viernes, 8 de enero de 2010

Viernes de Recomendación


Para esta semana les ofrecemos el ensayo: "El complejo de inferioridad de las Ciencias Sociales" de Fritz Machlup. El artículo pretende ser una exposición breve de las principales discusiones metodológicas que se han sucitado en este campo.

martes, 5 de enero de 2010

Ayn Rand



En este video se explican algunas de las principales ideas d Ayn Rand.

lunes, 4 de enero de 2010

Libre mercado vrs intervencionismo


Se preguntarán ustedes por qué he titulado esta clase “las restricciones a la producción”. Bien, en realidad estoy haciendo honor a la terminología de Mises, en su tratado de economía, cuando habla de gran parte de las medidas intervencionistas. Porque lo que ellas, logran, en conjunto, es eso: restringir la producción, bajar la tasa de ahorro, de inversiones, de demanda de trabajo, de salario real. Hay un “circuito”, análogamente hablando, que ya hemos aprendido. Hay una “cadena” proporcional entre más ahorro, más inversiones, más demanda de trabajo y mayor salario real y por ende mayores (no iguales) oportunidades para todo el mundo. Todas las políticas intervencionistas atentan de un modo u otro contra la primera parte de esta cadena. Y por eso no se puede ser un buen economista –como decía Hayek- siendo “sólo economista”. Hay condiciones jurídicas, políticas y culturales que favorecen al ahorro y otras que lo desfavorecen. La economía, por todo lo que expusimos en la clase 1, simplemente dice: dejen al mercado ser tal. Esto es, libre.

De las políticas intervensionistas que más restringen la producción, las más típicas son el impuesto progresivo a la renta y los aranceles.

Comencemos por el tema de los impuestos progresivos.No vamos a comenzar (aunque sea un tema importante) con el tema del estado y su justificación, que es un tema que habitualmente rodea al tema de los impuestos. No tenemos tiempo de introducirnos en las profundidades de la filosofía política, simplemente diré que la existencia de “estados-naciones” como los concebimos hoy en día es algo que damos por sentado y deberíamos preguntarnos más seguido su por qué.

Pero no sigamos o de lo contrario nos vamos de tema. Todos los impuestos tienen sus dificultades. Ninguno es totalmente “neutro”, esto es, ninguno deja de afectar de algún modo al proceso de mercado. Sin embargo, entre los economistas austríacos ha habido un consenso en oponerse al impuesto progresivo a la renta, quedando nuevamente como los “malos de la película”. ¿Por qué esta oposición a lo que parece más justo, esto es, que más paguen los que más ganan, y progresivamente?

Nuevamente, es el tema de la escasez. Para minimizar los efectos de la escasez hay que aumentar el ahorro, y para ello hay que “liberar recursos”. Eso tiene que ver con la noción de ahorro potencial.

El razonamiento es el siguiente. Con lo que cada uno “tiene”, hay dos posibilidades: gastarlo o no. Eso implica consumo, en el primer caso, o ahorro, en el segundo. Bueno, no ahorro necesariamente en el segundo caso: usted puede donar sus bienes, o quemar sus billetes (¿nadie lo haría, no?) o ponerlos en su casa, lo cual en la Argentina aún se sigue haciendo, y es una forma especial de ahorro.... Pero se presupone que en una economía moderna y con circuito bancario organizado, gran parte de lo que no se consume se destina al ahorro en el mercado de capitales.

Por lo tanto, si nosotros gravamos impositivamente a alguien en el momento de consumir (impuesto al consumo) no digo que sea eso excelente, pero al menos podemos estar seguros de que no son recursos que se podrían haber destinado al ahorro. Pero si gravamos directamente las ganancias y todo tipo de “activos” que tiene una persona, ya empleador, ya empleado, estamos gravando recursos que “potencialmente” podrían haberse destinado al ahorro. Si usted tiene 10 en su bolsillo, y yo lo saco impositivamente antes de que usted lo consuma, estoy sacando tal vez 5, tal vez 8, tal vez 2 que podrían haber sido destinados al circuito bancario de ahorro. Por lo tanto, los impuestos a las ganancias implican una menor cantidad de ahorro potencial. Y ya vimos lo que eso significa: menor tasa de capital, y, ya sabemos, menor salario real para todos. Más escasez de la que ya hay.

Si el impuesto es progresivo, peor. Si cuando más uno gana más le sacan, tal vez ciertas inversiones que se podrían haber realizado no se hacen.

Por lo tanto los impuestos a la renta, ya progresivos o no, implican sencillamente un menor nivel de vida para toda la población. Se saca a “los ricos” para solucionar la pobreza, y lo que se logra es incrementarla. Otra vez, el paradójico resultado de toda política intervensionista.

Dado que los austríacos razonan habitualmente con lo que “no se ve” (Hazlitt) esto es... ¡Difícil de ver! Es fácil ver las obras públicas, es fácil ver a un gobernante dando un gran discurso, con una aureola de santidad sobre su cabeza, como si fuera Gandhi, anunciando todo lo que va a repartir, fruto de sus impuestos.... Lo difícil es ver “lo que no hay”, como consecuencia de esas políticas: todo el ahorro y las inversiones que no se realizaron porque el estado sacó y gastó (a pesar de que su propaganda dice “invertir”) en otras cosas; es difícil ver todos los recursos en salud, alimentación, vivienda, etc., que quedaron desatendidos porque el gobierno sacó y gastó.... Con la infundada creencia socialista de que los particulares no pueden ocuparse de todo ello, o con la infundada creencia marxista, en el sentido estricto del término, aún hoy en día, de que con esos impuestos “mitigamos” los efectos de la explotación capitalista....

Por eso viene bien resaltar aquí que la economía de mercado es un sistema que funciona con personas normales, personas, como decía Sto Tomás, “la mayor parte de las cuales no son perfectas en la virtud”. Para que aumente el ahorro y los salarios reales de todos no es necesario contar con héroes, con grandes gobernantes ni con sacrificados e incorruptos contribuyentes. ¿De dónde salen, en una economía de mercado, los recursos que alimentan al mercado de capitales que implican un aumento de ahorro y por ende una mayor tasa de capitalización? Pues de millones y millones de actos cotidianos de ahorro de pequeños ahorristas, como todos ustedes, que tienen (tenemos) sus dineritos en el banco y sostienen con ello las pocas inversiones genuinas que nuestra economía intervenida tiene. Pero les aseguro que lo que podemos ahorrar está limitado por muchas cosas, entre ellas, lo que el estado ya nos ha sacado con todo tipo de impuestos, y entre ellos el de ganancias.

P.: Si dos empresas ganan lo mismo, ¿es justo que paguen lo mismo?

R.: En estas cosas creo que hay que guiarse por un sano criterio de utilidad social. Lo que es justo o no en las políticas impositivas es, creo yo, sencillamente lo que aumente o no el ahorro existente, pues de eso depende el nivel de vida de nuestros semejantes. Así que yo no me preocuparía de cuánto tiene que pagar cada empresa. Sencillamente creo que debe eliminarse todo tipo de impuesto a las ganancias. Sencillamente todos. No estoy exagerando. Ya hablé muchas veces de los dramáticos efectos de la escasez. La miseria y la pobreza. No tenemos que escatimar esfuerzos en la lucha contra todo lo que la cause.

P.: ¿Pero hay algún país que sobreviva que haya eliminado el impuesto a las ganancias?

R.: Bueno, yo diría que sobrevivieron a su no eliminación.... Sobre todo aquellos cuyas condiciones jurídicas y políticas fueron tan estables que promovieron una tendencia al ahorro mucho mayor que la presión impositiva, que jugaba en contra.... Por eso pueden ustedes imaginarse los efectos terribles de estos impuestos en las naciones subdesarrolladas.... Y si a eso agregamos la inflación.... Las revoluciones..... Las guerras....

Bien, cambiemos de tema....

Vamos al tema de los aranceles. Les aseguro que si el punto anterior los asombró, este les va a asombrar mucho más. En esta carrera contra el tiempo que estoy librando, he decidido organizar el tema de este modo.

Primero, vamos a razonar un poquito “in abstracto”. ¿Cuáles son los efectos de colocar o sacar un arancel? Un arancel es una especie de impuesto a los productos importados. Esto está muy bien explicado en “La economía en una lección” de Hazlitt. Vamos a suponer que este reloj importado sale $ 10. Es un ejemplo, nada más, para razonar sobre el tema. Tenemos un reloj cuyo precio en el mercado internacional es de $ 10. Ahora vamos a suponer que se lo grava en $ 5, con lo cual sale, en el país, $15. Todo esto con los argumentos habituales: para proteger o estimular la industria nacional de relojes, para que haya más ocupación, más producción local, etc.

Tenemos entonces que cada vez que alguien compra un reloj en el país, está dando al gobierno $ 5. Ahora multipliquen eso por millones y millones de veces que se compra un reloj. Van a obtener una cifra muy abultada. Son recursos que han sido sacados del circuito de ahorro e inversión, y del consumo de otros bienes, para ser enviados al estado.

Ya vimos los perjuicios de sacar recursos del circuito de ahorro e inversión. No los quiero cansar con eso. Porque tenemos ahora algo nuevo. Dije que a esos recursos se los sacaba también “del consumo de otros bienes”. ¿Y qué hay con eso? Pues que, como vimos en la clase uno, en un mercado libre, sin privilegios ni protecciones legales, sólo se mantienen en el mercado quienes menos errores cometan. Se producirá entonces una tendencia a concentrar la producción en áreas donde naturalmente la productividad es mayor. Si alguno de ustedes es empresario y trabaja sin protecciones es obvio que sería un grueso error poner una heladería en la Antártida. Pero, claro, los errores no son siempre tan gruesos, y para eso está el sistema de precios, para avisarnos de algo que anda mal, cuando nuestros costos van subiendo e incurrimos en pérdidas. Por ende, un mercado libre, donde también haya mercado libre internacional, concentrará la producción en aquellas áreas naturalmente más productivas y aquellos productos que sean naturalmente más costosos tenderán a ser importados. Otra vez, la escasez. Los costos altos tienden a ser mitigados del mercado importando más barato aquello que sería caro en cierta región, y exportado aquello que naturalmente salga más barato. Pero si el arancel desvía la producción a sectores protegidos, los costos aumentan y la productividad global disminuye. La división del trabajo es una de las grandes armas contra la escasez. Los aranceles atentan directamente contra ella. Los costos internos aumentan y por eso la capacidad de ahorro interno disminuye.

