
Después de leer las quimeras de los autores posmodernos que Bricmont cita, es difícil decidir si es momento de reír o llorar.


Vivimos en tiempos excepcionales, únicos, qué duda cabe. Todo lo que se dice y hace últimamente —desde los libros y ensayos que los medios de prensa publican hasta los premios, como el Nobel de Economía a Krugman, o la nacionalización de gran parte de la banca en Europa y Estados Unidos— apunta a que éstos son tiempos de cambio, de fin de régimen y de sistema. En efecto, en lo económico vemos cómo una teoría, la keynesiana, se juega sus últimas cartas, sus últimas balas. Los Estados, a ambos lados del Atlántico norte, están dispuestos a apostar todo su arsenal monetario y fiscal buscando darle pronta solución a esta crisis; pero mientras pasan las horas y los días, los indicadores que cuentan, y que son los que deben ir hacia abajo si un fin a esto se persigue, han decidido enrumbar hacia arriba. En las últimas semanas, el aumento en las tasas de interés en los mercados de deuda gubernamental, corporativa e hipotecaria les recuerda así a estos gobiernos que ya no pueden seguir recurriendo a las triquiñuelas monetarias del keynesianismo.
Pues bien, ¿cómo se llega a esta crisis que parece no tener solución? Llegamos a ésta gracias al monopolio que los bancos centrales tienen sobre la creación de dinero y al férreo control que ejercen sobre el mercado crediticio de corto plazo —pueden llamarle “tasa de referencia” o “fed funds” a la tasa de interés que controlan, el hecho es que así subyugan al mal llamado “libre mercado”—. (No son muchos los economistas que demuestran interés en saber que en Estados Unidos, de 1837 a 1862, no existió un control estatal sobre la emisión de dinero, la era de banca libre o “Free Banking”, y sin embargo ése fue el periodo de mayor crecimiento económico en el país del norte.) Bien: cada vez que un banco central crea de la nada, ex nihilo, un sol, un dólar o la unidad monetaria que sea, en esencia lo que hace es inyectar deuda en el sistema económico, la que a su vez es amplificada equis veces por la banca comercial en forma de créditos. Esta deuda adquirió un crecimiento exponencial en los últimos años, y ése es el origen de esta crisis. Los bancos centrales crearon cantidades astronómicas de dinero que los bancos comerciales amplificaron en forma cuasi infinita prestando a gente que no tenía ni los medios ni los ingresos para pagar esos préstamos, los que se usaron para comprar casas, autos y todo lo que la imaginación pidiera y el nivel de ingresos impidiera.
Pongamos este ejemplo para que se pueda entender lo insostenible de todo crecimiento exponencial en un mundo finito. Vamos a suponer que colocamos una gota de agua en el centro del campo de juego del Estadio Nacional. Si cada minuto que pasa duplicáramos esa cantidad, es decir, una gota el primer minuto, dos el segundo, cuatro el tercero, ocho el cuarto, dieciséis el quinto, treinta y dos el sexto y así sucesivamente, ¿en cuánto tiempo se llenaría de agua por completo el Estadio? ¡En una hora! Lo interesante es que es en los últimos cinco minutos en los que se llena el 80% que aún queda por llenar. Visto gráficamente este crecimiento tiene la forma de un palo de hockey.
Ahora bien, ¿existe alguna solución para esta crisis de deuda? Y si no la hubiese, ¿qué hacen los gobiernos tirando la casa por la ventana? ¿Podrán estarse jugando su propia existencia? Pongamos esta crisis en perspectiva: de las cerca de veinte que cuentan los historiadores desde la tulipmanía, en Holanda, en el siglo XVII (bien podría ser la primera), ésta es mucho más grande que todas las otras juntas. Lo diferente de ésta yace en ciertos aspectos indestructibles en su naturaleza. Véanlo así: toda crisis produce una dinámica por la cual los excesos en el sistema se eliminan, se purgan. Y eso, al igual que lo que sucede en el cuerpo humano, forma parte del proceso de curación. En economía estas purgas se llaman “bancarrotas”. Pues bien —y obviando el hecho de que éstas han sido declaradas ilegales en el sistema bancario—, la aparición de una serie de derivados financieros, entre éstos los CDS (Credit Default Swap), no sólo mantiene intacta la deuda original sino que la multiplica varias veces. La empresa ABC, entonces, puede quebrar e incumplir con el pago del principal en su emisión de deuda, digamos, unos $10 millones, pero para todos los bancos de inversión, hedge funds y aseguradoras que hicieron plata vendiendo estos CDS, la deuda original —que pudo haber sido multiplicada equis veces— sigue en pie, vigente. Esa deuda, cual zombi, no desaparece del sistema. ¿Y a cuánto llega el tamaño de este mercado de CDS? A unos 60 trillones de dólares, el mismo tamaño de la economía global —y aún nos queda un largo paseo por el mundillo oscuro e incomprensible de todos los otros derivados, que juntos alcanzan un tamaño que ya supera en 15 veces a la economía global. ¿De dónde salió todo ese dinero que engendró estos monstruos? (Ahora ya entiende por qué esto es demasiado grande para todos los Estados, y por qué podrían estarse jugando su propia existencia.)
