Las cuentas del Estado son básicamente iguales a las de cualquier ciudadano. Por un lado están los ingresos, el dinero que el Estado quita a los ciudadanos a través de los impuestos y, por otro, los gastos. Si los ingresos son superiores a los gastos, el Estado tiene superávit; si los gastos superan a los ingresos, el Estado incurre en déficit. Hay dos formas de cubrir el déficit público:
1) aumentar los impuestos;
2) emitir deuda (esto es el equivalente a pedir un préstamo para un ciudadano).
El aumento de los impuestos es malo para la economía, ya que parte de la idea de que los ciudadanos conservan en su poder un porcentaje aún menor de sus ingresos y que su capacidad de crear riqueza disminuirá, al perder su capital, el cual ya no estaría disponible para invertir en medios de producción, circunstancia que ha de generar en el futuro mayor desempleo y pobreza.
La emisión de deuda supone captar un dinero del sector privado (ciudadanos, empresas, fondos de inversión, etc.) que podría destinarse a inversiones más productivas y llegar a crear empleo y riqueza, si el Estado no incurriera en déficit. Además la deuda (más los intereses) hay que pagarla tarde o temprano, por lo que la emisión de deuda implica un aumento de los impuestos en el futuro y una serie de anomalías en los mercados financieros, con todos los efectos negativos que esto arrastra.
Todo déficit público, y sus intereses, será pagado indefectiblemente por los ciudadanos. Pero valga la comparación: un individuo cualquiera que no controla su presupuesto deberá hacerse cargo un día de sus propios errores; en cambio, los políticos que cometen actos irresponsables saben que los ciudadanos siempre pagarán por ellos.
Conseguir superávit por la vía de aumentar los impuestos destruye la riqueza y tiene fecha de caducidad, ya que cuanta más riqueza se destruya, menos impuestos podrá recaudar el Estado en el futuro, por mucho que los suba. Llega un momento en que la recaudación disminuye aunque ascienda el tipo de gravamen de los impuestos, ya que la sociedad cada vez tiene menos capacidad de generar riqueza. La carga tributaria está directamente relacionada con la elasticidad económica del país, es decir, que el Estado no recaudará más a no ser que la productividad general aumente considerablemente.
La forma correcta de obtener superávit, y crear más riqueza para el conjunto de la economía, será reducir los gastos en mayor medida de lo que se reducen los ingresos (impuestos).
Pero no lo entiende así el Estado costarricense, ahora empeñado en la fórmula de sacar de un bolsillo para meterlo en otro, sin generar riqueza alguna. Y esta fórmula se halla en la base del paquetazo fiscal que nos receta el gobierno y que no deja de ser una pura y simple redistribución de la riqueza, que iría de los pobres a las elites estatales.
Lo que sí augura el famoso paquete, y qué duda cabe, es un cuadro de espanto: una menor producción y desempleo en el área de servicios, una mayor saturación de los servicios del Estado, de por sí pésimos, y una fatídica descapitalización global.
No se ve por dónde nos beneficiaremos los costarricenses, salvo que nos hayamos vuelto de pronto masoquistas.
1) aumentar los impuestos;
2) emitir deuda (esto es el equivalente a pedir un préstamo para un ciudadano).
El aumento de los impuestos es malo para la economía, ya que parte de la idea de que los ciudadanos conservan en su poder un porcentaje aún menor de sus ingresos y que su capacidad de crear riqueza disminuirá, al perder su capital, el cual ya no estaría disponible para invertir en medios de producción, circunstancia que ha de generar en el futuro mayor desempleo y pobreza.
La emisión de deuda supone captar un dinero del sector privado (ciudadanos, empresas, fondos de inversión, etc.) que podría destinarse a inversiones más productivas y llegar a crear empleo y riqueza, si el Estado no incurriera en déficit. Además la deuda (más los intereses) hay que pagarla tarde o temprano, por lo que la emisión de deuda implica un aumento de los impuestos en el futuro y una serie de anomalías en los mercados financieros, con todos los efectos negativos que esto arrastra.
Todo déficit público, y sus intereses, será pagado indefectiblemente por los ciudadanos. Pero valga la comparación: un individuo cualquiera que no controla su presupuesto deberá hacerse cargo un día de sus propios errores; en cambio, los políticos que cometen actos irresponsables saben que los ciudadanos siempre pagarán por ellos.
Conseguir superávit por la vía de aumentar los impuestos destruye la riqueza y tiene fecha de caducidad, ya que cuanta más riqueza se destruya, menos impuestos podrá recaudar el Estado en el futuro, por mucho que los suba. Llega un momento en que la recaudación disminuye aunque ascienda el tipo de gravamen de los impuestos, ya que la sociedad cada vez tiene menos capacidad de generar riqueza. La carga tributaria está directamente relacionada con la elasticidad económica del país, es decir, que el Estado no recaudará más a no ser que la productividad general aumente considerablemente.
La forma correcta de obtener superávit, y crear más riqueza para el conjunto de la economía, será reducir los gastos en mayor medida de lo que se reducen los ingresos (impuestos).
Pero no lo entiende así el Estado costarricense, ahora empeñado en la fórmula de sacar de un bolsillo para meterlo en otro, sin generar riqueza alguna. Y esta fórmula se halla en la base del paquetazo fiscal que nos receta el gobierno y que no deja de ser una pura y simple redistribución de la riqueza, que iría de los pobres a las elites estatales.
Lo que sí augura el famoso paquete, y qué duda cabe, es un cuadro de espanto: una menor producción y desempleo en el área de servicios, una mayor saturación de los servicios del Estado, de por sí pésimos, y una fatídica descapitalización global.
No se ve por dónde nos beneficiaremos los costarricenses, salvo que nos hayamos vuelto de pronto masoquistas.
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