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jueves, 31 de julio de 2008

Horda de salvajes


Una vez superado el divertidísimo escándalo Sokal (donde se demostró qué tan crítico es nuestro panfletario favorito, Iván Villalobos), es hora de pasar la página.

El pasado fin de semana se dio un bochornoso acto en las inmediaciones de la U Latina. Un grupo de jóvenes, aparentemente molestos porque no pudieron entrar a un concierto, destruyeron y robaron todo lo que encontraron a su paso. Esto, a todas luces, es lamentable, pues no sólo ensucia la imagen de los jóvenes sino que causa tremendos daños a la propiedad. Y como ya hemos sido testigos, en Costa Rica la gente casi nunca es penalizada.

Estos actos son dignos de bestias. Lo que más impresiona es que, aún cuando esta horda de salvajes tiene conciencia de lo que está haciendo, reclama cuando la policía llega a controlar el disturbio y a arrestarlos. Las fotos mostradas aquí son una muestra de que esos jóvenes no estaban realizando una manifestación pacífica sino que estaban destruyendo y robando propiedad privada.

No sabemos quiénes fueron los responsables de esto pero lo preocupante es que no es la primera vez que esto sucede en Costa Rica. Durante las manifestaciones contra el TLC (no en todas) y contra el Combo del ICE decenas de jóvenes también estuvieron involucrados en aberrantes actos que provocaron millones de colones en pérdidas, destrucción de espacios públicos y agresiones a otras personas.

Tampoco conocemos las causas que los motivan a estos cometer estos actos de vandalismo: algunas personas dirán que es la música, otros que son los problemas familiares, unos cuantos que es por causa del uso de drogas y licor. Hay quienes afirman que es por causa de la ineficiencia de las autoridades gubernamentales en materia de seguridad y hay otros que hasta alegan que esta es la revolución "pop" contra un sistema opresor.

Lo cierto del caso es que, si lo analizamos desde la perspectiva neoinstitucionalista, las reglas del juego no están siendo claramente definidas de antemano, como tampoco lo está el sistema de incentivos y castigos: cuando se establecen esas reglas, se debe explicitar qué es lo válido y lo inválido y cuáles serán los premios y castigos para quienes respeten y transgredan ese código normativo. Pero cuando alguien viola esa norma y no es castigado, entonces se transmite información: impunidad y a partir de ello, se crea un incentivo informal para comportarse de forma inválida.

Justamente eso es lo que debe cambiar. Como en ASOJOD lo hemos venido sosteniendo, es necesario que se castigue a los responsables de cometer este y otro tipo de actos que atenten contra la seguridad, vida, libertad y propiedad de las personas. Esperemos que esta vez las autoridades hagan valer el derecho y castiguen a los responsables (sean quienes sean). Pero también los ciudadanos debemos colaborar: no corresponde sólo al Gobierno mantener la seguridad, sino que a nosotros nos toca prevenirla, en el proceso de formación del ciudadano, es decir, desde la casa y desde las aulas (a cualquier nivel educativo). Y también nos toca reflexionar acerca de la forma en que pretendemos resolver los problemas: haciendo uso de la razón o de la fuerza bruta.

martes, 23 de octubre de 2007

Jóvenes y antiliberales


Caminaba tranquilo por la acera cuando, de repente, un barbudo se me abalanzó encima. Exteriormente era joven, no más de 25, vestía una ropa gruesa, gris y desgastada, con capucha incluida para proteger su cerebrín del reaccionario viento de la calle. Pese a la estampa, no era un indigente(aunque sí es cierto que pude advertir en sus ideas un acelerado proceso de pauperización), sino un vendedor ambulante de revistas. El nombre infantil de la publicación me hizo sospechar que quizá se tratara de cuentos navideños o, incluso, de una improvisada revista universitaria para financiar el viaje de fin de carrera. He de reconocer que mi ingenuidad todavía supera con creces a mi limitada intuición.

Propaganda. Eso era en concreto lo que tenía delante. "La nueva revista de izquierdas y contra el pensamiento único", por el módico precio de 4 €, me comentó el mercader sin afeitar.

No soy demasiado propenso a dejar escapar oportunidades tan risibles como aquélla, en general, la retórica pedante, verbosa y cutre de la izquierda me distrae bastante, sin embargo, tan sólo observar el trapo rojillo, otrora estandarte del país de la represión y hoy símbolo de la ignominia humana, colocado sobre una improvisada mesa que pretendía pasar por puesto de venta, decidí marcharme inmediatamente de tan "bucólica" escena. No fue debido sólo al comprensible desorden estomacal que produce, sino a una llana cuestión de decencia moral; esa banderucha no simboliza a ningún país, tan sólo a un régimen asesino y tiránico por el que muchos siguen batallando.

Sin grandes dificultades podría haber olvidado el incidente, ni ha sido el primero ni desgraciadamente se tratará del último; los enemigos de la libertad son abundantes y perseverantes. Pero, no obstante, no pude más que preguntarme ¿por qué? ¿Qué razón animaba al espantajo aquel a vender revistas en esa fría noche? ¿Conocía mínimamente la historia de la sangrienta Unión Soviética como para seguir adorando a su bandera? ¿Lo condenaba?