Pero, me podrán decir, ¿acaso los otros economistas ignoran todo esto? No. Los más inteligentes partidarios del proteccionismo (no me refiero a empresarios y sindicalistas que piden aranceles simplemente por intereses sectoriales) tienen detrás de los aranceles una teoría más amplia, que estuvo muy de moda en los años 70 aunque no ha perdido su vigencia (ahora se la presenta con un vocabulario distinto). Muchos piensan que los países subdesarrollados nunca van a salir adelante porque tienen una estructura de producción dependiente de los países desarrollados. Son agroexportadores o monoexportadores de materias primas, que venden al exterior a bajo precio, mientras importan, muy caro, productos manufacturados. Para salir de esa situación deben tener una política arancelaria fuerte y desarrollar así su industria nacional para entonces sí, estar en condiciones de competir con el extranjero. Esto sigue estando detrás de las guerras tarifarias entre los bloques, tema que retomaremos hacia el final.

Vamos a relacionar esto con la clase dos. Esta teoría de la dependencia estructural tiene un error que se ve claramente a la luz de la teoría austríaca de la formación de capital, que en última instancia es la teoría austríaca del desarrollo. ¿Cómo se constituye el ahorro y todo lo que le sigue (inversiones, etc.) en determinada región, llámese país, nación, o lo que fuere? Ya lo hemos visto: hay que abstenerse de consumir ciertos recursos en el presente para destinarlos al ahorro, esto es, al consumo futuro, lo cual implica que esos recursos ahorrados sirven para la producción de bienes de capital. Si una región está tan subdesarrollada que el ahorro interno sería casi nulo o muy lento, se recurre al capital prestado. Esto es, si las fronteras son libres las inversiones extranjeras podrán entrar libremente. Debe haber estabilidad política y jurídica, incluyendo esto último que las condiciones sean iguales para todos (esto es, el estado no debe proteger a ninguna industria, ni nacional ni extranjera). Con esta apertura de las fronteras al capital extranjero, más la libertad migratoria, la lucha contra la pobreza comienza a vencerse.

Otra vez, les pido no que me den la razón inmediatamente, sino que hagan el esfuerzo de ver las cosas al revés de lo que habitualmente se supone. La causa del subdesarrollo es que no se han dado las condiciones de estabilidad política y jurídicas necesarias para un mercado libre. La causa del subdesarrollo es el intervensionismo o el directo socialismo, ya desde el inicio o por el medio de la historia de un país (como la Argentina). La causa del subdesarrollo es por ende también la protección arancelaria con la cual supuestamente se quiere desarrollar un país. El efecto del subdesarrollo puede ser, perfectamente, países exportadores de materias primas baratas. Eso es efecto de políticas intervensionistas que han frenado la acumulación de capital. Por lo tanto, aquello que se recomienda para solucionar esa situación (aranceles y otros controles) es precisamente lo que la provoca o lo que la aumenta y prolonga. Por otra parte, este tipo de intervensionismo es compatible ya con industrias privadas protegidas, ya con industrias nacionalizadas. En la Argentina se hicieron las dos cosas. El efecto fue la pobreza y la miseria, y aumentar la que ya estaba. Y el acusado fue un mercado libre que nunca se aplicó....

En mi opinión la teoría de la dependencia estructural es una fuerte y nueva versión de la clásica teoría marxista de la explotación. Marx decía que la acumulación de capital sólo se producía merced a la explotación (trabajo hecho y no remunerado) del sector obrero y que por ende en las naciones “capitalistas” iba a haber ricos cada vez más ricos y pobres cada vez más pobres. Pero en los países desarrollados del hemisferio norte los sectores medios se expandieron, lo cual parecía contradecir la teoría de Marx. Pero entonces se dio una perfecta contrarréplica. La teoría marxista seguía vigente, trasladada a nivel internacional. Hay “países ricos” porque explotan a los países pobres del sur. Lo que gana un obrero de un país rico del hemisferio norte, lo pierde un obrero del hemisferio sur.

Como vemos el aparato conceptual marxista nunca logró captar el proceso de acumulación de capital. Siempre concibieron una torta estable. Algunos socialistas siempre hablaban de repartir la torta. Marx era más sagaz. Vio que la torta crecía, pero también concibió ese crecimiento “a expensas” de otros: los explotados. Los neomarxistas latinoamericanos nunca pudieron ver, entonces, la causa del subdesarrollo de estas regiones. La riqueza de los países ricos aparecía como la causa de su pobreza. Siempre que alguien gana algo, hay otro que pierde. Pero no es así. Todo lo visto hasta ahora nos muestra que es al revés: en la medida que aumenta la tasa de capital, la demanda de trabajo aumenta, los precios bajan y el salario real de todos aumenta. Para entender esto hay que hacer un verdadero esfuerzo de cambiar la perspectiva mental y tomar conciencia del marxismo cultural en el que nos encontramos. El marxismo de ningún modo ha caído de nuestras mentes. Cuando nuestros dirigentes sindicales hablan de “planes de lucha” para defenderse de la explotación de un supuesto capitalismo, y cuando todo tipo de intelectuales justifican la violencia por ellos aplicada, ¿de qué estamos hablando? ¿De Martín Luther King?

Ahora bien, hemos visto el origen de gran parte de los sectores industriales protegidos. Me parece adecuado llamar a eso “el drama” de la protección. ¿Por qué? Porque estamos parados sobre este sistema canceroso. Habitualmente en Latinoamérica, pero también en muchos otros países, hay sectores productivos asentados sobre décadas y décadas de protección arancelaria. Familias enteras dependen y han dependido siempre, tanto económica como culturalmente, de esos sectores. Para ellos es sencillamente un drama la eliminación de la protección. Obvio que debe hacerse, tal vez gradualmente. Pero los problemas políticos, culturales, psicológicos y morales de esta “curación” son enormes. Son los problemas de una política de transición. Con esto no quiero decir que debe evitarse el problema, porque de lo contrario se agudiza. La no transición agudiza los problemas, no los soluciona (alguien puede seguirse endeudando y mientras sigue la fiesta nadie se da cuenta, hasta que llega el contador, el abogado, la policía....). Pero independientemente de las políticas concretas de transición que apliquemos, hay una pregunta clave: ¿quiénes produjeron el drama? No los economistas austríacos, precisamente, que siempre se opusieron a todo tipo de políticas intervensionistas. De todos modos, ahora que ciertos países están intentando aplicar economías de mercado, los economistas austríacos tienen una buena oportunidad para trabajar en temas de transición, tema que hasta ahora no ha sido su especialidad.

¿Hay hasta aquí alguna pregunta aclaratoria?

P.: Hablando de protección.... En este momento es vox populi que la industria argentina ha sido destruída porque se abrió la entrada a cualquier producto de cualquier lugar del mundo, de modo que se destruye la industria argentina, con la consecuente desocupación. ¿Cuál es la solución?

R.: Independientemente del caso argentino, quiero aclarar que, en cuando a la interpretación de lo que en general es un arancel, su reducción o eliminación no implica una “destrucción”, sino más bien una “transformación”, un reacomodamiento de los factores productivos. Si usted tiene $ 10 en su bolsillo, destinados a la industria X protegida, y sin el arancel usted dispone de $ 8 pesos más, porque el precio del producto no es entonces 10 sino 2, entonces sucede lo contrario a la imposición de un arancel. Esos 8 pueden ser destinados al consumo de otros bienes y servicios, o al ahorro. En ambos casos aumenta la demanda de bienes y servicios en el presente o se los destina para la fabricación de nuevos bienes de capital. En cualquier caso la eliminación del arancel dejó recursos liberados para otros sectores, y lo importante es que esos sectores no estén protegidos para que el proceso no se repita. Como vemos, no hay destrucción, sino una especie de creación de nuevos sectores productivos, con la “curación” consiguiente de la des-economización de recursos que se producía en la etapa anterior.

Su pregunta me lleva a hablar de la tan mentada globalización, pero eso lo dejamos mejor para el final.

P.: Pero en ese proceso de transformación nos podemos morir en el intento...

R.: Nos estamos muriendo ahora. Bueno, me explico.

Hay que cambiar la interpretación de lo que significa una política de transición. Yo no he negado sus dificultades, las he afirmado expresamente, pero por algo dije que mientras dura la fiesta nadie se da cuenta. Esto es, no es cuestión de decir “estamos bien ahora y en la transición vamos a estar mal”. No, estamos mal ahora. En la transición lo que va a estar bien es el bien común, pero no los intereses sectoriales. Pero hay que tomar conciencia de lo que significa el costo social de la no-transición. Usted habló de morir en el intento. Pues bien: ¿cuántos niños se mueren de hambre en la Argentina, diariamente, o padecen terribles desnutriciones a causa de las políticas que en este curso hemos venido denunciando? Le aseguro que no son pocos. Las condiciones infrahumanas de vida ya existen en nuestro país y, vuelvo a decir, el eje central del debate es qué las causa. Y yo respondo: no las políticas de transición a una economía de mercado. Por otra parte, ¿de qué economía de mercado me hablan en la Argentina? ¿De unas cuantas empresas privatizadas con privilegios y monopolios? Está bien que en la realidad todo es una cuestión de grado.... No quiero ser pesimista. Pero por favor no confundan a Menem o a De la Rúa con Mises.... Esa confusión, por favor, no....

P.: ¿Pero no hubo proteccionismo en EEUU, sobre todo en el noreste, y aún lo hay?

R.: Sí, sencillamente hubieran estado mejor sin todo eso. Yo no les estoy “tirando hechos por la cabeza”, sino que estoy tratando de cambiar la interpretación de ciertos fenómenos sociales. Así que el desarrollo industrial de EEUU no es un argumento ni a favor ni en contra de lo que yo digo. Todo depende de cómo se lo interprete.,

P.: ¿Qué opina de la economía informal, de la que habla Hernando de Soto?

