martes, 16 de diciembre de 2008

La falacia de que el gobierno crea empleos

El Presidente-Electo Obama ha anunciado que quiere un gran paquete de “estímulo” para crear 2,5 millones de trabajos para el 2011. Muchos de los detalles no quedan claros, incluyendo cuánto más gasto público propone y cómo está midiendo la creación de trabajos. Los reportes de la prensa sugieren que la próxima administración está considerando un paquete de alrededor de $400.000-$500.000 millones a lo largo de los próximos dos años, pero el Washington Post reporta que los demócratas están hablando de hasta $700.000 millones durante ese mismo periodo.

No debería sorprender, por lo tanto, que el prospecto de todo este nuevo gasto (muy por encima de aumentos récord en el gasto público de los últimos ocho años) haya provocado una sensación de ansiedad entre los grupos de intereses especiales. Los constructores de viviendas, las empresas de automóviles, los constructores de carreteras, los gobiernos estatales y locales, el establishment educativo, el lobby por las estampillas para comida, el lobby verde, y las empresas de energía alternativa están entre los grupos que se están peleando por un lugar en el comedero público.

Sería fácil ignorar esta orgía de nuevo gasto como las ganancias de la guerra. Los demócratas ganaron las elecciones después de todo y ahora pretenden recompensar a los varios grupos de intereses especiales que los respaldaron. Pero eso no es una explicación completa. Algunos partidarios de este nuevo gasto parecen estar genuinamente convencidos de que el gobierno federal puede crear trabajos.

En parte, este es un debate acerca de la economía Keynesiana, la teoría de que la economía puede ser estimulada si el gobierno pide dinero prestado y luego se lo da a la gente para que lo gaste. Esto supuestamente “aplasta el acelerador” para que el dinero circula a través de la economía. La teoría Keynesiana suena bien y sería buena si tuviera sentido, pero tiene una falla lógica un tanto obvia. Ignora el hecho de que, en el mundo real, el gobierno no puede inyectar dinero a la economía sin antes retirarlo de ella. Más específicamente, la teoría solo observa la mitad de la ecuación –la parte en la cual el gobierno pone el dinero en el bolsillo derecho. Pero, ¿de dónde obtiene el gobierno ese dinero? Lo presta, lo cual significa que lo retira del bolsillo izquierdo. No hay un aumento en lo que los Keynesianos denominan como la demanda agregada. El Keynesianismo no aumenta el ingreso nacional. Simplemente lo redistribuye. El pastel es dividido de distinta manera, pero no ha crecido.

La evidencia del mundo real también demuestra que el Keynesianismo no funciona. Tanto Hoover como Roosevelt aumentaron dramáticamente el gasto y ninguno demostró aversión alguna a acumular grandes déficits, no obstante la economía estaba en terribles condiciones a lo largo la década de los treintas. Los esquemas de estímulos Keynesianos también fueron practicados por Geral Ford y George W. Bush y no tuvieron impacto alguno sobre la economía. El Keynesianismo también fracasó en Japón durante los noventas.

Para ser justos, la incapacidad del Keynesianismo de aumentar el crecimiento puede que no necesariamente signifique que el gasto público no crea trabajos. Además, el argumento de que el gobierno puede crear trabajos no depende de la economía Keynesiana. Los políticos de ambos partidos, por ejemplo, argumentaron a favor de leyes de transportación llenas de privilegios especiales a principios de esta década cuando la economía estaba disfrutando de un crecimiento sólido—y la creación de trabajos generalmente era su principal argumento.

Desafortunadamente, no importa cuán analizado sea el asunto, prácticamente no hay respaldo para la noción de que el gasto público crea trabajos, de hecho, el asunto más relevante es qué tanto un gobierno más grande destruye trabajos. Tanto la evidencia teórica como empírica argumentan en contra de la noción de que el gobierno aumenta la creación de trabajos. La teoría y la evidencia nos llevan a tres conclusiones inevitables:

La teoría de que la creación de trabajos estimulada por el gobierno ignora la pérdida de recursos disponibles al sector productivo de la economía. Frederic Bastiat, el gran economista francés (si, habían economistas franceses admirables, aunque todos vivieron en los 1800s), es muy conocido por muchas razones, incluyendo su explicación de lo “visible” y lo “invisible”. Si el gobierno decide construir un “Puente a ningún lado”, es muy fácil ver a los trabajadores que son empleados en ese proyecto. Esto es lo “visible”. Pero lo que es menos obvio es que los recursos para construir ese puente están siendo tomados del sector privado y por lo tanto ya no están disponibles para otros usos. Esto es lo “invisible”.

