martes, 11 de marzo de 2014

La columna de Carlos Federico Smith: pobre Luis Guillermo y pobres nosotros

El próximo gobierno de don Luis Guillermo Solís tendrá que enfrentar serios problemas en el campo económico.  Y eso tendrá consecuencias para cada uno de nosotros. Por tanto resulta crucial que tenga éxito en su gestión, para que ella nos favorezca. Pero hay temas que están por allí, “como un fantasma” recorriendo nuestro mundito local y que deben ser encarados con toda claridad.

Empiezo por lo fiscal, aunque necesariamente sé que en esto, como en los otros temas que analizaré, debo ser breve y espero que sustancioso. 

Es un hecho que la situación fiscal es sumamente grave. Un déficit público cercano al 6.5% del PIB es complicado, no sólo en la realidad del costarricense, sino ante los ojos de quienes eventualmente tendrían que tener que ver con la economía, directa o indirectamente, como serían, por ejemplo, el Fondo Monetario, el Banco Mundial, las agencias clasificadoras (Moody’s, Standar and Poor’s y Ficht, principalmente). De su actitud y percepción acerca del comportamiento de la economía costarricense, dependerá en mucho lo que hagan entidades financieras privadas del exterior, así como la inversión externa presente y potencial en el país –la cual parece ser la tablita de salvación para algún grado de crecimiento de nuestra economía- y el mismo sector privado nacional.

Para resolver esta situación fiscal básicamente se han hecho tres planteamientos. Uno, que es el del Partido Liberación Nacional y que favorece Ottón Solís del PAC, que es simplemente aumentar los impuestos, por supuesto que aderezado con promesas de refreno del gasto estatal. El segundo es, me parece, el de los libertarios –aunque varios economistas que hasta hace poco estaban en sus tiendas, han propugnado por mayores impuestos- los cuales consideran que no debe ponerse más gravámenes, sino que principalmente atacar el déficit por el lado de disminuciones del gasto público. El tercero es el planteamiento que don Luis Guillermo, quien, como candidato presidencial del PAC -si bien no de algunos sectores de esa agrupación- ha dicho una y otra vez que, antes de poner nuevos impuestos en los primeros dos años de gestión gubernamental, primero ordenar, reducir, eficientizar –algo así por el estilo- el gasto público y después valorar si es necesario introducir nuevos  gravámenes.

La posición de “espera y verás” del próximo presidente, señor Solís, me parece muy razonable y atinada, dado que expresa la posibilidad de poner algún grado de orden en el desorden fiscal imperante, antes de simplemente acudir a poner mayores y nuevos impuestos, como es la posición del PLN y, de paso, aunque dicen oponerse a nuevos gravámenes, también del Frente Amplio, el cual apoyaría nuevos impuestos “siempre que fuera a los ricos”. 

En el Frente Amplio (y en Liberación) ignoran algo que en economía conocemos muy bien, como es el fenómeno de la pro-traslación de impuestos; esto es, que si “a los ricos” se les suben los gravámenes, estos los trasladarán al consumidor, aumentándoles los precios de los bienes y servicios que les venden. Asimismo, en el Frente Amplio y en Liberación ignoran otro fenómeno que los economistas también conocemos muy bien, cual es la retro-traslación de los impuestos, que quiere decir que, si se les aumentan los gravámenes, los ricos y sus empresas (así como las empresas de los no ricos), no van a contratar tanta gente como pensaban e incluso podrían hasta despedir trabajadores, a fin de mantener rentables a sus operaciones.

Hay dos pecados capitales de los proponentes de más impuestos para reducir el déficit. Hemos visto que esa es la esencia de la propuesta de Liberación, que está implícita en la del Frente Amplio y que es compartida por algunos (economistas) dentro del Movimiento Libertario y por grupos dentro del PAC. Su primer pecado es que con lo que proponen no resuelven definitivamente el problema del déficit, cual es el exceso de gasto gubernamental por encima de lo que recauda en impuestos.  Si se aumentan o crean nuevos gravámenes, simplemente el estado dispondrá de mayores recursos para poder seguir gastando, incluso hasta más que ahora, si es que el déficit actual tan elevado sirve podría haber servido para asustar en algo a los proponentes de un mayor gasto público, por las consecuencias que eso tendrá en la economía.  Si se aumenta la recaudación tributaria con más y mayores impuestos, simplemente se liberará al estado de la amarra que significa una situación de grave déficit fiscal, que, se supone (y testigo de ello es el actual Ministro de Hacienda) debería de imponer algún grado de orden y moderación en el gasto. Pero no, darle más plata al gobierno por la vía de aumentar los impuestos, es como darle droga a un adicto a la heroína: simplemente tomará una corta pausa, para luego continuar con el vicio (eso si es que el gobierno logra algo más de plata, pues los cansados contribuyentes bien podrían reducir su actividad económica imponible).

