sábado, 4 de octubre de 2008

EE.UU.: La manía de los rescates


Bear Stearns: OK; Fannie Mae y Freddie Mac: OK; AIG: OK. ¿Puede alguien entender qué mensaje se está enviando?

Cerca de US$ 1 billón de dinero de los contribuyentes ha sido comprometido para rescatar a empresas financieras que tomaron malas decisiones. Los funcionarios de la Reserva Federal dirán que el gobierno está obteniendo control de activos valiosos y que todo estará bien una vez que se calmen los mercados. Pero, ¿podemos estar seguros de eso?

El sector privado no está dispuesto a comprar estos activos. La falta de transparencia con respecto a la calidad de los mismos, lo cual involucra estructuras de derivativos tremendamente complicadas, ha dejado perplejos hasta a los expertos financieros. ¿Por qué pensamos que la FED hará un mejor trabajo?

Para estar claros, puede ser que la FED y el Departamento del Tesoro únicamente estén desempeñando su labor de prestamistas de última instancia. Cuando las empresas financieras no pueden sostener sus valores, el gobierno debe intervenir. De otra manera, el crédito hacia las empresas productivas podría desaparecer y la economía entraría en recesión. Pero aun así esto nos hace pensar acerca del papel que debería jugar el gobierno en los mercados, la vulnerabilidad fiscal contingente y los objetivos en cuestión.

Desafortunadamente, no hay garantía acerca de cuándo se recuperará la demanda privada de activos respaldados por hipotecas enmarañadas en complicados contratos de derivativos, porque no hay transparencia respecto a su valor. Nadie —ni las agencias evaluadoras de crédito, ni los Oficiales Financieros Certificados (CFOs, por sus siglas en inglés) ni los expertos financieros del gobierno— conoce alguna manera relativamente expedita de resolver qué comprenden estos contratos en términos de la solidez de los flujos financieros que están detrás de ellos.

Todo esto tomará tiempo en resolverse, así que la "solución ordenada" a estos instrumentos financieros —descubrir su valor y su colocación bajo las instituciones adecuadas que puedan tolerar los riesgos— tomará muchos meses. Y aquí está en resumen la conclusión: el problema puede que empeore mientras la FED y el Tesoro no tengan mecanismo alguno para pedir un "tiempo fuera". La esperanza aquí parece ser que el simple pasar del tiempo tranquilice a los mercados.

Sin embargo, la evidencia hasta ahora sugiere que los inversionistas están cada vez más, no menos, temerosos respecto a si el valor de sus posiciones es sostenible y están buscando deshacerse de los activos cuestionables que tienen.

La continua intromisión gubernamental crea un precedente para que haya más rescates financieros, pero sin la existencia de un aparato formal que contenga el riesgo o que cobre tarifas ajustadas al mismo a aquellas entidades que son las que están creando gran parte del riesgo. En cambio, el gobierno sólo toma en cuenta si la entidad es demasiado grande para permitir que ésta quiebre.

Los contribuyentes, como resultado, ya están comprometidos con un gasto de alrededor de US$ 1 billón —una cantidad que probablemente crezca mientras otras empresas financieras importantes se metan en problemas—. Los estadounidenses ya se enfrentan a retos enormes para pagar futuros pasivos del seguro social y los beneficios de Medicare y Medicaid, los cuales constituyen muchos billones de acuerdo a los cálculos oficiales. La Corporación para Garantizar los Beneficios de las Pensiones (PBGC, por sus siglas en inglés) también se enfrenta a un proyectado déficit masivo. Las hipotecas "subprime", los programas de bienestar social y la PBGC son un desastre que pronto se desencadenará a menos que se tomen decisiones ahora.

Comprometer el dinero de los contribuyentes para rescatar empresas financieras una y otra vez amenaza con gastar toda la pólvora que vamos a necesitar en el futuro. Además, los rescates de tal magnitud envían el mensaje equivocado a los inversionistas y a las empresas financieras: pueden continuar con su expansión sin límites hacia inversiones riesgosas sin temor a sufrir las pérdidas, ya que el gobierno no tendrá los pantalones bien puestos para dejar que las sufran.

Jagadeesh Gokhale y Kent Smetters

viernes, 3 de octubre de 2008

Viernes de recomendación


Para este viernes de recomendación, en ASOJOD les ofrecemos un interesante documento llamado "El fin de la filosofía", realizado a partir de las contribuciones de varios pensadores y filósofos de la ciencia.

Para descargarlo, dele click al link de este texto, lo cual lo enviará a una página de Rapid Share, con dos velocímetros. Dele click donde dice free user y luego donde dice download.

jueves, 2 de octubre de 2008

Opciones al plan de salvataje



En esta entrevista con Alberto Padilla, Ian Vásquez del Instituto CATO, explica las razones del porque el plan de salvataje debe de ser rechazado.

EE.UU.: ¿Salvataje para ricos?


El lobby del establishment financiero se empeña en mostrar los efectos malsanos que ocurrirían si no se aprueba el "salvataje" de 700 mil millones de dólares, en última instancia detraídos de los contribuyentes. No parece percatarse que la utilización irresponsable de instrumentos financieros y las colocaciones en proyectos inviables deben sanearse si no se quiere agravar el problema. No es conducente "esconder la tierra bajo la alfombra" aunque, a corto plazo, con esa u otras medidas similares la politiquería saque rédito de sus desaciertos.

No es improbable que el paquete rechazado en el Congreso se apruebe con enmiendas, dado el clima de latinoamericanización que prevalece en la actualidad en Estados Unidos, salvo honrosas excepciones, como la de Ron Paul que mantiene con coraje, como diputado, la llama del american way of life.

Jim B. Rogers, en su momento cofundador de Quantum Funds con George Soros y ahora profesor en la Universidad de Columbia, sostiene que este rescate es peor que el lado más oscuro de China comunista y Frank Shoastak, economista jefe de G. F. Global, insiste en que se debería proceder como se hizo con Lehman Brothers, cuyos activos de 639 mil millones se reubicaron y los inservibles se liquidaron, al tiempo que se relocalizaron los millones de empleados de la firma.

No es que estos problemas no traigan consecuencias, se trata de no agravar la situación acentuando la onda expansiva, al permitir que los que erraron el camino sean financiados coactivamente por otros. Si la gente percibiera que, en el balance neto, es mejor socorrer a los insolventes, eso es lo que haría, del mismo modo en que se encaran voluntariamente proyectos colosales que comprometen sumas inmensas a plazos muy extendidos y con cláusulas que eviten las trampas del free rider.

