
En cambio, en las naciones sometidas a la planificación centralizada, en las que la producción la dirigen los funcionarios y los comisarios --Corea del Norte, Cuba, la URSS y sus satélites en sus buenos tiempos, si es que los hubo--, naciones en las que el Estado hace las veces de empresario, la economía no da esos bandazos bruscos, y no suele retroceder súbitamente, pero el costo de esa relativa estabilidad es el estancamiento, la mediocridad, la miseria palpable, y un creciente atraso relativo con relación a la economía de las sociedades libres. ¿Por qué esa falta de vitalidad en las sociedades colectivistas? Por su improductividad debida al ahogo sistemático de las personas emprendedoras y por el aplastamiento del ímpetu creativo de los investigadores y de los espíritus innovadores. También, por supuesto, por la falta de mercado y la ausencia de competencia, lo que les impide contar con un sistema razonable de precios.
A fines del siglo XIX, en el gobierno de Grover Cleveland, se produjo el ''pánico de 1893''. La bolsa cayó en picado y parecía que el capitalismo norteamericano (ya entonces la primera economía del mundo) se hundía sin remedio. Mientras eso sucedía, la electrificación del país se aceleraba, los teléfonos comenzaban a repiquetear insistentemente y los primeros autos recorrían las carreteras, los astilleros navales botaban barcos enormes diseñados con tecnología propia, la voz era atrapada en unos cilindros de cera, y una cosa llamada ''cine'' captaba imágenes en movimiento. El capitalismo era mucho más que la catástrofe de la Bolsa o la incertidumbre sobre el valor del dólar.
Una generación más tarde fue el ''pánico de 1907''. Era el último año de Teddy Roosevelt. Los bancos se hundieron ante la avalancha de gentes sacando sus ahorros. De nuevo sobrevino la hecatombe y otra vez los pesimistas anunciaron el fin del capitalismo. Pero fue en aquellos años cuando la aviación comercial abrió sus alas, los ingenieros americanos unieron los dos océanos por la cintura panameña, y los rascacielos, erigidos sobre estructuras de acero, comenzaron a cambiar el perfil urbano de Chicago y Manhattan, y luego el del resto del mundo.
El crash de 1929 fue como un terremoto financiero y bursátil. El presidente Hoover no supo preverlo y luego F. D. Roosevelt erró en la manera de corregir sus destrozos. Pero fue el periodo en el que los ingleses (también muy afectados) nos dieron la televisión y los antibióticos, Estados Unidos desarrolló los plásticos y la energía nuclear. Al terminar la Segunda Guerra Mundial, de cada dólar que generaba el ensangrentado planeta, cincuenta centavos se producían en Estados Unidos. El crash del 29 era cosa del pasado.
¿Seguimos? La crisis financiera de 1973, con el precio del petróleo por las nubes, el fin del patrón oro y el inicio de un severo proceso inflacionario que acabó, unos años más tarde, con el gobierno de Carter, corrió pareja con impresionantes viajes espaciales, la popularización de la informática, asombrosos descubrimientos en el terreno de la fisiología y la medicina (el ADN, fármacos anticancerosos, cirugías espectaculares), y la brecha técnica y científica entre el primer y el tercer mundo se transformó en una zanja impresionante.
En 1987 otra vez el sistema de créditos falló. Los Savings and Loans se fueron a la quiebra. Los mató la inflación y el entierro costó la friolera de 500,000 millones de dólares. Pero esos fueron los años gloriosos de Internet, de la telefonía móvil, de la agonía sin gloria de la URSS y sus satélites, preámbulo de la próspera etapa de Bill Clinton que nos hizo soñar con la fantasía de que los ciclos económicos eran cosa del pasado.
Adonde quiero llegar es muy simple: el verdadero motor de la economía de mercado no es su sistema financiero, sino la asombrosa creatividad de sus empresarios e innovadores. El sistema financiero posibilita flexiblemente las transacciones, como la sangre recorre el organismo, pero la fuerza central está en el cerebro de los ciudadanos más creativos, en sus investigadores y empresarios, en la disciplinada productividad de sus trabajadores, en el diseño institucional y en las virtudes cívicas de la población. Es verdad que, cada cierto tiempo, cuando nos equivocamos porque tomamos las decisiones incorrectas, se produce un descalabro, pero esas contramarchas son la prueba de que somos libres. La libertad tiene consecuencias.
Carlos Alberto Montaner
4 comentarios:
Vamos a ver: el sector empresarial de este país ha tenido desde hace años ayudas, exenciones, inversión estatal en comunicaciones, salud y educación, con resultados bastante adecuados hasta hace no mucho... ¿dónd está, entonces esa riqueza como país? Es decir, cómo es posible que con 30 años de ayudas económicas de toda índole, nuestros "grandes empresarios" no hayan hecho de este un país rico? ¿O es que el desarrollo era tarea del Estado? Mmm.. salta la liebre estatista en ANFE...
Saludes,
Don Ignacio:
En primer lugar no veo qué tiene que ver ANFE con este espacio. Le agradecería bastante nos aclare su comentario.
En segundo lugar, por supuesto que no es tarea del Estado el desarrollo. Como bien lo explica este artículo y como bien lo hemos mencionado en ASOJOD desde hace ya mucho tiempo, el desarrollo es una responsabilidad individual. Cada persona debe procurar la mejora en sus condiciones de vida y sólo por medio de actos voluntarios, los individuos deben ayudarse unos a otros.
Los 30 años de ayudas que el Estado ha dado representan muy bien la perversión semántica en Costa Rica: capitalismo es un sistema de laissez faire mientras corporativismo es un sistema donde el Estado se asocia con los empresarios (o peor aún, se convierte en uno) y gasta el dinero de los tax payers en sus "ideas".
La riqueza no es una "riqueza-país" sino una riqueza individual. El país como tal no produce (holismo metodológico) sino que lo hacen las distintas unidades económicas que desempeñan su papel.
Alejandro
Primero: ANFE es un símbolo de liberalismo económico, eso es todo.
Segundo, coincido en que es responsabilidad individual y no de país (aunque a veces eso es lo que más me preocupa, pero lo hablamos luego este punto)
Tercero, de acuerdo en la perversión.
Pregunta: Cómo diferenciamos esa perversión de una participación estatal útil o no hay ninguna?
Saludes,
Don Ignacio:
Primer punto: aclarado.
Segundo punto: cuando ud lo tenga a bien podemos discutirlo.
Tercer punto: nada que decir.
Respuesta a su pregunta: en ASOJOD consideramos que no hay intervención estatal buena, pues se basa en el uso de la coacción para usar a unos como medios útiles a la consecución de los fines de otros.
Sin embargo, por un asunto de "mal menor" en ASOJOD sólo validamos la intervención estatal en materia de seguridad y administración de justicia, pues pretender que cada individuo use la fuerza contra otros no sólo se presta para arbitrariedades (¿cómo saber quién inició el uso de la fuerza y quién se defiende?) sino también que tendríamos grupos de individuos actuando como bandas de forajidos, cada uno pretendiendo conseguir sus cosas por la fuerza. Y además de esto, tendríamos una total desaparición de la división del trabajo (y por ende de creación de riqueza) si cada uno tuviera q procurarse su propia protección física y material.
Alejandro
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