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jueves, 14 de mayo de 2015

Jumanji empresarial: politizando la técnica

Es sorprendente que a nadie se le haya ocurrido pensar que las reformas fiscales de este país no pasan porque quienes las impulsan, o bien tienen resentimientos sociales y se emocionan con decir que los ricos tienen que cotizar más, entrándole a una materia tan técnica y árida como es el derecho tributario con el ruido de la demagogia; o bien porque son burócratas con un hacha que afilar, que llevan tantos años en sus puestos y no conocen otra forma de entrarle que no sea reiterando los mismos métodos de siempre para ordeñar más la misma vaca; o bien porque son los políticos quienes llevan la iniciativa cuando en su vida han dado un palazo, ni tienen la menor idea de lo que cuesta producir. Metidos en sus largas carreras políticas, se han acostumbrado a disponen del erario público para resolver sus necesidades personales de carro, gasolina, boletos de avión, cuartos de hoteles, viáticos, etc. Esto sin adentrarnos todavía en lo que lo que son gollerías y lo que es corrupción de la gruesa.

En la actualidad la tasa de impuestos corporativa es del 30% de la producción, lo cual implica que cada empresa trabaja de gratis para el estado durante casi tres meses al año. Las mismas personas físicas, aquellas que trabajan para traer sustento a sus hogares y en última instancia terminan pagando todos los impuestos, porque de una forma u otra les caen en el regazo, le tienen que dedicar casi dos meses y medio de su año a trabajar de gratis para el estado para pagar su 25%. Resaltamos la palabra gratis porque los servicios y obras que reciben a cambio, personas y empresas, no compensan jamás ese esfuerzo.

Recalcamos que esos beneficios de carro y otros que reciben los políticos y los salarios de los burócratas y toda la enorme cantidad de gollerías de las Convenciones Colectivas, provienen exclusivamente de ese dinero que tanto y a tanto riesgo cuesta producir a las empresas y que con tanto esfuerzo y sacrificio le cuesta producir a las personas físicas.

A todo esto hay que agregar la seria situación en que los proponentes de las fallidas (por suerte) reformas fiscales que han intentado imponer a los costarricenses en las últimas cuatro administraciones no miden ni las consecuencias ni el entorno en que quieren imponer unas ideas muy ticas, inventando la rueda que los romanos nos dejaron bien inventada, cuando ya para todo existen antecedentes bien probados.

Por ejemplo, parecen desconocer que para que las empresas e individuos tengan con que pagar sus impuestos, deben producir suficientes ganancias. Y para que esto se de, a las empresas del país (nacionales y extranjeras), que son la columna vertebral de la producción y el empleo, debe dárseles las condiciones idóneas. La recaudación de impuestos mejora sustancialmente cuando la situación nacional y mundial es buena. Cuando no lo es, cargar al sector productivo del país con más gravámenes, sin que éste pueda colocar su producción o sus servicios, es obligarlo a reducir los empleos.

Esto desencadena una serie de cargas sociales que le cuestan muy caro al país y que dejan a la población sin capacidad de adquisición. En los países desarrollados, cuando hay crisis, los gobiernos se sacrifican y buscan formas de proteger e incentivar la producción, no de acabarla de paralizar con más cargas impositivas. Por lo general entre los incentivos incluyen BAJAS de los impuestos, no alzas. (continuará)

Humberto Pacheco A.
Publicado en La República (28/4/2015)

jueves, 30 de abril de 2015

Jumanji empresarial: sobre la violencia contra los animales

Hace un tiempo, Murray Rothbard escribió: 

Sobre los desechos de los animales:

Murray Rothbard

"La historia bíblica es plenamente significativa en este punto: al hombre se le ha «dado» —en términos de la ley natural podríamos decir que «tiene»— el dominio sobre todas las especies de la tierra. La ley natural está necesariamente vinculada a la especie.

