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martes, 13 de octubre de 2015

La columna de Carlos Federico Smith: la revisión del programa macroeconómico del Banco Central

Cuando el Banco Central publica su programa macroeconómico o bien la revisión usual que suele hacer, son momentos que sirvan para repasar algunas de las cosas que se supone están pasando en la economía.  Tal vez lo que más me impactó de la reciente revisión del programa monetario del 2015-2016, divulgada por el Banco Central el pasado 30 de julio, fue la reducción que hizo a la estimación de inicios de año, de la tasa de crecimiento de la economía que habría de esperarse para este año.  Por tal razón, me imagino, fue que La Nación del 31 de julio tituló su artículo correspondiente bajo el encabezado “Producción tendrá la menor alza en 6 años: Banco Central anuncia que crecimiento será más bajo del que previó en enero pasado.”

Ciertamente desde hace rato, indicadores tales como el llamado IMAE (índice mensual de actividad económica) venían señalando descensos en la tasa de crecimiento de diversos sectores económicos de importancia y de la economía como un todo. Era sólo cuestión de tiempo para que el Banco redujera sus estimaciones para el 2105 formuladas a principios de año.  De esta manera, en vez de un 3.4% de crecimiento que inicialmente proyectó (crecimiento de por sí bajo y posiblemente cercana a la tasa de crecimiento de la población, tema importante para el análisis per cápita), ahora el Banco estima que dicha tasa será un 18% inferior; esto es, que la economía este año crecería tan sólo en un 2.8 por ciento.

Las explicaciones brindadas por el Banco para reducir dicha tasa son las que me inquietan. De acuerdo con el artículo de La Nación arriba citado, el Banco atribuye como razones para proyectar esa menor estimación de crecimiento a que “a la caída en la producción de microprocesadores que implicó el cierre de la planta de INTEL, se le sumó la menor cosecha de piña y banano por efectos climáticos, y el Gobierno, por su parte, no ha podido levantar la inversión pública.” 

Ante estas tres causas señaladas por el Banco surgen mis dudas. En primer lugar, ¿no entiendo cómo es que, si INTEL le anunció oficialmente al país que disminuiría significativamente su inversión en Costa Rica desde abril del 2014 e indicó que cerraría su planta de manufactura de microprocesadores antes de fines de ese año, el Banco Central no consideró el efecto que eso tendría sobre la economía nacional, al hacer a fines del 2014 su proyección inicial de crecimiento del Producto Interno Bruto para el 2015? ¿Para tomar en cuenta tan importante factor, habrá tenido que esperar que pasara un semestre del 2015, a fin de reducir la expectativa de crecimiento de la economía en este año resultado de la salida de INTEL? El Banco Central siempre ha tenido más que suficiente información acerca del tamaño y relevancia de INTEL en nuestra economía, como para poder estimar los efectos en nuestro país a su salida anunciada para finales del año pasado. De manera, que el argumento me parece “espeso” y casi que ad hoc, si no es que increíblemente omiso en las estimaciones debidas que formula un ente como el Banco.

En cuanto al segundo factor causal, el de la “menor cosecha de piña y banano por efectos climáticos”, que nos menciona el Banco, tales efectos suelen tener impacto en el corto plazo, por lo cual podría esperarse una recuperación de tan importantes cosechas tal vez en el 2016, pero también, a veces, cuando hay alguna “mala cosecha” por razones climáticas, hay otras que se ven favorecidas.  No estoy diciendo que éste sea el caso concreto, pero una recuperación pronta de las inversiones afectadas creo que se podría reflejarse en tasas de crecimiento mayores que repongan el efecto que el mal clima tuvo al inicio del año.  Pero esto es, sin duda, muy discutible.

Por otra parte, el tercer punto que pretende explicar el menor crecimiento estimado por el Banco en cuanto a que “el Gobierno, por su parte, no ha podido levantar la inversión pública,” me parece que, ante el crecimiento de los presupuestos públicos que se observó a inicios del 2015, lo que más ha aumentado es el gasto corriente del Gobierno, pero esa mayor demanda de recursos bien puede haber incidido en un menor crecimiento de la inversión privada.    

Señalo esto último porque el informe del Banco es notoriamente omiso acerca de la incertidumbre que el sector privado ha venido experimentando en los últimos tiempos, que bien podría no estar invirtiendo lo posible a causa de expectativas de aumentos de impuestos que reducirán las rentabilidad de sus inversiones prospectivas. Este asunto me permite resaltar el título de una información reciente de La Nación del pasado primero de abril, cual es “Inversión empresarial crece cada vez menos: Pasó de aumentar 12,25% en el tercer trimestre del 2013 a 3,26% en último del 2014.” Según la información aparecida en dicho artículo, la inversión de las empresas -conocido en el lenguaje del Banco Central como formación bruta de capital- ha venido cayendo durante los últimos cinco trimestres.

Esa incertidumbre no se ha reducido y, de acuerdo con encuestas realizadas a empresas nacionales, permanece no sólo ante la propuesta tributaria del gobierno, sino también a causa de una serie de políticas económicas que el sector empresarial ha cuestionado públicamente por considerarlas desestimulantes para crear nuevas empresas. 

Todo lo expuesto hasta el momento se ha argumentado por el Banco para reducir la tasa esperada de crecimiento de la economía, a pesar de que es un hecho que el comportamiento reciente de los mercados internacionales, en cuanto a una baja en los precios del petróleo y de otras materias primas, le ha permitido al país tener una mejora en sus términos de intercambio y, sin duda, un alivio tanto en el costo de las importaciones, así como un menor crecimiento de la generalidad de los precios. 

Posiblemente este menor crecimiento esperado se reflejará en un aumento del desempleo y del sub-empleo e incluso de lo que se denomina economía subterránea. La baja inversión privada antes indicada, sin duda que es el sustento para la apreciación del señor Bernardo Alfaro, de la Cámara de Bancos e Instituciones Financieras, quien señala que en dicho comentario periodístico que “el bajo crecimiento económico proyectado del 2.8%, implica que no habrá mucho margen para reducir el desempleo, uno de los principales problemas que el país sigue enfrentando.” 

Los datos recientes acerca de la situación del empleo en nuestro país no son estimulantes.  Si bien la tasa de desocupación bajó de un 10.1% en el primer trimestre del 2015 a un 9.5% en el segundo trimestre del año, si se compara la tasa de desempleo del II trimestre del 2014 (9.1%) con la del mismo período en el 2015 (9.5%), “el desempleo se mantiene, pues el cambio no es estadísticamente significativo, debido a que las encuestas tienen márgenes de error.” (Ver La Nación, “Tasa de desempleo permanece sin cambio,” 13 de agosto del 2015). Habrá que esperar algún tiempo mayor para ver si afortunadamente el país empieza a generar un incremento sustancial en el empleo

Tampoco las cosas parecen ir bien en cuanto a sub-empleo, pues la tasa aumentó de un 11.8% en el segundo trimestre del 2014 a un 13.5% en el mismo período del 2015; ese aumento de un 1.7% sí parece ser significativo.

En cuanto a la informalidad, el comentario de La Nación indica que “hubo cambios en el porcentaje de ocupados con empleo informal, pues este aumentó dos puntos porcentuales hasta llegar a un 44.4% respecto al mismo trimestre del año anterior.” 

Un tema adicional que suscita el interés en la revisión del programa monetario que hizo el Banco Central a fines de junio pasado, tiene que ver con la conducción -si es que se puede hablar en tal sentido- de la política cambiaria. No hay dudas de que, en la actualidad, hay diversas opiniones acerca de si el tipo de cambio hoy existente es el de equilibrio; uno que se podría considerar como “adecuado”. Es obvia la presión de ciertos sectores, principalmente agrícolas, para que el tipo de cambio se ajuste con una devaluación (nunca se dice de cuánto), en tanto que, por ejemplo, el Banco, en voz de su presidente, señala que “hay un superávit de divisas en el mercado y presión para que baje”; esto es, para lo contrario, para que haya una revaluación del colón. Incluso el Banco indica que “si hay un choque externo negativo el tipo de cambio hará su trabajo,” lo cual parece indicar una política apropiada del Banco pero para tal momento. 

Pero ese no parece ser el punto esencial de la actualidad, cual es que en el país no existe claridad en cuanto al valor real del dólar en un mercado libre, pues el Banco ha estado interviniendo con suma frecuencia conforme observa algún movimiento al alza o a la baja del tipo de cambio.  Francamente, a uno le da la impresión de que en el país se está con un régimen de tipo de cambio fijo, con algunos movimientos mínimos alrededor de él. Como que el Banco actúa en contra de cualquier desviación que surja en los mercados de algún tipo de cambio casi que pre-definido.
 
En mi opinión, el Banco debe efectivamente permitir que haya una mayor flexibilidad en el tipo de cambio, para ir gradualmente acercándose a ese buscado tipo de cambio de equilibrio (que sabemos que siempre estará fluctuando). 

El objetivo del Banco no debe ser, como lo dice su presidente ejecutivo, que “si la economía tiene un nivel aceptable de estabilidad, donde el nivel de precios sea estable y las condiciones financieras sean apropiadas, significa que los agentes económicos tienen los instrumentos propios para hacer el cálculo económico y decidir cuál nivel de inversión es rentable.  En el tanto que el tipo de cambio o las tasas de interés estén fluctuando el agente económico se ve en problemas para calcular cuál es la tasa de retorno.” La estabilidad impuesta por una decisión del Banco, por ejemplo, cuando define el tipo de cambio no según lo haga el mercado, sino el ente, no es lo deseable.  Ya hemos conocido ejemplos nefastos en nuestra historia monetaria en que se han mantenido “estables” artificialmente tipos de cambio, que más tarde o más temprano han conducido a fuertes devaluaciones que no se deben de olvidar.  No digo que el Banco esté manteniendo artificialmente el tipo de cambio actual, sino que no deja que el mercado lo exprese, para así saber si la “estabilidad” del caso la define el mercado o una burocracia. La primera es la importante; la segunda conduce a la especulación cambiaria, entre otras cosas.

Lo que me inquieta, en cierta manera, es la posición que el Banco ha tomado en torno al problema fiscal, al comentar acerca de la revisión de su programa monetario. De acuerdo con el presidente del Banco, señor Castro, cuando expresa que el “mayor problema del país es el fiscal”: hay mucho de cierto en ello. Y hace bien en advertirlo, en especial cuando, si no se ponen impuestos o se reduce el gasto, el gobierno podría pensar en dos medidas alternativas que alteraría violentamente una moderada política monetaria como la hoy establecida.