R.: Bueno, es uno de los miles de temas de los que no pude hablar. Pero es muy interesante. Cuantas más reglamentaciones hay, cuanto más intervensionismo hay, hay un sinfín de cosas que usted tiene derecho natural a hacer pero que quedan sin embargo “fuera de la ley”. Pero fuera de una ley injusta, contraria al derecho natural. En Perú, donde Hernando de Soto hizo ese estudio, toda la industria del transporte era informal, porque era imposible asumir los costos que el estado imponía con sus reglamentaciones.... Y muchas personas lograron evitar el hambre ofreciendo servicios sin el control de estado.... El también estudió que si usted quería poner una pequeña o mediana empresa, el número de reglas exigidas por el estado cuando se imprimían en hojas de computación era de 600 metros....... Sí, aunque no lo puedan creer..... Y después los grandes intelectuales se preguntan por la causa de pobreza en Latinoamérica, y siguen acusando al capitalismo global..... Santo Dios.....

P. ¿Y qué me asegura que mi ahorro se convierta en inversión?

R.: Nada ni nadie se lo puede asegurar necesariamente, claro, por eso hemos hablado hasta el cansancio de condiciones políticas y jurídicas estables para un mercado libre.... Que creen las mejores condiciones que “favorezcan” ese proceso. Justamente, el proceso de ahorro y acumulación de capital es tan difícil... Las masas, como diría Ortega, dan por sentado que un día se levantan y ahí está un supermercado, y trabajo, y salarios para comprar todo eso... Creen que es fácil.... Por eso el otro día hablaba yo de la visión de conjunto. No debe suponerse que la economía es algo aislado de otros fenómenos sociales. Hayek, dado que era un excelente economista, habló, en su libro “Los fundamentos de la libertad” de las razones por las cuales la democracia es conveniente, y una de ellas era cierta tendencia al aprendizaje cívico que se produce con la estabilidad política. En cada elección los electores pueden aprender de sus errores pasados. Eso, mantenido durante décadas, ayuda notablemente a la paz y estabilidad que son la mejor garantía humana para el desarrollo. Por eso Mises y Hayek, en su filosofía política, eran tan poco proclives a las revoluciones violentas. Bueno, esta es una cuestión de filosofía política un tanto larga, pero la doy como ejemplo de tratamiento conjunto de los temas.

Pero hablando de temas, nos fuimos un poco de tema y nos queda el último punto.

Este último punto, sobre el libre comercio internacional y la libre inmigración y emigración, va a ser como una especie de “cierre”, que “abra” alguna humana esperanza a este mundo difícil.

Un mercado libre internacional como el que proponen los austríacos es una situación posible, plausible, que implica un libre movimiento de capitales y de personas. Eso no significa tener plata para comprar pasajes. No, significa algo mucho más concreto. Significa que no hay trabas jurídicas para emigrar o inmigrar. Lo cual significa, a su vez, que los austríacos están en contra de cosas a las cuales nos hemos acostumbrado y que casi no cuestionamos. Un mercado libre es incompatible con aduanas, pasaportes, visas y todo tipo de regulaciones e impedimentos para entrar y salir de un país. Para entender esto hay que tener en cuenta una filosofía social de fondo, muy bien explicada por Mises en su libro “Liberalismo”. En esa filosofía social cada persona más no significa más escasez, más problemas, sino mayor riqueza. Estamos tan acostumbrados a filosofías intervensionistas, para las cuales la torta siempre debe ser repartida frente a una población en aumento, que no concebimos una situación donde cada persona, trabajando libremente y ofreciendo sus servicios en el mercado, implique un mayor aumento en la productividad global y, por ende, una torta que crece, y no para pocos, como habitualmente se cree, sino para cada vez más gente, por el referido aumento en el salario global como fruto de las mayores inversiones. Pero hoy en día no se piensa así, y por eso se recomiendan políticas de fronteras cerradas, políticas restrictivas frente a la inmigración, donde personas humanas, que no tienen más ni menos que la dignidad que Dios les dio, son sometidas a todo tipo de vejámenes por querer entrar simplemente a trabajar libremente. Y en eso los campeones son los actuales EEUU, donde sus dirigentes políticos y sus empresarios y sindicalistas creen que la inmigración significa una menor torta para repartir, cuando hemos visto que, si liberaran el mercado, cada persona se pondría a trabajar en aquello para lo cual tiene natural productividad, y si comete muchos errores, sea del país o no, no podrá quedar en el mercado por las pérdidas en las que incurre. Pero no sólo en EEUU: no hay lugar, prácticamente, donde no se esté convencido que “uno más” significa “menos para mí”. Si se piensa así, hay que ser realmente héroe para proclamar la solidaridad para con el pobre y al mismo tiempo “dejarlo entrar”. De lo contrario se vive en la habitual hipocresía: grandes discursos solidarios, al mismo tiempo que se mantienen las fronteras cada vez más cerradas: más visas, visas de trabajo, persecución de “inmigrantes indocumentados”, etc. Un mercado libre implica la posibilidad de hacer realmente algo por todos los pobres y refugiados del mundo al mismo tiempo que se aumenta la productividad global: abrir las fronteras, eliminar las aduanas, visados, pasaportes y todo tipo de controles para con la libre movilidad de las personas. Por eso, como bien explicó Mises, nacionalismo, estatismo y militarismo van de la mano... Claro, esto no cubre todos los aspectos del corazón humano, donde las razones para la intolerancia y los prejuicios negativos son más amplias y complejas.... Pero lo que estoy proponiendo es al menos posible a nivel de sistema político y económico.

De acuerdo con lo que estoy diciendo, quiero enfatizar que, a pesar de los declamados intentos de abrir el mercado a nivel internacional, estamos muy lejos de ellos tal como la describe Mises en su ya citada obra de 1927. Las llamada actualmente “globalización” es una política de bloques cerrados que luchan entre sí: Mercosur vs. Nafta, Nafta vs. Union Europea, etc. En el fondo también todos esos gobernantes, que conciben y firman esos acuerdos, también conciben al mundo como una torta fija cuya repartición hay que disputarse. En un mercado libre, el libre comercio no depende de acuerdos políticos, de nada que funcionarios estatales firmen o decidan. En un mercado libre los gobiernos no comercian entre sí, y no puede haber deuda pública porque los gobiernos sólo obtienen sus recursos de los impuestos indirectos al consumo. Si verdaderamente se abren las fronteras, yo hago una llamada telefónica a un amigo de EEUU, arreglamos nuestro negocio por teléfono, o por e-mail, y él me vende a mí lo que acordemos, sin regulaciones ni aranceles. En una política de mercado libre, si un ciudadano paraguayo quiere venir a vivir a la Argentina, simplemente viene y se instala, como si yo quisiera instalarme a vivir en Mendoza. Sin visas ni humillantes persecuciones por “indocumentado”. En un mercado libre no hay “indocumentados”. No hay necesidad de documentos por los cuales el gobierno nos controle. Sólo hay personas que no atentan contra el código penal y los que sí, y sólo estos últimos son acusados y sometidos a juicio justo. Y no hay necesidad de otros códigos.

No quiero ser pesimista, no quiero decir que estamos igual, a nivel internacional, que hace 60 años, pero hay que ser claro y no identificar actuales políticas de globalización con la sencillez de la política de mercado libre estudiada y propuesta por los austríacos. El gobierno no debe decirle a usted qué importar, qué no, a qué arancel, etc. Meir Zylberberg, que estuvo aquí la semana pasada, me hizo acordar de un artículo de él escrito en 1963, cuando yo tenía 3 años.... En el que describe la situación de la Argentina en ese momento. Voy a leer una parte: “Control de cambios, Dirección de impuesto a los réditos, Banco Central, Corporación del Transporte Metropolitano; ingerencia en el tránsito de carreteras interprovinciales, control de precios, Junta Reguladora de la Producción Agropecuaria, barreras migratorias, Marina y Aviación Comercial del Estado, nacionalización de los depósitos bancarios, ferrocarriles, teléfonos, puertos, usinas eléctricas, agremiación y previsión social compulsiva, tales son los hitos que van generando el camino hacia la actual frustración y decadencia”.

Bueno, dejo a cada uno de ustedes ver si hemos cambiado mucho o poco....

P.: Hablando de las negociaciones entre bloques.... Supongo que lo que se pretende es tratar de equilibrar de algún modo desigualdades, debilidades.... No es fácil para México comerciar con EEUU.... A un mejicano le va a resultar más fácil conseguir un buen salario en EEUU, que al revés.... Yo supongo que la negociación viene del compromiso que el gobierno tiene con sus respectivos pueblos de ofrecerles, de algún modo, mejores condiciones de negociación....

R.: Bueno, vamos a tratar de acercar posiciones. Por supuesto que los ciudadanos de EEUU y México van a estar mejor ahora con el Nafta que 40 años atrás. Pero para lograr esa integración hay una vía más rápida desde el punto de vista conceptual, pero más lenta en cuanto a su implementación sencillamente porque es más difícil de aceptar. La vía rápida, conceptualmente, es quitar controles y abrir las fronteras. Pero esto es a su vez lento por los intereses sectoriales. Es lo que dije antes sobre el drama de la protección. No va a ser fácil esa liberalización de la que hablo para personas que han basado su existencia en un sector protegido por el estado. Tal vez como política gradual lo que usted dice tiene su importancia. De todos modos insisto: no quiero ser pesimista, no quiero decir que la situación sea un total desastre; simplemente quiero insistir en que no hay crisis del capitalismo global, como dice Soros: hay crisis del intervensionismo global. No hay horror económico, como dice una pensadora francesa; el horror es el intervencionismo económico, a parte del horror del corazón humano, cuyo solución no está en nuestras manos humanas....

P.: Con respecto al tema de los monopolios, ¿cuál es la posición de la escuela Austríaca?

