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viernes, 8 de agosto de 2014

Viernes de Recomendación

En el ensayo llamado La Educación en una Sociedad Libre, Alberto Benegas Lynch analiza el tema de la educación desde el punto de vita liberal

jueves, 4 de abril de 2013

Jumanji empresarial: la manía de la medición y las estadísticas

Parecería que si no se pueden medir resultados éstos no existen o se los subestima sin percatarse de otra dimensión no cuantificable que es en definitiva la que marca el propósito de las acciones humanas. Es cierto que el cálculo económico en general y la evaluación de proyectos en particular son indispensables al efecto de conocer si se consume o si se incrementa el capital. De allí es que resulta indispensable la institución de la propiedad privada y los consiguientes precios de mercado, sin cuya existencia se opera a ciegas.

Pero no es menos cierto el abuso de las mediciones en teoría económica. Incluso en la pretendida ilustración de las transacciones comerciales, el signo igual es inapropiado puesto que los precios expresan pero no miden el valor. El precio es consecuencia de valorizaciones distintas y cruzadas entre compradores y vendedores de lo contrario no habría operación alguna. El vendedor valora en más el dinero que recibe que la mercancía o el servicio que entrega y al comprador le ocurre lo contrario.

Además “medir” valores a través de precios en rigor significaría que si una mesa se cotiza en mil media mesa se debiera cotizar en quinientos cuando en verdad pude muy bien traducirse en un valor nulo y así sucesivamente. La medición requiere unidad de medida y constantes (por ese motivo -en “The Place of Mathematical Reasoning in Economics”-  Paul Painlavé concluye que “medir el valor de algún objeto resulta imposible”). Asimismo, la expresión algebraica de “función” no es aplicable en el ámbito de la ciencia económica puesto que conociendo el valor de una variable no permite conocer el de otra. Tampoco es pertinente recurrir a las llamadas “curvas de indiferencia” al efecto de ilustrar elecciones puesto que toda acción implica preferencia ya que la indiferencia es la negación del actuar. Ni siguiera es aceptable recurrir a las “curvas” de oferta y demanda puesto que significa el tratamiento de variables continuas cuando la acción inexorablemente significa variables discretas.

En otros ensayos y artículos me he referido a los graves problemas referidos a la “renta nacional” y al “producto bruto”, al supuesto de considerar producción-distribución como fenómenos susceptibles de escindirse y a las falsedades inherentes al modelo de “competencia perfecta”, pero en esta oportunidad no tomaré espacio para ese análisis ya efectuado con insistencia, para en cambio aludir a aquella otra dimensión no cuantificable a que me referí al comienzo.

En realidad, todas las acciones (y no digo humanas puesto que sería una redundancia ya que lo no humano no es acción sino reacción) apuntan a satisfacciones no monetarias. Incluso para quien el fin es la acumulación de dinero, puesto que la respectiva satisfacción siempre subjetiva, no puede manifestarse en números cardinales, solo ordinales pero personales ya que son imposibles las comparaciones intersubjetivas.

En nuestro léxico convencional podríamos decir que esta dimensión no sujeta a medición alguna se refiere al rendimiento o la productividad psíquica. Por ejemplo, se compra un terreno para disfrutar de las puestas de sol debido a que esa satisfacción posee para el comprador un valor mayor que el dinero que entregó a cambio, pero no resulta posible articular la medida de ese delta y lo mismo ocurre con todo lo adquirido. En otros términos, lo más relevante no está sujeto a medición.

Esto es lo que confunde y altera a los megalómanos planificadores que se manejan a puro golpe de cifras que aunque fueran fidedignas no cubren lo medular del ser humano. No deja de ser curioso que esta inundación de estadísticas se pretenden refutar con otras, lo cual no va al meollo del asunto. Es en este sentido que Tocqueville escribe que “El hombre que le pide a la libertad más que ella misma, ha nacido para ser esclavo”. Por eso es que las cifras globales (llamadas macroeconómicas) son, en última instancia, intrascendentes puesto que en liberad simplemente serán las que deban resultar. Este es el significado de la sentencia de James Buchanan en cuanto a que “mientras el intercambio sea abierto y mientras se excluya la fuerza y el fraude, el acuerdo logrado, por definición, será calificado como eficiente”. Por esto mismo es que Jacques Rueff repetía en que no deben compilarse estadísticas del sector externo “puesto que constituyen una tentación para los gobiernos de intervenir, en lugar de permitir las ventajas que proporciona la libertad”.

