Casualmente releía una obra de mi
amigo Karl Popper (lo digo con todo el respeto, pues ciertamente al leer
algunas de sus publicaciones, las veo como una muestra de amistad hacia el ser
humano), en la cual él, con mucha sabiduría no usual en verdad, analiza el
significado de la libertad, al menos en lo referente a la elección de un
gobierno. Casualmente en el libro mío de esa obra, la referencia principal la
hace en un capítulo titulado “El principio de la conducción”, que no sé por qué
me parece algo como que está relacionado con el tránsito. Creo que ese capítulo
en otras partes fue mejor traducido o mencionado como “El Problema Fundamental
de la Política”, pues lo que Popper menciona en dicho capítulo -llámese como se
le llame- es un asunto que en su momento Platón trató de resolverlo, al tratar
de responder a la siguiente pregunta: ¿Quiénes deben gobernar el estado?
En criterio de Popper, esa
pregunta fue mal formulada, pues “aun
aquellos que comparten este supuesto de Platón, admiten que los gobernantes
políticos no siempre son lo bastante ‘buenos’ o ‘sabios’… y que no es nada
fácil establecer un gobierno en cuya bondad y sabiduría pueda confiarse sin
temor”. (Karl R. Popper, La Sociedad Abierta y sus Enemigos, Barcelona:
Ediciones Paidós Ibérica, 1994, p. 124).
Por tal razón
Popper nos dice que la pregunta pertinente más bien es “¿En qué forma podemos
organizar las instituciones políticas a fin de que los gobernantes malos o incapaces
no puedan ocasionar demasiado daño?” (Ibídem, p. 125).
No voy a
desarrollar este tema Popperiano -tal vez lo haga en otra ocasión- pero lo he
comentado porque nos sirve de apertura hacia una observación que él hace y que
denomina como la “paradoja de la libertad”. Nos explica a lo que con esto dio a entender
Platón: “En su crítica de la democracia y en su explicación del surgimiento de la
tiranía, Platón expone implícitamente la siguiente cuestión: ¿qué pasa si la
voluntad del pueblo no es gobernarse a sí mismo sino cederle el mando a un tirano?
El hombre libre -sugiere Platón- puede ejercer su absoluta libertad, desafiando
primero, a las leyes, y, luego, a la propia libertad, auspiciando el advenimiento
de un tirano.” (Ibídem, p. p. 126-127).
Obviamente, tal hecho
político no es extraño en la historia de la humanidad y creo haber visto casos
en épocas recientes, que han hecho que el tema me llame de nuevo la atención.
Ubiquémonos por un momento en la época en que Popper escribió su libro: a
principios de 1938 decidió elaborarlo y lo redactó todo ese tiempo hasta 1943
(el libro lo publicó en 1945 y lo revisó en varias ocasiones). Aunque en su
obra La Sociedad Abierta y sus Enemigos es poco lo que refiere a hechos
concretos de la guerra mundial aún en proceso, lo debe de haber impactado el
hecho de cómo fue que un tirano -Hitler- ascendió al poder con anterioridad a
la Segunda Guerra Mundial, así como también el advenimiento del marxismo en la
Unión Soviética a finales de la Primera. Precisamente en un prefacio a una edición
revisada, escribió que “El marxismo sólo constituye un episodio, uno de los
tantos errores cometidos por la humanidad en su permanente y peligrosa lucha
para construir un mundo mejor y más libre.” (Ibídem, “Prefacio a la Edición
Revisada”, p. 11).
Por eso es
importante tener presente en la actualidad la “paradoja de la libertad”, pues
bien puede ser que una mayoría de votantes decida elegir a un tirano como
gobernante y, de acuerdo con los demócratas que consideran que la soberanía reside
en una mayoría, tal decisión debería de ser acatada. Por un lado, para los
demócratas debe obedecerse la voluntad de la mayoría, al elegir a un tirano, pero,
por el otro, han postulado por una forma de gobierno que no permite que las
decisiones sean producto de la voluntad de una mayoría.