Los planes de rescate financiero que han puesto en marcha los gobiernos en Europa y Estados Unidos bien podrían estar condenados al más abyecto fracaso, desde el momento que ninguno de éstos tiene en cuenta algo fundamental: el exceso de deuda en el sistema (estos planes se financian con más deuda pública y más “liquidez” —léase deuda—). Lo último que le hace falta al mundo es precisamente más de lo mismo. Un problema de inundación no se soluciona con más y más agua (¿podrán entender esto los burócratas?). La deuda global combinada, pública y privada, es de unos $100 trillones, que equivale a un 170% de la economía mundial. En Estados Unidos, poco antes del crack del 29, esta deuda ascendía a un 160% del PBI (hoy ya supera el 350%). No hay manera de saber en qué momento se llega a “ese” punto de saturación, de exceso sistémico, pero si el ejemplo de la gota de agua en el Estadio sirve de algo, el verse rodeado de burbujas podría ser una buena señal de la cercanía del final.
Los mercados globales sospechan la magnitud e insolubilidad del problema, y eso los lleva al pánico, a que se cierren. Pero los gobiernos están decididos a que la orgía crediticia siga, y por eso se las ingenian creando uno y otro programa, sacando uno y otro conejo del sombrero, cual Domingo Cavallo, el ex ministro de Economía de Argentina. Sabemos qué pasó con Domingo y sus conejos, ahora sólo nos queda ver qué pasa con los de Uncle Sam y sus amigos.
Ingenuamente creen los gobiernos que sus planes de rescate financiero pueden llevar la calma a los mercados, y deciden entonces “garantizar” los préstamos interbancarios, los depósitos en el sistema y hasta el aire que se respira. Pero ¿se puede garantizar el pago de algo sin los ingresos que lo respalden? Los pasivos de sólo corto plazo de los bancos comerciales en relación al PBI nacional indican que esto no sólo es imposible sino que podría pasar hasta por una broma de muy mal gusto. En Bélgica y Suiza la relación pasivos bancarios de corto plazo y PBI (léase ingreso nacional) es de casi tres a uno; en Islandia es de dos a uno; en Gran Bretaña es de 1,5 a uno; en Italia y Francia de 0,7 a uno, y en Estados Unidos de 0,15 a uno. Esos son los de corto plazo. Súmenle a esto los pasivos de largo plazo y ya se puede ir viendo por dónde viene lo risible de pareja “garantía” (“The world’s banks could prove too big to fail—or to rescue”, The New York Times, 10 de octubre de 2008).
Todo lo dicho en nada refleja el fracaso del “libre mercado”. No se puede afirmar que ha fracasado algo que nunca existió. Si algo ha quedado desacreditado, una vez más, es, precisamente, la intervención estatal en los mercados, la participación de los bancos centrales en el mercado monetario y los diez puntos del programa del Manifiesto Comunista de Karl Marx, quien, habiéndolos redactado en 1848, nunca imaginó que uno de éstos podría ser usado posteriormente como factor quintacolumnista en esta crisis financiera de proporciones bíblicas. El Manifiesto busca la destrucción del orden social burgués, el cual, luego de abolida la propiedad privada, será reemplazado por una sociedad sin clases ni Estado. Consta de un preámbulo y cuatro capítulos, uno de los cuales, el segundo —“Proletarios y comunistas”—, formula diez puntos de acción, que, una vez implementados, deben llevar a la transición del capitalismo al comunismo (saltándose en garrocha al socialismo). El punto cinco del Manifiesto es de lo más interesante, no sólo porque es la mejor descripción de las funciones de los quintacolumnistas bancos centrales, sino porque hasta ahora no se cuestiona qué hace esta recomendación comunista en una economía de supuesto libre mercado. Se debe crear un banco nacional, recomienda Marx, que monopolice la emisión de dinero y centralice el crédito. Pues bien, se monopolizó la emisión y ahora la crisis lleva a que los Estados se hagan del crédito. ¡Cuán orgulloso estaría Marx! Su odio visceral por la burguesía lo llevó a buscar el triunfo en la destrucción frontal de ésta, cuando en realidad el triunfo yacía en el trabajo clandestino, en la Quinta columna del general Mola, en el quinto punto de su Manifiesto.
