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sábado, 6 de junio de 2009

La OEA y Cuba: La batalla recién comienza


La histórica decisión de los 34 países que integran la Organización de los Estados Americanos (OEA) de levantar la suspensión de 1962 a Cuba fue la parte fácil. Ahora viene el verdadero reto: hacer que la OEA le exija a la dictadura de Cuba que respete las cláusulas de democracia de la organización para que la isla se pueda reintegrar a la institución.

Eso no se resolverá a corto plazo, y ustedes y yo lo sabemos.

A menos que el régimen militar de Cuba decida permitir que se celebren elecciones libres, o que el gobierno de Obama decida olvidarse de sus promesas de luchar por la democracia en las Américas, la decisión de la OEA el miércoles en su Asamblea General no hizo mas que posponer el debate sobre la readmisión de Cuba a la organización.

Según el acuerdo de consenso que fue aplaudido por todos los países miembros --entre ellos Estados Unidos-- como un logro ''histórico'', la OEA levantó la suspensión de cuatro décadas contra Cuba, y comenzó un proceso para invitar a Cuba a reintegrarse al grupo sobre la base de las ''prácticas, propósitos y principios'' de la entidad.

Aunque la decisión del miércoles fue una victoria propagandística para Venezuela, Ecuador, Nicaragua y otros países admiradores del régimen militar cubano, y aunque el gobierno del presidente Obama hizo bastantes concesiones en sus esfuerzos iniciales para establecer condiciones al levantamiento de la suspensión, el resultado final de la reunión de la OEA dependerá de cómo se interprete la resolución final adoptada.

Según un comunicado de prensa de la OEA, la resolución final --además de acordar el levantamiento de la suspensión a Cuba-- establece que ``la participación de Cuba en la OEA será el resultado de un proceso de diálogo iniciado a solicitud del gobierno de Cuba y de conformidad con las prácticas, propósitos y principios de la OEA''.

Según funcionarios de Estados Unidos, esto significa que para que Cuba pueda volver a ser un miembro pleno de la OEA, tendrá que acogerse a la Carta Democrática, que exige que los Estados miembros se guíen por los ``elementos esenciales de la democracia representativa''.

La Carta de la OEA es muy específica. El Artículo 3 expresa que estos ''elementos esenciales'' incluyen ''el respecto a los derechos humanos'', realizar ''elecciones periódicas, libres, justas y secretas'', así como tener un ``sistema pluralista de partidos políticos''.

El presidente de Cuba, el general Raúl Castro, y su hermano Fidel, que todavía tiene un gran poder en la isla, han dicho repetidamente que no permitirán partidos políticos, elecciones libres, ni libertad de expresión. Para protegerse de presiones democráticas, los generales cubanos han dicho que no quieren pertenecer a la OEA, alegando que la institución es un ``títere del imperialismo yanqui''.

Pero los países latinoamericanos pueden interpretar el acuerdo del miércoles de otra manera, y decir que Cuba ya está cumpliendo con los principios generales de la OEA, y que la ausencia de elecciones libres no es una infracción mayor que el embargo comercial estadounidense a la isla. El presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, dijo el miércoles que se siente optimista de que los miembros de la OEA encontrarán un mínimo común denominador para readmitir a Cuba ``en los próximos meses''.

Los países latinoamericanos y caribeños elogiaron la decisión de la OEA de levantar la suspensión, calificándola de histórica.

''Hoy es un día histórico y un día de regocijo para todos los americanos'', dijo el canciller argentino Jorge Taiana en la reunión de la OEA. ``Hemos terminado con un anacronismo''.

Pero los grupos de derechos humanos y partidarios de la democracia señalan que el verdadero anacronismo es la negativa de Cuba a permitir el libre acceso del pueblo cubano a internet, a permitir que los cubanos se expresen libremente, o que puedan afiliarse a sindicatos o partidos políticos independientes.

Mi opinión: Tal como lo señalé en mi columna del 24 de mayo, casi dos semanas antes de la votación, no me opongo al levantamiento de la suspensión contra Cuba. Sin embargo, me parece que el gobierno de Obama debe usar la medida para montar una gran ofensiva diplomática que presione a la dictadura militar cubana a permitir libertades fundamentales.