La administración de Bush tiene el triste récord de la tasa más rápida en la relación gasto público-producto bruto interno de los últimos ochenta años. Bush pidió cinco veces autorización a la Legislatura para elevar el tope de la deuda estatal, que ahora significa el 70% del PBI y se consumió el superávit de la administración anterior, elevando el gasto a límites astronómicos que dejan un déficit fiscal pavoroso. A eso debe agregarse la política de la Reserva Federal, que comprimió artificialmente la tasa de interés, lo cual condujo a que se encararan proyectos en apariencia rentables, pero en verdad antieconómicos.

El Fondo de Cultura Económica acaba de publicar un libro mío titulado Estados Unidos contra Estados Unidos, donde muestro los alarmantes desvíos, en muy diversos frentes, respecto de los extraordinariamente sabios principios establecidos por los Padres Fundadores en ese gran país. Lo que ahora ocurre nada tiene que ver con la sociedad abierta o el capitalismo; es consecuencia de la reiterada política de regulaciones contraproducentes, que hoy ocupan nada menos que 75 mil hojas anuales.

Las decisiones que se adopten en el baluarte del mundo libre resultan cruciales para la preservación del mundo libre. La política del Robin Hood al revés, que sustrae recursos de la gente común para alimentar a los señoritos de Wall Street, produce efectos devastadores.


Alberto Benegas Lynch

miércoles, 1 de octubre de 2008

Ron Paul: perspectiva de la crisis



En esta entrevista en el programa de Glenn Beck, el Congresista Republicano Ron Paul comenta las causas, efectos y soluciones a la crisis financiera de los Estados Unidos.

martes, 30 de septiembre de 2008

El papel de Clinton en esta crisis finaciera


Debo confesar que no pensaba escribir sobre esta mega crisis por un buen tiempo. Y no pensaba hacerlo porque todo lo que he escrito en relación a ésta desde hace más de dos años se encuentra, en blanco y negro, disperso por toda la galaxia virtual de Internet. Ya no quedaba mucho por decir: el exceso especulativo en los mercados era demasiado grande como para no llamar la atención de cualquier economista medianamente informado en el tema; era demasiado grande como para que uno no se preguntara de dónde venía ese oxígeno que alimentaba ese fuego infernal, y demasiado grande como para no escribir sobre este Armagedón financiero en cierne.

Y eso hice, hasta que el recuerdo de la maldición de Casandra me llevó por otros rumbos alejados de la redacción y de la prosa. Pero en las últimas semanas el colapso en los mercados ha llevado a que la izquierda económica salga, en tono triunfal, a declarar la muerte del libre mercado -que aseguran fue por suicidio-. Seguir callado, como se comprenderá, dejaba de ser una opción. Un reducido número de economistas advertimos sobre el tsunami que se nos venía encima. La inmensa mayoría de nuestros colegas en la profesión, o no vio la ola o, si la vio, supuso que las nuevas condiciones oceanográficas favorecían la práctica del surfing.

Ahora que la naturaleza y la magnitud de la crisis quedan al descubierto, son estos economistas precisamente los que han cambiado la trusa de baño por el traje de tres piezas de analista económico, y pontifican en cuanto medio de comunicación pueden acerca del rol que el Estado debe tener en la solución del problema, que atribuyen a una "falla de mercado". ¿Falla de mercado ...o falla de gobierno? Esta es la pregunta que me lleva a tomar la pluma una vez más.

¡Pero no se apresure en responder! Esta gran crisis financiera, poliédrica, de la cual el inmobiliario es uno de los lados, tiene en William Jefferson Clinton, el ex presidente norteamericano, uno de sus tantos responsables. Y no lo afirmo yo: es lo que se deduce de esta nota publicada hace casi diez años en el órgano oficial de la izquierda norteamericana, el neoyorquinísimo New York Times, firmada por Steven A. Holmes, en la que ya el título dejaba presagiar lo que se estaba fraguando: "Fannie Mae flexibiliza crédito para estimular el préstamo hipotecario". Como la nota es larga, transcribo algunos de los párrafos relevantes:

"[C]on el fin de ayudar a que las minorías y la población de menores ingresos se hagan de una casa, Fannie Mae Corporation planea reducir los requerimientos crediticios que le pide a la banca al momento de comprarle su cartera hipotecaria".

(...)

"Este plan piloto, en el que en un comienzo participarán 24 bancos en 15 ciudades (incluyendo el área metropolitana de Nueva York), busca incentivar a los bancos a que concedan préstamos hipotecarios a personas a las que su historial crediticio no les permite obtener préstamos convencionales".

(...)

"Fannie Mae, el suscriptor de préstamos hipotecarios más grande del país, se encuentra presionado en gran forma, por un lado, por la Administración Clinton, que insiste en que aumente su cartera de colocaciones hipotecarias entre los grupos de menores ingresos y, por otro, por sus accionistas, que buscan que mantenga su alto nivel de rentabilidad."

"[Por su parte], los bancos, las instituciones de ahorro y crédito y las compañías de préstamos hipotecarios también presionan a Fannie Mae para que los ayude a otorgar cada vez mayores préstamos a personas de alto riesgo crediticio ("subprime borrowers"). Los ingresos, el historial de crédito y los niveles de ahorro de estos deudores les impiden acceder a préstamos hipotecarios convencionales, y es por eso que cuando obtienen préstamos, éstos vienen con tasas de interés altas --de 3 a 4% por encima de las tasas convencionales."

(...)

"'Fannie Mae ha logrado que millones de hogares accedan a la casa propia al reducir los requerimientos del depósito inicial', afirma su presidente, Franklin D. Raines."

(...)

"Este nuevo segmento crediticio [los clientes 'subprime'] lleva a Fannie Mae a que asuma un progresivo riesgo, el cual no presenta problemas en épocas de crecimiento económico. Sin embargo, podría encontrarse en graves apuros cuando los vientos cambien, obligando al gobierno a emprender un rescate financiero, como el de los bancos de ahorro y préstamos [Savings & Loans] en los noventa". ("Fannie Mae eases credit to aid mortgage lending", New York Times, 30/setiembre/1999)

Queda claro, entonces, que todo este caos y pánico financiero tiene su origen en el hecho que a alguien en la Casa Blanca se le ocurrió que el populismo económico no tenía por qué ser monopolio de las democracias tercermundistas --de ambos lados del espectro político--, y si John no tenía ahorros para adquirir una vivienda, "no problem, sir", se le reducía o eliminaba el depósito inicial, y si ahora era Peter el que no tenía los ingresos necesarios, "no problem, sir", había que ver la manera de utilizar algo de alquimia financiera y contabilidad creativa para que el pago mensual, los primeros tres o cuatro años, fuese artificialmente bajo --aunque luego se duplicara y hasta triplicara--. Estas personas de bajos ingresos, que las medidas clintonianas buscaban capturar en una versión primer mundista de clientelismo político, despiertan ahora del sueño de la casa propia a la pesadilla de la casa embargada. Quienes desde el gobierno planearon y ejecutaron esta política de Estado olvidaron algo fundamental: en la historia económica de la humanidad no existe un solo caso exitoso de creación de riqueza por decreto. Toda creación de riqueza es un largo y complejo proceso de reconversión de ahorro en inversión. Sin ahorro no hay inversión, y sin inversión no hay crecimiento económico. Así de simple.