Puede verse asimismo que el concepto de ética de la especie es parte de la naturaleza del mundo cuando se contemplan las actividades de las restantes especies. Hay algo más que una simple broma cuando se subraya que, en definitiva, los animales no respetan los derechos de otros animales; la condición del mundo y de todas las especies naturales es que las unas viven a base de comerse a las otras. La supervivencia entre las diferentes especies es cuestión de garras y dientes. Y sería indudablemente absurdo decir que el lobo es «malo» porque existe a base de «agredir» y devorar corderos, gallinas, etc. El lobo no es un ser maligno que acomete a otras especies; simplemente obedece a la ley natural de su propia supervivencia. Y lo mismo el hombre. Tan absurdo sería afirmar que los hombres «atacan» a las vacas y los lobos del mismo modo que los lobos atacan al rebaño como decir que el lobo es un «vil agresor» que debe ser «castigado» por su «delito». Y, sin embargo, esto es lo que se deduce cuando se quiere ampliar a los animales la ética natural de los derechos. Los conceptos de derechos, delincuencia, agresión, sólo pueden ser aplicados a las acciones de un hombre o de un grupo de hombres frente a otros seres humanos".

Sobre esto, considero lo siguiente: 

Los derechos de los animales están subordinados a los derechos de propiedad de los seres humanos, y cualquier otra opción sería catastrófica para la sobrevivencia de los humanos.

La crueldad en contra de los animales es un asunto moral y no legal.

Es inmoral ser cruel con los animales pero el repudio debe de ser de carácter social y no penal.

Andrés Pozuelo Arce

jueves, 6 de febrero de 2014

El fracaso de la socialdemocracia

Quiero, sin rodeos, declarar categóricamente que el socialismo y su mediocre prima, la socialdemocracia (corporativista), han fracasado en su lucha por abolir las diferencias y conflictos entre las clases sociales, tras casi 100 años de intentos mal concebidos.  Al hablar de socialismo o socialdemocracia, me refiero al control directo o democrático de la economía por parte de agentes burocráticos y mercantilistas que, bajo esquemas corruptos, se aferran al poder para activar sus agendas egoístas en detrimento de la libertad individual y del crecimiento intelectual y económico del ciudadano común. 

Mientras que los fracasos económicos son claves a la hora de poner en evidencia la desconfianza de las masas hacia los líderes de los gobiernos socialdemócratas, los síntomas más reveladores de la degeneración estatista y mercantilista han sido de carácter político. La elección de líderes que deben jugosas facturas a ciertos grupos económicos, dueños de sus decisiones, y la incesante búsqueda de renta personal en la función pública, han puesto de manifiesto la falta de una filosofía política transparente y eficaz. Esto, unido al levantamiento de un masivo y mediocre aparato burocrático que impera sobre el pueblo y limita el acceso a las fuentes de riqueza por parte de una clase media vulnerable; situación que, lejos de sacar a miles de ciudadanos de la pobreza, los mantiene atados a la ignorancia y las regalías que, cada cuatro años, les son arrojadas desde las ventanillas estatales, como fruto del engaño electoral basado en promesas ilusorias. 

Creer que la justicia social se logrará fortaleciendo temporalmente a un Estado redistribuidor de la riqueza, es lo mismo que equipararlo a un superhéroe, similar al de muchas tiras cómicas, provisto de fuerzas y poderes imaginarios y absolutos. La vía correcta consiste, más bien, en fortalecer las estructuras fundamentadas en la propiedad privada de los medios de producción y de servicios, propiedad que solo tiende a concentrarse en pocas manos si los gobiernos favorecen a determinados grupos económicos, escondidos detrás de la bandera del libre mercado pero que, en la realidad, no poseen ni la energía creadora ni el empeño suficiente para competir en un ámbito totalmente libre.

Es cierto que el liberalismo, pilar del capitalismo, al reconocer el derecho del hombre como ser individual insustituible, ha subestimado su necesidad de pertenencia social en alguna medida y que esto ha llevado a los sectores menos favorecidos a un inevitable sentimiento de aislamiento y abandono; ahora bien, es precisamente dicho sentimiento el que urge erradicar por la vía del aumento en el intercambio, en todo nivel. 