Charles Philbrook



En cambio, en las naciones sometidas a la planificación centralizada, en las que la producción la dirigen los funcionarios y los comisarios --Corea del Norte, Cuba, la URSS y sus satélites en sus buenos tiempos, si es que los hubo--, naciones en las que el Estado hace las veces de empresario, la economía no da esos bandazos bruscos, y no suele retroceder súbitamente, pero el costo de esa relativa estabilidad es el estancamiento, la mediocridad, la miseria palpable, y un creciente atraso relativo con relación a la economía de las sociedades libres. ¿Por qué esa falta de vitalidad en las sociedades colectivistas? Por su improductividad debida al ahogo sistemático de las personas emprendedoras y por el aplastamiento del ímpetu creativo de los investigadores y de los espíritus innovadores. También, por supuesto, por la falta de mercado y la ausencia de competencia, lo que les impide contar con un sistema razonable de precios.
A fines del siglo XIX, en el gobierno de Grover Cleveland, se produjo el ''pánico de 1893''. La bolsa cayó en picado y parecía que el capitalismo norteamericano (ya entonces la primera economía del mundo) se hundía sin remedio. Mientras eso sucedía, la electrificación del país se aceleraba, los teléfonos comenzaban a repiquetear insistentemente y los primeros autos recorrían las carreteras, los astilleros navales botaban barcos enormes diseñados con tecnología propia, la voz era atrapada en unos cilindros de cera, y una cosa llamada ''cine'' captaba imágenes en movimiento. El capitalismo era mucho más que la catástrofe de la Bolsa o la incertidumbre sobre el valor del dólar.
Una generación más tarde fue el ''pánico de 1907''. Era el último año de Teddy Roosevelt. Los bancos se hundieron ante la avalancha de gentes sacando sus ahorros. De nuevo sobrevino la hecatombe y otra vez los pesimistas anunciaron el fin del capitalismo. Pero fue en aquellos años cuando la aviación comercial abrió sus alas, los ingenieros americanos unieron los dos océanos por la cintura panameña, y los rascacielos, erigidos sobre estructuras de acero, comenzaron a cambiar el perfil urbano de Chicago y Manhattan, y luego el del resto del mundo.
El crash de 1929 fue como un terremoto financiero y bursátil. El presidente Hoover no supo preverlo y luego F. D. Roosevelt erró en la manera de corregir sus destrozos. Pero fue el periodo en el que los ingleses (también muy afectados) nos dieron la televisión y los antibióticos, Estados Unidos desarrolló los plásticos y la energía nuclear. Al terminar la Segunda Guerra Mundial, de cada dólar que generaba el ensangrentado planeta, cincuenta centavos se producían en Estados Unidos. El crash del 29 era cosa del pasado.
¿Seguimos? La crisis financiera de 1973, con el precio del petróleo por las nubes, el fin del patrón oro y el inicio de un severo proceso inflacionario que acabó, unos años más tarde, con el gobierno de Carter, corrió pareja con impresionantes viajes espaciales, la popularización de la informática, asombrosos descubrimientos en el terreno de la fisiología y la medicina (el ADN, fármacos anticancerosos, cirugías espectaculares), y la brecha técnica y científica entre el primer y el tercer mundo se transformó en una zanja impresionante.
En 1987 otra vez el sistema de créditos falló. Los Savings and Loans se fueron a la quiebra. Los mató la inflación y el entierro costó la friolera de 500,000 millones de dólares. Pero esos fueron los años gloriosos de Internet, de la telefonía móvil, de la agonía sin gloria de la URSS y sus satélites, preámbulo de la próspera etapa de Bill Clinton que nos hizo soñar con la fantasía de que los ciclos económicos eran cosa del pasado.