Pero el demócrata Clinton especuló que la dinámica del juego de espejos, por el cual se genera la sensación de un túnel sin fin cuando se colocan uno frente al otro, podía aplicarse con buenos resultados colocando al mercado inmobiliario frente al mercado de valores (¡como dos espejos!). Se equivocó rotundamente, y ahora la gente tiene que abandonar sus casas, y ahora a él le queda el juicio de la historia.

Cómo podía saber el New York Times que, diez años después de su nota, ésta se usaría como prueba para responsabilizar a un ex presidente norteamericano de asesinato en primer grado del mercado hipotecario. Sí, los mercados no cometieron suicidio: fueron amordazados, atados de pies y manos y, posteriormente, estrangulados por la intervención estatal y las distorsiones y efectos perversos que ésta trajo consigo. Ahora viene la gran purga de todos los excesos en la economía y por eso tiembla el gran edificio financiero global. Adam Smith, finalmente, ha decidido realizar una limpieza general de la casa, y cuando hace la limpieza --nos enseña la historia-- siempre empieza por los rincones más sucios. Ayer fue el mercado hipotecario; hoy, el crediticio; mañana, quién sabe. And, boy, is he pissed!

Charles Philbrook

Invitación a Seminario


En ASOJOD queremos extenderles una invitación al seminario "Reforma monetaria urgente: ¿con o sin Banco Central?: Análisis de los casos de dolarización en América Latina y de reforma de los proyectos de ley al Banco Central de Costa Rica". La información es la siguiente:

Fecha: Lunes 13 de octubre, 2008

Hora: de 7:30 a.m. a 5:00 p.m.

Lugar: Hotel Radisson

Inversión: $ 50. Estudiantes con carné pagan $20. Clientes de DATUM participan gratis. Cupo limitado.

lunes, 29 de septiembre de 2008

Tema Polémico: crisis y mercados ¿existen culpables?


Mucho se habla en estos días de la crisis financiera que está golpeando a Estados Unidos y al mundo entero. Nunca faltan los habladores que salen a gritar a los cuatro vientos el fracaso del mercado, la necesidad de intervención, la caída del Imperio o el fin del mundo civilizado.

Pero muy pocos han hecho el ejercicio de identificar las causas que han provocado la susodicha crisis: hace algún tiempo atrás, la FED promovió una baja en las tasas de interés, lo que hizo a las entidades financieras aumentar drásticamente el crédito disponible. ¿Falla del mercado o falla del Estado? Para los seguidores de Stiglitz, esta crisis resultó una oportunidad para desempolvar sus ideas de que el mercado no es perfecto y necesita la intervención del Estado para equilibrarlo, pero como no hay más ciego que el que no quiere ver, olvidaron lo inolvidable: fue la misma intervención la que distorsionó al sector financiero-crediticio.

¿Por qué sucede esto? Para responder a esta pregunta, primero hay que aclarar qué es y que no es el mercado. El mercado es un conjunto de personas decidiendo libremente cómo usar sus recursos, sea para producir o para consumir bienes y/o servicios. Esta idea remite a la concepción hayekiana del mercado como un orden espontáneo, es decir, un orden obtenido a través de la acción de los individuos que, sin necesidad de coordinación centralizada, o información perfecta, sino con información específica que sólo cada uno de ellos posee, logran alcanzar estados de equilibrio parciales, en el sentido de que dicho equilibrio se rompe y se establece en posiciones diferentes en cada acción y reacción.

Nótese que esta concepción no pretende hablar de "mercado" como lo hacen la gran mayoría de perspectivas, es decir, de forma antropomorfista. Esta forma pretende presentar a las entidades como si tuvieran ciertas propiedades humanas que les permitan actuar como tales. Por eso escuchamos a gente decir "el mercado devorador", "el mercado salvaje", "el mercado quiere", "el mercado no quiere". La misma fórmula se le aplica a la sociedad, al Estado o a las demás organizaciones. La mayoría de las veces, se asocia este antropomorfismo con un holismo para hablar de cierta monoliticidad en los deseos y acciones de los colectivos.

Pero en realidad, la sociedad, el Estado o el mercado no son entidades independientes de sus partes, es decir, no son supraindividuales. No actúan ni desean, no odian ni olvidan por sí solas. Por eso, cuando se pretende decir que la crisis financiera se produjo por un error del mercado, se incurre en una terrible equivocación, pues el mercado como tal ni acierta ni falla, sino que lo hacen los individuos que participan en él. Y como todas las actividades humanas están interrelacionadas, es difícil determinar quiénes participan y quienes no participan en el sector financiero-crediticio, por lo que podría decirse que los responsables de la crisis son miles y miles de personas.

¿Y cuál ha sido la solución propuesta por las autoridades gubernamentales estadounidenses? Un rescate de US$ 700 mil millones. ¿Por qué esta cantidad? La respuesta de un portavoz de la Tesorería de EE.UU. fue: "No está basado en algún dato en paticular. Sólamente queríamos escoger un número muy alto".