Desde luego, lo dicho no es para eliminar las estadísticas, sino, por un lado, para diferenciar las relevantes de las irrelevantes y, por otro, mostrar que aunque se recurra a veces a números como circunstancial apoyo logístico (todos los economistas lo hacemos pero lo dramático es cuando se revela que eso es lo único que hay en la alforja), lo transcendente no radica allí puesto que hay un asunto de orden previo o de prelación que apunta a lo no cuantificable en lo que se refiere a la esfera del aparato estatal y dejar que en el sector privado se compilen las series que se conjetura requiere la gente.

A título de anécdota, señalo que cuando Alfredo Canavese de la Universidad Di Tella, por entonces colega en la Academia Nacional de Ciencias Económicas en Buenos Aires, solicitó mi nombre para una declaración contra las manipuladas cifras oficiales del INDEC en la Argentina, le manifesté que las tergiversaciones oficiales producirían como resultado positivo la preparación de índices por parte del sector privado lo cual esperaba termine con los números estatales que exceden su misión específica con el correspondiente ahorro de recursos de los contribuyentes y que los gobiernos se circunscriban estrictamente a las cuentas de las finanzas públicas, liberando energía para controlar al siempre adiposo Leviatán.

Preciso un poco más la idea: en el supuesto de que el gobierno pudiera hacer multimillonarios a todos (irreal por cierto si tenemos en mente ejemplos de sociedades iguales pero con regímenes distintos como era Alemania Occidental y Alemania Oriental o como es hoy Corea del Sur y Corea del Norte), nada se ganaría si simultáneamente la gente no puede elegir que productos comprar del exterior, si los padres no puede elegir las estructuras curriculares que prefieren para la educación de sus hijos, si no se puede elegir el contenido de los periódicos, las radios y las televisiones, si no se puede afiliarse o desafiliarse a un sindicato sin descuentos coactivos de ninguna naturaleza, si no se puede profesar el culto que cada uno prefiera sin vinculación alguna con el poder, si no se cuenta con una Justicia independiente, si no se puede pactar cualquier cosa que se estima pertinente sin lesionar derechos de terceros, etc. etc. Como en el cuento de Andersen, de nada vale que ingresen al bolsillo de cada uno miles y miles de kilos de oro si se ha vendido la liberad, es decir, la condición humana.

Es clave comprender y compartir el esqueleto conceptual de la sociedad abierta, las estadísticas favorables se dan por añadidura. Por el contrario, si se tratara de demostrar las ventajas de la libertad a puro rigor de estadísticas ya hace mucho tiempo que se hubiera probado su superioridad, el asunto es que, en definitiva, con cifras no se prueba nada, las pruebas anteceden a las series estadísticas, el razonamiento adecuado es precisamente la base para interpretar correctamente las estadísticas. Es por eso que resulta tan esencial la educación en cuanto a los fundamentos éticos, jurídicos y económicos de la sociedad libre y no perder el tiempo y consumir glándulas salivares y tinta con números que desprovistos del esquema conceptual adecuado son meras cifras arrojadas al vacío.

En resumen, el oxígeno vital es la libertad, si los debates se centran exclusivamente en las cifras se está desviando la atención del verdadero eje y del aspecto medular de las relaciones sociales. Como bien ha escrito Wilhelm Röpke en Más allá de la oferta y la demanda: “La diferencia entre una sociedad abierta y una sociedad autoritaria no estriba en que en la primera haya más hamburguesas y heladeras. Se trata de sistemas ético-institucionales opuestos. Si se pierde la brújula en el campo de la ética, además, entre otras muchas cosas, nos quedaremos sin hamburguesas y sin heladeras”.