R.: Bueno, un poco ya lo dijimos en la primera clase, cuando hablamos de la libertad jurídica de entrada. Pero hay que agregar que en este tema los austríacos han tenido diversas fases. Por influencia de Mises se hablaba de un precio de monopolio, cuando, en un mercado libre, un productor era capaz de reducir su producción sin que caiga su demanda, elevando el precio. Mises insistía en que esa situación era muy rara y difícil de mantener. Su discípulo Rothbard afirmó que en un mercado libre todos los precios son de mercado, que el precio de monopolio sólo es posible con un mercado protegido. O sea que con libertad jurídica de entrada al mercado, sin ningún tipo de protecciones ni siquiera contra el mercado libre internacional, es imposible que una demanda sea “absolutamente inelástica” con respecto a un bien (o sea, que aumente el precio y la demanda no se derive a productos sustitutos). De este modo los austríacos se enfrentaron desde siempre contra otra teoría marxista clásica, la de la concentración monopolística. Marx afirmaba que en el capitalismo los factores de producción tienen una tendencia a la concentración en pocas manos. Claro, alguien puede decir que eso está sucediendo. Pero el caso es saber por qué. Los austríacos afirman que a medida que va creciendo el radio de acción de una empresa, va disminuyendo paulatinamente el radio de precios libres de otros bienes y servicios que antes competían. Pero entonces la empresa se enfrenta, a medida que crece, con el mismo problema del socialismo que explicó Mises en 1922: la imposibilidad de cálculo de costos y precios por la ausencia de precios libres. Cuanto más amplio es su margen de acción, a la empresa se la hace cada vez más difícil hacer ese cálculo y comienza a incurrir en pérdidas. A menos que.... Que esté protegida por el estado. Las grandes y enormes corporaciones, que después se las trata de fraccionar por ley, son fruto de prebendas y privilegios obtenidos por los “lobbys” en los congresos que generan todo tipo de intereses sectoriales. Y de vuelta lo mismo: esa es la antítesis del mercado libre, aunque las empresas sean nominalmente privadas.

P.: Yo me quería referir a los derechos de propiedad que existen sobre los descubrimientos científicos. Esas patentes, ¿son derechos de propiedad o son también fruto del intervencionismo?

R.: Bueno, no todos los austríacos han estado de acuerdo en eso. Creo que con el tema del patentamiento industrial hay dos riesgos que correr. Sus partidarios dicen que si no los ponemos, la creatividad industrial y los estímulos a las invenciones disminuyen. Sus no partidarios dicen que el riesgo de monopolio jurídico es inmediato. Yo me decidiría a correr el primer riesgo y no el segundo. Es tan necesaria la desregulación del mercado hoy en día, que las patentes deben ser eliminadas aún corriendo el riesgo de que algún estímulo a la invención disminuya. Cosa que no creo, porque el mercado, como “proceso de descubrimiento”, como dice Hayek, tiene siempre estímulos para la renovación tecnológica: el sólo mantenerse en el mercado así lo requiere.

P.: ¿Y si una sola empresa patentara algo así como el genoma humano, como ocurrió en los EEUU?

R.: Bueno, frente a ejemplos así, más necesario es no correr el riesgo de patentes industriales....

P.: Muchos monopolios se rompen por la creación de sustitutos. A pesar de las patentes nuevas ideas han destruido muchos monopolios, como el caso del plástico....

R.: Bueno, conforme a lo que venimos diciendo, los productos sustitutos aumentan la demanda potencial frente a un eventual monopolio momentáneo. Y esos productos sustitutos son fruto de ese mercado como proceso de descubrimiento. La clave del mercado no es tanto la tierra, el capital, el trabajo, sino la creatividad de la inteligencia humana. Ese es el “capital” básico de la economía. Actualmente casi todos los economistas están hablando de eso. Sin embargo fueron los austríacos (permítaseme el entusiasmo) aquellos para los cuales este tema fue el eje central de su posición económica. Esto lo vimos desde la primera clase. El motor del proceso económico es la “alertness”, como otros discípulo de Mises, I. Kirzner, la denominó: la capacidad de estar alerta a las oportunidades de ganancia en el mercado, que es la contrapartida de esa “ignorancia ignorada” que todos tenemos en el mercado. Sin eso, imposible sería la explicación del proceso económico.

P. Bueno, pero para que todo eso deje de ser una utopía, para poder implementar eso en medio de otras naciones que protegen sus propios intereses... Bueno, si los demás protegen a sus productos y nosotros no, entonces nos comen los de afuera...

R.: Mire, yo sé que es muy difícil explicar cómo nos va a ir mejor con un mercado totalmente libre aunque los demás no lo tengan, así que para eso voy a poner un ejemplo muy usado, el de una calle. Vamos a suponer que usted en una calle tiene una panadería y todos los demás comercios de la misma calle se protegen contra sus ventas. O sea que la farmacia, la verdulería y la tintorería quieren desarrollar su propia industria de panadería y ponen un arancel a sus familias según el cual su pan vale el doble. Claro, usted queda en una mala situación. Su “reacción casi instintiva” sería no comprarles a ellos. Pero, si razona un poco, va a ver que queda en ese caso peor. Antes, no podía vender sus productos; ahora, tampoco puede comprar o comprar barato. Tiene que hacer usted sus propios vestidos, remedios, etc, con los mayores costos y menor productividad que eso implica. Su situación no podría ser peor. Al menos con una política de mercado libre unilateral de su parte usted estaba mejor. En el contexto internacional es lo mismo. Desde luego que la Argentina va a estar mal si la Unión Europea, por ejemplo, protege sus productos agropecuarios. Pero si nosotros hacemos lo mismo estaremos peor, porque todos nuestros costos internos, como vimos, aumentarán. Claro, si seguimos concibiendo al comercio como una guerra, nunca entenderemos esto. Otra vez, fue Mises, con claridad meridiana, quien dijo que el comercio es exactamente lo contrario a una guerra. Ahora bien, vuelvo a decir que el mercado libre no es la utopía de suponer que con ese sistema todo está solucionado y tenemos la paz perpetua. Hay otros factores políticos y jurídicos, como ya dijimos, necesarios para el mercado libre, y, digamos más: para una vida humana digna. Lo fundamental son los derechos individuales. Es moralmente obligatorio respetarlos. Lo demás es voluntario. Un mercado libre no implica necesariamente las comodidades de la civilización occidental. Los factores culturales son aquí claves. Puede haber una perfecta pobreza voluntaria, pero no se debe imponer. La pobreza coactiva, impuesta por los gobiernos y pagada fundamentalmente por los millones de niños que se mueren de hambre diariamente, es una inmoralidad, una inmoralidad mucho más terrible y profunda que el consumismo que es fruto de un corazón humano cuya única cura está en Dios y no en un sistema.

Bien, ya no tenemos más tiempo. Pero quiero decirles una última cosa. Karl Popper, uno de los más grandes filósofos de este siglo, afirmó claramente que el motivo del optimismo no consiste en saber que mañana vamos a estar bien. No, porque eso no lo podemos saber. El motivo del optimismo consiste en todo lo que podamos hacer “hoy”. Creo que falta mucho, efectivamente, para que estas ideas se implementen, pero lo que hoy podemos hacer, fundamentalmente, es estudiarlas, profundizarlas y difundirlas. Este curso es lo que “hoy” hemos podido hacer, y en ese sentido hay motivos para ser optimistas.

Gabriel Zanotti

jueves, 31 de diciembre de 2009

ECONOMÍA: Los costos del populismo


Mucha gente cree que los gobiernos populistas no pueden hacer daños permanentes si el pueblo reacciona racionalmente y los sustituye al final de sus mandatos. Esta gente también tiende a creer que los costos del populismo los cargan los inversionistas mientras que los trabajadores reciben beneficios.

La gráfica adjunta desmiente estas dos suposiciones con tres casos muy claros en Latinoamérica-Nicaragua durante el primer régimen Sandinista, Perú bajo los gobiernos populistas de los años ochenta, y Venezuela durante los gobiernos populistas de los años noventa. La gráfica muestra los salarios reales promedio de los trabajadores de estos países (reales significando ajustados por la inflación), tomando como 100 el nivel que tenían en el año 2000. Note usted que como resultado del régimen Sandinista el salario real en Nicaragua cayó de 362 en 1980 a 47 en 1989, el último año de la primera vuelta del Sandinismo. Como se ve en la gráfica, Nicaragua ya no pudo recuperar ni siquiera la mitad de los salarios reales que tenía antes del Sandinismo.

Un ejemplo similar es el de Perú, en donde los salarios reales también cayeron de una manera espectacular y en donde éstos no se han podido recuperar en los años siguientes a pesar del crecimiento fuerte de la economía peruana en los últimos años. Finalmente, puede verse cómo los salarios cayeron durante los años populistas de Carlos Andrés Pérez en Venezuela y no se han recuperado durante los años del aún más populista Hugo Chávez, a pesar del enorme boom que han experimentado los precios del petróleo, que aunque han bajado recientemente, aún así son mucho más altos que lo que eran a fines de los noventas.

¿Qué es lo que pasa en estos países? El problema es que el populismo afecta la economía negativamente de dos maneras. Primero, reduce la actividad económica en general. Segundo, tiende a deprimir los salarios reales porque los inversionistas, asustados por las amenazas y las agresiones reales de los gobiernos populistas, invierten sólo en aquellos negocios que les puedan dar retornos rápidos y altos para compensar por el alto riesgo de pérdidas que existe en regímenes demagógicos. Esto naturalmente resulta en salarios bajos. El tratar de forzar alzas de salarios sólo resulta en desempleo, ya que los inversionistas prefieren no invertir a hacerlo con salarios más altos que les pueden llevar a pérdidas si las amenazas del gobierno se concretan en expropiaciones, o en los abusos de autoridad que son tan característicos de los gobiernos populistas. En esta situación, los inversionistas ganan menos aunque ganen más por dólar invertido, ya que invierten una proporción menor de su capital.

¿Quién gana de esto? Nadie. El riesgo creado por el populismo y la agresividad contra los inversionistas es un costo inútil —sólo le baja los salarios a los trabajadores, las utilidades a los inversionistas y el desarrollo a la población en general.

El gobierno está no sólo tratando de incrementar la carga tributaria en un momento de crisis —que es lo último que debe hacerse en una recesión— y está asustando a los inversionistas pasando medidas que introducen arbitrariedad en el cobro de los impuestos. Además, está usando un lenguaje agresivo contra los inversionistas. Todo esto crea costos a la economía, reduce aún más la inversión en un momento en el que se necesita urgentemente, y tiende a reducir tanto el empleo como los salarios reales de la población. Todo pareciera diseñado para causar una crisis económica y social todavía más grave que la que existe en este momento. Y la gente todavía parecer no darse cuenta de que el ataque a la inversión resulta en mayor desempleo y menores salarios reales. Y menos todavía de que si en este proceso de desorden el caos se apodera del país, como sucedió en los países en la gráfica, la economía y los salarios reales no se recuperarán por muchos años.