La primera es que el gobierno central se endeude más en el exterior. Se ha sabido de que anda buscando $5.000 millones de dólares de inversión de parte del gobierno chino, mediante la colocación (venta) de bonos del estado en dólares, con lo cual el gobierno evitaría que, como un préstamo externo al gobierno, tuviera que ir a la aprobación legislativa, en donde no parecen soplarle buenos vientos. Eso sí, es bueno que se sepa que el efecto es el mismo en cuanto a que los costarricenses tendrán que cubrir el pago de esa deuda, ya sea que se trate de un préstamo directo al gobierno o a través de la colocación de bonos estatales. El problema es que el ingreso al país de esa suma de dólares provocaría una revaluación posiblemente fuerte en el tipo de cambio, lo cual afectaría la capacidad del país para colocar sus exportaciones en el extranjero, entre otras cosas. Si, ante tal circunstancia, el Banco quisiera esterilizar esos dólares, adquiriéndolos en el mercado para aumentar sus reservas, tendría que colocar una cantidad muy significativa de colones, lo cual daría lugar a un indeseado proceso inflacionario.

La segunda opción, la cual sin duda pone nervioso al Banco, es que el gobierno -como sucedió en época de la administración Carazo- acuda al financiamiento de su gasto mediante la emisión monetaria del Banco. Ya sabemos el efecto inflacionario que esto provocará y que, me imagino, está muy lejos de los objetivos establecidos en la actualidad por el Banco.

Por eso, a fin de mantener su independencia, el Banco hace muy bien en advertir acerca de la necesidad de que el problema fiscal no incida en la política monetaria (como en los dos casos antes mencionados), pero lamentablemente vuelve a lo mismo de siempre, al sumarse el señor Castro a las palabras del presidente Solís, de que “el país no aguanta otro año más sin impuestos.” El problema es que el poco crecimiento de la economía, que motivó la revisión del programa monetario de este año y la preocupación del Banco, se iría aún más por la borda. No conozco país en donde mayores impuestos a la economía privada dan lugar a un mayor crecimiento de la economía. Tal vez si se pensara que la forma de resolver el problema fiscal del país radica en reducir la demanda de recursos que el estado lleva a cabo; esto es, de recursos que el estado sustrae de la economía privada y que, por tanto, no se pueden destinar a actividades productivas que requieren de inversión. Reducir el gasto público es la medida adecuada, si queremos que nuestra economía vuelva a crecer a tasas aceptables y que, por tanto, se pueda reducir el desempleo y con ello aumentar los ingresos de los hogares y reducir la pobreza.
 
Jorge Corrales Quesada

viernes, 1 de agosto de 2014

Viernes de recomendación

El día de ayer se conmemoró el nacimiento de uno se los economistas más influyentes del Siglo XXI: Milton Friedman. Para celebrar su legado les compartimos esta entrevista que concedió en el año 2006 al famoso Podcast Econtalk. En la misma se discuten los temas de especialidad de Friedman: el dinero, la inflación y la Reserva Federal.

martes, 17 de septiembre de 2013

La columna de Carlos Federico Smith: levántate y anda. Parte III

En los dos comentarios previos se analizó la llamada curva de Phillips, que suponía había una relación inversa entre la inflación y el desempleo, así como las críticas que se hicieron a dicha curva. Con base en ella se había llegado a la conclusión de que existía una relación inversa entre inflación y desocupación y que, por tanto, era posible, mediante la inflación, generar un aumento de la producción. Sin embargo la crítica mostró que no era posible que un alza en los precios provocara tal aumento a largo plazo de la producción real y que, más bien, una política monetaria expansiva a lo que daría lugar es a niveles superiores de crecimiento de los precios pero no a una tasa de crecimiento de la economía.  A largo plazo se regresaría al nivel previo de crecimiento real de la economía.

En este último comentario me referiré a los factores que inciden en aumentar el crecimiento económico y, entre ellos, destaco una política monetaria de bajo crecimiento pero estable, como factor que incide en un mayor crecimiento económico.  No así la simple expansión monetaria (inflacionaria) que de por sí daba lugar a un crecimiento, como se suponía con el análisis basado en la Curva de Phillips. En conclusión, la política monetaria es crucial, pero que no dé lugar a expansiones ni oscilaciones que introduzcan incertidumbre en los mercados. Por ello, la política monetaria deberá concentrarse en el control de la inflación y no en el crecimiento de la producción real que, a largo plazo, no puede lograr.

Según el artículo de La República bajo comentario, algunos economistas aseveran (muy simplificadamente), que la política actual del Banco Central de los Estados Unidos, bajo la administración del señor Ben Bernanke, ha optado entre inflación y desempleo, al interesarse en la recuperación de la economía (disminuir la tasa de desempleo) en vez de la inflación. Así resucitan, con un ¡Lázaro: Levántate y Anda!, el lenguaje de la política económica keynesiana inflacionaria basada en la curva de Phillips.

En el caso de Costa Rica, de acuerdo con lo que se cita en el artículo de La República, el Banco Central tenía claramente como objetivo principal el control de la inflación y secundariamente el logro de una tasa deseable de ocupación (y, por ende, que permitiera un mayor crecimiento económico). Ahora, se señala en aquel comentario, parece haber cambiado sus prioridades (cosa que, de hecho, no se demuestra en el comentario de referencia) hacia una preferencia por la producción (empleo), en vez de la estabilidad de los precios. El economista, señor Fernando Rodríguez, menciona en dicho artículo que
“cuando la producción se viene en picada y el desempleo crece, los precios ocupan una prioridad secundaria. Las condiciones de una economía en crisis de producción, en todo caso, no son inflacionarias.”

Me parece que la conducta claramente expresada por el Banco Central en documentos recientes sobre política económica, es la de centrarse en el control de la inflación y no la de privilegiar el crecimiento económico. No parece que el Banco haya decidido expandir las magnitudes monetarias para lograr un descenso en la tasa de desocupación y, por tanto, un incremento de la tasa de crecimiento de la producción. Por el contrario, en la revisión de junio del 2013 de su programa original de enero del 2013, el Banco continúa insistiendo en conservar su meta de inflación anunciada a principios de año, de alrededor de un 5%, más o menos un punto porcentual. (Ver Banco Central de Costa Rica, Programa Macroeconómico 2013-2014, p. 25 y Banco Central de Costa Rica, Revisión Programa Macroeconómico 2013-2014, p. 26).

En ambos programas económicos sí se hace mención de la existencia de objetivos diversos establecidos en el artículo 2 de la Ley Orgánica del Banco Central, en cuanto a los

“… principales objetivos: i) continuar con la inflación dentro del rango meta establecido para este lapso (entre 4% y 6% interanual); ii) estimular la actividad económica que se ha desacelerado y; iii) velar por la estabilidad del sistema financiero, especialmente por los riesgos asociados a un creciente uso del financiamiento externo para atender la demanda de crédito en dólares. Lo anterior en cumplimiento de los objetivos prioritarios y subsidiarios asignados a la Institución en el artículo 2 de su Ley Orgánica.” (Banco Central de Costa Rica, Revisión Programa Macroeconómico 2013-2014, p. i).

En el programa monetario original del Banco para este año en ningún lado se lee que ampliará su política monetaria durante el 2013, a fin de recuperar el crecimiento económico, a pesar de que señala que,
“…se estima que el PIB crecería un 4,0% en el 2013 y el 2014, tasa inferior al promedio de los últimos tres años (4,8%).” (Banco Central de Costa Rica, Programa Macroeconómico 2013-2014, p. 19).

En resumen, no veo al Banco Central, al menos en lo que va de este año, haciendo un uso expansivo de la cantidad de dinero en circulación, con el propósito de reactivar el crecimiento de la economía nacional, aunque lo diga en su planteamiento de cumplir con el objetivo (en mi opinión contradictorio con el de lograr una inflación baja a la luz de lo expuesto en la crítica a la curva de Phillips) “…de estimular la actividad económica que se ha desacelerado,” que cité en la página anterior de ese comentario. Por el contrario, sí señala claramente el propósito de conducir la política monetaria acorde con el cumplimiento de la meta inflacionaria preestablecida, de un 5% más o menos un punto porcentual. Si se quiere ver de otra manera, lo que el Banco Central hace en sus programas macroeconómicos es mencionar la obligación que le impone el artículo 2 de su Ley Orgánica, pero sin señalar una política –tal como lo indicaría bajo la curva de Phillips keynesiana- de crecimiento monetario con el propósito de incrementar la producción. Pero sí es claro en cuanto al cumplimiento de su objetivo de contención de la inflación. 

Para terminar mi comentario, me referiré brevemente a la importancia que tiene otro tipo de políticas que faciliten un incremento de la producción real.

Friedman es muy claro en sus comentarios acerca de la limitación de la política monetaria para lograr en el largo plazo un aumento en la tasa de crecimiento real de la economía.  Señala que tan sólo transitoriamente es posible lograrlo, pues inicialmente el efecto del mayor impulso monetario se refleja en las cantidades producidas. Pero, luego lo es en los precios. Una vez que los participantes en el mercado laboral incorporan sus expectativas en torno a la inflación, los salarios reales vuelven a su posición original y, por lo tanto, se regresa a la tasa inicial de desempleo y de crecimiento real.  Señala que

“Lo que sucede con la cantidad producida (output) depende de factores reales: la empresa, la ingenuidad y los negocios de las personas, la extensión del ahorro, la estructura de los negocios y el gobierno, las relaciones entre las naciones, etcétera.” (Milton Friedman, The Counter-Revolution in Monetary Theory, Londres: Institute of Economic Affairs, 1970, p. 23, reimpreso en Lanny Ebenstein, ed., The Indispensable Milton Friedman, Washington D. C.: Regnery Publishing Inc., 2012, p. 184).

Abusando del “etcétera” del comentario de Friedman previo, me permito indicar, de acuerdo con el libro de James D. Gwartney y Richard L. Stroup, un análisis claro y sencillo de siete factores principales que inciden en el crecimiento de las economías. 

“1. La propiedad privada: Cuando la propiedad es privada la gente trabajará más duro y usará más sabiamente los recursos.
2. Libertad para intercambiar: Las políticas que reducen el volumen de intercambios retardan el progreso económico.
3. Los mercados competitivos: La competencia promueve el uso eficiente de recursos y brinda un estímulo continuo para mejoras innovadoras.
4. Un mercado de capitales eficiente: Para que una nación pueda llevar a cabo su potencial, debe tener un mecanismo que sea capaz de asignar el capital hacia proyectos creadores de riqueza.
5. La estabilidad monetaria: Las políticas monetarias inflacionarias distorsionan las señales que brindan los precios y subvierten una economía de mercado.
6. Tasas impositivas bajas: La gente producirá más cuando se les permite conservar más de lo que han ganado.
7. Libre comercio: Una nación puede ganar vendiendo bienes que puede producir a un costo relativamente bajo y utilizar esos ingresos para comprar cosas que puede producir tan sólo a un costo elevado.” (James D. Gwartney y Richard L. Stroup, What Everyone Should Know About Economics and Prosperity, Vancouver, Canadá: The Fraser Institute, 1993, p. 32).