Alberto Benegas Lynch

viernes, 15 de marzo de 2013

Viernes de recomendación

Para este Viernes de recomendación y a propósito de la elección del nuevo Papa, Jorge Mario Bergoglio, queremos compartir con ustedes un interesante artículo de Alberto Benegas Lynch, en el que aclara las confusiones ideológicas del entonces Arzobispo de Buenos Aires. Esperamos que, a partir de entonces, tanto Bergoglio como muchos otros líderes mundiales, comiencen a entender que solamente puede enfrentarse la pobreza con más libertad, más propiedad privada, más generación de riqueza, más emprendedurismo y no sobre la base de prejuicios y revanchismos plasmados en políticas públicas de corte redistribucionista.

viernes, 8 de junio de 2012

Viernes de Recomendación

El día de hoy les presentamos este vídeo en el cual el académico Alberto Benegas Lynch expone sobre que el liberalismo abarcando luego varios aspectos de la economía como la propiedad, el empleo y los impuestos.


viernes, 16 de septiembre de 2011

Viernes de Recomendación


En el artículo llamado Maquiavelo, el gran observador del economista Alberto Benegas Lynch, se explica como Maquiavelo en su libro El Príncipe lo que hace es describir con bastante precisión la forma en que trabajan los típicos gobernantes llenos de promesas y abusos de poder

viernes, 16 de octubre de 2009

Viernes de recomendación


Para este día, en ASOJOD queremos compartir un excelente artículo de Alberto Benegas Lynch titulado "Bienes públicos, externalidades y free riders", donde se analiza, desde una perspectiva diferente al mainstream, el tema de los bienes públicos y se critica la intervención estatal para producirlos o, en su defecto, resolver las externalidades negativas.

miércoles, 1 de julio de 2009

A favor y en contra del mercado


Para entrar en este tema, primero es menester explicar que significa el mercado. En primer lugar digamos que es una expresión que simplifica o resume el hecho de millones de arreglos contractuales. El mercado en este sentido no es un lugar sino un proceso que trasmite información por su naturaleza fraccionada y diseminada a través del sistema de precios y basado en la institución de la propiedad privada. Esto último implica el uso y la disposición de lo propio, lo cual, en las transacciones, da lugar a los precios. Sin propiedad no hay precios y, por ende, no resulta posible la contabilidad, la evaluación de proyectos ni el cálculo económico en general. No habría respuesta posible si en un lugar donde no hay propiedad privada si preguntara de que conviene construir los caminos con oro o con cemento. Una de las razones centrales de la caída del muro de la vergüenza en Berlín fue precisamente el caos que necesariamente provoca un sistema sin precios. A su turno, la propiedad privada resulta indispensable para signar los siempre escasos factores productivos: quien acierta en los gustos de su prójimo obtiene ganancias y quien se equivoca incurre en quebrantos. El cuadro de resultados va mostrando donde es más eficiente la administración de aquellos factores escasos. Si los bienes crecieran en los árboles y hubiera para todos todo lo que requiere, no habría necesidad de aquella institución.

Ahora bien, este proceso de mercado coordina los referidos millones de arreglos contractuales. Como bien lo ha ilustrado John Stossel, para que pueda existir un trozo de carne en la góndola del supermercado son necesarias muchísimas operaciones que son guiadas a través del antes mencionado sistema de precios. Mirando para atrás, imaginemos los agrimensores en el campo, las empresas inmobiliarias, los alambrados y las empresas de alambrado con sus transportes, cartas de crédito, empleados, edificios, etc., los peones que recorren el campo a caballo, la crianza de caballos, la producción de monturas y riendas, los fertilizantes y plaguicidas, los tractores, las cosechadoras y todo lo que significa su producción tanto horizontal como verticalmente, los vacunos, los frigoríficos y tantos mecanismos de producción donde en cada segmento cada hombre en el sitio está usando sus particularísimos conocimientos sin prestar atención al trozo de carne ni al supermercado que también requiere administración y asignación de recursos. Estos ejemplos implican un haz de innumerables contratos y sapiencia que no está en ninguna mente en particular sino dispersa y fraccionada. Por ello es que cuando los megalómanos del poder pretenden “planificar” todo se desmorona: se trata de un problema de ignorancia que no es posible vencer ni con el almacenamiento más extraordinario en ordenadores puesto que sencillamente la información no se encuentra disponible ex ante.