Adonde quiero llegar es muy simple: el verdadero motor de la economía de mercado no es su sistema financiero, sino la asombrosa creatividad de sus empresarios e innovadores. El sistema financiero posibilita flexiblemente las transacciones, como la sangre recorre el organismo, pero la fuerza central está en el cerebro de los ciudadanos más creativos, en sus investigadores y empresarios, en la disciplinada productividad de sus trabajadores, en el diseño institucional y en las virtudes cívicas de la población. Es verdad que, cada cierto tiempo, cuando nos equivocamos porque tomamos las decisiones incorrectas, se produce un descalabro, pero esas contramarchas son la prueba de que somos libres. La libertad tiene consecuencias.
Carlos Alberto Montaner

En varias oportunidades sufrí situaciones de inseguridad complicadas. La mas grave fue cuando un malhechor a punta de pistola me exigió dinero. Alguien me iluminó y le dije "tranqui, hoy laburé para vos, la que tengo es tuya". El ladrón se tranquilizó tomó su botín y se marchó. Gracias a Dios sigo vivo y cuento esta película.
Mientras la Presidenta Cristina Kirchner anunciaba la pulverización del sistema de capitalización privado, la incautación de las cuentas individuales y la nacionalización compulsiva del sistema previsional, me acordé de aquel malhechor que me robó el dinero.
Una diferencia no menor hay entre aquel hecho de inseguridad física y éste de inseguridad jurídica. El ladrón privado sabía que yo le estaba mintiendo. Sabía perfectamente que no lo esperaba ni me había esforzado para él. Yo también sabía que él sabía. El contrato era bien claro. Se trataba de un robo.
El gobierno no fue tan sincero como aquel ladrón. No se animaron a decir lo que estaban haciendo.
Al mejor estilo orwelliano modificaron la acepción de una palabra para ocultar la verdadera intención. Hablaron de "rescate de los fondos privados personales que se devaluaban en manos de las AFJP (Administradoras de Fondos de Jubilación Privados)".
Todo el Gran Buenos Aires (Reino de la inseguridad) , no conoce un ladrón que le diga a su víctima: "quedate tranquilo te robo el auto y así te evito el gasto en mantenimiento, patentes, combustibles, seguros, etc en realidad te estoy rescatando".
La estrategia del gobierno es imponer en el debate que se trata de un tema "previsional". Que en realidad las AFJP administraban mal los fondos de los cotizantes y ante esa falla, el estado aparece como salvador.
En rigor la discusión es plenamente fiscal. El estado necesitaba dinero para cubrir el déficit fiscal que está a la vuelta de la esquina. El 2008, era hasta el 21 de octubre, el año donde los intentos de voracidad fiscal fracasaban uno tras otro. En julio el revés del aumento de las retenciones móviles, en agosto el intento fallido de "insertarse" en el mercado de crédito internacional a través del pago al Club de París y la oferta a los Hold Outs.
Argentina tiene vencimientos de deuda pública del orden de los $ 18.000 millones promedio para los próximos tres años en un contexto de caída vertiginosa del superávit fiscal producto del enfriamiento de la economía, la baja de precios de los commodities y la caída del impuesto inflacionario.
De hecho los 35.000 millones de pesos de superávit en 2007 que eran explicados por retenciones y el impuesto al cheque este año será menor y el próximo menor aún.
Los fondos privados incautados con esta medida ascienden a un stock de 95.000 millones de pesos y a un flujo de 14.000 millones de pesos anuales más el ahorro en intereses y capital por los 55.000 millones de pesos en títulos públicos que serán "transferidos" al Anses (Administración Nacional de la Seguridad Social).
Los argentinos conocemos bien la película. Los fondos serán licuados y el Anses más temprano que tarde volverá a su histórica condición deficitaria. Las futuras administraciones tendrán un sinfín de excusas para librarse de la la culpa de los magros a haberes futuros.
Todos los controles prometidos son letra muerta. "Comisiones bicamerales", "La oposición en el Anses", "publicidad de los actos", "Comisión de sindicalistas, industriales y políticos notables" son parte del humor trágico argentino.
El dato relevante para los argentinos es saber quién es la próxima víctima y cuál es el próximo botín. ¿Los seguros de retiro?, ¿los prepagos médicos?, ¿los depósitos bancarios?, ¿los plazos fijos?, ¿las cajas de seguridad?, ¿las tenencias accionarias?, ¿las recaudaciones de los recitales de Mercedes Sosa y Madonna?, ¿la venta de entradas del próximo superclásico?, ¿la recaudación de monedas de las líneas de colectivo?, ¿las recaudaciones de la obra Evita financiada por el Estado de la Presidencia de Buenos Aires?,
Cuando el estado es voraz y no hay límites, incluso lo que parece ridículo es altamente probable.