No haré un desarrollo de estos temas, pues los autores citados lo hacen en su libro arriba mencionado y hacerlo aquí haría de este un comentario muy extenso.

Como se ha visto, una política monetaria expansiva no logra un aumento de la producción real en el largo plazo y si acaso transitoriamente. Pero surge la pregunta de, entonces, ¿qué puede hacer una política monetaria? Friedman tiene una opinión clara acerca de cómo la política monetaria tiene importantes efectos en las variables reales. 

Específicamente, Friedman señala como 

“…la primera y más importante lección que enseña la historia acerca de lo que la política monetaria puede hacer (y es una lección de la más profunda importancia) es que la política monetaria puede evitar que en sí el dinero sea una fuente importante de disturbios económicos.” (Milton Friedman, “The Role of Monetary Policy”, The American Economic Review, Vol. LVIII, No. 1, marzo de 1968, p. 12).

El ejemplo más claro de cómo una política monetaria inapropiada puede causar disturbios en la economía real, fue lo que sucedió durante la Gran Depresión de los años treinta, cuando el Banco Central de los Estados Unidos (Federal Reserve Board-FED) provocó una declinación de una tercera parte de la oferta monetaria, en medio de la más seria recesión en la historia estadounidense. Según Friedman, eso provocó que lo que podría haber sido una recesión, se convirtiera en una depresión. Esa mala política la documenta Friedman en su obra conjunta con Anna Schwartz. (Milton Friedman y Anna J. Schwartz, A  Monetary History of the United States, 1867-1960, New Jersey: Princeton University Press, 1963).

Friedman agrega que otra cosa que la política monetaria puede hacer es

“…proporcionar un trasfondo estable para la economía… Nuestro sistema económico trabajará lo mejor posible cuando los productores y consumidores, patrones y empleados, pueda asumir, con total confianza, que el nivel de precios promedio se comportará de una manera conocida en el futuro y, preferentemente, que será altamente estable.” (Milton Friedman, “The Role of Monetary Policy”, The American Economic Review, Vol. LVIII, No. 1, marzo de 1968, p. 13).

Para Friedman, la segunda función de la política monetaria consiste en brindar la cantidad necesaria de moneda para que la actividad productiva pueda llevarse a cabo adecuadamente. Pero enfatiza que deberá ser efectuado de forma tal que permita lograr la estabilidad de los precios. Eso es posible si se asegura un crecimiento automático de la cantidad de dinero. Señala que, para el caso de los Estados Unidos, su tasa de crecimiento debería de ser de un 4-5% anual, pero que la tasa deseable varía de país a país, en función de las tendencias de crecimiento de su producción y de las características de la demanda de dinero. Lo que Friedman tiene en mente es que el Banco Central no prosiga políticas monetarias discrecionales, que introduzcan incertidumbre en la economía. No sólo hace esta propuesta porque no hay una relación causal rígida, precisa, que va del dinero hacia el ingreso, sino también porque sería necesario conocer cómo es esa relación y que, además, el banco central compartiera ese conocimiento. Sería necesario conocer todos esos elementos, para que la política monetaria pueda servir como compensación de otras fuerzas que provocan inestabilidad en la economía. Como no existe una relación precisa –carencia de una correspondencia mecánica de uno a uno entre cambios en la cantidad de dinero y el ingreso, dice Friedman- lo mejor es que el Banco Central se sujete a reglas y no a la discrecionalidad, que daría lugar a incertidumbre e inestabilidad en la economía.

La tercera cosa que la política monetaria puede hacer, según Friedman, es
 
“…contribuir a compensar los principales disturbios en el sistema económico, procedentes de otras fuentes. Si hay una euforia secular independiente… la política monetaria puede ayudar, en principio, a mantenerla bajo control mediante un ritmo de crecimiento monetario más lento de lo que, de otro modo, sería deseable. Si, como ahora, un presupuesto federal explosivo amenaza con déficit sin precedentes, la política monetaria puede mantener bajo control cualquier peligro inflacionario, mediante un ritmo de crecimiento monetario más lento de lo que, de otra forma, sería deseable.” (Ibídem, p. 14.)

Sin embargo, Friedman sugiere una enorme cautela en el cumplimiento práctico de este último rol de la política monetaria, debido a que 

“…La experiencia no es muy alentadora en el sentido de que lo puede lograr, sin ir demasiado lejos… creo que el potencial de la política monetaria para compensar otras fuerzas que redunden en una estabilidad, es mucho más limitado de lo que comúnmente se cree.” (Ibídem, p. 14.)

Friedman enfatiza las fuertes limitaciones que hay para proseguir una política monetaria de afinamiento (fine-tunning), no sólo por las dificultades que hay para reconocer el grado o tamaño de los disturbios que se pretenden compensar, así como para establecer cuál es la política compensatoria que, sin cambios rudos o débiles, logre dicha compensación. Por ello sugiere que esta política se lleve a cabo tan sólo cuando haya disturbios  que constituyan “un peligro claro actual”. De otra manera, las oscilaciones de la política monetaria podrían más bien provocar disturbios o inestabilidad mayores e indeseables.

La conclusión general de Friedman es que

“Una tasa constante de crecimiento monetario a un nivel moderado puede proveer un marco de referencia bajo el cual un país puede tener inflación baja y mucho crecimiento. No producirá una estabilidad perfecta; no producirá el cielo aquí en la tierra; pero puede hacer una contribución importante para tener un sociedad económica estable.” (Milton Friedman, The Counter-Revolution in Monetary Theory, Londres: Institute of Economic Affairs, 1970, p. 28).

Uno puede divergir de Friedman en cuanto a una serie de detalles de su esquema monetarista.  Es más, con el paso del tiempo han ido surgiendo modelos mejor adaptados a la realidad que permiten, supuestamente, diseñar mejores políticas monetarias.  Pero creo que hay dos principios esenciales expuestos por Friedman que hoy son bastante aceptados.  El primero, que un aumento de la oferta de dinero, excepto en el corto plazo, es capaz de lograr un aumento de la producción.  Cuando ese incremento de la masa monetaria se refleja en un crecimiento de los precios, lo que se logrará es que, a esa mayor tasa de inflación, se llegue a la misma tasa de crecimiento real de la producción.

El segundo es que el dinero es muy importante.  La política monetaria es muy importante.  Un comportamiento mesurado y estable en la creación de medios de pagos por parte del Banco Central, es lo mejor posible ante oscilaciones reales que se suelen presentar en la economía. No estimular que esas oscilaciones sean mayores por una mala política monetaria, es un objetivo que debe proseguir un Banco Central y eso sí contribuiría, al disminuir la incertidumbre debido a un comportamiento discrecional del Banco Central. Esta certeza sí es un factor significativo para estimular el crecimiento real en la economía.

Jorge Corrales Quesada

martes, 27 de agosto de 2013

La columna de Carlos Federico Smith: comentarios sobre algunas políticas recientes del Banco Central

Deseo referirme a algunos aspectos de la política monetaria proseguida por el Banco Central en lo que va de este año. Ciertamente, voy a defender algunas de las acciones tomadas por el ente emisor, así como señalar mi desacuerdo con algunas otras.

A inicios de este año, el Banco Central enfrentaba una difícil coyuntura debido a dos hechos.  El primero es la fuerte entrada de fondos provenientes del exterior, muchos de ellos a corto plazo, lo cual se originó no sólo por la muy expansiva política monetaria seguida por el Banco de Reserva Federal de los Estados Unidos (FED), sino también por la existencia de tasas de interés domésticas muy elevadas. Acerca de las decisiones de la FED, el Banco Central de Costa Rica no puede hacer nada, pero las altas tasas de interés vigentes eran una creación del propio Banco Central. 

El segundo factor fue una clara subvaluación del colón, pues el Banco Central continuaba manteniendo el tipo de cambio en el límite inferior de la banda cambiaria, mientras los mercados claramente determinaban que, si el tipo de cambio se dejara fluctuar, el colón se apreciaría ante el dólar.  Esto se debía en mucho por las entradas de capital antes mencionadas, pero no exclusivamente por ellas. Además, debo agregar que había una fuerte presión política, principalmente del sector exportador, que se oponía a la posible revalorización del colón. Esa petición se extendió a otros grupos empresariales. También -muy importante- tuvo eco entre autoridades económicas del Poder Ejecutivo.

En resumen, a principios de año el Banco Central se encontraba en un zapato. Ello por la oposición política a una devaluación, en el marco de una fuerte entrada de capitales externos, tanto del llamado capital golondrina o de corto plazo, así como por un fuerte influjo de inversión extranjera directa hacia el país. El Banco Central se dio cuenta de que, para evitar la revaluación del colón, debía adquirir los dólares excedentes en el mercado doméstico. Pero eso se traducía en una fuerte emisión monetaria, lo cual amenazaba el cumplimiento de su función esencial, cual es el control de la inflación.

En estas circunstancias, el Banco Central tomó varias medidas a principios de año. Las más importantes fueron, primero, la de proponer un proyecto de ley que le permitiera restringir la entrada al país de los capitales de corto plazo. En segundo lugar, decidió restringir fuertemente la tasa de crecimiento del crédito interno y, en tercer lugar, provocar una reducción de las sobredimensionadas tasas internas de interés.

En mi opinión, la tercera de estas medidas es la que mejor resultado le ha dado a la política proseguida por el Banco Central, para enfrentar los problemas arriba expuestos.  Era correcta porque ante ella el inversionista externo de corto plazo no podía contar con rendimientos elevados y, a la vez, dada la política cambiaria del Banco, obtener las divisas para su repatriación a un tipo de cambio de hecho garantizado. Alguien podría agregar que a esa reducción en las tasas de interés puede haberse adicionado el efecto de la decisión de la FED, al haber anunciado que terminará, en cierto momento, con su expansiva política monetaria, lo cual significaría alzas futuras en las tasas de interés. De hecho esto ya ha empezado a observarse en la economía estadounidense, Pero el caso es que los influjos de capitales hacia Costa Rica han disminuido en fechas recientes.

Otra de las medidas que tomó el Banco Central fue promocionar un proyecto de ley en la Asamblea Legislativa, que le diera facultades para restringir, bajo ciertas circunstancias, la entrada al país de capitales de corto plazo. Este proyecto de ley, afortunadamente, no ha avanzado a la fecha en su aprobación legislativa. Digo “afortunadamente” porque el Banco Central ya dispone de suficientes instrumentos de política monetaria, sin que sea necesario darle la posibilidad de restringir el libre flujo de capitales.