Manuel Hinds

martes, 29 de diciembre de 2009

Delirios de poder


Hace más o menos cuatro años, en el fragor de una ardua campaña política, el entonces candidato Arias se refirió al movimiento libertario como un grupo fascista. Estando cercano a aquél, me sorprendió su afirmación, pues estaba considerando la posibilidad de votar por él para presidente y por los libertarios para diputados.

Siempre he respetado al señor Arias tal vez porque aprecio a las personas que se han educado en buenas universidades y porque a don Oscar lo tenía como persona culta y de un pensamiento amplio. Por ello nunca pude concebir cómo era posible que esa persona tan “culta” pudiera cometer un error histórico de tal bulto, como fue identificar políticamente al liberalismo clásico del movimiento libertario, con el fascismo que empujó al mundo libre a la segunda guerra mundial. Esperaba tal identificación de parte de algún palurdo inculto, pero no de alguien que hubiera pasado por las aulas universitarias inglesas y que, asumía yo, en su carrera de ciencias políticas, habría oído hablar de Karl Popper o leído sus comentarios acerca de la persecución que hizo el nazi-fascismo de los liberales alemanes. Popper, Hayek y muchos otros liberales europeos tuvieron que huir de Europa en donde fueron perseguidos por el fascismo, como enemigos a quienes se debía eliminar físicamente.

Con el paso de los años veo cómo el delirio por el poder puede hacer que hombres inteligentes, educados y cultos lleguen a cometer errores de tal calibre. Por esa razón histórica no le di mi voto al señor Arias, de lo cual hoy no me arrepiento. Más arrepentido estoy de no haber escrito esto antes, pues de nuevo hay señales, en el grupo elegido para el continuismo en el poder, de mentes que planean asociar al candidato libertario con alguna especie de mesías o líder fascistoide, cuando lo cierto es que su historia política ha estado siempre en defensa de la libertad, que tanto apreciamos los costarricenses. Que alguien circunstancialmente cercano a él piense en que en algún grado posee tal “liderazgo”, eso no significa que esté ungido por un Júpiter tonante para dirigir las huestes en una reconversión fascista que podrían anhelar algunos.

La independencia del candidato –que esté libre de “los andamios y de las muletas” como aquel mismo candidato alegó alguna vez, ganándose el aprecio de los hombres y mujeres libres- es vital, pues, a diferencia de las monarquías o del priismo latinoamericano, los costarricenses no creemos que el poder simplemente se delega a quien se parió como un escogido. Por ello es que el “elegido” o “elegida” ni siquiera aparece en la palestra pública discutiendo ideas, analizando propuestas y sólo cuando le conviene dice que difiere del poder presidencial, apenas musitando entre dientes un “no estoy de acuerdo” con el todopoderoso, a sabiendas de que, si en verdad se opusiera con independencia e hidalguía, podría perder el favor del que otorga el privilegio, aunque tal vez ni siquiera le cederá el poder.

Quiero pensar que nuestro sistema político está mucho más maduro y que es necesaria la discusión de ideas, para que así los costarricenses podamos escoger mejor quién ha de presidir los poderes ejecutivo y legislativo. Tal vez soy un iluso, pues lo que prima es la conquista del poder a cómo haya lugar, aunque sea en medio del delirio por retenerlo.

Carlos Federico Smith

lunes, 28 de diciembre de 2009

Tema polémico: ¿no era que defendían el libre comercio?


En este Tema polémico, queremos abordar un caso que verdaderamente nos deja perplejos: los mismos empresarios que hace unos años defendieron el TLC con Estados Unidos, hablando de las ventajas de la competencia y de los beneficios de importar más y mejores productos provenientes de otros mercados, ahora están pegando el grito al cielo con el TLC con China. El último capítulo de esta confusa historia es que el Gobierno de Costa Rica renunció a aplicar medidas antidumping y salvaguardas de protección en el intercambio comercial con ese país asiático.

El dumping o competencia desleal se presenta cuando las empresas de un país bajan los precios de sus productos exportados para que, cuando ingresen a otros países, se encuentren comparativamente, a un mayor alcance del consumidor, con la intención de sacar del mercado a los productores locales. Según los creyentes de esta premisa, la competencia es desleal si "A" baja el precio de sus productos a tal punto que "B" no pueda hacerlo sin operar con pérdidas.

Esta premisa merece un análisis detenido: en primer lugar, pretende hacer creer que la "perversidad" de la competencia descansa en el hecho de que un productor procure beneficiar al consumidor con precios menores. Pero ¿no es ese el objetivo del comercio: satisfacer las necesidades de consumo? En segundo lugar, es cierto que la oferta de un bien a un precio menor que el del mercado local puede ser el resultado del incumplimiento de regulaciones pero, en todo caso, ese es un problema jurídico y no económico que debe ponderar el consumidor a la hora que adquiere el producto, y no el Estado pretendiendo decirle qué puede y qué no puede comprar.

Además ¿no sé supone que la liberalización del comercio, se basa en la reducción de la intervención estatal y, en especial en la eliminación de las barreras arancelarias y no arancelarias al comercio? Si esto es así, ¿por qué se mantiene abierta la posibilidad de aplicar salvaguardas y medidas antidumping que, en todo caso, descansan en la fijación de obstáculos para desestimular el comercio de ciertos bienes y servicios? Pero, aún con todas esas inconsistencias, se habla de firmar Tratados de Libre Comercio.

Ahora bien, el caso costarricense es muy curioso, no sólo por la confusa posición de algunos sectores empresariales frente al acuerdo comercial con China, sino también por las incoherencias que acabamos de explicar. ¿No era que en el país se defendía el libre comercio? Lamentablemente, la respuesta es negativa. Además de la estructura mercantilista que caracteriza a nuestros negociadores y gobernantes, autorizando la apertura de algunos sectores pero protegiendo a otros de la competencia, existen serias confusiones conceptuales que inciden en la política comercial costarricense, como la equivocada pretensión de beneficiar al productor, en lugar del consumidor.

En ASOJOD defendemos el libre comercio y, como tal, consideramos que el sentido del comercio es satisfacer las necesidades del consumidor. Así las cosas, si un productor es capaz de ofrecer bienes a precios que el consumidor encuentre atractivos y, está en la voluntad de ambos realizar un intercambio, entonces que se haga. Si un consumidor estima inaceptable algún método o práctica utilizada en la producción de un bien, simplemente no lo comprará, pero si a otro le resulta indiferente y desea adquirirlo, tiene el derecho de hacerlo. Esa es la maravilla del libre intercambio en el capitalismo: cada individuo vota con su dinero, decidiendo a quién premiar y a quién castigar.

Sin embargo, cuando es el Estado el que establece restricciones al comercio, está imponiendo las preferencias y valores de unos sobre los de otros. Esto es precisamente lo que ocurre en Costa Rica: unos queriendo impedir que los costarricenses compremos bienes y servicios a mejores precios, simplemente porque desean proteger sectores específicos de la producción y buscan cualquier oportunidad para beneficiar a unos a costa de los demás. Por eso, en ASOJOD denunciamos que Costa Rica está muy lejos de ser un país que defiende el libre comercio.

viernes, 25 de diciembre de 2009

Viernes de recomedación


Para este Viernes de recomendación queremos ofrecerles un ensayo de Francisco Rosende, titulado "Las instituciones en el crecimiento económico", que enfatiza en la conclusión de intelectuales como Douglas North y Ronald Coese, relacionada con la importancia de "reglas del juego" claras y estables en la generación de riqueza dentro de una sociedad.

jueves, 24 de diciembre de 2009

ECONOMÍA: EE.UU.: ¿Transparencia para quién?


Según una mayoría de políticos y numerosos economistas, parte de la responsabilidad de la crisis actual nace de la falta de transparencia de nuestro sistema financiero. Muchos se dieron cuenta, a posteriori, de que los productos estructurados que todo el mundo estaba contratando eran demasiado complejos para que la gran masa de población los entendiera. La gente estaba comprando deuda subordinada de Lehman Brothers sin saberlo, de ahí que tras el colapso, lo perdiera todo sin ser demasiado consciente de ello.

La implicación que quiera hacerse de la reflexión anterior es que si la gran masa de población hubiese tenido acceso a toda la información, la habría sabido utilizar adecuadamente y se hubiese abstenido de comprar productos que en muchos casos sólo eran aire. Implicación que sin duda hace las delicias de todos esos cándidos economistas que se han rendido a esa abstracción llamada “hipótesis mercados eficientes”, esto es, la pirueta financiera que supone que los precios de mercado concentran toda la información disponible en todos los rincones del espacio intergaláctico desde que se prendiera la llamita del Big Bang; ese disparate teórico que deja inexplicadas las mayores fortunas del planeta por cuanto su estricto cumplimiento haría imposible que Warren Buffett ganara un centavo que no viniera justificado por un arrebato de riesgo.

Frente a ello, cabe simplemente reconocer que la capacidad del ser humano para captar, seleccionar, procesar y comprender información es limitada y por tanto que las decisiones de los seres humanos —y los precios son fruto de una decisión— son falibles. Más información no habría necesariamente arreglado el problema, y para comprenderlo sólo hace falta fijarse en el comportamiento reciente de la gente ante otras burbujas sobre activos algo más sencillos —como la bolsa o los inmuebles.

La información que proporciona una empresa sobre su estado o sus productos debería ser la que le exijan sus accionistas o la que pacte con sus clientes. Ambos valoraran en cada momento sí creen estar suficientemente informados o si carecen de los datos necesarios para actuar sin asumir excesivos riesgos. Lo único que cabe exigirle a la empresa es que cuando proporcionan información, sea cierta.

Por desgracia, toda la avalancha de regulaciones públicas que se avecina simplemente va a multiplicar los costes y a reducir la autonomía de las empresas para adoptar su estrategia empresarial. Y como ya aprendimos con la ley Sarbanes Oxley, esto puede tener consecuencias negativas e inesperadas: que se pregunten por qué el volumen de recompras apalancadas de empresas —responsable en parte del elevado endeudamiento de muchas corporaciones estadounidenses— aumenta desde 2002 mucho más rápido en EE.UU. que en Europa y por qué las OPVs durante la crisis financiera fueron notablemente menores.