Por ello, la solución al problema de exceso de gasto público por encima de los tributos recaudados, pasa por reducir ese desbandado gasto estatal. Por lo tanto, esperanzados los ciudadanos debemos apoyar la propuesta que nos ha hecho don Luis Guillermo, cual es la de probar que, en sus primeros dos años de gobierno, es posible que el estado se modere a sí mismo, principalmente debido a una firme, clara y contundente decisión de los líderes político-económicos del gobierno. Algún escéptico me podría decir que “qué está fumando Jorge Corrales”, que “cuando ha visto que los políticos se limiten a sí mismo en lo que es el gasto”. Eso puede ser muy cierto, pero estoy dispuesto a darle la oportunidad al nuevo gobierno de que, antes de proponer nuevos impuestos ya, primero se reduzca el gasto público ineficiente y dispendioso.

Para lograrlo deberá empezar por poner orden en los conocidos disparadores del gasto, como son el aumento de la planilla estatal, el alza desproporcionada de los salarios en el sector público, principalmente de los sueldos de jerarcas altos y medios (y tanto del gobierno central, como de todas las entidades autónomas, descentralizadas y de poderes distintos al Ejecutivo), el financiamiento por todos nosotros de regímenes de pensiones de privilegio en el sector público y notoriamente en el Poder Judicial, entre otros, así como en la aprobación de nuevos proyectos de gastos por la Asamblea Legislativa, sin que se brinde el financiamiento que esos proyectos van a requerir. Estos son ejemplos de la titánica tarea que encara el gobierno de don Luis Guillermo y también todos nosotros, pues, como lo han atestiguado recientes acontecimientos en Europa, por muchos bien conocidos, cuando quiebra el gobierno, sufren fuertemente las economías privadas –esto es, los hogares, los trabajadores y empresas del sector privado, así como los del sector público, que terminan siendo despedidos y, en general, todas las familias de los costarricenses. 

El otro problema serio que enfrentará este gobierno se relaciona con la política monetaria.  Don Luis Guillermo no debe buscar la solución a los problemas cambiarios, ni de crecimiento de la actividad privada en la economía, expandiendo la política monetaria.  Aunque habrá amigos que me reprochen esta afirmación, “Remember Carazo”, que fue cuando el país terminó con la mayor inflación de mucho tiempo atrás y con la tasa más elevada de desempleo, eso se presenta cuando a una política fiscal mal manejada se le sobrepone (como sucede con el “interés compuesto”) una política monetaria mal manejada.  Ese es un peligroso coctel y los ciudadanos de las naciones que, de alguna manera, se lo tomen, sufrirán más, pero mucho más, que una simple goma. Es muy parecido a la debacle económica que hoy encara el gobierno de Nicolás Maduro y que, en la historia, no es exclusivo de ese país que ahora lo padece.  América Latina tiene una larga historia de sufrimientos por el mal manejo fiscal en conjunto con el mal manejo monetario que han proseguido autoridades irresponsables.

No sólo don Luis Guillermo tendrá que escoger gente experimentada y bien ponderada, moderada, dispuesta a entender cuándo se equivoca, para dirigir el Banco Central.  No es un lugar para experimentos, ni para poner en práctica teorías que en cierto momento pueden haber sido útiles (Keynesianismo en la Gran Depresión), que ya no son viables en una realidad de tipos de cambio variables, no fijos y que no pueden ser manipulados por largo tiempo por esas autoridades bancarias.
Es poco lo que he escuchado hasta el momento acerca del rumbo que se esperaría del Banco Central bajo el gobierno de don Luis Guillermo.  Pero creo que debe meditar cuidadosamente sus posiciones en torno al Banco Central; si se daña la moneda, se daña a todos los costarricenses, De nuevo, lo sucedido a mediados de la década de los ochenta debe estar presente en las meditaciones de don Luis Guillermo.

Otro tema crucial que enfrentará el próximo gobierno creo que ha sido evidentemente señalado por los costarricenses, cual es la falta de empleo. Así nos lo indican en numerosas y diversas encuestas, como el principal problema que hoy encaran.  Incluso lo expresan con mayor frecuencia que temas como delincuencia, narcotráfico, seguridad, de  los cuales ya nos tenían casi habituados. 