El Banco Central ha aseverado que necesita ese proyecto de ley, pero sólo para utilizar sus medidas de control de capitales cuando el Banco así lo considere.  Pero una carte blanche como esa no puede ser tomada a la ligera.  Al estar vigente la posibilidad de que las autoridades bancarias lo pongan en práctica, más bien debe pensarse en si a un cuerpo administrativo se le debe dar atribuciones como esa.  Puede que, de pronto, el Banco Central decida ponerla en práctica por cualquier razón que se le ocurra. Eso es peligroso e inconveniente. 

Lo que parece estar sucediendo, es que se ha moderado el influjo de dólares proveniente de movimientos de capital de corto plazo. Es más, en medios internacionales ya hay amplias manifestaciones acerca de la posibilidad de que pronto, ante las próximas decisiones de la FED en cuanto a restringir su expansión monetaria, podría presentarse una salida de esos capitales de corto plazo hacia su principal nación de origen, como son los Estados Unidos. A la fecha, en los países conocidos como BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Suráfrica) el problema actual es más bien la repatriación de muchos de esos fondos de corto plazo, en vez de una indeseable excesiva entrada de capitales golondrina. Es de notar la decisión reciente del Banco Central de Brasil de lanzar a su economía una cantidad importante de sus elevadas reservas en dólares, como forma de aliviar la presión para una devaluación del real brasileño. Medida similar se está dando en el caso del Banco Central de la India.

La tercera medida que tomó el Banco Central a inicios de este año y vigente hasta mediados de éste, fue la de restringir el crédito bancario, tanto en colones como en dólares, para la economía nacional. El malestar que generó la medida, principalmente en sectores empresariales y, en particular, el financiero y que se reflejó en una velada crítica del Poder Ejecutivo a las decisiones tomadas a principios de año por el Banco Central, hizo que el ente emisor, en buena hora, decidiera echar para atrás en su decisión de restringir el crecimiento del crédito bancario. 

No se está abogando porque no haya un necesario control de la oferta monetaria, pero para eso hoy existen diversos instrumentos monetarios para lograrlo. Estas herramientas de que hoy dispone el Banco Central, son más eficientes que la medida de simplemente restringir el crédito, para reducir la cantidad de dinero circulando en la economía. Poner en práctica aquella restricción del crédito no sólo afecta el costo del financiamiento al sector productivo, el cual al momento pasa por un crecimiento tibio, sino que también la política monetaria deseable para un Banco Central se centra en el control de la base monetaria y no del crédito comercial que los bancos comerciales dan a sus clientes.

A mediados de año el Banco Central de Costa Rica decidió –afortunadamente, en mi opinión- eliminar sus restricciones al crédito antes referidas, pero, a la vez, hizo una advertencia muy importante y oportuna, que los bancos comerciales deben tener muy presente en su política crediticia.  Dada la evolución de la política de la FED, que en algún momento –tal vez muy pronto, antes de fin de año- va a pasar de una expansión elevadísima a una restricción monetaria, posiblemente tendrá un impacto significativo en la economía costarricense, al restringir los flujos de capital externo hacia el país (de corto y largo plazo). De darse se elevaría la posibilidad de que el colón se devalúe significativamente, en vez de su fortalecimiento actual e incluso del mantenimiento del tipo de cambio actual en el límite inferior de la banda cambiaria.

Tal devolución de los flujos de capitales podría poner en problemas a las carteras de los bancos comerciales denominadas en dólares, pues la revaluación de esta moneda tendría un impacto fuerte sobre aquellos deudores de préstamos en dólares y que, a la vez, no son generadores netos de divisas. La advertencia que ha hecho  el Banco Central de Costa Rica me parece que es sumamente apropiada, dado lo que ya está sucediendo en muchas naciones, que en los últimos tiempos han sido grandes receptoras de capitales de corto plazo, provenientes principalmente de las naciones industrializadas.

Ahora sólo cabe que el Banco Central reasuma su camino para cumplir con su objetivo esencial, cual es el control de la inflación. Pero sobre todo que tenga un comportamiento de la oferta monetaria moderado y estable, pues los vaivenes monetarios dan lugar a efectos negativos sobre la inversión privada y, por ende, sobre el empleo y el crecimiento económico en general. La incertidumbre siempre tiene consecuencias indeseables.

Jorge Corrales Quesada

martes, 30 de abril de 2013

La columna de Carlos Federico Smith: efecto en Costa Rica de la política monetaria reciente en los Estados Unidos

Como parte de la política económica proseguida por la administración Obama, a fin de recuperar su economía de la recesión iniciada en el 2008, el gobierno siguió una política fiscal caracterizada por un excesivo gasto público, superior a las recaudaciones impositivas. Esto ha dado lugar a los reconocidos elevados déficits, que, en opinión de un economista keynesiano, es la política económica deseable en presencia de una recesión.  Sin embargo, los resultados obtenidos en la tasa de crecimiento de la economía de esa nación no parecen haber sido muy fructíferos y, más bien, notable es el incremento enorme de la deuda pública estadounidense, en mucho ocasionado por esos déficits mencionados.

La otra parte de la política económica de Obama en estos años, ha sido una muy importante expansión monetaria, que también forma parte del credo de algunos economistas, a fin de restaurar el crecimiento de la economía en recesión.  Esto ha llevado a que el Banco Central de los Estados Unidos (la FED) prosiga una reducción de las tasas de interés, para acomodar esa política monetaria expansiva, que incluso por mucho tiempo se han aproximado a tasas de cero. Es decir, que el costo del dinero de la FED es casi inexistente. Se considera que así las entidades que acuden a pedir prestado dinero a la FED, básicamente los bancos, podrían prestar a empresas a tasas de interés sumamente bajas, de forma que con ello se impulsa la inversión y, por ende, el crecimiento y el empleo.

El problema con esto último es que los bancos y las empresas en un alto grado han mantenido esos saldos monetarios sin prestarlos o bien los han colocado en bolsas de valores. Esto se ha reflejado en balances sumamente líquidos de esas entidades, pero con un menor grado de colocación de créditos al sector privado productivo que el posiblemente requerido y así lograr el crecimiento económico que se busca. Mucha del alza del indicador Dow Jones de la Bolsa de Valores de Nueva York se podría explicar por este fenómeno.

Ese exceso de liquidez en la economía estadounidense no era posible contenerlo en un recipiente llamado “economía estadounidense”, sino que se ha dirigido más allá de sus fronteras.  Esto posiblemente formaba parte del cálculo de las autoridades bancarias estadounidenses, pues una mayor oferta de dólares en el mercado internacional con respecto al crecimiento más moderado de otras monedas locales de naciones con las cuales Estados Unidos realiza su comercio internacional, provocaría que el dólar se devaluara vis a vis esas otras monedas. O, lo que es lo mismo, que esas otras monedas se revaluaran en comparación con el dólar estadounidense.

Estas redefiniciones de los valores internacionales de las monedas tendría como impacto importante un aumento en las exportaciones de los Estados Unidos y una disminución de sus importaciones, todo lo demás constante. Claro que era parte de lo que la administración Obama buscaba obtener, a fin de relanzar un crecimiento insípido de su economía doméstica.  Se supone que una mayor demanda de la producción estadounidense, incluida de la parte internacional, según se señaló, se traduciría en un incentivo para aumentar la inversión y recuperar su capacidad ociosa domésticas. Así se lograría salir de la recesión.

Mucho de esto está por verse, pues cinco años después de que la administración Obama se matriculó con ese expansionismo Keynesiano, la economía estadounidense crece relativamente muy poco.
En Costa Rica sí hemos tenido un impacto preocupante de esa expansión monetaria de los Estados Unidos, que, aunada a factores propios nuestros, ha impulsado una revaluación del colón de casi un 25%, en estos 5 años de la administración Obama.

Era de esperar que la abundancia de fondos baratos en Estados Unidos fluyera a diversas naciones, en las cuales los rendimientos pagados fueran superiores (tomando en cuenta los riesgos propios de cada país) a los que se lograrían en aquel país. Costa Rica, al igual que muchas otras naciones, reunía esos requisitos y los llamados “capitales golondrina” se dirigieron aquí a hacer su nido. Además, una creciente inversión extranjera directa en nuestro país se hizo beneficiaria de la disponibilidad de fondos de inversión baratos en su país de origen, los Estados Unidos. Todo esto contribuyó a que en estos cinco años el país haya tenido una entrada fuerte de dólares, a pesar de la situación recesiva del mundo como un todo.

Pero el problema no sólo le llegó a Costa Rica, sino que también se lo buscó. Y posiblemente al principio de la situación, cuando en el mundo cundía el pánico financiero, Costa Rica vio con muy buenos ojos la posibilidad de sortear mejor las aguas procelosas de la recesión, incluso mejor a como lo podían hacer los Estados Unidos. La caída inicial en la inversión extranjera directa fue compensada por su propia recuperación y por la inversión de fondos de corto plazo en nuestro sistema bancario. Esto llegó a un grado tal que el Banco Central se dio cuenta de que no podía seguir comprando cuanto dólar entraba al país, sin que se generaran problemas de conducción monetaria. Concretamente, a fin de mantener el tipo de cambio del colón con respecto al dólar, que ya se situaba en el límite inferior de su banda cambiaria, el Banco Central emitía colones en exceso, a fin de poder comprar los muchos dólares que estaban entrando al país. Esta expansión monetaria era una inflación a la segura.

Para retirar ese exceso de colones que así estaba echando el Banco Central a la calle, fue necesario ver cómo lograba disminuir esa presión. Para disminuir la oferta de colones, el Banco Central tuvo que vender documentos (sus bonos, por ejemplo), claro que pagando más y más por ello.  Esto es, teniendo que pagar mayores intereses.

Todo esto el Banco Central lo hizo para que el tipo de cambio del colón con respecto al dólar no se revaluara. Esa medida decidió no tomarla y para ello mantuvo el piso de su banda cambiaria. Sin embargo, los mayores intereses del mercado costarricense y la garantía de que el valor del dólar en colones no iba a variar, estimuló un los últimos años una fuerte entrada de dólares al país.

El Banco Central ha venido impulsando una reducción conveniente de las altas tasas reales de interés previas e incluso envió un proyecto a la Asamblea Legislativa para limitar los rendimientos de los capitales golondrina (que tal vez posiblemente no logre nada o muy poco, dada la eficiencia con que se mueven esos fondos). Pero siempre tendremos la presión de esa abundancia de dólares en los mercados internacionales, que de alguna manera acudirán a nuestro país, incluso como inversión extranjera directa. Este es el resultado de una abundancia de oferta del dólar en el mundo, que incluso ha perdido mucho de su prestigio para ser usado como moneda universal de cambio, debido a la pérdida eventual de su valor mediante la inflación, cuando estalle esta burbuja creada por el Banco Central estadounidense. Pero también existirá presión por la idea de que el tipo de cambio del colón con respecto al dólar es intocable, según sostiene hoy nuestro Banco Central.