Lo llamativo del asunto no es ya la corta visión o la ausencia total de escrúpulos de nuestros gobernantes, sino su descarada hipocresía a la hora de proponer este tipo de reformas. Uno querría pensar que si se pretende obligar a las empresas a ser más transparentes a costa de su rentabilidad, los propios políticos aceptarían ser más transparentes a costa de su comodidad. Pero no. Hete aquí que, como ya creía Mandeville, los vicios privados se transforman en virtudes públicas. Lo que a los empresarios les resulta exigible, a los políticos les es excusable. Por ejemplo, ¿cuál es una de las entidades más opacas del mundo en relación con el poder que ostenta? Así, a bote pronto, se me ocurre la Reserva Federal, ese monopolio de emisión de la primera divisa mundial que no debe someter a auditoría ni los acuerdos alcanzados con otros bancos centrales, ni las deliberaciones de sus reuniones, ni las transacciones habituales de refinanciación de los bancos. ¿Y acaso piensan que su presidente, denodado defensor de un mayor control sobre el sector privado, está muy por la labor de que prospere esa valiente iniciativa legislativa encabezada por el congresista Ron Paul para arrojar cierta luz sobre su oscuro modus operandi?

Obviamente no. Hace poco, Bernanke escribía en el Washington Post que la aprobación de esa ley sólo serviría para “incrementar la influencia que la gente percibe que tiene el Congreso sobre la política monetaria, lo que socavaría la confianza que el público y los mercados depositan en la Fed para actuar a largo plazo en beneficio de la nación”. Por lo visto, Bernanke valora más su discreta autonomía para diseñar la política monetaria que la de los empresarios para perfilar sus estrategias y cree que también es más importante a la hora de “restaurar y sostener la recuperación económica”. Precisamente por descabelladas ideas como esta, de las que son presa por curso forzoso los estadounidenses, es por lo que sí tiene sentido auditar la Fed y exigirle más transparencia.

Mr. Bernanke, la verdad, nos habría sido tremendamente útil a los ciudadanos saber si cuando en 2005 proclamaba que no había ninguna burbuja inmobiliaria en EE.UU. mentía como un bellaco o se sinceraba como un ignorante. Lástima que no tuviéramos por entonces acceso a sus interesantes deliberaciones con Mr. Greenspan. Tal vez, por mucho que le pese, si la HR 1207 sale adelante, las cosas empiecen a cambiar.

Juan Ramón Rallo

miércoles, 23 de diciembre de 2009

Crecimiento, gasto público y libre mercado


A finales del 2008 el mundo se estremeció por la crisis financiera iniciada en EE.UU.. Ésta definitivamente se tradujo en un reto para los defensores del libre mercado y las políticas de liberalización económica, ya que la mayoría de países del mundo decidió incrementar el gasto público como medida para contrarrestar sus efectos. En EE.UU., baluarte del liberalismo, el gobierno anunció que respaldaría a importantes empresas del ramo financiero y automotriz, en defensa de un nacionalismo trasnochado.

En América Latina la mayoría de países anunciaron medidas de carácter contra cíclico cuyo principal objetivo consistía en incrementar la demanda vía un mayor gasto público, básicamente en infraestructura. Casi todos los analistas de la región vieron con buenos ojos este anuncio, se presentó como una solución “original” y harto solicitada.

La crisis llevó a pensar que la idea de mercados libres era inestable, injusta y destructiva, creó el caldo de cultivo ideal para los partidarios de un Estado interventor capaz de decidir por nosotros lo que es mejor para la maximización de nuestra función de utilidad. La hecatombe económica permitió resurgir las ideas de John Maynard Keynes y otra serie de economistas políticos que la historia ha demostrado se equivocaron en sus recomendaciones.

Los políticos presionados por la opinión pública, los medios de comunicación y principalmente su ignorancia se volcaron a buscar medicinas rápidas para la enfermedad y se pensó que lo mejor era aumentar el gasto público. Sin darse cuenta que esto terminará magnificando la crisis.

De manera por demás absurda también se ha planteado el incremento en la regulación de los flujos financieros y operaciones realizadas por empresas de este ramo. Esto corre en contra de la evolución natural de la economía de la información y el conocimiento. No existen leyes e instituciones capaces de regular adecuadamente estas actividades, lo mejor sería dejar que los mercados operaran libremente. Mayor regulación implica la creación de mayores burocracias y por ende despilfarro de recursos.

Esta serie de circunstancias permite realizar, aunque sea brevemente, un recuento de ideas para sustentar que el crecimiento económico no puede ser impulsado de forma permanente por un incremento en el gasto público, ya que para financiar dicho gasto se requiere de un incremento en los impuestos, un aumento del endeudamiento público o en el peor de los casos un aumento del circulante, lo que a la postre es de carácter inflacionario.

Adicional a esto, la mayoría de entidades gubernamentales en América Latina son percibidas por la ciudadanía como altamente corruptas –según la última entrega del Índice de Percepción de la Corrupción publicado por Transparencia Internacional– con lo que es posible que el gasto termine fluyendo hacia actividades que no son necesariamente rentables. Aún más, como Milton Friedman ya lo anticipara en su magistral libro, Capitalismo y Libertad: desde una oficina pública es imposible saber dónde y cuáles inversiones se deben realizar.

La fuente de creación de riqueza, el determinante próximo del crecimiento es el trabajo y conocimiento con el que cuenta cada uno de los agentes económicos. Bajo este escenario el Estado debería abocarse únicamente a crear las condiciones para una operación eficiente de los mercados. Los gobiernos deben velar porque las reglas se cumplan y ésta función la deben desempeñar con la menor cantidad de recursos posible. Se requiere de menos y no más Estado.

Los promotores de la intervención gubernamental creen que las inyecciones de dinero incrementan la demanda y por ende la producción, pero ¿de dónde provienen los recursos para sostener el gasto? Cada unidad monetaria que los gobiernos inyectan a la economía debe ser obtenida de mayores cargas impositivas o bien del endeudamiento. No se crea nuevo poder de gasto, sino que se redistribuye de un grupo a otro.

Quienes están a favor de un mayor gasto estatal consideran que el dinero se traslada de aquellas personas que ahorran a las que gastan, conduciendo a un mayor gasto. La verdad es que el gobierno no puede crear poder de compra de la nada, simplemente redistribuye el existente. ¿Es eficiente el traslado de poder compra? Definitivamente no lo es ya que la única asignación eficiente es la realizada por mercados libres.

Sin embargo, debe reconocerse que el gasto gubernamental al alterar la composición de la demanda total tiene un impacto sobre el crecimiento. Por ejemplo puede fomentar el consumo a expensas de la inversión con lo que el crecimiento de largo plazo se vería alterado a la baja ya que lo que se necesita es incrementar la cantidad de bienes y servicios producidos. De hecho se ha demostrado que el gasto público tiene la capacidad de desplazar las inversiones privadas y en consecuencia desalentar el crecimiento.

El crecimiento económico se produce cuando crece la productividad total factorial como resultado de mejoras en las máquinas y herramientas, inversión en nuevos equipos, incorporación de conocimiento y progreso técnico. La calidad del gasto gubernamental, entonces estará en función de la forma en la que afecta a estos factores.

De acuerdo con Brian Riedl de la Heritage Foundation, históricamente el mayor gasto público ha reducido la productividad y el crecimiento de largo plazo, debido a: 1) el gasto es financiado por impuestos y estos reducen los incentivos para trabajar, ahorrar e invertir, lo que resulta en una clase trabajadora menos motivada y empresarios reacios a colaborar con un gasto del que no saben su destino. En muy pocas ocasiones el gasto gubernamental incrementa la productividad lo suficiente como para compensar la perdida de la misma como consecuencia del alza impositiva; 2) frecuentemente el gasto social reduce los incentivos para elevar la productividad ya que fomenta el ocio y el desempleo, evidentemente si se combinan los impuestos con los subsidios tenemos una vía directa a la reducción de la productividad y del crecimiento económico; 3) cada unidad monetaria utilizada por los políticos implica una unidad monetaria menos asignada por las fuerzas del mercado dentro de las áreas más productivas del sector privado. Por ejemplo, puede que usen los recursos para favorecer las actividades del partido político que los llevó al poder, generando un gasto que no contribuye a elevar la productividad; 4) la provisión de servicios públicos por parte del gobierno, la mayor parte de las veces es menos eficiente de lo que podría ser si fueran suministrados por el sector privado. Para el caso de América Latina, basta con ver las condiciones actuales del sector educativo y de salud público.

En conclusión el crecimiento económico no puede verse estimulado por decisiones que se toman desde una agencia central. El crecimiento es el resultado de individuos y empresas que operan bajo condiciones de mercados libres.

En América Latina, Chile es un excelente ejemplo de las ventajas que ofrece la libertad económica. Éste país es hoy en día un ejemplo para el resto de naciones del continente; no sólo ha incrementado su crecimiento, junto con ello a mejorado el bienestar de la población. Las políticas de libre mercado y sería mucho más enfático de libertad real son el único camino conocido para el crecimiento económico.

Por libertad real me refiero a que debe existir ausencia de coerción en todas las esferas de la vida y no en unas cuantas. Por ejemplo, en México desde principios de los ochentas se abrieron los mercados al comercio internacional, se promovió la venta de empresas públicas y se desreguló gran parte de la actividad económica; no obstante, persisten límites a la libertad, los ataques a la misma son constantes. El Estado sigue siendo el único agente en el sector petrolero y de energía eléctrica, se fijan salarios mínimos al trabajo y se congelan por decreto el precio de importantes productos como el maíz, el gas y las gasolinas. Para rematar se acaba de aprobar un presupuesto para el 2010 que incrementa el déficit público y financia el gasto a través de mayores impuestos y endeudamiento público. La libertad no puede ser a medias, tiene que ser total, de lo contrario el crecimiento continuará siendo mediocre

Isaac Leobardo Sánchez

lunes, 21 de diciembre de 2009

Tema polémico: ¿descubrir el rostro a los delincuentes?