Si Obama no aprovecha su popularidad en América Latina y sus ramas de olivo hacia Cuba para conseguirlo, y Cuba se reintegra a la OEA sin realizar una apertura politica, sus críticos republicanos tendrán razón para acusarlo de haber abandonado la promesa de campaña que hizo el 23 de mayo del 2008, cuando afirmó que ''nunca, jamás, comprometería la causa de la libertad'' en Cuba. Ojalá que Obama demuestre que sus críticos están equivocados.

Andrés Oppenheimer

jueves, 30 de abril de 2009

Obama choca con los Castro


El presidente Obama eliminó algunas restricciones que impedían que los cubanos viajaran frecuentemente a la isla o que les remitieran dinero a sus familiares. Fue un gesto inteligente. Una oportuna rama de olivo que había prometido durante la campaña que lo llevó a la Casa Blanca. Lo hizo en vísperas de su viaje a la Cumbre Americana de Trinidad y Tobago. Casi simultáneamente declaró a CNN que esperaba que el gobierno cubano pusiera en libertad a los presos políticos y respetara los derechos humanos, mientras publicaba un texto, ampliamente divulgado, en el que mencionaba el marco político adecuado para recibir plenamente a Cuba en la familia americana: la Carta Democrática firmada en Lima por los 34 gobiernos miembros de la OEA, precisamente el 11 de septiembre de 2001, mientras ardían las torres gemelas.

Raúl Castro, desencantado y desencajado, reaccionó de una manera previsible: ''más de lo mismo''. En ese momento estaba en Venezuela convocado por Chávez para agitar en el circo del ALBA, una familia excéntrica de países amantes del colectivismo y enemigos de la democracia representativa y del sentido común que se reúnen de vez en cuando bajo la carpa del ''socialismo del siglo XXI'' para jugar al antiamericanismo y practicar otras formas curiosas de la bobería. No muy lejos de Venezuela, en Haití, Hillary Clinton, la secretaria de Estado, había dicho algo muy similar: ahora le tocaba a Cuba responder a la buena voluntad del gobierno de Obama con una señal de cambio. Para La Habana aparentemente era algo muy fácil: si Estados Unidos facilita la entrada de los cubanos a la isla, ¿por qué Cuba no hace lo mismo y propicia que sus ciudadanos puedan entrar y salir libremente del país, como sucede en casi todo el planeta?

Raúl Castro tenía razón. Lo que Obama está planteando con relación a la isla es muy parecido a lo que han dicho antes que él otros diez presidentes norteamericanos (y lo que sostiene la Unión Europea, al menos desde que en 1996 los países miembros concretaron una posición común a instancias de España): Estados Unidos está dispuesto a entablar relaciones enteramente normales con Cuba, pero sólo si su gobierno evoluciona en dirección de la apertura política y el respeto por los derechos humanos y las libertades civiles. Washington, en suma, propugna un cambio de régimen en el país vecino. No está dispuesto a aceptar como ''normal'' y permanente esa dictadura comunista calcada del viejo y desacreditado modelo soviético, prácticamente ya desaparecido en todo el mundo. Obama, como sus antecesores, no admite la coartada de la ''soberanía''. Cuba debe cambiar.

¿Por qué esa insistencia? ¿Por qué Estados Unidos no puede convivir armónicamente con una satrapía comunista de la misma manera que en el pasado lo hizo con las dictaduras de Trujillo o Somoza? Las razones fundamentales son tres:

  • Porque Estados Unidos, tras un siglo de fracasos, al fin comprendió que era un cínico error mantener buenas relaciones con las tiranías en un continente supuestamente comprometido con las libertades, como se acredita en la Carta Democrática de la OEA. ¿No criticaban a Estados Unidos por tener vínculos amistosos con las dictaduras latinoamericanas?

  • Porque el caso cubano tiene un claro componente de política interna norteamericana. El 25% de la población cubana, unos tres millones de personas (nacidos en Cuba o descendientes directos de cubanos), vive en Estados Unidos y se refleja vigorosamente en la estructura social y política del país. Hay dos senadores, cuatro congresistas federales, y numerosos funcionarios y cuadros intermedios dentro de la estructura de poder norteamericana. Los intereses mayoritarios de la etnia cubana, o su relativo peso electoral, como sucede con los judíos americanos con relación a Israel, o con los afroamericanos cuando se formula la política hacia Africa, hay que tomarlos en cuenta.