Solo fomentando una economía en la que el conocimiento sea el único recurso digno de apalancar, tanto por la vía privada como estatal, se conseguirá incluir al individuo dentro de un sistema de especialización e intercambio, libre de complejos y de manera natural. Claro está que siempre existirán personas que, por diversas razones, no podrán ingresar a tal sistema en iguales condiciones de oportunidad, y a las cuales habrá que crearles redes de asistencia social-humanistas y de naturaleza local, mas no paternalistas, con el fin de que se conviertan por sí mismas en una fuente de semilla solidaria en el seno de la sociedad civil. De esta forma, sin duda, fertilizaremos las raíces de lo que llamamos, hoy y aquí, liberalismo integral.

Andrés Pozuelo Arce

jueves, 5 de septiembre de 2013

Jumanji empresarial: expectativas racionales ante la amenaza de impuestos

Las malas expectativas provocan que las empresas se muestren reacias a invertir y que las familias moderen su consumo dando prioridad al ahorro de forma que puedan estar preparadas por si las cosas se ponen peor. Estos dos efectos son nefastos para la actividad económica de un sistema capitalista. Por un lado, si las empresas evitan invertir, no contratarán nuevos trabajadores ni comprarán a otras empresas tanta cantidad de lo que necesitan para su actividad. Esto tiene como resultado una merma en los beneficios empresariales y en la actividad económica, que se irá trasladando de empresa en empresa y de sector en sector. 

En el caso de las entidades de crédito (y especialmente en las crisis desencadenadas por shocks financieros) dejan de conceder tantos préstamos a familias y empresas, lo que incide negativamente en la actividad de estas empresas y en la capacidad de compra de las familias. Por otro lado, el miedo que tienen las familias a que el futuro pueda ser peor hace que la mayor parte de ellas sólo consuman lo necesario y que prefieran ahorrar más que en épocas de auge económico. Esto inevitablemente reduce el consumo total de las familias, disminuyendo a su vez las ventas que necesitan materializar las empresas para poder seguir realizando su actividad. Como resultado, las empresas obtienen menos ingresos y muchas de ellas entran en dificultades. La respuesta será invertir todavía menos, hasta llegar al punto de desinvertir (despidiendo a trabajadores y/o cerrando sectores de actividad), lo que inevitablemente
empeorará la economía en general. Y de esta forma se entra en un círculo vicioso que provoca enormes costes económicos en términos de cierres de empresas y de trabajadores despedidos.

Debido a ello, el sector público deja de recibir tantos ingresos como recibía durante la época del auge económico. Esto es así porque el sector público recauda dinero a través de impuestos que dependen de la actividad económica. A mayor actividad económica, mayores impuestos pagarán las empresas, los trabajadores, los consumidores y los propietarios del capital financiero. Y al contrario: a menor actividad económica, menores ingresos tendrá el sector público. Y esto último es precisamente lo que ocurre durante las crisis. Por otro lado, los gastos del sector público siguen aumentando aun durante las recesiones, y no la inversión en capital físico necesario para la economía. Esta relación, de mayor gasto improductivo sobre la inversión en el sector publico, tiene un efecto negativo en las expectativas de inversión del mismo sector privado.

El efecto conjunto de ambos fenómenos es una disminución de los ingresos públicos y un aumento del gasto público, y por lo tanto un aumento del déficit fiscal. Es por ello que durante las recesiones económicas las cuentas públicas sufren mucho y arrojan importantes déficits fiscales.

Pero lo que provoca el déficit fiscal en el sector público es precisamente la mala situación y evolución de la actividad económica. Que el Estado gaste mucho e ingrese poco es fundamentalmente el resultado de la mala coyuntura económica y de una relación inadecuada entre el gasto y la inversión en el sector publico. Por lo tanto, el problema no es tanto que el Estado gaste o ingrese poco (y por lo tanto ver qué impuesto aumentar); el problema reside en que la economía está enferma, debido a un entorno de expectativas negativas. Si la actividad económica se recuperase, también lo harían las cuentas públicas de las administraciones. La respuesta adecuada para disminuir el déficit consiste en variar la relación gasto/inversión hacia el lado de la inversión en el sector público y reactivar la economía reduciendo las expectativas negativas, tanto fiscales como regulatorias, y no en aumentos de impuestos, porque precisamente lo que ello consigue es deteriorar aún más la economía.