Evidentemente, la elección de la suma refleja el antojo estatal y su torpeza para resolver los problemas que ha creado, en tanto termina por rescatar a compañías que fracasaron. Los errores de individuos dejaron claro que Fannie Mae, Freddy Mac y otras tantas organizaciones, estaban en la picota y que lo que restaba por hacer es dejarlas morir. Y eso era lo lógico: pero, en cambio, las autoridades gubernamentales decidieron salir al rescate, transmitiendo con eso un sencillo mensaje: que siempre estarán ahí en caso de problemas. Esto genera un incentivo perverso para que los actores incurran en riesgos mayores y no se responsabilicen de sus actos, sino que se los trasladen a los demás por medio de algo muy sencillo: el gasto de dinero realizado por el Estado.

sábado, 27 de septiembre de 2008

El Plan Paulson


Después de fracasar en sus intentos de estabilizar el mercado financiero con un desenfrenado activismo fiscal y monetario, el Tesoro norteamericano secundado por la Reserva Federal se ha embarcado en la mayor operación de rescate de la historia económico-financiera desde el New Deal en los años treinta del siglo pasado. La iniciativa del gobierno estadounidense sugiere dos cuestiones fundamentales, una se refiere a los aspectos formales del Plan Paulson y la otra a su capacidad de conseguir los fines perseguidos. Ambas tienen una importancia fundamental porque si el programa diseñado por el Tesoro fracasa habrá deteriorado de manera sustancial el marco institucional de la economía norteamericana sin haber logrado contener el colapso del sistema financiero. En este caso, la maquiavélica tesis de que el fin justifica los medios, apadrinada por la Administración republicana, se saldaría con un sonoro fracaso de implicaciones imprevisibles para los EE.UU. y para el resto del mundo, sobre todo, para quienes creen en los principios del capitalismo competitivo.

El Plan Paulson demanda la concesión de un poder imperial al Tesoro sobre el uso de los recursos solicitados al Congreso para combatir la crisis. Se crea pues un fondo, para empezar de 700.000 millones de dólares cuya utilización por parte del gobierno es discrecional porque pretende no estar sometida al control de los tribunales, del legislativo ni de ninguna agencia administrativa. Esto sitúa al Tesoro por encima de la ley y le concede una arbitrariedad total para decidir qué activos compra, a quién y a qué precio. El programa de Paulson tiene una potencia expansiva extraordinaria porque no se limita a adquirir con cargo al dinero de los contribuyentes los denominados activos “tóxicos”, sino que además se reserva la posibilidad de hacerlo con cualquier otro que a su libérrimo juicio necesite ser “nacionalizado” para salvar el sistema. Es evidente que este planteamiento abre la puerta a todo tipo de abusos y favoritismos.

En el terreno de los principios, la entrada en vigor del Plan Paulson alteraría de manera sustancial los fundamentos del modelo económico estadounidense para las próximas dos generaciones. Crearía un sistema en el cual los beneficios son privados y las pérdidas públicas y en donde el dinero de los ciudadanos se utiliza para salvar a entidades e instituciones que han cometido excesos creando incentivos para que los sigan cometiendo porque, al final, les socorrerá Papá Estado. Este enfoque choca frontalmente con las reglas de una economía de mercado en la que la gente es responsable de sus actos, los comportamientos imprudentes son penalizados y los prudentes se recompensan. De este modo, el salvamento de los intereses de un puñado de financieros irresponsables o exuberantes causaría un daño sustancial al capitalismo con la complicidad y con el apoyo de un gobierno asustado e incompetente.

Si se excluye del análisis la apelación a los anteriores criterios, se plantea una pregunta: ¿Servirá la acción gubernamental para solucionar la crisis financiera? La respuesta exige un cierto desarrollo. De entrada, la iliquidez hace difícil saber cuál es el valor de los activos y la teoría económica avalada por una abrumadora evidencia empírica demuestra que el mercado, con todos sus defectos, tiene una innegable ventaja competitiva sobre el gobierno para resolver ese dilema. Esto significa que si el Tesoro opta por comprar los activos al “precio justo de mercado” sólo podrá hacerlo por encima del actual. De lo contrario, sus propietarios ya los hubiesen vendido. No lo han hecho porque no quieren asumir las pérdidas adicionales descontadas por los expertos más solventes, estimadas en una depreciación de los activos reales del orden del 35-40 por 100 de la que sólo se ha producido la mitad.

Por eso, los inversores no han entrado ni lo harán en el mercado hipotecario-inmobiliario hasta que toque fondo. Descartada la hipótesis de una masiva confiscación de activos, el Tesoro se verá forzado a pagar más si quiere adquirirlos lo que elevará o sostendrá artificialmente su valor, como lo hicieron las intervenciones de la FED con el de las acciones. Esta actuación quizá consiga frenar coyunturalmente pero no evitará el inevitable ajuste del sector y sus implicaciones financieras, entre otras cosas, porque los deudores no podrán hacer frente a sus obligaciones.

El Plan Paulson no solventa la esencia del problema: la descapitalización de las instituciones financieras norteamericanas y, en consecuencia, su imposibilidad de aumentar la oferta de crédito aunque las liberen de sus activos “tóxicos”. Todos los rescates bancarios con éxito de la historia han tenido dos características básicas: primera, reducir el tamaño de las entidades intoxicadas y garantizar los depósitos; segunda y sólo tras hacer lo primero, repagar las deudas y vender sus activos. Por contraste, el Tesoro pretende convencer a los acreedores que todo se arregla comprando los activos intoxicados. Esto sólo funcionaría si se asume que están infravalorados, tesis asumida por Paulson en la rueda de prensa en la que presentó su proyecto, lo que sólo es verdad si estamos ante un problema de liquidez, extremo dudoso, y no de insolvencia, probabilidad real.

Por último, los efectos macroeconómicos del Plan Paulson son inquietantes. Su puesta en marcha disparará el binomio déficit/deuda pública para los próximos años y su necesidad de financiación forzará bien a subir impuestos bien a elevar la inflación. Cualquiera de esos dos escenarios conduce por un lado a una intensa depreciación del dólar y, por tanto, crea el serio riesgo de que los inversores exteriores, básicamente bancos centrales extranjeros y fondos soberanos, dejen de estar dispuestos a seguir financiando los desequilibrios de la economía norteamericana; por otro, ejercerá un efecto “crowding out” que hará más escasos y más caros los recursos disponibles para el sector privado, agudizando la restricción de liquidez. Y… ¿La culpa de esta situación la tiene el capitalismo salvaje? No, pero se lo contaré otro día.

Lorenzo Bernaldo de Quirós

viernes, 26 de septiembre de 2008

Viernes de recomendación


En este día, por medio de ASOJOD, Murray Rothbard ofrece un artículo titulado "Propiedad e intercambio" en donde explica los principales fundamentos de la doctrina libertaria: axioma de no agresión, irrestricta propiedad privada y sistemas de libre intercambio, rechazo a la intervención estatal, a los impuestos. Ante todo, el autor desmitifica no sólo la equiparación del libertario con la derecha, sino también la distinción del libertario verdadero de los utilitaristas.

miércoles, 24 de septiembre de 2008

EE.UU.: ¿Falta de regulaciones? No, solamente regulaciones poco efectivas


Hay la mal concebida noción de que los años del Presidente Bush en la presidencia han sido caracterizados por una actitud negligente respecto de la regulación. En gran parte, este mito parte de la retórica del presidente y aquellos funcionarios elegidos por él, quienes han enfatizado las costosas cargas que constituyen las regulaciones para los negocios.