En todo caso, demos una respetuosa bienvenida al país al Presidente Obama, como debemos hacerlo con cualquier otro invitado a nuestra nación.

Jorge Corrales Quesada

jueves, 14 de marzo de 2013

Jumanji empresarial: enfrentar la realidad YA (Parte I)

Para los objetivistas, la realidad no permite contradicciones: las cosas son o no son. Por ejemplo, si uno camina hacia un precipicio, no importa cuánto crea uno que ese precipicio no existe, siempre caerá en él. Esto también es así en la realidad económica. No importa cuánto nos engañemos de que podemos seguir caminando hacia el precipicio sin caer, con más deuda, más gasto corriente, más inflación, más regulación, más coerción fiscal y más intervención estatal generalizada, siempre terminaremos cayendo al precipicio. Solo es una cuestión de tiempo. 

Pero, dado que la arrogancia de la propia certeza y la obsesión de evadir la realidad son la característica de los gobiernos intervencionistas, es poco probable que nuestros líderes políticos logren ver la realidad antes de que todos caigamos al precipicio.

Resumo las ideas de Murray Rothbard sobre la intervención estatal: los déficits y la deuda creciente se han convertido en una carga intolerable sobre la sociedad y la economía porque aumentan la incertidumbre y la carga de impuestos en el futuro y drenan los recursos disponibles para el sector productivo con el fin de entregárselos al sector parasitario improductivo del sector público.
Además, cuando los déficits son financiados por medio de la expansión crediticia -o sea, creando dinero de la nada- es aún peor, dado que la inflación crediticia genera inflación de precios permanente, así como burbujas impredecibles en sectores ya saturados.

Tamaño círculo vicioso es tan real ahora como lo fue hace 30 años; y sin embargo, economistas en puestos de poder como el actual presidente del BCCR, Rodrigo Bolaños, siguen sin aceptar la realidad tal y como se nos presenta. Así nos lo deja ver el propio Bolaños cuando dice, ante las cifras recientes del IPC: “Los factores que acicatearon el crecimiento en el IPC serían transitorios y los indicadores de inflación a más largo plazo todavía se ubican dentro del rango meta de la Autoridad Monetaria”. Pero esta meta, que tanto cita la autoridad monetaria, no toma en cuenta el carácter impredecible del inicio de un ciclo inflacionario, cuando la intervención del Banco Central, aparte de ampliar la masa monetaria de manera progresiva, también ha generado incertidumbre, lo que hace que los empresarios busquen mayores ganancias con menos inversión para contrarrestar una inflación futura, acentuando de tal manera el círculo vicioso.

La economía se mueve gracias a la inversión creativa, así como la innovación que logra vencer la ley de retornos decrecientes y funda el proceso de capitalización que se logra con estabilidad económica. Pero, cuando por intervención del Estado, el capital de riesgo se convierte en "capital sin riesgo" (especulativo) y la economía se descapitaliza por culpa del gasto improductivo estatal, entonces es cuando vemos que la inflación aumenta y la pobreza florece como una mala siembra

Por esta razón, si el gobierno no impulsa medidas que promuevan la inversión y el empleo lo antes posible, bajando los costos de transacción de empresarios y consumidores, lo que podríamos forjar en un futuro cercano es un estancamiento con inflación, desde ya empobrecedor, por añadidura las condiciones del ambiente más propicio para la especulación desenfrenada.

Ya no se trata de interpretaciones, sino de algo muy simple: admitir una realidad que grita y a los cuatro vientos.

Andrés Pozuelo Arce

jueves, 23 de agosto de 2012

Jumanji empresarial: las tres oraciones

Oración al Estado:

¡Oh, Dios Estado todopoderoso, que tienes dominio sobre todo lo que está a tu alcance! Solo tú eres sabio, solo tú puedes saciar nuestras ansias de ser sometidos a un orden y control que solo tú puedes dar. ¡Oh, Dios Estado, permítenos comprender que solo bajo tus leyes coercitivas y tu potestad de coacción, podremos los malvados seres humanos vivir en colectividad y olvidarnos de nuestros oscuros deseos individualistas!

Oración a los Santos Reguladores:

¡Oh, Sabios Santos Reguladores, que estáis libres de todo pecado y que habéis obtenido el poder y la sabiduría del Gran Dios Estado para determinar los límites de nuestras acciones y a la vez, en esta sagrada tarea, seleccionar a aquellos a quienes has escogido para recibir los beneficios de tu santo manto protector, excluyendo a las  sumisas criaturas que tendrán que conformarse con las migajas que felizmente recibirán después del manjar de los escogidos! ¡Santos Reguladores, tened piedad de nosotros los inocentes consumidores! 

Oración a los Bancos Centrales:

¡Oh, Gran Dios creador del dinero, tú que tienes el poder y la sabiduría de imprimir billetes de la nada, cólmanos con tu tierno papel para que, basados en la ilusión de riqueza, podamos satisfacer nuestra sed de consumo improductivo y olvidarnos así de la pérdida de valor de todo aquello que hemos acumulado y del trabajo que realizamos para sobrevivir!

Andrés Pozuelo Arce

martes, 10 de julio de 2012

La columna de Carlos Federico Smith: matizando la situación económica actual

A mitad de este año, me complace observar datos que indican un mayor crecimiento de la economía nacional, que el que previamente anticipé en el marco de la discusión nacional, acerca de la imposición de mayores impuestos. De acuerdo con el indicador denominado IMAE y que publica el Banco Central, a marzo del 2012 el crecimiento del primer trimestre de este año es de 6.8% anual, en comparación con el del año anterior. Como se ha indicado en otras informaciones públicas, el mayor crecimiento se ha dado en las exportaciones, que lo han hecho en cerca de un 13%, a mayo de este año. El crecimiento de las exportaciones de zona franca (las cuales son más o menos la mitad del total del país) fue de más de un 17%, en el primer cuatrimestre de este año. El crecimiento de la actividad productiva doméstica, si bien muestra signos de una mejora con respecto al año anterior, posiblemente esté creciendo a un tercio de las anteriores; esto es, alrededor de un 5%.

Dos factores creo son los que han impulsado este mayor crecimiento de la economía. Por una parte, la no aprobación del paquete tributario a fines del año pasado en la Asamblea Legislativa, provocó un alivio a la enorme incertidumbre que en esos momentos rodeaba a los sectores productivos del país. Esto explicaría el mayor crecimiento de la producción doméstica destinada al consumo local en comparación con el año previo, si bien sería relativamente moderado. También la anulación tributaria podría explicar, al menos en parte, el porqué del mayor crecimiento de la exportación de zonas francas, que en cierto momento de la discusión vieron amenazado su tratamiento tributario relativamente favorable, en comparación con el resto de la producción doméstica.
 
El segundo factor, y de gran importancia para la producción interna, es la mejora relativa, aunque si bien pequeña, de la economía estadounidense, la cual ha impulsado nuestras exportaciones, principalmente de zonas francas, tal como se indicó.
 
No parece haber algún otro factor adicional que explique la mejora relativa en el crecimiento reciente de nuestra producción interna, diferente de la derivada de la mayor demanda externa proveniente principalmente de los Estados Unidos y de la eliminación de la fuerte amenaza tributaria, que a fines del año pasado pendía sobre la economía nacional.
 
Antes que algún columnista de turno lance sus campanas al vuelo (¡ya lo han hecho!), hay dos factores que actualmente gravitan sobre nuestra economía, que podrían frenar dicho crecimiento económico, a mediano plazo antes que de inmediato, y que, por tanto, nos obligan a valorar una serie de posibles acciones económicas que deberán de tomarse para prevenir ciertos efectos negativos sobre nuestra producción y empleo.
 
El primero es la grave situación actual de gran parte de Europa, debido al desorden fiscal de ciertas naciones que han pretendido seguir políticas de gasto público sin freno y utilizar cuanto endeudamiento esté asequible para reafirmarlas, una vez que casi se han extinguido sus potenciales fuentes tributarias domésticas. El resultado es que naciones como Grecia, Portugal, Chipre, España, entre otras por venir, han visto cómo se han disparado sus costos de endeudamiento en los mercados internacionales, dando lugar a situaciones imposibles de solucionar mediante endeudamiento adicional. Esto ha provocado que esos países ahora pretendan obtener préstamos o líneas de crédito de otros países de la Unión Europea, que han seguido un mayor orden en sus finanzas públicas, como Alemania, Holanda, Austria, entre otros pocos. El problema que enfrenta aquel primer grupo de naciones, es que las naciones europeas fiscalmente más disciplinadas, se rehúsan a seguir financiando ese excesivo gasto público.
 
Esta crisis de Europa ya se refleja en un menor crecimiento de sus naciones, tanto de las endeudadas como las solventes, lo cual se traduce en un descenso de sus demandas de bienes y servicios en los mercados internacionales (entre ellas de nuestras exportaciones) y esto podría provocar algún grado de enfriamiento en el crecimiento de la producción nacional. Experiencias pasadas parecen indicar que, lo que hoy sufre la Comunidad Económica Europea en sus posibilidades de crecimiento, se habrá de reflejar en sus actividades financieras y bancarias, por lo que tal vez resulte prudente reforzar nuestras reservas internacionales y las posiciones de nuestro sistema financiero, a fin de hacerle frente, si fuera posible, a algún fuerte embate económico proveniente de la situación europea señalada.
 
El segundo elemento que actualmente debemos tener muy presente es que, si bien ha habido alguna mejora en los ingresos fiscales y se han tomado pasos positivos en cuanto a moderar el crecimiento del gasto gubernamental, el problema está aun latente. En vez de que se tomen decisiones difíciles que pongan orden en ese exceso de gasto gubernamental por encima de sus ingresos, las medidas –que me recuerdan las naciones endeudas hasta el alma en Europa- no son suficientes como para traer cierto grado de tranquilidad acerca de nuestra estabilidad económica en el mediano plazo.
 
Se ha buscado, por parte de nuestras autoridades monetarias y fiscales, ante la necesidad de recursos del gobierno central, que en vez de acudir al endeudamiento interno se haga en los mercados internacionales, dado que su costo en el mercado doméstico es mucho más elevado que en los internacionales, incluso tomando en cuenta la inflación interna. Esta política de “switch” de deudas es, en la actualidad, totalmente lógica de llevar a cabo, pero, como sucede con casi todo en economía, tiene efectos que deben ser tomados en cuenta. 
 