No extraño a aquel ladrón, pero ciertamente fue mucho más sincero. Estaba afanando, lo dijo, afanó y se fue (Obviamente no lo agarraron).
Gustavo Lazzari

“La era universal” como la denomina James consistía de un mundo prácticamente libre de fronteras y pasaportes y de capitales de libre flujo. Entre 1871 y 1915, por ejemplo, 36 millones de personas emigraron de Europa. Era un mundo económicamente integrado: por ejemplo, mientras que entre 1870 y 1890 Argentina importó capital equivalente a 18,7% de su PIB, durante los 1990s esta cifra llegaba a tan solo 2,2%.
Y como reacción a este mundo globalizado James cuenta que surgió el nacionalismo. De hecho James le atribuye a esta primera ola de globalización el nacimiento de la nación-estado como la conocemos hoy. Por primera vez, se esperaba que el Estado ofrezca protección social. Para muestra está el hecho de que en 1912, los servicios sociales del Estado francés constituían 4,3% del total del gasto del gobierno central mientras que para 1928 constituía 21,7%. “La autarquía y la guerra se convirtieron en los objetivos nacionales”, añade James.
Los pagos por reparaciones luego de la primera guerra mundial habían derivado en esquemas con condiciones severas e injustas siendo impuestas a países como Austria y Hungría por parte de la Liga de las Naciones. Esto creo resentimiento a lo extranjero y fortaleció el nacionalismo.
Desde antes del colapso del sistema financiero internacional en 1929, empezó a erosionarse el sistema de comercio internacional. Además de las protecciones comerciales heredadas de la Primera Guerra Mundial, James comenta que la nueva concepción del Estado creía que la protección comercial era otra forma más de fortalecer a la nación.
Fue durante la década de los 1930s que se propagó el mito de que el aislamiento económico de los precios mundiales—a través de aranceles, restricciones a las importaciones y exportaciones, controles de precio—podría proteger de los shocks de un sistema capitalista inestable. Este fue el momento que mientras que el mundo sufría una terrible crisis y larga depresión, el Imperio Soviético aparentemente implementaba exitosamente su primer Plan de Cinco Años (1928-1932). Por supuesto que este fue seguido de un caos y estancamiento en la era post-Stalin.
James resume el consenso que emergió de la crisis de la economía global a principios del siglo veinte: “Todo lo que se movía a través de las fronteras nacionales—ya sean capitales, bienes o personas—en realidad no tenía porque estarlo haciendo y debería ser detenido. Si no podía ser detenido debía ser controlado, de acuerdo con una definición del interés nacional”.
El peligro es que la historia se repita. La globalización necesita de sistemas que apoyen el libre comercio y el libre flujo de capitales. Volver al ostracismo de los 1920s y 1930s no es una opción viable (ni deseable) para aquellos que podrían salir de la pobreza rápidamente como lo han hecho cientos de millones de personas durante la actual era globalización.
Gabriela Calderón


La actuación de los gobiernos de los países de la OCDE parecía haber parado la ola de pánico que se había apoderado de los mercados. En EE.UU. y en Europa, las bolsas habían reaccionado con entusiasmo ante la decisión de los estados de intervenir hasta donde sea necesario para impedir el colapso del sistema de pagos. Por un momento, ese movimiento ha logrado frenar el desarrollo de los denominados efectos de segunda ronda de una depresión, el desplome de la oferta monetaria, y la entrada de la economía en una dinámica deflacionaria. Sin embargo, esa situación fue transitoria. Las fuerzas que impulsan la recesión siguen en marcha. Los excesos de gasto y de inversión financiados con deuda durante la fase expansiva del ciclo son insostenibles, han de ser eliminados y este proceso de ajuste conducirá de manera inexorable a un escenario recesivo cuyos efectos (bancarrotas empresariales, aumento de la morosidad etc.) crearán tensiones adicionales sobre el sistema financiero. En este contexto se corre el riesgo de que, como diría Madison, los gobiernos recurran “al viejo truco de utilizar cualquier contingencia para extender su poder”.