Pero la realidad ha sido muy distinta: una regulación pesada continua, con una creciente pérdida de rendición de cuentas y efectividad. Eso es gobernabilidad disfuncional, no laissez-faire.

Cuando se trata de la regulación financiera, por ejemplo, hasta antes de la crisis de los últimos meses, el gobierno hizo poco para alterar la estructura que regulaba el mercado y que había sido construida a lo largo de décadas. Los bancos continúan siendo gobernados por una mezcla de reglas y agencias que incluyen a la Oficina del Controlador de la Moneda, los acuerdos internacionales de Basilea acerca de los estándares para capitales, las autoridades estatales, la Reserva Federal y la Corporación Federal de Seguro de Depósitos. Los bancos cotizados en la bolsa, al igual que las corporaciones, están sujetos a la Ley Sarbanes-Oxley.

Y las leyes que han existido por años—como la Ley de Publicación de Hipoteca para Vivienda y la Ley de Reinversión Comunitaria—ayudaron a promover la proliferación de préstamos hipotecarios de alto riesgo. Tal vez la distorsión de más largo plazo en el mercado de viviendas vino del código tributario: la antigua deducción por el interés de la hipoteca, la cual promovió la inversión exagerada en bienes raíces.

En resumen, había hartas regulaciones—aún así gran parte de estas empeoraron las cosas. Estas leyes e instituciones deberían haber moderado el riesgo bancario mientras que promovían la transparencia financiera, pero no lo hicieron. Esta deficiencia—no una política juiciosa de laissez-faire—es donde el gobierno de Bush se equivocó.

Sería injusto, sin embargo, culpar solamente a los Republicanos por estos fracasos regulatorios. Los Demócratas tienen una larga historia de favorecer, sin titubear, la expansión de propiedad de hogares, lo cual ha contribuido a los excesos de Fannie Mae y Freddie Mac, los gigantes hipotecarios ahora humildes.

La privatización de Fannie Mae sucedió desde la administración de Johnson, la cual quería librarse de las deudas de esa agencia. Pero ahora, por supuesto, el gobierno debe hacerse cargo de la deuda de la agencia. Hasta esta primavera, los Demócratas en el congreso estaban presionando para que haya requisitos capitales más débiles para las agencias hipotecarias. La realidad regulatoria era que pocos políticos estaban dispuestos a intercambiar las ganancias económicas de corto plazo—específicamente, tasas más altas de propietarios de hogar—por una protección en contra de riesgos financieros a un plazo más largo.

Aún así, las numerosas críticas por parte del gobierno de Bush a la regulación palidecen por los números, que demuestran un interés sólido en una continuación y aumento de las regulaciones. Esta es la lección de un estudio reciente, “Regulatory Agency Spending Reaches New Height” por Veronique de Rugy, investigadora titular del Mercatus Center de la George Mason University, y Melinda Warren, directora del Weidenbaum Center Forum de la Washington University. (Nota: La participación de la Srta. de Rugy en este estudio estuvo bajo mi supervisión). Para el presupuesto fiscal propuesto para el 2009, el gasto por parte de las agencias reguladoras crecerá en un 6,4 por ciento, similar al crecimiento del año pasado y continuando una tendencia expansionista de largo plazo.

Para la categoría de regulación de finanzas y banca, el gasto ajustado a la inflación ha aumentado en un 43,5 por ciento entre 1990 y 2008. No es poco común que el Registro Federal publique más de 70.000 o más páginas de regulaciones nuevas cada año.

En otras palabras, la regulación financiera ha producido muchas leyes y mucho gasto pero con malas prioridades y poco éxito en utilizar las leyes más importantes para evitar el desastre. Esto nos recuerda cómo los legisladores muchas veces parecen más interesados en construir nuevas carreteras—las cuales son proyectos altamente visibles—que en mantener las viejas.

La desregulación financiera más importante en los últimos tiempos fue una implícita—específicamente, que los fondos soberanos y muchos otros nuevos y exóticos instrumentos financieros han crecido en importancia pero se han mantenido en gran parte sin regulación. Es cierto que estas instituciones contribuyeron a la severidad de la crisis de Bear Stearns y a la relacionada crisis global de crédito. Pero no es obvio que el sector financiero menos regulado se desempeñó en cualquier manera menos satisfactoria que los sectores de vivienda o la banca—los cuales son altamente regulados—incluyendo, por supuesto, a las agencias hipotecarias auspiciadas por el gobierno.

En otras palabras, la regulación que teníamos no funcionó muy bien.

Hay dos maneras de interpretar esta historia: La primera es que, con el beneficio de poder mirar hacia atrás, uno podría argumentar que necesitamos una voluntad política más fuerte para regular cada esquina de las finanzas y evitar la crisis.

Bajo la segunda interpretación, la cual yo prefiero, los reguladores nunca estarán en una posición para evaluar o adivinar precisamente muchas de las transacciones más importantes del mercado. En finanzas, trillones de dólares cambian de manos, los jugadores del mercado son muy sofisticados, y gran parte de la actividad sucede afuera de EE.UU.—o podría fácilmente suceder así.

Bajo estas circunstancias, el verdadero asuntos es establecer prioridades sólidas para la regulación para prevenir los fraudes y para promover la transparencia en el mercado, dado que el escrutinio del gobierno nunca será universal ni cercano a eso. Identificar los sectores no regulados mirando hacia atrás no es una guía útil para saber qué hacer la próxima vez.

Ambos candidatos presidenciales han respaldado la reforma regulatoria, pero todavía no han indicado que esta será una prioridad. Eso no es sorprendente. Arreglar estos problemas podrá parecer una manera muy abstracta de ayudar al ciudadano promedio, y seguramente requerirá de enfrentamientos con algunos intereses especiales. Es más fácil decirle a los votantes que los reguladores se han encargado del problema del año anterior, aún si es que eso no logra nada para el futuro.

Mientras tanto, si usted oye pedidos para más regulación, sin una explicación clara de por qué la regulación falló en el pasado, tenga cuidado. Es probable que conseguiremos más regulación con todavía menos rendición de cuentas e inclusive menos enfoque en resolver nuestros verdaderos problemas económicos.

Tyler Cowen

Las culpas son de otros

Si un conservador es víctima de adulterio, reta a su rival a duelo. El liberal lo lleva a los tribunales. ¿Y el comunista? Va a tirar piedras contra la Embajada Americana.