El primero es, asumiendo que el diferencial de costos actuales de ambas formas de endeudamiento es real y no producto de distorsiones internas, que la entrada de divisas a la economía nacional, por ese simple hecho y asumiendo que sea en una magnitud significativa, tendrá efectos sobre el tipo de cambio. La mayor oferta de dólares en el mercado nacional deberá provocar una depreciación de esa moneda con respecto al colón. Sabemos que un problema delicado que sufre nuestra economía es la revaluación del colón, en mucho provocada por la emisión monetaria desenfrenada por parte del Banco de Reserva Federal de los Estados Unidos. Pero también hay factores internos que estimulan artificiosamente ese ingreso tan elevado de dólares, como es la política de intereses proseguida últimamente por el Banco Central.  Como castigo –así lo vislumbran algunos- por la no aprobación del paquete tributario o por necesidades de financiamiento del gobierno por medio del Ministerio de Hacienda, que a tasas menores que las hoy estimuladas por el Banco Central no ha podido llenar sus necesidades en el mercado interno, lo cierto es que las tasas internas exceden sustancialmente a la tasa de inflación (aproximadamente 10% y 5% respectivamente). Así las tasas reales de un 5% resultan ser muy elevadas con respecto a la generalidad de las tasas internacionales relevantes e históricamente las de Costa Rica. Tasas reales tan altas son un aliciente para el ingreso de capitales extranjeros al país y ello puede estar incidiendo en esa revaluación del colón (además de un proteccionismo aun vigente para importantes sectores de la economía, que, bajo un régimen de libre comercio sin protección, implica tipos de cambio de equilibrio mayores al actual).
 
Un aumento en el costo del colón con respecto al dólar, encarece el costo de las exportaciones nacionales, con lo cual es de esperarse que podrían estar llegando al límite lo que ha sido el esfuerzo del sector exportador por aumentar su productividad y la utilización de políticas internas de precios por parte de empresas extranjeras dedicadas a la producción para la exportación, durante el período de apreciación del colón de los últimos años. Así, nuestra exportación perdería su competitividad.  Si el sector externo es la máquina que actualmente impulsa el tren del crecimiento nacional, es de esperar que, con una apreciación mayor del colón, pierda algo de su impulso y la economía retrocedería en sus tasas de crecimiento.
 
El Banco Central, con ese mayor influjo de divisas producto de la colocación de deuda en el exterior, podría decidir aumentar sus reservas internacionales (posiblemente deseable ante la incertidumbre proveniente de Europa). Pero dicho acrecentamiento posiblemente se reflejaría en una mayor inflación interna, la cual podría considerarse como indeseable. El efecto sobre los precios estaría en función de la magnitud de dólares que se cambiarían a colones por parte del Ministerio de Hacienda y de la decisión del Banco Central de colocar bonos para retirar lo que pueda percibir como un exceso de colones en la economía, lo cual a su vez tendería que las tasas de interés aumenten.  Se presenta una disyuntiva entre inflación y mayores tasas de interés. En mi opinión, las tasas de interés reales tan elevadas hoy existentes permiten aumentar ligeramente la inflación interna, sin que se presenten tasas nominales de interés negativas, a la vez que se frena ese estímulo para el ingreso de capitales del exterior, que de una u otra manera se está reflejando en la abundancia de dólares en el país.
 
Pero todas estas medidas monetarias y de “switch” en la deuda nacional (más externa y menos interna) no son soluciones al verdadero problema de la economía, de un exceso de gasto público sobre los ingresos fiscales. Hemos así llegado a la raíz del cacho: en tanto no se reduzca ese excesivo gasto gubernamental y dado el repudio de los costarricenses por un aumento en los tributos, es muy poco lo que se puede lograr en cuanto a la estabilidad de nuestra economía. Se trata de escoger entre dos males: mayor inflación o mayores tasas de interés y su efecto negativo sobre la producción, en cuanto no se logre poner freno al crecimiento del gasto estatal. Pienso que lo menos problemático, dada la coyuntura actual, es permitir un ligero aumento de la inflación proyectada por el Banco Central. Todo por no querer reducir significativamente el gasto estatal. ¡Ah, tampoco olviden que ese préstamo luego tendremos que pagarlo todos los costarricenses!

Jorge Corrales Quesada

martes, 14 de junio de 2011

La columna de Carlos Federico Smith: de nuevo con la Curva de Phillips


Los economistas solemos referirnos a la Curva de Phillips para dar a conocer una supuesta relación inversa entre la inflación y el desempleo. Esto es, a la idea de que un desempleo alto se encuentra asociado con una inflación baja y que una inflación alta, lo está con una desocupación baja. Esa supuesta regularidad empírica es lo que se conoce como Curva de Phillips, nombrada así por un economista inglés de mediados del siglo pasado.

Por muchos años hubo economistas quienes, basados en la Curva de Phillips, señalaron que, ante un desempleo considerado alto por las autoridades económicas, se podría optar por inflar la economía (esto es, una mayor inflación) a fin de reducir la desocupación. Muchos de los encargados de definir las políticas económicas de los países si vieron enfrentados a escoger entre dos males: la inflación y el desempleo. La decisión usual fue preferir lo que consideraron como el menos malo (¡no me refiero a ningún candidato político!). Mucha de esa escogencia fue simplemente el resultado de un cálculo político: los votantes desocupados suelen votar en contra del gobierno por no generar suficientes empleos, en tanto que la inflación muy a menudo es atribuida a cualquier cosa menos a la emisión excesiva de los bancos centrales de los países, con lo cual los gobiernos de turno se lavan las manos por su responsabilidad inflacionaria.

Con este panorama enfrente, quedó servido el menú para los políticos y economistas. Debían escoger lo que consideraban era lo menos malo y, si elegían a la inflación como su preferida (supuestamente asociada con un desempleo más bajo) siempre podrían echarle los muertos de ese mal a algún otro personaje distintos de sus bancos centrales, personajes que han desfilado en distintos capítulos de la historia económica de diversos países, como es el caso de los árabes, los petroleros, el mal clima, las malas cosechas, la extinción de anchovetas en el Océano Pacífico peruano o lo que fuere.

Ejemplo de los problemas que se derivan de utilizar la Curva de Phillips para el manejo económico de los países, lo vivimos aquí cerquita: en la administración Carazo, en ocasión del discurso presidencial de don Rodrigo ante la Asamblea Legislativa el 1 de mayo de 1982, se nos dijo lo siguiente: puesto “a escoger ante la ausencia de acción legislativa, entre la inflación y el desempleo, se escogió entre ambos males el menor, la inflación y la paz social se ha mantenido, esto indica que la decisión fue acertada”. Pero la verdad ¡tristemente! se evidenció luego. El país terminó en ese año con una inflación enorme y el mayor desempleo de los últimos tiempos. La decepción de los ciudadanos fue evidente: terminamos con mayor inflación y mayor desempleo; no era cierto que se podía escoger una mayor inflación para bajar el desempleo, como nos lo decían los seguidores de la curva de Phillips.

Este panorama no sólo se presentó en Costa Rica. Algo similar sucedió con la Administración Carter en Estados Unidos, país en el cual se tuvo simultáneamente una de la mayores tasas de desempleo (un 7%) con una de la más elevadas tasas de inflación (13.5%). Se concluyó con en una economía en que había una simultaneidad del desempleo y la inflación, cuando se aseveraba que se podía optar entre esos dos males.

Los políticos de entonces ya habían empezado a descubrir la verdad. James Callaghan, Primer Ministro inglés, en un discurso que pronunció en setiembre de 1976 en la conferencia de su Partido Laborista, dijo: “Solíamos pensar que se podía pagar la salida de un depresión e incrementar el desempleo, reduciendo los impuestos y aumentando el gasto público. Les digo con todo el candor que esa opción ya no existe y que si existió alguna vez, sólo trabajó inyectando una dosis mayor de inflación en la economía, seguida por un nivel más alto de desempleo. Esa es la historia de los últimos veinte años.” Se acabó así el cuento de que altas tasas de inflación estaban asociadas con bajas tasas de desempleo y que bajas tasas de inflación estaban ligadas con altas tasas de desempleo.

Un importante teórico monetario, Milton Friedman, en su discurso en ocasión de recibir el Premio Nobel en Economía, en Estocolmo, Suecia, el 13 de diciembre de 1976, le dio el golpe de gracia a los proponentes de la Curva de Phillips, cuando señaló que, “desafortunadamente para esta hipótesis, la evidencia adicional fracasó en conformarse con ellas (que existía una elección y una opción apropiada entre inflación y desempleo). Más importante, la tasa de inflación, que parecía ser consistente con un nivel específico de desempleo, no permaneció fija… tasas de inflación que previamente habían sido asociadas con bajos niveles de desempleo, fueron experimentadas junto con altos niveles de desempleo. El fenómeno de la simultaneidad de alta inflación y alto desempleo se impuso por él mismo en las noticias profesionales y públicas, recibiendo el triste nombre de ‘estanflación’.” (El paréntesis es mío)

Pero a veces parece que cuesta que las malas ideas mueran del todo. Esto es frecuente en la historia del pensamiento económico, en donde cosas que se han demostrado como incorrectas, renacen de pronto con renovado vigor, hasta que una vez más se muestre que están equivocadas. La vigencia de la llamada curva de Phillips y que se apele a ella para la prosecución de políticas monetarias expansionistas en Costa Rica son parte de esa resistencia a la desaparición de las malas ideas. Se ha vuelto a señalar que, ante las actuales circunstancias de la economía costarricense, “con metas de inflación flexibles… el Banco Central anda buscando dos cosas: una meta de inflación pero anda buscando también algo que tiene que ver con producción y empleo.”

El punto clave es si es posible para el Banco Central lograr como meta una reducción del desempleo (también definido como un estímulo para aumentar la producción) aunque para lograrlo tenga que sacrificar su objetivo de una tasa de inflación baja. La propuesta antes indicada lo que nos dice es que es posible que el Banco Central de Costa Rica sacrifique un poco su meta de una baja inflación para lograr con ello una meta de un mayor empleo y crecimiento económico, como si eso fuera posible.

Me atrevo a vaticinar que una “apertura de piernas” del Banco Central en cuanto a su meta de una baja inflación; esto es, que aumente la emisión monetaria, sólo dará campo para que le metan un “golazo entre-piernado”, porque de las cosas más difíciles de echar para atrás –lo pueden confirmar muchísimos banqueros centrales- es que, una vez que se abren las compuertas para la inflación, se puedan cerrar fácil e indoloramente.

Alguien podría tener en mente provocar que haya una “inflacioncita”, chiquitica, como para que con ella se estimule el crecimiento sin que crezcan mucho los precios –algo así como echarle una engañadita a los ticos- pero no creo que tal arte, más propio de taumaturgos, pueda tener éxito, porque los agentes económicos suelen incorporar en sus decisiones las expectativas inflacionarias originadas en las decisiones del Banco Central. Rápidamente los mercados detectarían el carácter inflacionario de las nuevas medidas del Banco Central y con base en ellas ajustarían sus expectativas ante el crecimiento futuro de los precios, abortando el esfuerzo del Banco por engañarlos con ilusiones monetarias.