Puede, y es un riesgo bastante frecuente, que consideremos a aquel histriónico chico un admirable paradigma a seguir. Un luchador incansable que, al fin y al cabo, consumía su tiempo en propagar una ideología cuyos patrones morales son la igualdad humana y el fin de la pobreza. Una persona de hondas preocupaciones sociales y comprometida en la búsqueda de un mundo mejor a través del marxismo (ideología difícilmente aplicable pero que persigue un más que laudable fin). En definitiva, si todos fuéramos capaces de alcanzar un grado de dedicación tal con nuestros semejantes, el mundo sería un nuevo Edén.

Bajo estos argumentos tan conciliadores se han venido disculpando en nuestros países comportamientos inaceptables y cuasi criminosos. El desapego al comunismo parece venir más por la pereza a renunciar a las comodidades occidentales que por la convicción cierta de su absoluta miseria. Incluso entre los anticomunistas más radicales puede plantearse la tentación de contemplar al muchacho como una persona valerosa, que al menos defiende apasionadamente unas ideas, a pesar del pérfido contenido de las mismas. Parece que se quiera relativizar y diluir la responsabilidad moral del procomunista, máxime cuando es joven. Y es que se asume con preocupante ligereza que el adolescente, en especial el letrado, deba ser antiliberal (marxista, anarquista colectivista, nacionalista... aunque curiosamente no nazi) precisamente por tener la energía suficiente para llevar a cabo las pertinentes revoluciones que, como ya hemos dicho, la mayoría de la gente no termina de condenar en el plano teórico: si somos ricos es porque el capitalismo ha explotado a los pobres tercermundistas, por tanto, es lógico que el joven idealista luche contra ese capitalismo explotador.

Cuando en la China maoísta se engañaba a los alumnos asegurando que en Occidente la gente pasaba amargas penurias y moría de hambre, aparte de avalar el penoso nivel de vida chino, lo que se intentaba era inculcar la necesidad de exportar el comunismo para mejorar la situación del proletariado extranjero. Bajo ninguna circunstancia los estudiantes cavilaban que la causa de la falaz inanidad occidental fuera el comunismo chino. En cambio, en la avanzada Europa, el progre, para serlo, debe culpar al capitalismo de la ruina de economías escasamente capitalistas; la solución debe ser siempre adoptar el catastrófico sistema de los países subdesarrollados.

Lo siento pero no puedo creer en la buena voluntad del adolescente con capacidad, interés y conocimientos suficientes para analizar la realidad y cuya propuesta última sea imponer el comunismo (o cualquier otro régimen antiliberal) en todo el mundo. En esos casos nos encontramos ante aprendices de tiranos que se vanaglorian de su superioridad intelectual.

André Maurois lo resumió muy bien: "un joven de menos de 25 años que no sea socialista no tiene corazón; uno mayor de 25 que sigue siéndolo no tiene cerebro". El veinteañero pretencioso muestra su bondad, compromiso y elevación intelectual siendo antiliberal, no necesita del rastrero capital (tal vez porque lo tenga en abundancia), cuanto le motiva es "estructurar" el destino de millones de personas para reorientar sus erráticas vidas. Por su parte, muchos de los antiguos revolucionarios, hoy carcamales jubilados, repiten orgullosos que todavía son muchachuelos al continuar militando en esa ideología dogmática que les confiere una preeminencia moral sobre unos ciudadanos aburguesados que han sucumbido a la "democracia neoliberal". De esta manera, jóvenes y adultos, unos para mostrar que son "auténticos jóvenes" y otros por no querer cortocircuitar el pensamiento revolucionario que los mantiene espiritualmente atados a su mocedad, intentan elevarse por encima del vulgo para convertirlo en grey. Nos hallamos, en definitiva, ante el antológico concepto de libertad positiva, base última de todo despotismo: ya que el tirano es más erudito que sus súbditos y tiene más información incluso que el mercado, por el bien de todos, es harto conveniente que dirija a los individuos tal y como ellos mismos actuarían si poseyeran sus conocimientos.

Cuando aquel tipo me escupió a la cara "¿te interesa la nueva revista de izquierdas y contra el pensamiento único", me estaba dirigiendo un mensaje muy claro: "Soy un revolucionario de izquierdas a quien el capitalismo no ha logrado corromper" y exponía en primera línea la bandera de la URSS porque no se avergonzaba ni de la izquierda, ni del gulag, ni de Stalin; había encontrado el camino y él era el barquero Caronte que reconduciría a quien quisiera escucharlo. El deseo de controlar al hombre, defendido por estos jóvenes intelectuales de medio pelo, sólo da muestras de su atroz arrogancia, perversión y delirios de grandeza. Aún cuando creyeran vanamente que el marxismo es la panacea para los problemas del mundo, los horribles procedimientos de acoso a la libertad y al individuo, implícitos en su doctrina, les ennegrecen cualquier atisbo de buenas intenciones.

Sería bueno que fuéramos enterrando el mito del adolescente entregado a utópicas luchas. Quien presume situarse por encima de los demás, hasta tal punto que se cree con el derecho de adueñarse de la libertad ajena para dirigir a los individuos en busca de lejanos y admirables logros, no es un mesías; es un loco.

Juan Ramón Rallo