Desde esta perspectiva es tan importante saber que hay que hacer como lo que no hay que hacer. Así, una cosa es intervenir para evitar el hundimiento del mecanismo de pagos de la economía y otra muy distinta es caer en la tentación de pretender combatir la recesión en curso con programas monetarios y fiscales expansivos, con barreras proteccionistas y con aumentos de la regulación. En el mejor de los casos, la adopción de ese tipo de iniciativas sólo serviría para retrasar el ajuste y, en consecuencia, la recuperación; en el peor, para embalsar los desequilibrios y para crear un círculo vicioso de recuperaciones cortas y artificiales dentro de un largo ciclo depresivo. La idea según la cual medidas eficaces para afrontar momentos excepcionales son aplicables a cualquier escenario es un dislate. Así sucedió, por ejemplo, cuando después de la Segunda Guerra Mundial, muchos gobiernos occidentales creyeron que los métodos dirigistas empleados en la contienda y útiles para obtener la victoria servían para gestionar con éxito la economía de la postguerra; Gran Bretaña es un caso paradigmático de ese error.
Traer a colación este tema es útil porque es posible extraer de él importantes lecciones para la coyuntura actual. Cuando se establecen paralelismos entre la presente crisis y la Gran Depresión, se afirma con una falta de rigor absoluto que fueron las estrategias macroeconómicas expansivas y la intervención estatal en los mercados lanzadas por el New Deal, las causas determinantes de la salida de la misma. Esta tesis se ha convertido en una “verdad popular” aunque carece de todo fundamento. Las Administración republicana de Hoover y la demócrata de Roosvelt se embarcaron en un masivo programa de gasto público, de expansión de la liquidez, de proteccionismo y de regulación de los mercados. La idea de un gobierno republicano paladín del laissez faire-laissez passer ante la depresión es falsa. La única diferencia entre el dirigismo de Hoover y el de Roosvelt no es de naturaleza sino de grado. Ambos fracasaron. La gran contracción del PIB se produjo en el bienio 1932-1933 y la actividad no se reanimó hasta la entrada del país en la Segunda Guerra Mundial. En el período 1929-1941, la tasa de paro nunca se situó por debajo del 15 por 100, claro símbolo del estado de la economía durante esa etapa (ver Friedman M. Schwartz A.J., A Monetary History of United States, Princeton University Press, 1963).
La hipótesis conforme a la cual el intervencionismo monetario, presupuestario y regulatorio alargó la Depresión se ve respaldada por el comportamiento de la economía estadounidense en los anteriores períodos depresivos. A ninguno de ellos respondió el Estado con políticas activistas. Se limitó a dejar funcionar a las fuerzas del mercado. Por regla general, las recesiones fueron breves. La dinámica de ajuste respondía a un patrón similar. Los precios y el crédito se contraían con rapidez, las malas inversiones eran liquidadas, el desempleo aumentaba temporalmente, los salarios se ajustaban a la baja y la actividad comenzaba a reactivarse. Este fue la experiencia de las recesiones de 1819-1821, 1899-1900, 1907-1908, 1910-1912 y 1920-1921. Por el contrario, la Gran Depresión se inició en 1929 y duró once años a causa del activismo gubernamental. Este no se limitó, como hubiese sido lo correcto, a impedir la deflación monetaria. Se embarcó en un gigantesco plan estatista de reactivación de la economía que sólo sirvió para convertir una recesión en una larga y profunda depresión (ver Rothbard M.N., America's Great Depression, Mises Institute, 1963).
¿Qué política hay que adoptar ante estas crisis? La única y fundamental acción “positiva” del gobierno es desplegar todos los medios necesarios para evitar la quiebra del mecanismo de pagos. Por lo demás, la agenda anti-crisis ha de traducirse en una disminución del papel del Estado en la economía. Por un lado hay que recortar el gasto para reducir las necesidades financieras del sector público y liberar recursos para el privado; por otro bajar los impuestos sobre la renta y sobre las sociedades para paliar el impacto de la crisis sobre las familias y sobre las empresas así como para crear los incentivos para una rápida recuperación del ahorro y de la inversión. Al mismo tiempo, es imprescindible liberalizar los mercados, en especial el laboral, dotarlos de la flexibilidad necesaria para que la economía se adapte rapidez al entorno recesivo con los menores costes sociales y económicos posibles y salga de él con rapidez. Por desgracia, ese no es el camino elegido por el gabinete socialista de España, lo que hace difícil ver la luz al final del túnel.
Lorenzo Bernaldo de Quirós