El Tema polémico de hoy queremos dedicarlo a la medida propuesta de mostrar el rostro de los “delincuentes” en los medios cuando son detenidos por la policía. En ASOJOD estamos muy conscientes de la preocupación que existe en la ciudadanía a causa del incremento en la delincuencia rampante de los últimos años y que es necesario modificar procedimientos y leyes para que verdaderamente el delincuente pague las consecuencias de sus actos. Sin duda, consideramos que es responsabilidad del Gobierno, tomar las medidas necesarias para que las personas puedan caminar por las calles y dormir tranquilamente sin el temor de que les quiten su propiedad o inclusive la vida, sin embargo tenemos nuestro propio criterio respecto al punto de "descubrirle" la cara a los sospechosos.

Desde hace varios meses, Otto Guevara ha dicho que una de las medidas que quiere poner en práctica si llega a ser presidente es la permitir que los medios de comunicación muestren el rosto de las personas que atrapa la policía durante el proceso de detención. Este anuncio ha sido de mucho agrado para una muy buena parte de las población costarricense y le ha sumado muchos votos a don Otto, sin embargo, en ASOJOD creemos que esta medida atenta contra los derechos de las personas, fomenta la persecución política y es muy contraproducente para el proceso judicial.

Esta medida es una clara violación al principio de inocencia que dice que todos somos inocentes hasta que se nos demuestre lo contrario. Cuando la policía entra a una vivienda a detener a una persona es porque un juez así lo ha permitido, dado que hay evidencias suficientes para considerar a esa persona como sospechosa del crimen, sin embargo, esto no quiere decir que esa persona sea culpable. Una simple declaración de alguien puede ser suficiente para que la policía detenga a una persona y esta declaración bien podría no tener bases sólidas. Luego del debido proceso se puede concluir que esa persona es inocente pero, si su rostro fue enseñado anticipadamente, el daño a su reputación y su familia es algo que el Estado no puede enmendarle con facilidad, aún pagando indemnizaciones.

Otra gran consecuencia de esta medida es que puede poner en riesgo el debido proceso. Una de las herramientas más utilizadas y efectivas para resolver un crimen es el uso de testigos que, al ver el rostro de la persona, pueden hacer declaraciones sólidas y contundentes. Al mostrar la cara de la persona por los medios, se pone en riesgo el uso de testigos durante el proceso porque el posible delincuente no solo pudo haber sido visto en el lugar de los hechos dado que su identidad fue revelada por medios masivos de comunicación. Imagínese una confusión en la que un supuesto testigo cree reconocer al delincuente pero está viciado porque observó el rostro en algún otro lugar.

El problema de la inseguridad ciudadana no es simplemente un tema de percepción como dice nuestro presidente Oscar Arias. Es un problema real que aqueja a todos los costarricenses y creemos que hay que aplicar mano dura contra la delincuencia, sin embargo, no debemos caer en el extremo de contrariar las disposiciones procesales ni de poner en peligro el juicio para encarcelar a los amigos de lo ajeno. Consideramos que la etapa de investigación es y debe seguir siendo privada, para evitar apelaciones, prejuicios y violaciones al Estado de Derecho y que la única fase pública debe ser el juicio.

Ahora bien, coincidimos en la propuesta del ML respecto a publicar un registro de delincuentes, una vez condenados, pues los costarricenses tenemos derecho a saber quiénes tienen una condena en firma o quienes la han purgado, a fin de tomar las precauciones del caso. Los padres tienen derecho a saber si los maestros que educan a sus hijos son personas decentes y correctas o, si por el contrario, son violadores o pedófilos. Igualmente, el transeúnte tiene derecho a conocer a los carteristas, cadenistas, "chapulines" y demás delincuentes callejeros para estar pendientes cuando caminan en la vía pública. Asimismo, todos los ciudadanos deben tener acceso, por ejemplo vía electrónica en la página web del Poder Judicial, a ese archivo delincuencial para saber a qué atenerse cuando se relaciona con otras personas.

domingo, 20 de diciembre de 2009

Michael Polanyi, el sabio


Einstein quedó muy impresionado con el trabajo del entonces joven Polanyi sobre termodinámica según le escribió a Georg Breding y, a partir de ese momento, el precursor de la teoría de la relatividad mantuvo asidua correspondencia con Michael Polanyi durante los siguientes veinte años, quien, con el tiempo, fuera aclamado en lo círculos académicos más destacados de todo el mundo, primero por sus contribuciones a la química, rama en la que se doctoró en su tierra natal, en la Universidad de Budapest, y luego como filósofo de la ciencia y estudioso de la economía (él dice que por suerte en estas últimas áreas fue un autodidacta, de lo contrario hubiera sido perjudicado debido a las nociones que prevalecían en la época). Su primera monografía académica, que concitó la atención en círculos especializados, la publicó a los 19 años, titulada “Contribuciones a la química del líquido hidrofálico”.

Cuando se vio forzado a emigrar primero de Hungría y luego de Alemania debido a su doble condición de judío y liberal, se radicó en Inglaterra donde primero se desempeñó en la cátedra de química y física desde 1933 a 1948 en la Universidad de Manchester, casa de estudios que estableció la cátedra de ciencias sociales para satisfacer las nuevas inclinaciones intelectuales de Polanyi y, en 1958 comenzó a enseñar en Oxford hasta su muerte en 1976. Escribe este autor que su verdadera vocación comenzó a ponerse de manifiesto en 1946 con sus estudios sobre cuestiones sociales y epistemológicas.

Son innumerables sus trabajos en estas áreas de su segunda vocación, tan prolíficas o más que sus publicaciones en la primera. Tal vez puedan destacarse como las obras y colecciones de ensayos que mayor difusión han adquirido Personal Knowledge, The Logic of Liberty, The Tacit Dimension, Full Employment and Free Trade, Knowing and Being, The Study of Man (tres conferencias que según el autor pueden ser leídas como una introducción al primero de los libros mencionados) y, en 1972, le pidió ayuda a su colega Harry Prosch para reunir y publicar una serie de sus últimas conferencias que aparecieron bajo el título de Meaning. En no pocos de sus trabajos se pone en evidencia su alto grado de religiosidad (se convirtió al cristianismo, influido entre otros autores por dos que, coincidentemente, en su momento habían impresionado vivamente al que estas líneas escribe, por los mismos motivos y por los mismos textos: las confesiones religiosas de Tolstoi y el célebre quinto capítulo del quinto libro de Los hermanos Karamazov de Dostoyevski).

En un artículo naturalmente no es mucho lo que puede decirse sin quebrar las normas del espacio disponible, pero quisiera resaltar brevemente un aspectos clave que constituye el eje central pensamiento de Polanyi, un sabio, es decir, aquel que sabe en profundidad aún admitiendo con la necesaria humildad del verdadero conocedor la vasta ignorancia que siempre quedará por cubrir a los humanos. Un personaje que influyó decisivamente a la fundación de la Mont Pelerin Society junto a Hayek, von Mises, Popper, Robbins, Knight, Machlup, Harper, Friedman, Stigler, Hazlitt, Read, Rueff, Röpke y tantos otros prohombres del liberalismo (como ex integrante del Consejo Directivo, digo que es de esperar que esa entidad no acentúe síntomas y ciertas manifestaciones recientes por las que parece desdibujarse su espíritu debido a procedimientos en gran medida atribuibles a la incorporación de algunos miembros que nada tienen que ver con la “academia internacional” con la que soñó Hayek, aunque, afortunadamente, hay quienes se esfuerzan por elevar la puntería).

El antedicho aspecto anunciado que resultó calve consiste en lo que se conoce con el nombre de “el orden espontáneo” y que luego ha sido trabajado y desarrollado por otros autores pero que explica los fundamentos de la libertad o del orden natural que es lamentablemente desconocido de manera reiterada por la presunción del conocimiento de planificadores que pretenden coordinar, manejar y diseñar los millones de arreglos contractuales que a diario tienen lugar en sociedades abiertas.

En este sentido es menester reproducir un pensamiento de Polanyi tomado de su antes mencionado The Logic of Liberty de 1951: “Cuando vemos un arreglo ordenado de las cosas, instintivamente asumimos que alguien lo ha colocado intencionalmente de ese modo. Un jardín bien cultivado debe haber sido arreglado; una máquina que trabaja bien debe haber sido fabricada y ubicada bajo control: ésta es la forma obvia en el que el orden emerge [...] Pero existe otro tipo de orden menos obvio basado en principio opuesto. El agua en una jarra se ubica llenando perfectamente el recipiente con una densidad igual hasta el nivel de un plano horizontal que conforma la superficie libre: un arreglo perfecto que ningún artificio humano puede reproducir según el proceso gravitacional y de cohesión [...] Cuando el orden se logra entre seres humanos a través de permitirles que interactúen entre cada uno sobre las bases de sus propias iniciativas tenemos un orden espontáneo en la sociedad. Podemos entonces decir que los esfuerzos de estos individuos se coordinan a través del ejercicio de las iniciativas individuales y esta auto-coordinación justifica sus libertades en el terreno público [...] El ejemplo más extendido del orden espontáneo en la sociedad —el prototipo del orden establecido por una ´mano invisible´— estriba en la vida económica basada en el conjunto de individuos en competencia”.

Michael Polanyi fue el pionero en explicitar la función de los precios como trasmisores de información dispersa y del énfasis en que buena parte de esa información por su naturaleza fraccionada es conocimiento tácito, es decir, no articulable por la persona en el “spot”, de lo cual luego se dedujo que el fracaso de la planificación estatal no se debe a la falta de memoria en los ordenadores ni a la complejidad de los procesos sino a que la información sencillamente no está disponible antes de que el sujeto actuante procede en consecuencia.

Puede con razón afirmarse que todos los problemas del estatismo y el totalitarismo en general derivan de que los diagramadores de vidas y haciendas ajenas no perciben la propia ignorancia y la pretensión de omnisciencia cuando ninguna persona sabe a ciencia cierta como procederá al día siguiente puesto que las circunstancias son siempre cambiantes e imprevisibles.

Como bien apunta Ernst Cassirer: “no hay duda que el dogma es el antagonista más pavoroso del conocimiento; no es la ignorancia como tal sino la ignorancia que pretende pasar por conocimiento, esta es la fuerza que infringe un daño mortal al saber”. La conciencia del propio desconocimiento es un primer paso muy fértil para poder incorporar alimento intelectual, pero la cerrazón mental, el dogmatismo, el fanatismo, las ortodoxias, las ideologías y la superstición no tienen arreglo y constituyen los peligros más contundentes para una conversación razonada y, consecuentemente, alzan una formidable e infranqueable barricada contra la civilización. El continuo ejercicio del lateral thinking, el mantener los reflejos alerta, la viva curiosidad por examinar lo nuevo y la gimnasia del cuestionamiento y la repregunta son condiciones básicas para el progreso humano.