Los denominados paquetes de estímulo rinden poco. Aún si uno asume que el dinero fluye del cielo y no tenemos que preocuparnos de lo “invisible”, el gobierno nunca es una manera eficiente de lograr un objetivo. Basándonos en la cantidad de dinero que está siendo discutida y los supuestos de cuántos trabajos serán creados, el profesor de Harvard Greg Mankiw llenó los espacios en blanco y calculó que cada nuevo trabajo (asumiendo que de hecho se materializan) costará $280.000. Pero como el dinero no viene del cielo, este cálculo es solamente un costo parcial. En realidad, el costo de cada trabajo público debería reflejar cómo esos $280.000 hubieran sido gastados de manera más productiva en el sector privado.

Los trabajadores públicos son tremendamente compensados en exceso. Hay varias razones por las cuales cuesta tanto que el gobierno “cree” trabajos, incluyendo la inherente ineficiencia del sector público. Pero el factor dominante es la probabilidad de paquetes que remuneran excesivamente a los burócratas. De acuerdo a los datos del Bureau of Economic Analysis, el empleado promedio del gobierno federal ahora gana casi el doble que los trabajadores en el sector productivo de la economía.

A pesar de estos argumentos, es muy probable que los políticos en Washington pasen una ley llena de “estímulos”. Aunque puede que haya algunas personas ingenuas que creen que un gran aumento en el peso del gobierno de alguna manera es una receta para crear empleos, los políticos tienen un interés personal de moverse en esa dirección porque aumenta su poder y su influencia.

Ellos ganan y los contribuyentes pierden.

Daniel Mitchell

lunes, 15 de diciembre de 2008

Tema polémico: dolarización


Para este Tema Polémico, en ASOJOD queremos abordar un tema de suma trascendencia en esta época de post-crisis financiera: la dolarización. En realidad, nosotros defendemos el uso libre de moneda, de forma tal que la gente pueda hacer sus transacciones con aquellas monedas que deseen. Después de todo, se trata de un asunto de libertad de escoger y no hay argumento válido para obligar a alguien a usar una moneda que no le da los réditos que espera. Sin embargo, somos concientes de la poca viabilidad, por el momento, que tiene esta propuesta. No se vislumbra en el panorama de la política económica costarricense, una posibilidad, por minúscula que sea, de llegar a este nivel de libertad. Por eso, nos parece que como una medida alternativa, se debería aceptar la dolarización. Procedemos a explicar nuestras razones para apoyar esta propuesta.

En primer lugar, el actual sistema de bandas utilizado por el BCCR tenía como objetivo controlar la inflación. Si bien en un principio, la medida parecía tener grandes ventajas sobre el sistema de minidevaluaciones, siendo la principal la no intervención del Estado en el mercado cambiario, con lo cual se disminuía el riesgo inflacionario que esto implicaba, la medida tenía sus problemas: al tener un tipo de cambio impuesto en la economía, el BCCR anualmente tenía que colocar grandes sumas de dinero para compensar la diferencia entre lo impuesto y la realidad. En el 2005, por ejemplo, el BCCR registró gastos por concepto de estabilización monetaria próximos a $331 millones. Esta entrada de dinero afectó negativamente el bolsillo de los costarricenses con un aumento general de los precios como resultado del exceso de dinero circulante.

Es cierto que, en esta época convulsa, gran cantidad de factores han contribuido al aumento considerable de la inflación en nuestro país, pero sin duda la labor del BCCR antes que controlarla, ha colaborado a su aumento. A esto hay que sumar el hecho que desde hace casi un año el precio del dólar está pegado con la banda superior, por lo tanto, se podría decir que hemos vuelto “sin querer queriendo” al dañino sistema de las minidevaluaciones. Parece que la única medida que se le ha ocurrido a don Francisco de Paula para corregir este problema es ampliar las bandas o quitarlas, dejando el tipo de cambio del dólar completamente a la libre. Parece que este señor se le olvida que también hay otra solución y sería la más beneficiosa de todas: dolarizar la economía.

Errado el primer objetivo del BCCR con la adopción de las bandas -controlar la inflación-, habría que poner atención al segundo: devolverle al costarricense la confianza en el colón al hacer el tipo de cambio del dólar más variable y poco predecible a futuro. Antes de empezar con este nuevo sistema, casi el 50% de la liquidez costarricense ya estaba en dólares ¿Y que tenía eso de malo? Nada: el dólar era y continúa siendo una moneda más fuerte y mejor aceptada internacionalmente ¿Por qué obligarnos a los ticos a volver a tener nuestras cuentas bancarias y créditos en colones? La respuesta es que al tener una economía en su mayoría dolarizada, el BCCR tenía poco control sobre la misma y sus medidas, para bien o para mal, tenían poca relevancia.