Dado lo anterior, terminaremos con algo más de inflación (aunque sea chiquitica, que me imagino es lo que tiene en mente el proponente), pero sin que se dé por ello un aumento en la producción real de la economía (y una caída en la desocupación). Ciertamente podría ser que, por alguna otra razón, tal vez un fuerte incremento en la demanda externa de nuestra producción, se presente un alza en la actividad productiva doméstica, pero es por dicha razón que se logra ese objetivo deseable, pero no a causa de una expansión monetaria. De no ser por un factor positivo externo o algo similar a éste, se podría creer que algún sabio banquero central habría encontrado una especie de piedra filosofal económica: Que era posible expandir la producción simplemente emitiendo más dinero y eso, que yo sepa, no se ha visto en ningún lado hasta el momento. Puede verse, por ejemplo, lo que está sucediendo con la enorme expansión monetaria en los Estados Unidos, en donde el desempleo no disminuye, la producción crece muy, pero muy, lentamente y posiblemente en cierto momento el problema inflacionario se tornará presente.

Jorge Corrales Quesada

jueves, 25 de febrero de 2010

¿Soberanía de los gobernantes o de los individuos?


A raíz del debate sobre dolarización que acompañó a mis dos comentarios previos, salió a relucir una discusión muy interesante sobre el tema de la soberanía. Una de las objeciones válidas (hasta cierto punto) a dolarizar la economía es la pérdida de la llamada soberanía monetaria, es decir, la capacidad que tiene nuestro Banco Central de adecuar las políticas monetarias a la realidad económica nacional, en lugar de dejarlas a la mano de la Reserva Federal en Washington. Pero, en realidad, nuestra cacareada soberanía monetaria es en la práctica casi que una quimera dado el alto nivel de dolarización de la economía y el hecho de que tengamos una cuenta de capital abierta, lo cual limita severamente el margen de maniobra del Banco Central.

Sin embargo, quiero retomar la discusión filosófica sobre el concepto de soberanía inherente en éste y otros debates similares, como el que tuvimos con el TLC con Estados Unidos.

En el siglo XIX, un gran liberal francés, Benjamint Constant, brindó una conferencia titulada “Sobre la libertad de los antiguos comparada con la de los modernos". En ella, Constant marcó la diferencia entre los dos conceptos de libertad que caracterizaban el debate político en la Grecia Antigua y en los tiempos modernos (en ese entonces siglo XIX). Constant indicó que en las polis griegas, la libertad implicaba la capacidad de los hombres libres (una minoría) de participar en los debates públicos y votaciones democráticas con las que se regían dichas entidades. Era la libertad de los hombres de gobernar sus propios estados sin estar sometidos a un monarca o pueblo extranjero. Sin embargo, la libertad de los antiguos, como Constant la describió, era muy diferente a la libertad de los modernos. Los griegos tenían esclavos después de todo, y la libertad de los pueblos podía desembocar en la aniquilación del individuo y en la instalación de tiranías como la de Esparta. “Hace del individuo un esclavo de tal forma que los pueblos sean libres”.

Constant la comparó con la libertad de los modernos, que es la capacidad de un individuo de vivir su propia vida de la mejor manera siempre y cuando respetara los mismos derechos de los demás. Dicho concepto versaba en el individuo, a diferencia del colectivo (llámese patria, polis, pueblo, nación, etc.).

Casi 200 años después de que Benjamin Constant hiciera dicha distinción, en nuestro país, y en muchos otros, sale a relucir una y otra vez la discusión sobre soberanía y libertad. Veámoslo en el tema del TLC con Estados Unidos. En la campaña sobre el referéndum del 2007, los opositores cargaban contra el acuerdo ya que éste pisoteaba nuestra soberanía. La interrogante es, ¿la soberanía de quién? ¿La de los gobernantes de decidir por los demás qué compañía de teléfonos podemos usar o a quién le podemos comprar pollo? Pues sí, esa soberanía se veía limitada por el TLC. ¿Pero qué hay de la soberanía del individuo de poder tomar esas decisiones por sí mismo? El TLC, con todos sus defectos, ampliaba dicha soberanía.

De igual forma, cuando hablamos de “soberanía monetaria” estamos hablando de la soberanía de un puñado de economistas (junta directiva del Banco Central) de decidir las condiciones y el valor de la moneda que usamos de manera obligatoria. Varias objecciones se vienen a la mente, desde las propias de la escuela austriaca (¿cuéntan estos economistas con toda la información económica necesaria para tomar decisiones acertadas?) hasta las de la escuela de Public Choice (¿defenderá esta junta directiva, nombrada por políticos, el supuesto interés común de los costarricenses o impulsará los intereses particulares de grupos de presión?). Pero el tema de la soberanía radica en que los individuos deberían tener la libertad de escoger la moneda que más les conviene. En este sentido, aún mejor que dolarizar, sería permitir que todas las divisas tengan poder liberatorio en Costa Rica, de tal forma que las personas escojan la moneda que prefieren a la hora de hacer sus transacciones económicas (en la medida que eso se permite en Costa Rica, ya la gente escogió el dólar).

De tal forma, podemos hablar de una sobería de los gobernantes y una soberanía de los individuos. Los matices varían. La tiranía de los Castro apela a la “soberanía del pueblo cubano” para mantener una prisión al aire libre en Cuba. Es la soberanía de los Castro, no de los cubanos. De igual forma (aunque guardando dramáticamente las distancias), la soberanía monetaria es la soberanía de la Junta Directiva del Banco Central (con nombres y apellidos) y no de los costarricenses.

Cuando se trata de cualquier debate político, prefiero la soberanía de los individuos sobre la soberanía de los gobernantes.

Juan Carlos Hidalgo

miércoles, 30 de septiembre de 2009

Política Económica del "NO"


Los encargados del manejo de la política económica de la presente administración han ejecutado, de manera impecable, la política económica del “No”.

Esta consiste en evitar activamente la discusión abierta y seria de propuestas de política económica distintas a las preferidas por el Banco Central de Costa Rica (BCCR) y el Ministerio de Hacienda (MH), simplemente diciendo “No”, sin presentar argumentos válidos o justificaciones.

Ese tipo de comportamiento, por parte de las principales autoridades del BCCR y del MH resulta inaceptable. Los presidentes del BCCR y los ministros de Hacienda deberían sentirse obligados a rendir cuentas por sus acciones (en el BCCR) y omisiones (en el MH). También, deben estar en capacidad de explicar y justificar el porqué de las medidas.

Lamentablemente, en esas organizaciones la toma de decisiones de manera antojadiza—muchas veces sin fundamento técnico que las sustente—se convirtió en una práctica común y quienes deberían dar la cara ante el público prefieren esconderla.

Los serios errores cometidos en política monetaria, cambiaria, tasas de interés y en el manejo de las finanzas públicas han perjudicado la competitividad y el atractivo del país como destino para hacer negocios. Hacia futuro, las políticas vigentes representan un serio obstáculo para la reactivación económica requerida para que logremos salir de la crisis en Costa Rica.

La política económica del “No” es un fenómeno bien documentado, particularmente durante los últimos dos años.

“No” a la dolarización, a pesar de que el experimento con las bandas cambiarias ha sido un rotundo fracaso y la posibilidad real de que avanzar hacia la flotación es inexistente.

“NO” a la reducción de impuestos, a pesar de que ese tipo de política ha sido implementada exitosamente alrededor del mundo para estimular las actividades productivas, atraer inversión, dinamizar el consumo e incluso ha servido para mejorar los ingresos del gobierno.

“No” a la reducción del gasto público innecesario e ineficiente.

“No” a la eliminación de los encajes bancarios (impuesto a la intermediación financiera) y la reducción de las tasas de interés, una barrera para la inversión y generación de empleos.

“No” a la eliminación de aranceles de insumos, productos intermedios y bienes de capital, que encarecen los productos a los consumidores locales y restan competitividad a las empresas nacionales.

Evidencias…

Los resultados del Reporte Global de Competitividad 2009-2010, del World Economic Forum, ponen en evidencia la seria desventaja competitiva que representan para el país las políticas económicas actuales. De acuerdo con el reporte:

1. Posición 110 de 133 países en inflación.
2. Posición 114 de 133 países en margen de intermediación financiera.
3. Posición 102 de 133 países en tasa impositiva total.
4. Posición 91 de 133 países en prevalencia de barreras comerciales.
5. Posición 122 de 133 países en fortaleza de protección a los inversionistas-léase "reglas del juego claras”.

Las malas evaluaciones continúan.

El informe Doing Business 2010, del Banco Mundial, ubicó a Costa Rica en la posición 121 de 183 países en el ranking del índice de facilidad para hacer negocios. En el apartado de pago de impuestos nuestra posición es todavía peor, 154 de 183 países. Ante esa realidad, resulta imposible justificar que autoridades económicas del gobierno persistan, con arrogancia, en la aplicación de la política económica del “No”. Los costarricenses debemos exigir rendición de cuentas, transparencia y debate permanente acerca de lo que más conviene para el desarrollo económico futuro.

En otras palabras, adoptar una política económica del “Sí”.

Luis Loría

jueves, 3 de septiembre de 2009

ECONOMÍA: ¿Resistirá el dólar otros cuatro años de Bernanke?


El pasado 25 de agosto, el presidente de EE.UU. Barack Obama propuso que el actual presidente de la Reserva Federal, Ben Bernanke, siguiera otros cuatro años al frente de la institución monopolística. Una decisión que no por poco sorprendente deja de ser desazonadora.

Si uno analiza la gestión que Bernanke ha hecho de la crisis —dejemos de lado la que hizo del boom crediticio, cuando incluso llegó a negar que existiera burbuja inmobiliaria alguna— puede distinguir tres fases en su política monetaria y sólo una de ellas resulta medianamente aceptable. Desde luego, un pobre historial para seguir siendo lo que algunos llaman la autoridad económica más importante del mundo.

En la primera de estas fases, que se extiende desde los primeros signos de la crisis de liquidez en agosto de 2007 hasta la quiebra de Lehman Brothers en septiembre de 2008, la Fed acometió una política monetaria que se dio en llamar qualitative easing. Básicamente, Bernanke se limitó a gestionar los activos de la Reserva Federal para inyectar “liquidez” en el conjunto del sistema bancario, pero sin incrementar sus pasivos. Lo que hizo fue, pues, cambiar los mecanismos de financiación a disposición de la banca degradando la calidad de los activos de la Fed.

La razón es fácil de entender: la política monetaria tradicional (operaciones de mercado abierto) supone que la Fed compra temporalmente la deuda pública de los bancos a cambio de dinero. El problema, claro, es que los bancos necesitaban en esos momentos mucho más dinero que deuda pública tenían, y Bernanke optó por prestarles dinero contra colateral muy variado (en general, los activos basura que tenían en sus balances). Nacieron así tres nuevos mecanismos de financiación (el Term Auction Facility, el Primary Dealer Credit Facility y el Term Security Lending Facility) y los tipos de interés se redujeron del 5,25% al 2%.

