martes, 26 de junio de 2018

La columna de Carlos Federico Smith: proteccionismo a la vista

No me refiero a que empeorará la protección contra la importación del aguacate mexicano, que ha subido un 74% desde el 2015 cuando se crearon las prohibiciones. Tampoco a la pretensión de una empresa productora de alambres de acero para que, mediante un arancel, se encarezca la entrada al país de ese producto. Me refiero a las declaraciones del nuevo ministro de Agricultura, quien afirmó tajantemente que “La posición que traigo al Ministerio es proteger la producción nacional, con todos los instrumentos jurídicos y técnicos que nos dan los marcos de tratados... Vamos a ser muy celosos con los ingresos, no importa cuáles sean, con carnes, con papas. Ha habido mucha laxitud, no cumplimiento con la normativa.”

Esto aparece en una publicación de La Nación del 12 de mayo, titulada “Ministro de Agricultura promete proteccionismo: Renato Alvarado asevera que su posición es ‘proteger la producción nacional.’” El señor Alvarado es productor de carne de cerdos y tiene que haber sabido que, en el 2015, el Servicio Fitosanitario del estado (SFE), dependencia del ministerio de Agricultura, “también prohibió la importación de... carne de cerdo...” entre otros productos, como lo denuncié en un comentario del 8 de marzo del 2016, titulado “Amenaza al Comercio Costa Rica-Estados Unidos,” así como en otro comentario “Ñangazos Proteccionistas” que publicara el 16 de junio del 2015.

O sea, es posible que el empresario Alvarado se haya beneficiado de la protección al bien que produce, pues posiblemente se tradujo en precios mayores para los consumidores y utilidades más altas para el gremio protegido. 

Dada esa experiencia personal, dejando de lado que pueda correr riesgos por actuar en beneficio propio si toma medidas proteccionistas unilaterales, tomo muy en serio a su afirmación de que aumentará el proteccionismo contra los consumidores nacionales, a favor de gremios de pocos pero muy bien organizados productores. 

Ojalá que pronto emane de parte de la Organización Mundial del Comercio una decisión que obligue al país a permitir la importación de aguacate desde México, pues podría servir de advertencia de que, cualquier abuso sin pretexto válido utilizado por un ministro proteccionista, será sancionado debidamente. Cuando un país pone una barrera arancelaria indebidamente o con subterfugios, se le condena a que se limiten ciertas exportaciones del país como compensación por el daño.  Ojalá esto no suceda, pues se castigaría a exportadores que nada tienen que ver con el asunto, en vez de serlo los propios burócratas responsables del desaguisado.

Lamentablemente siempre hay grupos que se acercan al gobierno -o colocan gente afecta a sus intereses- para obtener formas de restringir la competencia y poder con ello poder cobrar más a consumidores cautivos. Esa protección no es gratis para ese gremio, pues tiene que “invertir” en los políticos para que les den esa protección, tal vez apoyando las ambiciones de los primeros por aumentar su poder electoral. Eso sí, quienes inevitablemente perdemos con la protección somos los consumidores, quienes se supone somos el fin último de una economía: producir de la manera mejor y más barata para que las personas puedan satisfacer sus necesidades económicas.

Nos damos por informados de las declaraciones del ministro de Agricultura, ante lo cual redoblaremos nuestros esfuerzos para que los costarricenses podamos conseguir los mejores y más baratos bienes y servicios, producto de la mayor competencia posible. Parece no haber peor cosa que un empresario proteccionista con poder político, que imponga costos adicionales a los productos que elimina la competencia para poder venderles más caro a los consumidores cautivos.

Ese mismo ministro ha mandado, según el comentario de La Nación del 19 de mayo titulado “Jerarca del MAG pretende elevar ayudas directa al agro: Transferencias no reembolsables,” una señal clara de que subsidiará cierta -¿elegida por quién?- producción doméstica dirigida tanto al mercado interno como al externo. Asumo que piensa contar con ingresos provenientes de los impuestos a los ciudadanos que tramita el gobierno: muchos pagaremos impuestos para subsidiar a algunos. ¡Qué lindo!