Resulta conmovedor comprobar el esfuerzo de personas como Polanyi por explorar avenidas y abrir caminos en soledad en medio de dramas personales consecuencia de persecuciones que, precisamente, se deben de la soberbia planificadora del fruto del trabajo ajeno y la insultante y denigrante arremetida contra la dignidad del ser humano.

Aquellas personas que comulguen con el ideario socialista pueden voluntariamente reunirse para suscribir todos los convenios que juzguen pertinentes al efecto de acatar decisiones de mandones que administren sus vidas y colectivizar sus haciendas, pero, en derecho, no pueden incorporar por la fuerza a quienes veneran la libertad y, por tanto, mantienen el sentido de autorrespeto, dignidad y responsabilidad individual y que comprenden que la solidaridad y ayuda al prójimo es con recursos propios y no con los ajenos. Pero para que subsista la libertad es menester entender de qué se trata y defenderla diariamente con fundamentos sólidos, puesto que como escribió Thomas Jefferson “El precio de la libertad es la eterna vigilancia” y este clima de libertad pude resumirse en el aforismo latino del common law en el contexto del derecho como un proceso de descubrimiento y no de diseño humano: sie utere tuo ut alienum son laedas (usa lo que es tuyo, siempre que no dañes lo que pertenece a otros).

Y en otro terreno, el militar, tengamos muy en cuenta que para ganar la batalla en el campo moral —el más relevante y definitivo— debe aplicarse el debido proceso y nunca imitar los procedimientos aberrantes de los terroristas y totalitarios. En este sentido, debe subrayarse lo inaceptable de la tortura sobre lo que he escrito mucho en base a autores tales como el precursor del derecho penal Cesar Beccaria, el filósofo Michael Ignatieff y el Juez Andrew Napolitano, pero en esta ocasión consigno la excelente línea argumental que desarrolla Eric Maddox, el oficial estadounidense que localizó a Saddam Hussein en 2003 con procedimientos que no incluyeron la tortura, un método que Maddox considera no solo incivilizado sino inconducente, todo ello en su libro sobre esa misión que le fue encomendada.

Desde 2300 años antes de Cristo en que en Sumeria se usó por primera vez la palabra libertad en inscripción cuneiforme, se viene escribiendo, declamando y reclamando esta bendición y a pesar de que desde 1920 en que Ludwig von Mises explicó la imposibilidad de todo cálculo, evaluación y contabilidad en el sistema socialista, hay quienes persisten en este dislate, pero, como queda dicho, su imposición no debe abarcar a quienes prefieren lo realista y humano que brinda la sociedad abierta. Asimilando los gobernantes del momento a la figura de Catilina que intentaba lograr alguna posición en el poder a cualquier precio, podemos decir con Cicerón en la apertura de su primera catilinaria: “¿Hasta cuando Catilina abusarás de nuestra paciencia?”.

Hace ya tiempo, anticipando las barrabasadas del bufón del Orinoco hoy en funciones rodeado de sus esbirros y alcahuetes, se publicó en Venezuela Analítica de Caracas un artículo mío titulado “El síndrome del poeta” donde señalaba lo que ahora quiero enfatizar nuevamente. Hay personas de gran sensibilidad como habitualmente son los novelistas, pintores, escultores, músicos, sacerdotes y poetas que, en no pocos casos, al hacer referencia a cuestiones sociales, con la mejor de las intenciones, desvarían de un modo que resulta francamente patético —similar en magnitud al dislate de las recetas trasnochadas de políticos de carrera— y cuando, por ejemplo, un economista de buena voluntad se acerca e intenta refutar lo dicho, el personaje en cuestión suele defenderse sosteniendo que sus objetivos son mucho más sublimes que “la ley de la oferta y la demanda”, “los rendimientos decrecientes”, el “multiplicador bancario” o las “ventajas comparativas”. De este modo se produce una encerrona imposible de sortear: en verdad lo constructivo sería que el sujeto en cuestión se abstenga de incursionar en lo que desconoce o que, antes de pronunciarse, destine tiempo para repasar conceptos clave. Michael Polanyi es una buenísima fuente para consultar el marco ético de una sociedad libre.

Alberto Benegas Lynch

viernes, 18 de diciembre de 2009

Viernes de recomendación


En este Viernes de recomendación, queremos ofrecerles un entretenido pero efectivo texto titulado "Yo, el lápiz", de Leonard Read, donde se explica claramente el proceso del mercado y la utilidad del sistema de información que este genera para que los individuos puedan tomar decisiones económicas, al tiempo que aclara la metáfora de la "mano invisible" y explicita el concepto de orden espontáneo que tantas veces hemos usado en ASOJOD. Esperamos lo disfruten

jueves, 17 de diciembre de 2009

El ICE: mal de nunca acabar


A pesar de haber llegado a un supuesto acuerdo en casa presidencial, el ICE sigue sin entregar las frecuencias de radio, impidiendo así la entrada de nuevos competidores al mercado de las telecomunicaciones. Es importante recordar que dichas bandas pertenecen al Estado y no a la institución, esta es la desnaturalización de la cosa pública que hemos visto a lo largo de los años, los ejemplos sobran.

Esta actitud merece un fuerte repudio, desgraciadamente no podemos decir que nos encontramos sorprendido. La fruta nunca cae muy lejos del árbol.

ECONOMÍA: El socialismo mata


Swaminathan Aiyar es un notable economista hindú que ha sacado una cuenta muy incómoda. Se le ocurrió medir el enorme precio que pagó la población de la India por no haber hecho antes la reforma económica que hoy mantiene en su país un ritmo de crecimiento que excede el 7% anual, reduce vertiginosamente el porcentaje de pobres y mejora sustancialmente la calidad de vida de los más necesitados. Los números son impresionantes: no haber hecho la reforma con antelación provocó la muerte de 14,5 millones de niños, mantuvo a 261 millones en el analfabetismo y a otros 109 por debajo de los límites de la pobreza. El estudio lo acaba de publicar el Cato Institute de Washington y se titula "El socialismo mata".

Los latinoamericanos deberían aprender de esta experiencia. No hacerlo, además de un crimen, es una estupidez casi perfecta. El ejemplo es muy claro: en la India ha habido dos grandes modelos de desarrollo. Entre 1947 y 1981 se ensayó la fórmula de la economía estatizada, dirigida por una enorme burocracia gubernamental, intensamente proteccionista, hostil a la empresa privada y a las inversiones extranjeras, convencida de las ventajas del desarrollo hacia dentro. El resultado de esa etapa socialista fue un crecimiento anual promedio de 3,5 que, cuando se descontaba el aumento de la población, quedaba reducido al 1,49.

Mientras los hindúes seguían esa senda socialista, tan parecida a los ensayos latinoamericanos, desde el peronismo hasta el chavismo, otros pueblos asiáticos —primero Taiwan, Corea del Sur, Hong-Kong, Singapur, luego Tailandia, Malasia e Indonesia— tomaron el camino contrario: abrieron sus economías, alejaron al gobierno del aparato productivo y fomentaron la iniciativa privada. En otras palabras, liberalizaron decididamente sus economías. Al cabo de apenas una generación, los resultados que exhibían eran pasmosos: disminución drástica de la miseria y la ignorancia, mejora en todos los índices de desarrollo humano y surgimiento de unos robustos sectores sociales medios.

Presionados por esa inocultable realidad, los hindúes hicieron su reforma y abandonaron las fallidas supersticiones del socialismo, primero tibiamente, y luego con mayor ímpetu comenzada la década de 1990, hasta llegar a convertirse hoy en un actor de primer rango internacional que compite en precio y calidad con la China, a la que comienza a disputarle la condición de gran fábrica del mundo (No olvido la sorpresa de unos amigos que necesitaban contratar un servicio de ventas telefónicas en América Latina y acabaron pactando con la sucursal de una compañía hindú radicada en Cochabamba, Bolivia).

Es importante que los economistas latinoamericanos saquen la cuenta de cuánto nos cuestan los experimentos socialistas en sangre, sudor y lágrimas. Cuánto han pagado y pagan los argentinos por los tercos experimentos del peronismo. Cuál fue la inmensa factura pagada por la sociedad peruana durante la locura de Velasco Alvarado, la nicaragüense con el sandinismo o Cuba con su medio siglo de estalinismo.

La medición podía hacerse a partir de la experiencia chilena: ¿qué hubiera pasado en toda América Latina si los pueblos de nuestra cultura hubieran hecho una reforma económica como la llevada a cabo por los chilenos, iniciada durante la dictadura de Pinochet, pero sabiamente mantenida por los gobiernos de la democracia? En 1959, por ejemplo, Cuba tenía un tercio más de ingreso per cápita que Chile y más o menos la misma población. Hoy Chile triplica el ingreso de los cubanos, su población es un treinta por ciento mayor, y el país sudamericano se ha convertido en la secreta meta y destino de miles de cubanos que han conseguido instalarse allí, incluidos unos cuantos hijos de la clase dirigente convencidos de que el barco de los hermanos Castro se va a pique a corto o medio plazo.

¿Somos capaces los latinoamericanos de aprender en cabeza ajena? Con algunas dificultades, parece que sí. Perú, por ejemplo, es hoy el país que más crece en el continente, y eso se debe a que, de manera creciente, los últimos tres gobiernos peruanos han tenido el sentido común de inspirarse en el vecino Chile y abandonar paulatinamente las viejas prácticas del socialismo estatista. Eso significa menos pobreza y mejores estándares de vida para la inmensa mayoría de la sociedad. Sin embargo, lamentablemente, la racionalidad sigue siendo un bien escaso en nuestro mundo. Mientras los peruanos, como los chilenos, se mueven en la dirección que dicta la experiencia, Hugo Chávez y sus cómplices del socialismo del siglo XXI reinciden en el disparate. Insisten en hacerles daño a sus conciudadanos, convencidos de que los guían en la dirección de la gloria. No se han enterado de que el socialismo mata.

Carlos Alberto Montaner