  • Porque a Estados Unidos, finalmente, lo que le conviene es que en Cuba se instale una democracia sosegada y estable, como la costarricense, para mantener buenas relaciones políticas con la isla, dotada de un sistema económico productivo, de manera que los cubanos no continúen emigrando en masa hacia los Estados Unidos. Y nada de eso se puede conseguir si en La Habana continúa enquistada la vieja e incompetente oligarquía comunista que tomó el poder hace medio siglo y ha sido incapaz de evolucionar bajo el peso de la experiencia, lo que hace que el régimen actual, aunque fuerte en apariencia, sea siempre precario y provisional. Sabíamos que en el comunismo dinástico, tras Fidel le tocaba el turno a Raúl, pero ¿qué o quiénes vienen tras Raúl?

Obama ha tomado la posición correcta. Hacer concesiones sin esperar algo a cambio hubiera sido un error. Habría sido como decirles a los demócratas de la oposición y al inmenso (aunque escondido) sector de los reformistas, que no era necesario que el país abandonara el fracasado sistema comunista porque a nadie le importa el destino de los cubanos. A Obama y a su administración sí les importan.

Carlos Alberto Montaner

domingo, 26 de abril de 2009

No más venas abiertas


En la reciente cumbre de las Américas, el presidente venezolano, Hugo Chávez, en un acto en el que quizás pretendió “pasarse de listo”, entregó al mandatario norteamericano, Barack Obama, un ejemplar del libro Las venas abiertas de América Latina , obra escrita por el uruguayo Eduardo Galeano en el siglo pasado.

Obama, como es su costumbre, lo recibió con una amplia sonrisa, que más bien habla de su educación, cordialidad y espíritu de recomponer las relaciones con el subcontinente, pero también de su desconocimiento por lo que estaba recibiendo. Porque de saberlo, más bien debiera ser tema para preocupar a sus agentes de seguridad, dada la toxicidad del contenido entregado al presidente de Estados Unidos. Un verdadero atentado a la seguridad nacional. Nos hizo recordar otro arranque literario de Chávez cuando descubrió a un “tal Noam Chomsky”, que parecía ser quien le abrió (cerró) su espectro cultural.

Efectivamente, el libro de Galeano es uno de los que más daño le ha hecho a nuestro continente. Su argumentación elemental sostiene que somos pobres porque ellos son ricos. El clásico discurso del imperio que succiona la sangre de las venas hasta acabar con su víctima. Un decálogo revolucionario anti imperialista que culpa nuestro atraso primero a los españoles, luego a los ingleses y en el siglo pasado a Estados Unidos. De haberse escrito en el siglo XXI seguro culparía a Coca Cola, Google, Amazon, Internet, Starbucks, McDonalds y alguna otra transnacional que “nos roba”, y claro que los argumentos tendrían la misma seriedad que culpar a las rosquillas.

Odio visceral. Un libro que resume los agravios sufridos por los latinoamericanos y que los victimiza exculpándolos de toda responsabilidad en su fracasada historia. Transmite un odio visceral a cualquier cosa que huela a democracia y mercado, en definitiva a la libertad, para retorcerse en el igualitarismo estrecho de mente que impide alcanzar el desarrollo.

En una próxima cita, Obama tendrá que cuidarse de recibir otros pasquines que invadan la Casa Blanca. Los hay muchos, desde La historia me absolverá , de Fidel Castro, La guerra de guerrillas , de Ernesto Che Guevara, ¿Revolución dentro de la revolución? , de Regis Debray, pasando por Dependencia y desarrollo en América Latina , de Fernando Cardoso y Enzo Faletto, hasta Hacia una teología de la liberación, de Gustavo Gutiérrez, para concluir en el que quizás por el título sorprenderá al mandatario norteamericano: Para leer al pato Donald , de Ariel Dorfman y Armand Mattelard, incubado en las propias universidades norteamericanas.