El problema de la falta de empleo está directamente relacionado con el comportamiento del crecimiento de la economía y, particularmente, porque no creo que nadie en su sano juicio pueda hoy proponer aumentar el empleo público. La clave está en que la economía privada pueda crecer más de lo que lo hace en la actualidad. Cuando hablo de empresa privada me refiero a una amplísima gama de actividades productivas, que los costarricenses llevamos a cabo a fin de generar ingresos para nuestros hogares. Ese abanico se extiende desde la gran productora de componentes electrónicos hasta la pulpería del barrio; desde la empresa bananera a la recolectora de deshechos metálicos que clama con megáfonos en los barrios, que le vendan lo que sea.  Empresa privada es lo que involucra todo el quehacer productivo de un país, desde la más poderosa a la más chiquitica; desde la más arrogante a la más humilde.  Es toda aquella que, para tomar sus decisiones, no depende de un dueño que es el estado, sino de una persona privada.

El cuidado que tendrá que tener don Luis Guillermo es dual. Por una parte, el de no caer en la trampa de gremios, que lo que buscan de un gobierno es que les den un privilegio, como, por ejemplo, la protección ante la competencia, tanto externa (aranceles), como interna (subsidios), que les permita hacer rentables o más rentables sus actividades privadas, pero a costas de eliminar la posibilidad de que el consumidor pueda ser favorecido con una competencia que abarata precios y que nos brinda una mayor diversidad de productos.

Otra labor esencial que en este tema deberá poner en práctica el gobierno de don Luis Guillermo, es brindar certeza de las reglas de juego vigentes en la economía; esto es, no hacer que sus acciones generen una incertidumbre paralizante de la inversión. Ejemplos de factores precursores de un incremento de la incertidumbre, podrían ser una amenaza permanente de instaurar nuevos y más elevados impuestos, poner mayores regulaciones absurdas y onerosas, que suelen ser cargas relativamente más pesadas para las empresas pequeñas, así como no garantizar debidamente los derechos de propiedad.  Si no existe esa certeza básica, uniforme y generalizada de las reglas de juego en la economía y si, por el contrario, se acude en la relación estado- sector privado primordialmente a satisfacer la demanda de rentas y privilegios de parte de grupos específicos del sector privado, tan sólo veremos como resultado una economía de magro crecimiento, de una débil actividad económica, de un alicaído sector productivo y de una débil apertura de oportunidades para las personas, principalmente trabajadores (excepto en el caso de los influyentes favorecidos con el privilegio), todo lo cual nos expresa con claridad que la economía no brindará los frutos deseables de progreso que favorece a toda la ciudadanía. Simplemente si se truncan las oportunidades amplias de éxito que debe poseer y brindar una economía, no habrá más que decadencia y ausencia de innovación, excepto una mayor presión de grupos organizados para que el estado les otorgue onerosos privilegios, los cuales pagaremos con creces todos nosotros. Habrá un menor pastel económico y más grupos deseosos de que el estado les entregue una mayor parte de ese pastel. Obviamente, la alternativa deseable es que haya un mayor pastel del que todos podamos participar.

Sin duda que hay muchos otros temas relevantes que deberá enfrentar el próximo gobierno.  Por ejemplo, la situación externa es muchas veces crucial para nuestra economía, pero es poco lo que usualmente se puede hacer, en especial para naciones que no poseen grado alguno de influencia en los mercados, como es el caso de Costa Rica.  De nuevo, la precaución, el ahorro, la prudencia en el gasto, que creo ha sido parte del éxito de muchas naciones de América Latina en esta crisis aún vigente en nuestras economías, deberá ser la norma que cobije el comportamiento del Banco Central. Pero también creo que será relevante la ampliación de nuestro comercio internacional, no ya con trataditos casi innecesarios con Zumbambia y Juepuchistán, sino con el sector que en estos momentos ofrece las mayores posibilidades de acoger nuestros productos (y nosotros los de ellos), como es el Asia Pacífico y su pivote en América Latina. Debemos de asegurarnos de estar bien amarrados en ese, aparentemente único en estos momentos, carro que nos dé oportunidades de crecer en los próximos años.

Debo concluir este comentario, pues no deseo que pierda su ímpetu tratando de cubrir muchos temas económicos a la misma vez.  Por ello fue que decidí básicamente concentrarme en el tema fiscal, el monetario y algo del sector económico externo. Ojalá que estas reflexiones ayuden a que nuestro país recupere el crecimiento económico, tal alicaído de estos últimos años.  Si lo logramos, la ciudadanía apreciará la labor de un buen gobierno, pues eso se traducirá en mayor empleo y más elevado ingreso familiar, que me parece es lo que hoy se anhela en nuestros hogares. Si hay un fracaso, no sólo pobre Luis Guillermo, sino también todos nosotros.

Jorge Corrales Quesada

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