Una realidad irrefutable es que, al ser nuestra economía tan pequeña, la variabilidad del tipo de cambio es demasiado elevada y eso tiene grandes repercusiones sobre el sector industrial y comercial del país. Es muy difícil ahora para cualquier negocio hacer sus presupuestos en forma certera, fijar los precios para bienes y servicios, decidir en qué moneda es mejor solicitar un préstamo, realizar contratos, etc. En otras palabras, esta incertidumbre ha dificultado el buen funcionamiento de los negocios y ese es un problema que amerita toda nuestra atención.

Esto demuestra que tanto el sistema de minidevaluaciones como el de bandas cambiarias no son los más aptos para nuestro país. La opción válida es dolarizar la economía, lo cual traería grandes beneficios. Al desaparecer la moneda nacional, los riesgos de crisis financieras causadas por grandes fluctuaciones del tipo de cambio desaparecerían por completo convirtiendo a Costa Rica en un país más confiable como sede de inversión tanto nacional como extranjera. A esto se pueden sumar ventajas en los sectores industrial y comercial como menores tasa de interés y menores costos de las transacciones bancarias.

Un ingreso que dejaría de percibir el Estado con este cambio sería el del señoreaje (diferencia entre lo que cuesta hacer la moneda y su valor de mercado). Sin embargo, ya en los Estados Unidos hay propuestas de ley como la “Ley de Estabilidad Monetaria Internacional” que proponen compartir el beneficio del señoriaje con aquellos países que estén dispuestos a adoptar el dólar como moneda principal y, a pesar de que no es seguro el avance de estas propuestas en el Senado, quiere decir que hay buenas posibilidades de que esta desventaja sea menos significativa.

Colaboró con ASOJOD en la redacción de este artículo el Ing. Arturo Rosabal Arce

domingo, 14 de diciembre de 2008

La verdad sobre Friedman

El nombre de Milton Friedman ha estado en boca de muchos en estos meses de crisis financiera. En especial, han sido los adversarios del liberalismo económico los que anuncian con bombos y platillos la muerte de las tesis del que fuera premio Nobel de Economía en 1976. Las críticas parten desde lo ridículo, como las esbozadas por la autora canadiense Naomi Klein en su último libro The Shock Doctrine , hasta las más sesudas, como las del Nobel de Economía de este año Paul Krugman, y que fueron reproducidas en estas páginas por el señor Fernando Araya (10/12/08).

Cargo infundado. Es necesario dejar un punto claro desde el inicio: Milton Friedman no era un intelectual dogmático. Solo basta leer lo escrito por cientos de sus exalumnos para darse cuenta de lo infundado que resulta dicho cargo. Uno de ellos es el economista costarricense Rodrigo Bolaños, quien, días después de la muerte de Friedman en noviembre del 2006, recordó en La Nación cómo en sus clases su antiguo profesor “nunca discutía sus polémicos e influyentes escritos y pensamientos en defensa de la libertad de elección y los mercados competitivos o las críticas demoledoras a la intervención estatal injustificada. Más bien, su empeño en clase era enseñarnos el buen uso de... la caja de herramientas del análisis económico”.

Una muestra del carácter no dogmático de Friedman fue su idea a finales de los ochenta de crear un índice de libertad económica que midiera científicamente cuán libres eran las economías del planeta. Alguien que se aferra a dogmas no se molestaría en comprobar empíricamente la certeza de sus ideas, pero Friedman siempre fue partidario de utilizar indicadores objetivos para probar sus tesis. Es así como nació el informe Libertad económica en el mundo , publicado anualmente por el Fraser Institute de Canadá, el cual es hoy en día una publicación de vanguardia que es utilizada por cientos de investigadores alrededor del mundo. Este estudio demuestra de manera objetiva cómo los habitantes de los países con mayor libertad económica disfrutan de mejores niveles de vida en el planeta.

Intervencionismo estatal. La mención de Araya a las críticas de Krugman se da, según él, en el contexto de “la peor crisis conocida del capitalismo especulativo”. Araya salta así a culpar al libre mercado del socollón financiero actual. Sin embargo, la crisis que afecta a la economía mundial fue causada en primera instancia por el intervencionismo estatal, no por la ausencia de éste. Desde la garantía estatal implícita a los gigantes hipotecarios creados por el gobierno Freddie Mac y Fannie Mae, y los mandatos del Congreso estadounidense que obligaron a los bancos a asumir mayores riesgos a la hora de otorgar créditos de vivienda (ambas intervenciones que provocaron la crisis subprime ), hasta las tasas de interés artificialmente bajas de la Reserva Federal durante varios años al inicio de la década que crearon la burbuja inmobiliaria y las regulaciones sobre el uso de la propiedad que distorsionaron el mercado de viviendas.