Por el bien de nuestro continente y del efectivo espíritu de relanzamiento de las relaciones entre nuestros países, es de esperar que el librito de Galeano se le haya quedado a Obama en el hotel. Ojalá que el presidente norteamericano en una próxima oportunidad le devuelva la mano regalándole a Chávez Camino de servidumbre , de Friedrich Hayek, o La acción humana , de Ludwig von Mises.

Mientras tanto, si alguien me dice cómo puedo enviarle un libro al presidente norteamericano, feliz le mando Del buen salvaje al buen revolucionario , de Carlos Rangel, que, como escribió el célebre Jean François Revel, es el primer ensayo sobre la civilización latinoamericana que disipa las interpretaciones falsas, las descripciones mentirosas y las excusas complacientes. Mientras tanto, digamos: ¡No más venas abiertas para América Latina!

Ángel Soto

jueves, 23 de abril de 2009

En Vela


La Quinta Cumbre de las Américas, en Trinidad y Tobago, deparó algunos frutos deglutibles, a los que se refirió, ayer, el editorial de La Nación . En el orden formal, de las normas de urbanidad y de los modales, no pudo ser peor. En cuanto a Cuba, el silencio general fue cobarde y vergonzoso.

¿Qué podía esperarse de una cumbre de 34 gobernantes, entreverada de personajes como Chávez, escoltado por su bufón, Daniel Ortega, y otros de parecido pedigrí que, en su casa o en su escuela, no tuvieron noción alguna del respeto a las personas o a las instituciones, y que, ahora, con su primitivismo a cuestas y su escasísima cultura, tienen que manejar el instrumento terrible del poder político?

El problema se complica radicalmente cuando, además, están sometidos obsesivamente a una personalidad sociopática y narcicista, como la de Chaves, sumergido en un océano de dinero, que potencia todos sus trastornos, quien, a su vez, idolatra –y usa– a Castro, petrificado, por 40 años, en una estructura sociopática, quien ejerce una extraña influencia en no pocos gobernantes, políticos e intelectuales de América Latina. Y como estos actores son los que ocupan siempre el proscenio mediático, en mengua de los buenos o de los menos malos, no parece infundada la convicción de que en América Latina predominan los políticos charlatanes, semianalfabetos o mediocres.

Dejemos a un lado las escenas, en esta cumbre, patentadas por Chávez y sus cortesanos gobernantes, que nos hicieron ruborizar y que, de vez en cuando, le arracaban a Obama una sonrisa compasiva. Reparemos, más bien, en la sugerencia de Obama a los presentes (según lo comentó ayer Jorge Guardia) de dejar la cansina evasión de culpar a los gringos de todas las desventuras de nuestros países (como antes a España). ¡Qué pena! Esta ha sido la cantinela latinoamericana en medio de una vastedad de recursos de donde brotan, a la vez, a raudales, la violación de los derechos humanos, la corrupción, la evasión fiscal, el cinismo, el desgobierno, la injusticia y el epitafio-consigna de “la falta de seriedad”.

Ni Alemania ni Japón ni Vietnam ni otros se dedicaron sistemáticamente a maldecir al “invasor”. Sin abandonar el juicio crítico ni renunciar a la memoria, donde se talla la identidad, hicieron su duelo, su balance o su examen de conciencia, y pusieron manos febriles a la obra. Nosotros seguimos columpiándonos, al decir de Manuel Malaver, analista venezolano, entre “el perfecto idiota” y “las venas abiertas de América Latina”, el librito que el más rico y el más inculto de nuestros idiotas le regaló a Obama, para la foto, en la sesión inaugural en Trinidad y Tobago.

Julio Rodríguez

miércoles, 12 de noviembre de 2008

Memo al presidente electo Barack Obama


Felicitaciones por su historica victoria electoral, presidente electo Barack Obama. Ahora que ya está armando su gabinete y estudiando como resolver la crisis económica, permítame hacerle algunas sugerencias en un área que requerirá su atención mucho antes de lo que usted se imagina: Latinoamérica y el Caribe.

Está claro que, ante la enormidad de desafíos que hay en el plano interno, América Latina no estará en su lista de prioridades.