Andrés Pozuelo Arce

jueves, 21 de marzo de 2013

Jumanji empresarial: enfrentar la realidad Ya (Parte II)

Una medicina para la recesión que se ha probado con frecuencia es un incremento en el gasto gubernamental financiado por déficit; medicina aplicada sin prudencia por el gobierno de Oscar Arias Sanchez, en la administración pasada. Pero sugerir el gasto financiado por déficit como una contramedida a un malestar económico se basa en el supuesto de que el problema es una demanda insuficiente, o sea que la actividad económica ha decaído como respuesta al poco consumo o a una demanda total insuficiente. Aceptar este supuesto es confundir el síntoma con la causa.

Es cierto que se cierran empresas y los trabajadores se quedan sin empleo porque no pudieron encontrar suficientes compradores para su producción. Pero este estado de cosas se debe a su vez al hecho de que su producto era inconsistente con las preferencias de los consumidores. Dicho en palabras simples, las firmas eventualmente encontraron demanda insuficiente porque fueron animadas por las distorsiones monetarias a producir bienes que los consumidores no querían lo suficiente como para pagar un precio rentable por ellos. Como corolario, los trabajadores empleados en la producción de esos bienes no queridos o no vendibles encontrarán que sus servicios tampoco son vendibles, lo que da como resultado su desempleo. El problema subyacente es esencialmente una distorsión en el patrón de precios relativos (Hayek 1979, p. 8). Queda claro entonces que impulsar el consumo mediante gasto deficitario no resuelve el verdadero problema – mala asignación de recursos– y de hecho puede empeorarlo. Después de todo, el gasto gubernamental no está sujeto a la disciplina del mercado. Es poco probable que un gobierno presionado a gastar para sacar a la economía de la recesión preste mucha atención a los análisis de costos y beneficios, dejando que los contribuyentes y los compradores de bonos paguen la factura por aburridos proyectos exagerados en cuanto a sus beneficios, por los políticos de turno. Además, el gasto deficitario desplaza la inversión y el ahorro privados y los reemplaza por consumo derrochador. Esto cambia la mezcla de ahorro y consumo hacia el consumo, lo opuesto del ajuste necesario, prolongando así la recesión e inhibiendo la recuperación (Rothbard 2000 [1982], p. 20).

Del mismo estilo que el gasto deficitario existe la política de bajar los impuestos. Lo interesante es que ésta puede ser una política efectiva, en un caso de hacer lo correcto por las razones equivocadas. De nuevo aquí el supuesto es que el problema es una demanda insuficiente, y “poner más dinero en los bolsillos de la gente” reduciendo las tasas tributarias o creando créditos tributarios especiales remediará ese problema al estimular el gasto de consumo. Es probable que se produzca ese estímulo, pero lo mismo que la anterior, no es una solución, pues se ha identificado mal el problema. El gasto adicional resultante de una reducción de los impuestos, al igual que el gasto deficitario, no hace nada para corregir el patrón de mala inversión que generó la recesión en primer lugar. Sin embargo, si la reducción de impuestos fuese estructurada para promover ahorro, inversión y producción, puede ayudar a acelerar el proceso de recuperación. Sin embargo, se debe tener en cuenta que una reducción en los impuestos tiene el potencial de incrementar el crecimiento, sin importar cuál etapa del ciclo de negocios celebra su llegada. Es también importante reconocer que si la reducción en los impuestos no viene acompañada de la reducción correspondiente en el gasto, los posibles efectos negativos de los déficits gubernamentales pueden borrar los efectos directos positivos de las reducciones. El plan más seguro y efectivo sería entonces bajar el gasto junto con los impuestos, liberando más recursos para ser usados por el sector privado, sin conjurar el espectro de los déficits.

Andrés Pozuelo Arce