De paso, ya también los transportistas de carga en el país quieren que aquí los extranjeros no nos puedan dar el servicio. Simplemente es una forma para elevarnos los costos de transporte de todas las mercancías a los ciudadanos: ese el resultado principal del proteccionismo, mantener poderes monopólicos y así obligar a los consumidores cautivos, ante la menor competencia, a pagar más por los bienes o servicios que los protegidos nos venden.





Jorge Corrales Quesada

martes, 19 de junio de 2018

La columna de Carlos Federico Smith: falta de competencia en el país

Recientemente la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico, mejor conocida como la OCDE, presentó un informe al gobierno (y al país) en torno al tema de la falta de competencia en importantes sectores de la economía.

En dicho informe, comentado en el artículo de La Nación del 18 de abril titulado “OCDE alerta que falta de competencia afecta a pobres: Entidad sugiere fortalecer la Comisión para Promover la Competencia,” se señala que “las regulaciones que restringen la competencia pueden obstaculizar las mejoras en términos de eficiencia, innovación y asignación de recursos para aumentar la productividad y contribuir al aumento de la desigualdad al subir los precios al consumidor y hacer más amplia la distribución de los salarios.” Francamente, esto no es nada nuevo para muchos de nosotros, quienes hemos venido impulsando una mayor competencia en el país, para lograr disminuir lo caro que resulta vivir en esta economía. 

El tema lo analiza la OCDE bajo el capítulo de las regulaciones del mercado y señala que en el país las regulaciones de mercado que limitan la competencia, “son más restrictivas que en cualquier país de la OCDE (de paso, actualmente la conforman 35 naciones de todas partes del mundo), excepto en Turquía y también se comparan desfavorablemente con otros países de América Latina, incluidos Chile, Colombia y México.” Esto es, somos “excelentes” en el ranquin de regulaciones de mercados -impedimentos para la competencia- y sólo Turquía, Brasil y Argentina son “peores” en cuanto a regulaciones anti-competitivas.

Según La Nación, el economista principal de la OECD, Álvaro Pereira, dijo que “en Costa Rica un tercio de los sectores no están en competencia; por ejemplo, la electricidad, la distribución de las gasolinas, la destilación de alcohol, el azúcar, arroz y el transporte marítimo.”

Ya conocemos a esos sectores y sabemos que algunos empresarios privados gozan de privilegios proteccionistas que impiden la competencia, como resultado de un cabildeo muy eficiente. Asimismo, nos damos cuenta de que la mano visible está detrás de toda esta regulación anti-competitiva, como son elevados aranceles a las importaciones (en la lista del párrafo previo quedaron por fuera otros sectores muy importantes hoy protegidos ante la competencia externa). Pero, también es notorio que muchos de esos entes regulados para protegerlos de la competencia, son empresas públicas, quedando también fuera de lista algunas que no son monopolios estatales como los otros citados, a la vez que son objeto de diversas preferencias exclusivas de las que no disfrutan (en realidad nadie debería tenerlas) los competidores privados; por ejemplo, la garantía estatal a los depósitos en los bancos del estado o la exclusividad institucional en la provisión de ciertos seguros al ente estatal.

El jalón de orejas o el aterrizaje a la realidad “real” que nos hace la OECD, no debe pasar inadvertida, si es que en verdad se quiere proteger a los consumidores con precios más bajos y con ingresos limitados, los que en un alto porcentaje se dedican al consumo de algunos de esos productos excluidos de la competencia, obviamente a precios mucho más elevados que a los que sería factible acceder bajo un régimen de competencia.

Eso sí, me inquieta la sugerencia que la OCDE hace de fortalecer a la Comisión para Promover la Competencia. Ello porque, no lo duden, los burócratas estatistas y los buscadores de rentas proteccionistas que otorga el estado -el capitalismo de los amigotes- saben bien que una alta regulación aquí se interpretaría como poner más obstáculos a la actividad económica privada, como controles de precios, regulación de cantidades, distribución de mercados (“mercados regulados”), subsidios, etcétera, todo lo cual más bien va en contra de la competencia. Regulación aquí es muy distinto a lo que interpreta la OCDE: fomentar la competencia. Aquí regulación es introducir limitaciones a la actividad productiva en competencia

Lo que debe buscarse es que la Comisión para Promover la Competencia se dedique a una mayor apertura y competencia en la economía y, más bien, lograr que se archive la palabra “regulación,” pues ella más bien se interpreta como menor libertad para entrar y salir libremente de la actividad económica. Los estatistas entienden por regulación todo lo contrario: restringir a la entrada principalmente de más eficientes productores de otros lados del mundo y así lograr la existencia de mercados cautivos para ciertos monopolios.