Los resultados de esta política ya pueden analizarse a la luz de la historia: Bernanke no solucionó ni mucho menos los problemas de liquidez de la banca y, a cambio, favoreció una brutal depreciación del dólar y la creación de una de las burbujas de materias primas más intensas de la historia que sólo contribuyeron a agravar la situación de la economía real por todo el mundo.

La segunda de las etapas de la política monetaria de Bernanke, conocida como quantitative easing, comienza tras la quiebra de Lehman Brothers y se extiende hasta finales de 2008. En esos momentos, la enorme incertidumbre asociada al sistema financiero provoca que los bancos privados dejen de prestarse dinero entre sí y pasen a depositarlo en los baúles de la Reserva Federal, por lo que el pasivo del banco central, que hasta entonces apenas había incrementado, aumenta más de un 100%.

En apenas unos meses, la Fed se encuentra con casi un billón de dólares en depósitos que proceden de un mercado interbancario drenado de fondos, circunstancia que deja al sector bancario sin sus mecanismos tradicionales de financiación.

Ante este incipiente pánico bancario, la Fed tiene dos opciones: o actúa como intermediario entre los bancos (desarrollando la función que venía cumpliendo el interbancario) o deja quebrar a grandes partes del sistema financiero, enfrentándose a una más que segura contracción secundaria. Y aquí, afortunadamente, Bernanke tomó la decisión acertada: crear o ampliar los mecanismos de financiación a corto plazo de la Fed para sostener el sistema.

Así, en pocas semanas, el banco central comienza a utilizar el dinero que había recibido en depósito para prestarlo a corto plazo al resto de bancos (ampliando el Term Auction Facility), a las empresas (favoreciendo el descuento de su papel comercial con el Commercial Paper Funding Facility) y a los bancos centrales extranjeros (mediante los swaps de divisas) para que pudieran implementar políticas en dólares análogas a las suyas.

Este conjunto de decisiones fueron grosso modo sensatas y estuvieron orientadas hacia la buena dirección: aplacar el pánico y permitir la normalización del crédito. Los resultados han sido de momento positivos, ya que la banca no ha quebrado, las malas inversiones se han ido purgando, la mayoría de los créditos ya se han devuelto y, en definitiva, el dólar no se ha resentido.

No es que fuera necesario ser un genio para llevar a cabo este tipo de políticas —el presidente del Banco Central Europeo, Jean-Claude Trichet, hizo lo mismo y con menos errores—; en realidad, bastaba con haber leído y entendido a Walter Bagehot. Por muy nocivos que resulten los bancos centrales —sobre todo a la hora de engendrar el ciclo económico— en la medida en que se arrogan el monopolio de la banca de emisión, su política no puede ser la de quedarse de brazos cruzados en medio de un pánico cuando la banca privada dispone de colateral de suficiente calidad.

Por tanto, y desde esta perspectiva, durante el cuarto trimestre de 2008 Bernanke sí estuvo bastante acertado el frente de la Reserva Federal. Cuestión distinta, por desgracia, es lo que podríamos denominar la tercera fase de su gestión de la crisis, que muchos analistas consideran una especie de apéndice de la segunda cuando sus diferencias son más que notables.

A finales de diciembre de 2008 y mediados de marzo de 2009, la Fed anunció que iba a utilizar los depósitos de los bancos para iniciar sendos programas de compra de bonos hipotecarios por valor de un billón de dólares y de 300.000 millones de dólares de deuda pública respectivamente. Semejantes planes no tenían nada que ver con el sensato objetivo de evitar una contracción secundaria, sino con un absurdo intento por reactivar el crédito en la economía mediante la reducción artificial de los tipos de interés a largo plazo (lo que en los años 60 se llamó Operación Twist).

El problema es que Bernanke no ha logrado su objetivo —y de haberlo logrado habría engendrado sólo otro ciclo económico— y en cambio sí ha hipotecado el futuro de la economía estadounidense y de su moneda. La Fed se ha endeudado masivamente a corto plazo (depósitos a la vista) para invertir a largo plazo (bonos hipotecarios y deuda pública), esto es, justo la insostenible estrategia financiera que nos ha abocado a la crisis actual.

Los riesgos de esta estrategia son enormes y, obviamente, aun no podemos juzgarlos desde un punto de vista histórico. Baste tener presente que cuando los bancos privados quieran retirar sus depósitos —esto es, cuando la demanda de crédito reflote gracias a la eventual recuperación económica—, la Fed tendrá que liquidar a toda prisa más de un billón de dólares en activos a largo plazo que, sobre todo por lo que se refiere a los bonos hipotecarios, son muy difíciles de enajenar en el mercado. Dicho de otra manera, del mismo modo en que un banco puede caer presa de un pánico financiero, al dólar le podría suceder lo mismo en el futuro.

Por eso Bernanke nunca debería haber sido nominado para otro mandato al frente de la Fed. El pirómano que causa incendios no puede ser el encargado de apagarlos, por mucho que haya tenido algún momento transitorio de lucidez.

Juan Ramón Rallo

jueves, 20 de agosto de 2009

ECONOMÍA: Lo que los bancos centrales no quieren que usted sepa


A principios de junio, el proyecto de ley HR 1207 del congresista republicano por Texas Ron Paul, por el cual se busca auditar los libros contables de la Reserva Federal, logró reunir las firmas de otros 218 congresistas (“co-patrocinadores”), que como mínimo se requiere para que el mismo pueda ser debatido y sometido a votación ante el Pleno del Congreso. ¿Informó de esto el Wall Street Journal, el Financial Times, El País o el insalvablemente radicalizado Le Monde? ¿Están al tanto de que este proyecto, de pasar, en ambas cámaras, puede cambiar el curso de la historia económica de los EE.UU. y, por extensión, del mundo?

La probabilidad de que meses atrás Ron Paul pudiera conseguir ese número de firmas era cero o casi cero. Hoy es 100%. ¿Cómo lo hizo? En realidad, si bien es cierto que su persistencia fue crucial, lo que hoy es un triunfo histórico no hubiera pasado de ser otro quijotesco sueño, esta vez el de un libertario estadounidense perdido en el congreso, de no ser por la inesperada ayuda que le ha dado la evolución de los eventos en la política económica global.

Uno de éstos—en orden cronológico—es el hecho de que desde que la crisis económica se manifiesta, en la segunda mitad del 2007, la Reserva Federal ha creado una serie de programas de rescate para el sector financiero y ello ha llevado a que sus pasivos explícitos—“en libros”—aumenten casi tres veces y a que aquéllos que son potenciales o implícitos—“fuera de libros”—lo hagan en más de diez veces (unos US$ 9 millones de millones, que equivale a un 70% del PBI estadounidense). Quienes desinformadamente afirman que la crisis está llegando a su fin, ignoran que el edificio financiero no ha colapsado porque una buena cantidad de columnas, o de programas creados por la Reserva (en libros contables y fuera de éstos), sirve de sustentación a toda la estructura crediticia en la economía, y si éstas fuesen retiradas, todo se desmoronaría en un santiamén. ¿Adónde ha ido a parar todo ese dinero? ¿Cuáles fueron los términos bajo los cuales se concedieron estos recursos? No hace mucho, un miembro del Comité de Servicios Financieros del congreso estadounidense, el demócrata Alan Grayson, le hizo éstas y otras preguntas a la inspectora general de la Reserva Federal, Elizabeth Coleman, y su respuesta a una y otra fue un “No sé, no sé, no recuerdo”. Y que recuerde es lo que persigue este proyecto.

Podría uno pensar que esta falta de transparencia del banco central en sus asuntos monetarios es algo anatemizado en democracia, después de todo, ahí donde la luz no llega crecen las excrecencias fungosas que viven de las materias orgánicas en descomposición. En fin, el hecho es que esto no se materializaba en votos. Pero la falta de transparencia, de luz en la información del tema contable, y unas declaraciones en mayo de este año del secretario de la Tesorería de EE.UU., Tim Geithner, y otras de la canciller alemana, Angela Merkel, parecen haber sido más que suficiente para que la mayoría de los representantes en la cámara baja pongan su firma en este proyecto, la Ley de Transparencia de la Reserva Federal.

Las declaraciones de Geithner, en el programa de Charlie Rose de PBS, llevó a que el Wall Street Journal, en una nota que tituló “Geithner’s Revelation”, empezara informando así: “La tierra se detuvo, el mar se abrió y un representante de la clase política estadounidense admitió, la semana pasada, que la Reserva Federal contribuyó a que se produjera el colapso financiero”. Geithner, si uno lee todo el artículo, no sólo responsabilizaba por la crisis al banco central de los EE.UU., sino a todos los bancos centrales del mundo. Textualmente, dice: “[L]a política monetaria en el mundo fue demasiado expansiva por demasiado tiempo. Y eso produjo un gran boom en el precio de los activos [financieros]”.

Y si demasiado dinero por demasiado tiempo produjo la crisis, Geithner dixit, ¿a quién en su sano juicio se le puede ocurrir que más de lo mismo es la panacea a todos nuestros problemas financieros? Lo que nos conduce a un provocador discurso que Merkel dio semanas después en Berlín y que la revista BusinessWeek extracta magistralmente bajo el título “Merkel da de latigazos a los bancos centrales”. En él, entre otras cosas, lamenta que el Banco Central Europeo haya cedido a las presiones internacionales y haya empezado, al igual que su par en EE.UU., a monetizar deuda privada, ya no sólo deuda pública, y, en un acto inusual en un jefe de Estado —criticar abiertamente, en público, a estos monopolistas del dinero, que tanto daño le han hecho a la economía global—, les pide que pongan fin a sus políticas monetarias no convencionales, de lo contrario, éstas terminarán haciendo “más daño que bien”.

Merkel, Ron Paul y tantos otros entienden algo que el presidente estadounidense James Garfield comprendió hace más de cien años: “Quien controla el volumen del dinero es dueño absoluto de la industria y del comercio”. Lo que era corroborado por Nathan Rothschild, uno de los fundadores de la dinastía bancaria que lleva su nombre, quien con todo desparpajo aseguraba que no importaba quien ocupe el trono inglés, ya que aquél que controla la emisión de dinero, somete al Imperio. “Y yo controlo esa emisión”, revelaba. Sometamos a los Rothschild: auditemos a todos los bancos centrales. Llevemos la luz ahí donde no llega, de una buena vez por todas. Que sea nuestro legado institucional a los que vienen detrás, y se merecen algo mejor a lo que nos dejaron quienes iban por delante.

Charles Philbrook