Entonces, el mercado es un mecanismo neutro moralmente que trasmite lo que la gente demanda. Esto no quiere decir en modo alguno que se deba estar de acuerdo con lo que se reclama, por ejemplo, sadismo sexual, drogas alucinógenas para usos no medicinales o ideas socialistas. El funcionamiento del mercado no requiere que todos acepten la estructura axiológica de las mayorías. Si se considera que se venden novelas o música de mala calidad no quiere decir que no se escriban otras novelas o se produzca otra música considerada mejor. Lo mismo va para el mercado de ideas: que la mayoría muestre sus preferencias por el totalitarismo socialista no significa que otros no puedan contrarrestar esa tendencia, entre otras cosas, para preservar el funcionamiento del mercado ya que, por definición, el totalitarismo en el poder acabará con el puesto que desconoce los derechos de las personas entre las que se cuenta de disponer del fruto del trabajo, es decir, de propiedad.

En esos casos, podrá aparecer a simple vista la paradoja de que debe navegarse contra el mercado al efecto de preservar el mercado. Sin embargo, no es así. No es contra el mercado sino dentro del mercado que se intenta neutralizar las ideas (o en otro caso los bienes) para que pueda seguir funcionando ese mecanismo. Este es el sentido de todas las instituciones educativas y centros de divulgación que hoy se esfuerzan por explicar las ventajas y las virtudes de la sociedad abierta.

Se podrá preguntar para que se quiere el mercado como expresión de los deseos y reclamos de otros si cuando se expide se lo intenta neutralizar. Pero es que en esta neutralización parcial o total estriba la competencia que es parte fundamental del mercado. Reiteramos, lo que muchos demandan no quiere decir que deba ser compartido por todos y si no lo es a éstos les asiste el pleno derecho de ofrecer otras cosas e ideas que compiten con las primeras.
La inmensa mayoría de las cosas que hacemos diariamente implican contratos, de lo cual no se desprende para nada que las personas ajenas al convenio coincidan con las preferencias de las partes. Cada uno hace sus contratos, lo cual permite diversidad de bienes y de ideas. Cuando nos levantamos a la mañana y tomamos el desayuno están presentes los contratos de compra-venta (del microondas, la heladera, la tostadora, la mermelada, los cereales, etc.), cuando salimos a trabajar y tomamos un taxi y dejamos los hijos en el colegio están presentes los contratos de transporte y de enseñanza, cuando vamos al trabajo hay un contrato laboral, enviamos a la secretaria a hacer trámites hay mandato o gestión de negocios y si es para un depósito en el banco (contrato de depósito), se establece un nuevo emprendimiento con socios (contrato de sociedad), invitamos a colegas a almorzar (contrato de donación), alquilamos una oficina (contrato de locación) etc., etc.

Todos los contratos a su vez significan la existencia de la institución de la propiedad y los precios correspondientes. Cuando los gobiernos interfieren en el mercado los precios resultantes no expresan las valoraciones de las partes y, consecuentemente, transmiten señales falseadas que provocan operaciones equivocadas y malguiadas que no aprovechan la estructura de capital, lo cual redunda en menores salarios e ingresos para la gente puesto que las tasas de capitalización son la única fuente de aquellas entradas. No es que necesariamente haya maldad en el gobernante, es que inexorablemente hay ignorancia de cualquiera que se arrogue la facultad de coordinar las mencionadas millones de operaciones que se suceden en base a información y conocimiento disperso y que incluso no pocas veces el propio operador en el sitio no la puede articular porque es conocimiento tácito tal como ha explicado Michael Polanyi.

En todo caso, queremos resaltar en estas líneas que lo que aparentemente es la contradicción de ir contra el mercado para fortalecerlo no es más que ofrecer dentro del mercado otros productos o ideas en competencia y si se trata de contrarrestar los principios socialistas se trata de permitir que subsista ese mecanismo trasmisor de información que denominamos mercado.