Este viejo chiste, hijo de la Guerra Fría, desapareció junto al comunismo, pero mantiene su eco en América Latina: cuando un Gobierno serio, democrático y respetuoso de las instituciones afronta problemas, opta por el diálogo y el pragmatismo, para buscarles solución. Pero si su signo es el populismo autoritario, inventa conspiraciones… y culpa a Estados Unidos.

Realidad ficticia. El primitivo instinto de desviar la atención de los desafíos reales, para fijarla en las mitologías heredadas de la difunta teoría de la dependencia, o de un antiyanquismo visceral y vacío, forma parte de lo peor que exhibe la política latinoamericana.

Su mayor contribución a los males hemisféricos no ha sido tanto generar tensiones regionales innecesarias, sino frenar la acción nacional allí donde es más relevante: en la construcción del Estado de derecho, la buena conducción económica, el fomento de la educación, el combate de la corrupción, la búsqueda de la equidad o el desarrollo de programas sociales eficaces.

Una cosa es tener posiciones adversas a Washington, Wall Street o el Fondo Monetario Internacional, y otra usarlos como chivos expiatorios o narcóticos para adormecer a la población o perseguir a los opositores, mientras los verdaderos males se mantienen o crecen.

Golpe de sinrazón. Frente a las complejas rupturas regionales, étnicas, sociales, económicas y políticas que han puesto a Bolivia al borde de la implosión, el presidente Evo Morales renunció a la mesura, el diálogo y el posible acuerdo con sus duros adversarios.

En su lugar, denunció un “golpe de Estado cívico-prefectual”, acusó al embajador estadounidense de orquestarlo y, el 9 de septiembre, lo expulsó del país. ¿Pruebas? Ninguna. Apenas la excusa de que se había reunido con algunos prefectos (gobernadores) de oposición, algo que haría cualquier diplomático.

Al día siguiente, desde el escenario presidencial de Caracas, el hiperbólico Hugo Chávez se sumó al guion. Denunció un intento de “magnicidio” y golpe de Estado en su contra, planeado ¡telefónicamente! por exmilitares, con el apoyo del “imperio norteamericano”. Como castigo a George W. Bush y solidaridad con Morales, ordenó la salida del embajador estadounidense al son de la poco bolivariana frase “¡Váyanse al carajo cien veces, yanquis de mierda!”.

A principios del mes, el presidente de Paraguay, Fernando Lugo, también había denunciado una “conspiración”, pero solo involucró a su predecesor, Nicanor Duarte, al general Lino Oviedo y a otras turbias personalidades paraguayas. No contento con tan limitado elenco de villanos, Chávez añadió como culpable al “imperio de los Estados Unidos, en su afán de dominar al mundo… al continente”.

Su intervención no solicitada tiene que haber producido gran molestia en Lugo, quien parece encaminarse por una senda política más sensata, al punto de que, en octubre, tiene previsto viajar a Washington, camino a la Asamblea General de las Naciones Unidas, para reunirse con Bush.

Síntomas de rechazo. La incomodidad con los desbordes chavistas se reflejó en la cumbre de la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur), convocada por Chile para tratar la crisis boliviana, tras la cual Morales aceptó el diálogo interno.

El canciller chileno, Alejandro Foxley, dijo públicamente que no compartía el planteamiento de Chávez, porque “los problemas de la región hay que solucionarlos en la región. A mí no me gusta andar responsabilizando a otros”.

También en Bolivia, el Alto Mando militar pidió al Presidente que expresara a Caracas su malestar por las “constantes declaraciones y emplazamientos” de Chávez. Y tanto el jefe de las Fuerzas Armadas como el ministro de Defensa criticaron las “intromisiones extranjeras”, en referencia a Venezuela, no a Estados Unidos.

Tales muestras de rechazo indican que la irresponsabilidad sí pasa la factura, aunque no sea muy alta, a quienes incurren en ella, llámense Hugo Chávez o Evo Morales.

La gran tragedia es que, mientras esos y otros miembros del elenco populista-autoritario latinoamericano siguen el ejemplo del comunista cornudo que rechazaba la realidad y tiraba piedras a la Embajada Americana, los males de sus países siguen creciendo, afectando a sus pueblos y convulsionando el hemisferio.

Eduardi Ulibarri

martes, 23 de septiembre de 2008

Viendo el futuro


¿Cuánto más en impuestos está usted dispuesto a pagar para que la temperatura terrestre no aumente 3 grados en los próximos cien años? ¿Debe el gobierno prohibirnos vender alguna parte de nuestro cuerpo para que otros sobrevivan? ¿Obtendremos mejores servicios médicos con mayor intervención gubernamental sobre la salud? ¿Significan los adelantos en la informática, como el Internet, más poder gubernamental para espiarnos y controlar nuestras vidas? ¿Es la actual crisis financiera el resultado de excesiva o insuficiente regulación gubernamental sobre el sector financiero? La globalización, ¿aumenta o disminuye la desigualdad de ingresos?

Estos fueron algunos de los temas tratados en la reunión en Tokio donde recientemente celebramos el 60° aniversario de la fundación de la Sociedad Mont Pèlerin. Esta fue fundada en el pueblo de Mont Pèlerin, Suiza, por el premio Nobel de economía F. A. Hayek, con el propósito de facilitar “el intercambio de ideas entre estudiosos y académicos que quieren reforzar los principios y prácticas de la sociedad libre, como también estudiar el funcionamiento, las virtudes y defectos de sistemas económicos de libre mercado”.

La Sociedad Mont Pèlerin no busca crear una ortodoxia para formar o alinearse con algún grupo o para hacer propaganda, ni tampoco asume posiciones en cuestiones de políticas. Sus miembros provienen de muchos países diferentes e incluye varios premios Nobel en economía, como también destacadas figuras en humanidades, las ciencias, la empresa privada y el periodismo. Varios de sus miembros han fundado asociaciones y centros de estudios alrededor del mundo.

A lo contrario de lo que suele suceder en reuniones políticas, los miembros e invitados de la Mont Pèlerin discuten seriamente los temas del momento, con un genuino interés en debatir y evaluar los costos, beneficios y consecuencias de diferentes ideas y planteamientos.

Sobre calentamiento global, los miembros piensan de diferentes maneras y también si en realidad representa una amenaza. El Dr. Vaclav Klaus, presidente de la República Checa, argumentó su bien conocida posición de que no es un problema verdadero, sino una manera de sacar provecho de gastos gubernamentales.

Como las tecnologías avanzan rápidamente, no parece muy recomendable precipitarse en este campo, sabiendo que la gente dentro de 100 años probablemente tendrá diez veces los ingresos y el capital de la actual generación.