Esta
contradicción la resuelve Popper al señalar que "Aquel que acepte el principio de la democracia en este
sentido no estará obligado, por consiguiente a considerar el resultado de una
elección democrática como expresión autoritaria de lo que es justo. Aunque
acepte la decisión de la mayoría, a fin de permitir el desenvolvimiento de las
instituciones democráticas, tendrá plena libertad para combatirla, apelando a
los recursos democráticos y bregar por su revisión. Y en caso de que llegara un
día en que el voto de la mayoría destruyese las instituciones democráticas,
entonces esta triste experiencia sólo serviría para demostrarle que no existe
ningún método perfecto para evitar la tiranía. Pero esto no tendrá por qué debilitar
su decisión de combatirla ni demostrará tampoco que su teoría es
inconsistente." (Ibídem, p. 129).
Ello me ha
obligado a pensar en el caso actual de Venezuela, en donde una tiranía -en
mayor o menor grado- se ha señalado que, ciertamente, llegó al poder y se ha
mantenido en él, como resultado de la elección democrática, entendida como una
votación mayoritaria que así lo determinó. Aquí es importante tener presente lo
que expuso Popper al respecto: “el principio de la política democrática
consiste en la decisión de crear, desarrollar y proteger las instituciones
políticas que hacen imposible el advenimiento de la tiranía.” (Ibídem, p. 128).
Pero parece que, en el caso venezolano, no existía una institucionalidad tal,
de forma que, con fortaleza, pudiera haber impedido el advenimiento de la
dictadura. Lentamente la tiranía, o si no les gusta el término, llámelo el
gobierno totalitario de Chávez, logró (y también con su heredero Maduro) ascender
al poder por el voto democrático, pero luego el orden democrático se ha
erosionado gradualmente en cuanto a la vigencia de salvaguardias institucionales
que sirvan para evitar la tiranía, como es el caso de la división de poderes,
de la sujeción al poder central de los llamados organismos de control, como por
ejemplo, la contraloría, la corte constitucional, de la eliminación sistemática
de la libertad de prensa y hasta de un ejército nacional, que ha quedado sujeto
a la voluntad específica de un gobierno en concreto. El poder totalitario los
ha venido absorbiendo gradualmente.
Por eso, debemos
tener muy presente la sugerencia de Popper, cual es que “la teoría de la
democracia no se basa en el principio de que debe gobernar la mayoría, sino más
bien, en el que los diversos métodos igualitarios para el control democrático,
tales como el sufragio universal y el gobierno representativo, han de ser
considerados simplemente salvaguardias institucionales, de eficacia probada por
la experiencia, contra la tiranía, repudiada generalmente como forma de
gobierno, y estas instituciones deben ser siempre susceptibles de
perfeccionamiento.” (Ibídem, p. 128).
Claro que no
hay método que sea perfecto para evitar la tiranía, como tantas veces nos lo
han evidenciado tiranos, quienes, gradual o con violenta rapidez, van anulando
esas salvaguardias. Eso deja como único camino la insurrección, la rebelión de
los ciudadanos a fin de rescatar su libertad. Por supuesto que lo que hará el
tirano es reprimirla todo lo más que pueda, lo que no es mucho consuelo.
Excepto que las tiranías suelen vivir menos tiempo que las democracias, a pesar
del ejemplo de medio centenario de la Cuba propiedad de los Castro. Esa
perspectiva podría darnos algún grado de optimismo, pero, si se escoge el
camino de la violencia para eliminar al tirano, que lo sea teniendo en mente
que el objetivo esencial es la restauración de la democracia. Popper,
afortunadamente, señala el rumbo conveniente: “sólo se justifica el uso de la violencia bajo una tiranía que torna
imposible toda reforma sin violencias, y ésa debe tener un solo fin: provocar
un estado de cosas tal que haga posible la introducción de reformas sin
violencia”. (Ibídem, p. 330)
Jorge Corrales Quesada
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