Siempre, en la medida en que se lo ha dejado funcionar, el mercado es el proceso de asignación de los siempre escasos factores productivos que permite consolidar la buena marcha de la economía o, en su caso, rectificar rumbos en la buena dirección. Un ejemplo de esto último ha sido la crisis del treinta, iniciada por el estatismo de Hoover y acentuada en grado superlativo por el Leviatán fabricado por Roosevelt, cuyos efectos devastadores se disimularon (principalmente la desocupación mayúscula debida a los decretos de salarios mínimos en momentos en que la crisis consumía las tasas de capitalización), esta cosmética fue debida a las doce millones de personas empleadas en las Fuerzas Armadas para combatir en la Segunda Guerra Mundial. Pero el fenómeno comenzó a revertirse cuando, muerto Roosevelt, Truman —a regañadientes— despidió a socialistas extremos en el gabinete (tales como los muy influyentes Harold LeClaire Ickes y Henry Agard Wallace) reemplazándolos por funcionarios más razonables, eliminó los controles de precios, decretó el final de la “economía de guerra” y, por ende, liberó recursos para emplearse en actividades rentables, se atenuó sensiblemente la política irresponsable de la Reserva Federal (marcas en alguna medida mejoradas por Eisenhower), al tiempo que los lamentables destrozos en las economías de Europa y Japón tornaron súbitamente a Estados Unidos en altamente competitivo en muy diversos rubros, a lo que debe agregarse la relativa apertura de las fronteras en la posguerra lo cual facilitó grandemente el comercio.

En resumen, como queda expresado, el mercado es una institución que permite conocer las valoraciones de la gente y asignar eficientemente los recursos disponibles a través de la coordinación del conocimiento, necesariamente disperso y fraccionado. Cuando se desarrollan actividades y se producen bienes distintos y hasta opuestos a los que se ponen de manifiesto en el presente, no se está operando en contra del mercado sino dentro de ese proceso, en competencia con aquellas exteriorizaciones.

Alberto Benegas Lynch

miércoles, 8 de abril de 2009

Nozick y el cuento del esclavo

Escribo estas líneas con la mente puesta en los últimos resultados electorales donde se instauran autoritarismos a través de las urnas: Ecuador, Bolivia, Venezuela, Nicaragua, Paraguay y, ahora, El Salvador que tal como lo documentó el día de las elecciones en su columna editorial “El Diario de Hoy” de ese país el triunfo es de los comunistas (Argentina ya ha disuelto la noción de República y está en el límite de lo soportable en cuanto al atropello a las minorías).

Debemos meditar cuidadosamente sobre el tema, antes he escrito sobre el significado y las consecuencias de barrer con el Estado de Derecho a través de una aritmética desbocada y mal empleada pero ahora quiero mirar el asunto desde otra perspectiva. Lo conocí a Robert Nozick, el célebre filósofo de Harvard, cuando tuve el privilegio de dictar junto con el un seminario que, aunque tratábamos diferentes temas, estaba dirigido a la misma audiencia en Claremont College, en California, invitados por Arthur Kemp en 1980. Como es sabido, el libro más difundido de Nozick es Anarchy, State and Utopia publicado en 1974 por Basic Books de New York. En las páginas 290 a 292 de la referida edición de esa obra relata lo que denomina “El cuento del esclavo” sobre el cual me detengo en estas pocas líneas.

El eje central del cuento alude a la degradación de la idea de la democracia, lo cual vemos ocurre en muy diversos lares hoy en día. Es decir, una grotesca burla al espíritu de un sistema establecido para asegurar la alternancia en los cargos de gobierno y cuyo aspecto medular reside en el respeto a las minorías tal como contemporáneamente lo señala Giovanni Sartori en su tratado sobre la materia.

Sin embargo, observamos con alarma y estupor que en nombre de la democracia no solo no se renuevan los cargos ya que las reelecciones con frecuentemente indefinidas, sino que se atropellan los derechos de las minorías. He repetido muchas veces la sabia ilustración que hace de esta degradación Juan González Calderón en cuanto a que los llamados “demócratas de los números” ni de números saben puesto que se basan en dos ecuaciones falsas: 50% más 1% = 100% y 50% menos 1% = 0%.

Nozick desarrolla su cuento del esclavo en nueve etapas. Comienza su reato con un amo que tiene diez mil y un esclavos a quienes trata malamente. Pero henos aquí que poco a poco el amo se va retirando de la escena y va endosando sus ilimitadas facultades a diez mil de los esclavos para que voten sobre todos los asuntos habidos y por haber. Es decir, en esta historia, queda un esclavo fuera del proceso de votación que se le dice que puede participar en las discusiones pero no votar, a menos que haya empate (lo cual nunca ocurre en este cuento).

