pacíficas y dentro del marco de la legalidad. Es decir, estamos de acuerdo con que ingresen y salgan personas de un país hacia otro, cuando quieran si sus intenciones no impliquen daños a terceros. Esto significa que el único criterio que debería tener el Estado para prohibir la entrada de personas a su territorio es la delictividad, el historial criminal.

El segundo argumento está muy relacionado con el anterior: cuando la gente se traslada a otro país con intenciones pacíficas, sea para producir o para aprender, está generando un beneficio a los ciudadanos del país receptor. Piénsese en un profesional o un obrero que llega a un país a trabajar. Tiene una formación laboral, técnica o académica que no le costó nada a los tax payers del país receptor y, al mismo tiempo, llega a producir. Además, trae conocimientos y técnicas quizá novedosas que pueden ser implementadas para mejorar la capacidad productiva de los trabajadores del país receptor. Un interesante ejemplo de esto es la Viena de los años 20 o el Estados Unidos de los años 50. En el primer caso, muchos importantes científicos, académicos, filósofos, economistas y sociólogos convergieron en la ciudada austriaca, convirtiéndola en uno de los centros culturales más importantes de Europa para esos años. En ese contexto, siendo austriacos o no, la presencia de esas personalidades contribuyó a la aparición de varios de los más importantes pensadores: Popper, Hayek, Mises, Schlick, Wittgenstein, Hempel, Tarski, Kelzen, etc. En el segundo caso, en el marco de la persecución nazi a los judios y en la etapa posterior a la guerra, cientos de miles de inmigrantes europeos migraron hacia los Estados Unidos, enriqueciendo el ambiente intelectual. Puede destacarse a Einstein, Freud, Von Neumann, Morgentern, Sartori entre otros tantos.

Pero no necesariamente tienen que ser "famosas" las personas de nuestro ejemplo. A los distintos países han llegado millones de personas que si bien permanecen en el anonimato, han generado importantísimas contribuciones. Gente con ideas novedosas, métodos de producción más eficientes, con disposición para trabajar y ganarse la vida honradamente. Sin importar si se trata de empleadas domésticas o de filósofos, las personas que llegan a los países con intenciones de trabajar y asegurarse un mejor futuro, han hecho innumerables contribuciones al desarrollo actual de la humanidad.

Justamente este punto de la búsqueda de un mejor futuro, nos lleva al tercer argumento: como bien lo dispusieron los Padres Fundadores de los Estados Unidos, cada persona tiene el derecho a la búsqueda de su felicidad. Cuando las personas migran, lo hacen por una razón: no están satisfechos en su lugar de origen. Sea por razones políticas, religiosas, culturales, económicas, ambientales o personales, las personas deciden salir de su país para buscar oportunidades que en él no encuentran. Siendo que cada persona tiene derecho a buscar su desarrollo y felicidad, de la forma en que lo considere pertinente y, siempre y cuando no viole derechos de terceros, no existe ninguna razón para impedírselo.

Por eso, desde ASOJOD hacemos el más fuerte llamado a eliminar todas las barreras que impidan el libre flujo de personas cuya intención no es violar derechos de terceros.

miércoles, 20 de febrero de 2008

Inmigración

Probablemente uno de los temas más candentes en las elecciones estadounidenses es el tema de la migración, esta polémica no escapa a nuestro país donde los niveles de xenofobia siguen aumentando y los extranjeros suelen ser tenidos por culpables por los altos índices de criminalidad. En este video Penn and Teller acaban con el mito de la inmigración como el que los inmigrantes vienen a "robarse" los trabajos de los nacionales. Bien hace Montaner en recordarnos que la llegada de un inmigrante representa la llegada de todo un capital humano en el cual la sociedad receptora no ha tenido que invertir un solo centavo, siendo por ello una situación en las que ambas partes ganan. En ASOJOD estamos en favor de una política de puertas abiertad donde el único impedimento de entrada se daría por razones de seguridad.


miércoles, 26 de septiembre de 2007

¿Dónde están los trabajadores?


A pesar de que en nuestro país existe alrededor de un %6 de desempleo, hoy en día existe un deficit en mano de obra. La crisis es tan grave que el gobierno ha tenido que autorizar la entrada de 41 500 trabajadores extranjeros, quienes brindarán sus servicios principalmente a productores de café, melón y piña.

Mienten aquellos que dicen que en nuestro país no existen oportunidades, en ASOJOD hemos sido enfáticos en mostrar el gran número de empleos que se han venido creando gracias a la inversión y globalización. Sabemos que existen los empleos, pero ¿existirán también los trabajadores?