Otro importante tema de discusión fue la regulación financiera. La clase política piensa que la crisis actual proviene de insuficiente regulación bancaria y financiera. Por el contrario, destacados miembros de la Mont Pèlerin opinan que las actuales regulaciones bancarias internacionales puede ser el problema, en lugar de la solución.

Dos destacados miembros de la Mont Pèlerin, el profesor Friedrich Hayek y Milton Friedman fueron personajes optimistas, habiendo percibido los favorables logros alcanzados por la humanidad durante sus vidas, lo cual proyectaban hacia el futuro. Al mismo tiempo, estuvieron muy conscientes de las amenazas de gobiernos e ideologías opresivas, lo cual hace necesario que la gente esté constantemente vigilante respecto a su propia libertad y prosperidad

Richard W. Rahn

lunes, 22 de septiembre de 2008

Tema polémico: ¿cansados de la democracia?


El pasado 15 de setiembre, Oscar Arias dijo en su discurso del Día de la Independencia las siguientes palabras:

"Voy a ser sincero con todos ustedes: estoy cansado. Estoy cansado de intentar hacer cosas que urgen y encontrar obstáculos por doquier. Estoy cansado de proponer medidad que son adversadas simplemente por venir del Gobierno. Estoy cansado de dar explicaciones a personas que lo que quieren no es una explicación, sino un acto de construcción de parte mía. Estoy cansado de intentar gobernar en un país que cree que la crítica a toda costa nos hace más libres, cuando en realidad nos hace más ingobernables".

Cansancio. Esa idea ha generado las más diversas opiniones: algunas en son de burla y otras en son de crítica. En ASOJOD, queremos adherirnos a esta última corriente, la de la crítica a tan inoportunas palabras, por parecernos que ellas encierran un enorme problema.

¿Está cansado Oscar Arias de la democracia? Parece que sí, por lo que se deriva de ese discurso. Cansarse de los obstáculos es cansarse de la negociación, del pluralismo político, del derecho de los demás a defender sus ideas y proyectos. Lo opuesto a procesos decisionales con obstáculos son las más expeditas dictaduras, donde la opinión de uno solo es tomada como la opinión de todos. Ese es el sistema más eficiente en términos de costos de toma de decisiones, pero el más nocivo en términos de libertad, democracia y paz. Cansarse de la crítica es cansarse del control político, de la diversidad de opiniones y criterios, del señalamiento de errores. Es pretender infalibilidad en todas las materias y cerrar la puerta a recomendaciones y alternativas. Es el imperio de la soberbia y la terquedad.

Los recientes escándalos de las consultorías del BCIE y de la venta de los bonos chinos levantan suspicacias. El problema no es si se hicieron conforme a derecho o al margen de este, sino el secretismo, el manejo de la información. En una democracia, como decía Tierno Galván, los bolsillos de los gobernantes deben ser siempre de cristal, pero en Costa Rica la máxima es la confidencialidad. Paradójicamente, don Oscar reconoce en su discurso del Día de la Independencia la importancia de rendir cuentas, pero su gobierno actúa de forma totalmente opuesta. No le gusta que investiguen, que pregunten, que controlen o que critiquen. Todo intento es un "show mediático".

No comprende el Presidente que en los más elementales textos de Ciencia Política, la gobernabilidad no es la capacidad de la autoridad para ejecutar sus planes sin obstáculo alguno, sino la actuación de las autoridades en espacios reconocidos como legítimos por la ciudadanía. Y si hay críticas y malestar es precisamente porque buena parte de la ciudadanía no está legitimando la actuación del Gobierno de Arias. La gobernabilidad no es imposición, es integración; no es facilismo, es gestión. Eso es lo que hace democrático a un régimen político: la capacidad para generar consensos, no para imponer voluntades, incluso cuando esa voluntad sea la de la mayoría. Y lo que hace realmente libre a un pueblo es la posibilidad de reducir la coacción ejercida por sus gobernantes, cosa que sólo tiene lugar en un sistema donde no hay una inversión del mandato, es decir, donde el ciudadano es el principal y el gobernante su agente; donde hay espacio para la crítica y el control político.

También demuestra Arias su desconocimiento en materia sino jurídica. ¿Cómo es posible que un presidente pida a sus ciudadanos que no hagan legítimo ejercicio de sus derechos fundamentales? La libertad de expresión, como una de principales manifestaciones del derecho de libertad es una de las facultades que han tradicionalmente protegido al individuo del poder estatal. En nuestro país los tax payers han podido saber qué tan bien (o qué tan mal) se usa su dinero gracias a este derecho. El que un Presidente de la República pida a sus ciudadanos que no hagan uso de este derecho es como exigirle a una persona bajo ataque que no actúe en legítima defensa. Nos parece que don Oscar debería recordar la naturaleza de su cargo: Presidente. Quien preside, no ordena; quien guía, no impone; quien concierta, no discrimina. Tal vez sería sano que comencemos a llamar a nuestro Presidente, Ciudadano Presidente (como se hace en México). De esta manera probablemente ayudaremos a que quienes ocupen este cargo recuerden en realidad lo que son: ciudadanos y no soberanos."

La actitud de Arias nos preocupa, fundamentalmente en el marco de sus nuevos "giros geopolíticos". Mientras critica al sistema político costarricense e, indirectamente pide que lo dejen gobernar sin controles, aplaude al sistema venezolano y lo pone como ejemplo en la región. Paradójicamente, el último informe de Human Rights Watch revela que Venezuela es la antítesis por excelencia de la democracia: discriminación política, negación de espacios de oposición, ausencia de separación de poderes, falta de libertad de expresión y de asociación, diseño de políticas públicas clientelistas, entre otras tantas ocurrencias del teniente coronel Hugo Chávez.

¿Puede Costa Rica dirigirse hacia el mismo despeñadero por el que cayó Venezuela? Sí, definitivamente. El primer paso para saltar al vacío es la negación del papel fundamental que realiza la oposición en un sistema político, su estigmatización, su satanización, tal y como lo demuestra Chávez catalogando a Human Right Watch como "la agencia que hace el trabajo sucio del imperio". El paso siguiente es la paranoia: la consideración de que todo lo diferente es malo y que atenta contra los más altos valores de un país. Justo después de eso viene la proscripción de la oposición y el intento por presentar los intereses y estrategias del oficialismo como intereses y estrategias nacionales, recurriendo a la idea de un vocero para toda la sociedad como materialización del mito de la monoliticidad de pensamiento.