Al final del relato y transcurridas las nueve etapas, Nozick se pregunta donde en esa secuencia se dejó de establecer un sistema de esclavitud. La respuesta obviamente consiste en que simplemente se transformó la situación de un amo y diez mil y un esclavos a una en la que diez mil amos son dueños de la vida y la hacienda de una persona que sigue siendo esclava (o, como escribe Nozick, el amo se transmutó en uno con diez mil cabezas) . La moraleja de este cuento es que por el hecho de que los amos sean muchos no cambia el sistema de la esclavitud. Emparentado con esta misma reflexión, decía el decimonónico Benjamin Constant que “la voluntad de todo un pueblo no puede hacer justo lo que es injusto”.

En realidad ¿qué importa que la prepotencia, la invasión a la privacidad y el desmembramiento de los derechos provengan de uno o de muchos? ¿Acaso la dignidad del ser humano depende de la aritmética? El derecho a la vida, a la libertad y a la propiedad son anteriores y superiores a cualquier construcción, diseño y disposición de los hombres. Constituyen parte de las propiedades, características y naturaleza de un ser humano que no pueden ser borrados por ningún decreto.

Este es el sentido del pensamiento de Cicerón inscripto cincuenta años antes de Cristo en su Tratado de la República que he citado en otras ocasiones y que vale la pena reiterar por su punzante actualidad: “El imperio de la multitud no es menos tiránico que la de un hombre solo, y esa tiranía es tanto más cruel cuanto que no hay monstruo más terrible que esa fiera que toma la forma del pueblo”.

Toda la tradición de pensamiento liberal desde la Escuela de Salamanca en épocas de la escolástica tardía pasando por George Buchanan, Algernon Sidney y John Locke hasta nuestros días se consagra el derecho a la legítima defensa frente al atropello a las libertades individuales por parte de los gobiernos que están supuestos de protegerlas. En esto consiste el silogismo de la Declaración de la Independencia estadounidense tomada como modelo por todas las naciones del mundo libre: 1) que los derechos de las personas son inalienables 2) que la función del gobierno es garantizarlos y 3) cuando el aparato estatal no cumple con su misión específica es la obligación de los gobernados sustituir a los gobernantes.

Este es el espíritu tan declamado por los movimientos independistas latinoamericanos cuyas poblaciones, en gran medida, como ha dicho Juan Bautista Alberdi, “dejaron de ser colonos de la metrópoli para serlo de sus propios gobiernos”. Incluso es trascendental prestar la debida atención a lo que viene ocurriendo en Estados Unidos y, en ese sentido, atender a lo que se preguntaba y respondía David Starr Jordan quien fuera Presidente de Stanford University de 1891 a 1913: “¿Cuánto durará esta República?. Mientras se mantengan las ideas de los Fundadores”. Hoy que se habla tanto de que hacer con los “activos tóxicos” de empresas fracasadas debemos percatarnos que todo el problema nace y se propaga por las políticas tóxicas de gobernantes entrometidos en los negocios particulares.

Dado lo que viene ocurriendo en distintos países en estos momentos -fruto de una oceánica irresponsabilidad, de una ignorancia enciclopédica y de una machacona y alarmante perseverancia- se torna imperioso meditar sobre la pesadilla que describe con tanto realismo Robert Nozick en su escalofriante “Cuento del esclavo”.

Y no solo meditar sino redoblar esfuerzos educativos para la mejor comprensión de los valores de la sociedad libre. Como están las cosas, el esfuerzo no es menor. Todos los que nos venimos desempeñando en la cátedra sabemos que la tarea resulta más ardua si antes de enseñar hay que primero des-enseñar múltiples falacias tejidas en torno al tema abordado, para luego trasmitir conceptos. La acumulación de nociones erróneas está más lejos del conocimiento que la ignorancia lisa y llana.