Jorge Corrales Quesada

martes, 5 de junio de 2018

La columna de Carlos Federico Smith: la informalidad en la economía y los aumentos de impuestos

Posiblemente vieron el comentario de La Nación del 30 de abril titulado “Informalidad golpea con mayor fuerza grupos más vulnerables: En Costa Rica, cuatro de cada 10 trabajadores son informales,” basado en un estudio hecho por la Organización para la Cooperación y Desarrollo Económicos (OCDE), como parte de su informe sobre Costa Rica del 2018. (No olviden que tal informe es parte del proceso para la admisión de Costa Rica a la OCDE).

Se entiende por trabajo informal cuando el trabajador no tiene contrato laboral, carece de seguro social, trabaja sin remuneración o labora en empresas no inscritas u ocasionales. Resulta que, según el OCDE, 4 de cada diez trabajadores trabajan en la informalidad. En efecto, la tasa de informalidad en el país en el IV trimestre del 2016 fue de un 44.7% y el promedio del período 2012-2016 fue del 42.6%.

El medio señala, con base en las cifras de la OCDE, que “la informalidad es más alta en grupos menos favorecidos. Por ejemplo, entre mujeres es poco mayor al 40%, (en) los mayores de 60 años y entre quienes no terminaron la primaria alcanza casi 70% y en personas de bajos ingresos es casi del 80%.” “También es mayor entre trabajadores rurales y (entre) quienes laboran en agricultura y servicios domésticos.”

Para la OCDE, hay tres explicaciones para esos niveles de informalidad: (1) las altas contribuciones a la Caja, que en una gran porción es aporte de los patronos; (2) altos salarios mínimos y (3) la migración. 

Bien apunta el economista Pablo Sauma, al advertir que “la informalidad no se debe exclusivamente al no aseguramiento, sino que considera el pago de patentes, los registros contables, etc.” En resumen, el alto costo de la formalidad que incorpora esos aspectos, entre otros, constituye el incentivo que esencialmente conduce a la informalidad en la economía: simplemente les sale más barato a las partes vivir en la informalidad, que en ella.  Cuesta más ser formal que informal; o sea, el beneficio de ser formal (por ejemplo acceso al crédito bancario, así como tener el amparo de leyes) es menor que el de ser informal.

Reconozco que tanto políticos como empresarios han buscado recientemente aliviar esta fuerte informalidad de nuestra economía. Pero, la realidad es que en el país se están tomando medidas que más bien aumentarán la informalidad. Concretamente, se están elevando fuertemente los impuestos, los que, al incrementar el costo de la operación formal de las empresas y de las personas, estimulará a que acudan a producir y laborar fuera de la formalidad; esto es, se incentiva a que se incremente el ya elevado nivel de informalidad en la economía nacional. 

Una propuesta que se ha mencionado para disminuir la informalidad es cargar tasas menores a las empresas hoy informales en vez de las altas cargas sociales hoy existentes en la economía formal (“37% en Costa Rica versus 26% promedio de países de la OCDE”). Creen que con esa medida se reduciría el “costo de la formalidad”. Pero eso, en momentos en que se nos augura un aumento de impuestos por parte del gobierno -IVA, ganancias de capital, impuesto sobre la renta, entre otros- más bien podría inducir a negocios hoy formales, para que se vayan hacia la informalidad, pues más bien estimula que siga siendo más rentable ser informales.

Simplemente se deben reducir los elevados impuestos para la economía como un todo, a la vez que eliminar una serie de formalidades legales y contables y costos similares, para que disminuyan los incentivos que lanzan, por lo general a grupos relativamente desvalidos, hacia la informalidad para así poder sobrevivir con sus familias.



Jorge Corrales Quesada