Pero una de las primeras cumbres internacionales a las que deberá asistir será la Cumbre de las Américas, de 34 países, que se celebrará entre el 17 y 19 de abril en Trinidad y Tobago. No tendrá más remedio que prepararse con tiempo para el encuentro, y llegar a la cumbre con una nueva agenda de Estados Unidos para la región.

Y también está claro que Latinoamérica nunca ha sido su punto fuerte. Como me dijo usted mismo la primera vez que lo entrevisté, en el 2007, nunca ha visitado la región. Y cuando le pregunté en esa entrevista cuáles eran los tres presidentes latinoamericanos que más respetaba, se quedó petrificado, y no pudo recordar el nombre de ninguno de ellos. (Para ser justo, debo agregar que cuando lo entrevisté más recientemente usted mencionó a varios mandatarios regionales por su nombre.)

Así que permítame darle algunas sugerencias que pueden ayudarlo a cumplir su promesa electoral de renovar el liderazgo de Estados Unidos en las Américas.

En primer lugar, sea usted mismo. No pose para los fotógrafos con un sombrero mexicano, como sus predecesores. Tiene usted una oportunidad tremenda para ganarse la simpatía de la región por el hecho de ser el primer presidente negro del país, por haber crecido en parte en el extranjero, y --quizás lo más importante de todo-- por haberse opuesto a la guerra de Irak desde el primer día.

Por extraño que pueda parecerle, varios países latinoamericanos están entre los más antiestadounidenses del mundo, no por algo que Washington haya hecho recientemente contra la región, sino a causa de la guerra en Irak. Los latinoamericanos no han olvidado la historia de las intervenciones militares de Estados Unidos en el continente, y la invasión a Irak tocó una fibra sensible en la región.

Usted llega a la Presidencia sin ningún lastre político. A los demagogos, como el presidente venezolano Hugo Chávez, les costará mucho pintarlo a usted como un imperialista. Saque ventaja de su virginidad en materia de política internacional para relanzar las relaciones de Estados Unidos con la región. Estas son algunas de las propuestas que podría llevar a la cumbre de Trinidad:

Convierta la Cumbre de las Américas en un evento anual, en vez de trienal y cuatrienal, como usted mismo me dijo durante la campaña. Se trata de la única reunión del presidente de Estados Unidos con los presidentes latinoamericanos, y eso lo obligaría a concentrarse en los asuntos hemisféricos a pesar de todos los temas acuciantes en el resto del mundo. Eso mandaría una señal potente a la región.

Resucite el cargo de Enviado Especial para las Américas, pero con rango ministerial o nombrando a una personalidad de alto perfil en el puesto. Sea audaz: ofrézcale el cargo al ex presidente Bill Clinton, como parte de un paquete más grande de misiones diplomáticas.

Comprométase a proponer en los próximos dos años una ley de reforma inmigratoria integral, que permita la legalización de los más de 11 millones de trabajadores indocumentados. Las economías de México y América Central dependen en buena medida de las remesas de dinero que hacen esos trabajadores a sus familias, y de las exportaciones al mercado norteamericano, y ambas están cayendo peligrosamente.

Olvídese de Hugo Chávez. El presidente narcisista-lininista de Venezuela hará todo tipo de piruetas para captar su atención y tratar de posicionarse como un líder mundial. Simplemente ignórelo, y concentre sus energías en mejorar los vínculos de Washington con países más serios, como México, Brasil, Colombia, Chile y Perú.

Amplíe los planes de cooperación energética con Brasil, América Central y el Caribe para producir etanol de caña de azúcar, que es más barato y menos contaminante que el etanol de maíz que se produce en Estados Unidos. Eso ayudaría a Estados Unidos a reducir su dependencia petrolera del Medio Oriente, y ayudaría a América latina.

Proponga un acuerdo de integración regional de servicios de salud, por el cual millones de estadounidenses podrían usar sus seguros de salud en América latina, y conseguir atención médica más personalizada y a mucho menor costo en hospitales certificados por Estados Unidos en varios países de la región.

Estas son apenas algunas ideas para empezar. ¡Buena suerte! Aunque sus vínculos personales más directos sean con Africa, tiene usted una oportunidad única de abrir un nuevo capítulo en las relaciones de Estados Unidos con Latinoamérica.

Andrés Oppenheimer