El último paso es la imposición. Eliminada la disidencia y satanizado cualquier intento por pensar diferente, los altos niveles de paranoia hacen que se pierda el control y la tolerancia. Cualquiera que se atreva a disentir, aunque sea en la más mínima forma, merece una tunda ejemplar. Poco a poco todos son enemigos y hay que acabarlos. El dogma se impone por convencimiento o por fuerza. Así, se termina apaleando tanto al enemigo, por estar opuesto, como al amigo, por precaución.

¿Eso quiere don Oscar? ¿Que nadie lo critique, sino que le aplaudan cada vez que camina? ¿No quiere que alguien le haga ver que está en un error, sino que prefiere equivocarse y ser él quien lo descubra, a precio de desastre? ¿Está cansado de la democracia? Los ciudadanos y políticos de muchos países latinoamericanos ya han contestado que sí a esa pregunta. Esperemos que don Oscar no termine por la misma senda.

sábado, 20 de septiembre de 2008

El mito del Che


El estreno mundial de la película de Steven Soderbergh, Che: El Argentino, es una excelente oportunidad para poner en su verdadera dimensión la figura de Ernesto Guevara, uno de los íconos sagrados de la izquierda del siglo XX. Mientras vivió se le consideró el más idealista, abnegado y puro de los dirigentes cubanos. Alcanzó el martirologio en la plenitud de su vida y eso hizo posible desligarle, dejarle incontaminado de los fracasos y crímenes del socialismo real. Así se convirtió en un mito en el que se combinan los rasgos de un cristo laico con los del buen revolucionario. Sin embargo, la vida y la obra del Che simbolizan la tragedia de la utopía comunista, una hermosa mujer con la cabeza en las nubes y los pies en un charco de sangre y de miseria. Guevara encarna mejor que nadie esa terrible paradoja y su personalidad adquiere con el paso del tiempo tintes patéticos y siniestros más que heroicos.

El Che siempre quiso ser recordado como un “condottiero del siglo XX”. Así se lo escribió a su madre en una de sus últimas cartas desde la selva boliviana. A pesar de los intentos de intelectualización del personaje realizado por Regis Debray en ¿Revolución dentro de la revolución? y por otros apologistas, Guevara no realizó ninguna aportación teórica al marxismo. Era un hombre de acción, un aventurero fascinado por las armas y por la violencia como testimonia su primera experiencia guerrera, el bombardeo de la ciudad de Guatemala. La causa revolucionaria era un motivo para justificar su existencia y era un fin en sí misma. Para él, la revolución era un proceso destructivo permanente y justificado por su propia dinámica. Su consolidación y sus consecuencias nunca le importaron. Esa fue una de las causas de su salida de Cuba en busca de nuevos horizontes.

Siempre hubo una distancia insalvable entre el Che y aquellos a quienes pretendía liberar. Los trabajadores y los campesinos en cuyo nombre decía luchar no desempeñaban papel alguno en el enfoque guevarista. El individuo concreto, sus necesidades, sus aspiraciones no le interesaban como tampoco lo hicieron las célebres condiciones objetivas que, de acuerdo con la doctrina marxista, hacían o no posible la revolución. Amaba tanto a la Humanidad que en su noble pecho no cabían los hombres con minúscula. A los obreros cubanos les consideraba “dientes de una rueda” y a los guerrilleros “abejas de un colmenar”. El desprecio de Guevara por la realidad y por los seres humanos le llevó a cometer errores de juicio abrumadores como ofrecer tierras a los campesinos congoleses que tenían abundancia de ellas o plantear la colectivización a los bolivianos que habían accedido a la propiedad con las reformas agrarias del MNR (Movimiento Nacionalista Revolucionario). Su incomprensión de la ingratitud de los “kulaks” bolivianos se refleja amargamente en el Diario de Bolivia y fue una de las razones de su muerte: los campesinos le denunciaron a las autoridades y contribuyeron de manera decisiva a su captura.

En la práctica, la filosofía vital de Guevara era una versión de la vieja doctrina y estética del culto al héroe, al líder carismático, a una especie de superhombre nietzscheano de un indudable aroma estalinista y fascista. Esto se tradujo en un desprecio a la individualidad de los demás y condujo de manera inexorable a la represión. Si el “hombre nuevo” no surgía por la imitación del ejemplo de los santos guerrilleros había que fabricarle por la fuerza. Así apareció con rapidez el rostro autoritario del Che. No le tembló la mano para ajusticiar a sus propios allegados y para ordenar miles de ejecuciones de sus adversarios. En 1960 creó el primer campo de concentración del régimen castrista, Guanahacalibes, destinado a “reeducar mediante el trabajo”. El legendario idilio con los campesinos de la leyenda guevarista se tradujo en un “terror planificado”, en palabras de Guevara, cuando aquellos se mostraban insensibles a sus planes salvadores. El Che no quería ensuciarse las manos pero no le asqueaba mancharse de sangre. A menudo decía parafraseando a Sartre: “los guantes rojos son elegantes”.

La creencia en su capacidad de conseguir cualquier objetivo con independencia de las restricciones impuestas por la realidad y la lógica tuvo una expresión dramática en su lamentable gestión de la economía desde el Banco Nacional de Cuba primero y desde el Ministerio de Industria después. Su ignorancia económica, unida a la introducción de la centralización burocrática y a la abolición del mercado y a su aspiración a sustituir los incentivos materiales por los morales en el comportamiento de los individuos y de las empresas condujeron al colapso económico y a un rápido empobrecimiento de la población. A finales de 1960, Cuba tenía serios problemas de suministro eléctrico, escasez de comida y de otros productos básicos lo que llevó a imponer el sistema de racionamiento todavía vigente. El bloqueo estadounidense no existía aún; es decir, el enemigo externo no vale como coartada para explicar el desastre. Este fue tan grande que forzó a la ortodoxia marxista a formular una crítica demoledora de las políticas del Che a manos de Charles Bettelheim. Este fue otro factor determinante de su marcha de Cuba.

A estas alturas del siglo XXI, el Che emerge como un caso paradigmático del siglo de terror y muerte que en buena medida fue el XX. Refleja el lado oscuro de la fuerza, esa terrible energía encaminada a la destrucción y a la opresión. En la Liga de los Hombres Extraordinarios, Guevara no tiene lugar. Su historia es, gracias a los dioses, la de un fracaso. Su éxito se hubiese traducido en la construcción de un gigantesco Gulag planetario, eso sí administrado por los santos apóstoles de la revolución con su profeta, Guevara, al frente.

Lorenzo Bernaldo de Quirós