Independientemente a que nos dediquemos, todos estamos interesados que se nos respete, por ende, todos debemos colaborar en la tarea para que se comprendan los fundamentos de una sociedad abierta. Ortega expresa muy bien el punto en La rebelión de las masas: “Si usted quiere aprovecharse de las ventajas de la civilización, pero no se preocupa usted por sostener la civilización [...] se ha fastidiado usted. En un dos por tres se queda usted sin civilización. Un descuido y cuando mira usted en derredor todo se ha volatilizado”.

Es indispensable que todos pongan su granito de arena para la comprensión de las ideas que hacen de dique de contención al maremoto totalitario y que abren cauces fértiles al progreso. La actitud pasiva es suicida. Joseph Fabry señala en otro contexto que, frente a la vida, no resulta posible adoptar la pasividad que se suele tener frente al televisor. Extrapolar la actitud de observador inmóvil del televidente frente a los acontecimientos que nos rodean solo puede conducir a la asfixia de las libertades. En esta línea argumental, el síndrome del televidente termina con la civilización.

Huston Smith, el gran espíritu ecuménico de nuestro tiempo, cuenta que en sus investigaciones sobre los indios norteamericanos percibió que en sus antiguas tradiciones, mucho antes que apareciera la escritura, cuando se reunían en torno al fuego para celebrar acontecimientos que consideraban de peso, para hacer un buen papel, se esforzaban por retener lo importante y no dar espacio para lo trivial ya que la capacidad de la memoria es limitada y había que aprovecharla en un contexto donde la trasmisión de todo era oral. A raíz de ello dice que, sin desconocer las extraordinarias, maravillosas e ilimitadas oportunidades que brindan las bibliotecas, a veces se corre al riesgo de alterar prioridades y perder perspectiva de lo que es primordial respecto de lo que es secundario.

Para comprender la gravedad del sistema esclavista no es cuestión de acumular información que está ampliamente disponible en la actualidad, sino de tener sentido de la dignidad y el suficiente conocimiento y la consiguiente argumentación para defender la libertad. El mismo Huston Smith lo cita a T.S. Elliot quien se interrogaba acerca de “¿dónde está el conocimiento que se perdió en la información?”.

En la época de las monarquías absolutas una minoría explotaba a las mayorías, ahora son las mayorías las que explotan a las minorías. Pero no hay que dejarse guiar por espejismos numéricos ni encandilarse por aritméticas engañosas, en verdad si se es explotado ¿qué diablos importa cual es el número que esclaviza?. Si mi vida no depende de mis decisiones, como en el cuento del esclavo de Nozick, para nada me alivia saber que son muchos, pocos o uno solo quien dispone a su antojo de mi hacienda. Si nos preguntaran cuándo en la historia la situación ha sido peor en cuanto a la intervención económica del aparato estatal en la vida de las personas, si en pleno siglo xviii o si durante el xx y lo que va del xxi responderíamos esto último debido que el empleo de tecnologías y controles más refinados y sofisticados permiten succionar partes crecientes del ingreso de la gente a favor de la casta gobernante. Y como decía Lenin, cuando el gobierno dispone de la propiedad de la gente dispone de la gente.

En última instancia, la muy justificada y sana preocupación por el establecimiento de contrabando de un moderno sistema esclavista a través del voto nos traslada a reconsiderar los límites al poder y su dispersión vía el federalismo, pero ahora invito a que nos detengamos a considerar un pensamiento de Harry Browne que levanta cortinas de la mente, despeja horizontes, enriquece perspectivas, despliega la imaginación y, sobre todo, aceita andariveles para eventualmente caminar en otra dirección: “El problema no es el abuso de poder sino el poder para abusar”.

Alberto Benegas Lynch (h)

sábado, 21 de marzo de 2009

El pensamiento de Galeano


En esta exposición el profesor Alberto Benegas Lynch comenta y crítica las principales ideas de uno de los escritores más influyentes en América Latina: Eduardo Galeano

sábado, 7 de marzo de 2009

Entrevista: Análisis sobre Latinoamérica


Este día les queremos presentar esta entrevista al escritor Carlos Alberto Montaner y al profesor Alberto Benegas Lynch, que realizó el programa Libre Encuentros. En el mismo, ambos pensadores exponen su visión de Latinoamérica, sus retos, sus logros y sus fracasos.