jueves, 23 de abril de 2009

En Vela


La Quinta Cumbre de las Américas, en Trinidad y Tobago, deparó algunos frutos deglutibles, a los que se refirió, ayer, el editorial de La Nación . En el orden formal, de las normas de urbanidad y de los modales, no pudo ser peor. En cuanto a Cuba, el silencio general fue cobarde y vergonzoso.

¿Qué podía esperarse de una cumbre de 34 gobernantes, entreverada de personajes como Chávez, escoltado por su bufón, Daniel Ortega, y otros de parecido pedigrí que, en su casa o en su escuela, no tuvieron noción alguna del respeto a las personas o a las instituciones, y que, ahora, con su primitivismo a cuestas y su escasísima cultura, tienen que manejar el instrumento terrible del poder político?

El problema se complica radicalmente cuando, además, están sometidos obsesivamente a una personalidad sociopática y narcicista, como la de Chaves, sumergido en un océano de dinero, que potencia todos sus trastornos, quien, a su vez, idolatra –y usa– a Castro, petrificado, por 40 años, en una estructura sociopática, quien ejerce una extraña influencia en no pocos gobernantes, políticos e intelectuales de América Latina. Y como estos actores son los que ocupan siempre el proscenio mediático, en mengua de los buenos o de los menos malos, no parece infundada la convicción de que en América Latina predominan los políticos charlatanes, semianalfabetos o mediocres.

Dejemos a un lado las escenas, en esta cumbre, patentadas por Chávez y sus cortesanos gobernantes, que nos hicieron ruborizar y que, de vez en cuando, le arracaban a Obama una sonrisa compasiva. Reparemos, más bien, en la sugerencia de Obama a los presentes (según lo comentó ayer Jorge Guardia) de dejar la cansina evasión de culpar a los gringos de todas las desventuras de nuestros países (como antes a España). ¡Qué pena! Esta ha sido la cantinela latinoamericana en medio de una vastedad de recursos de donde brotan, a la vez, a raudales, la violación de los derechos humanos, la corrupción, la evasión fiscal, el cinismo, el desgobierno, la injusticia y el epitafio-consigna de “la falta de seriedad”.

Ni Alemania ni Japón ni Vietnam ni otros se dedicaron sistemáticamente a maldecir al “invasor”. Sin abandonar el juicio crítico ni renunciar a la memoria, donde se talla la identidad, hicieron su duelo, su balance o su examen de conciencia, y pusieron manos febriles a la obra. Nosotros seguimos columpiándonos, al decir de Manuel Malaver, analista venezolano, entre “el perfecto idiota” y “las venas abiertas de América Latina”, el librito que el más rico y el más inculto de nuestros idiotas le regaló a Obama, para la foto, en la sesión inaugural en Trinidad y Tobago.

Julio Rodríguez

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