Las manos del intervencionismo estatal están por todas partes, mientras que el bando keynesiano, con Krugman a la cabeza, no ha podido citar una sola desregulación financiera que fuera la causante de esta crisis.

El mercado no ha fallado, diría Friedman. Simplemente está reaccionando a décadas de intervenciones políticas que lo distorsionaron. No se puede culpar al mercado por malas decisiones basadas en incentivos generados por la intromisión estatal. El mercado simplemente nos está diciendo ahora cuáles políticas son sostenibles y cuáles no.

Finalmente Araya debería tener cuidado en citar a Krugman como autoridad económica de última instancia. Ya en el pasado el flamante Nobel ha sido criticado por su poner sus prejuicios ideológicos por encima del análisis económico ( The Economist , Nov. 13, 2003). En su crítica contra Friedman, Krugman señala que “es extremadamente difícil encontrar casos en los que Friedman reconociese la posibilidad… de que la intervención pública podía ser útil”.

Esto es una falacia. Uno de los grandes aportes de Friedman fue su crítica a la incapacidad de la FED de aumentar la liquidez monetaria durante los primeros meses de la Gran Depresión. Friedman también apoyó medidas como el impuesto de renta negativo (de carácter redistributivo) y los vouchers escolares, que implican el financiamiento estatal a la educación.

No es casualidad que en su respuesta a Krugman, Anna Schwartz, una de las principales autoridades monetarias en Estados Unidos, señaló que su ataque a las tesis de Friedman demuestra que “no habla con autoridad sobre temas en los que carece de pericia”.

Juan Carlos Hidalgo

viernes, 12 de diciembre de 2008

Viernes de Recomendación


Este día les presentamos el ensayo: "Los errores del Constructivismo" por Friedrich Hayek. En este artículo el economista de Viena, critica la tradición del racionalismo carteseano, bajo la cual la sociedad se presenta como una máquina debidamente aceitada, donde los mecánicos debidamente calificados pueden modificarla, construirla y desarmarla como tengan a gusto a través de una "razón" infinita (ingeniería social utópica, Popper). Frente a esta forma de analizar los sistemas complejos, Hayek propone el orden espontáneo, como una manera más humilde y esclarecedora para comprendrer las complejas interacciones que se realizan entre los individuos.

jueves, 11 de diciembre de 2008

Carlos Gutiérrez, de nuevo...


En la vida hay momentos en que uno se pregunta, respecto a algunas personas, si son idiotas o tienen mala fe en sus actos. El caso del Diputado Carlos Gutiérrez es uno de ellos. Ahora resulta que este "ilustre libertario", junto con Mario Núñez (el diputado fantasma) está apoyando una propuesta para permitir que la Junta de Protección Social instale y opere casinos en cualquier parte del país y que, además, le otorga a esa institución "en forma exclusiva, la creación, administración, venta y comercialización de todas las loterías, apuestas deportivas, juegos, video-loterías y otros productos de azar, incluidos los de casinos".

El título de la obra de Carlos Alberto Montaner, Plinio Apuleyo Mendoza y Álvaro Vargas Llosa, pareciera aplicarse perfectamente al Diputado Gutiérrez. La única diferencia es que no se trata de un regreso, pues nunca se fue, sino que ha estado sentadito en su curul haciendo de las suyas. Como si no fuera suficiente estar impulsando impuestos a las casas de lujo y entrometerse en acuerdos entre privados, como se desprende de la famosa "protección a las empleadas domésticas", este pseudorepresentante de las ideas de la libertad, que ni entiende ni comparte, ahora está patrocinando una forma más de intervencionismo estatal y la creación de un nuevo monopolio.

Gracias a él, ahora se pretende que la JPS se entrometa en una actividad totalmente privada, pero no sólo como regulador, sino de forma proactiva., pudiendo decidir si da o no concesiones para casinos. Definitivamente, el Estado costarricense está obsesionado por acabar con los casinos y el juego, imponiéndole su visión moral a los individuos que, libre y voluntariamente, hacen uso de su propiedad. Ya antes en ASOJOD nos habíamos pronunciado sobre este hecho ("Miseria estatal" y "Mojigatería lúdica"), aunque lo hacíamos denunciando el accionar de quienes, desde un principio, se oponían a estas actividades. No obstante, en esta ocasión, atacamos a uno de los que, en buena teoría, debería defender la libertad de los individuos para actuar como mejor les parezca y evitar que el Estado, de la manera que sea, intervenga en esta actividad.

Además de institución de beneficencia para todos, ahora el Estado costarricense podría convertirse en administrador del juego. ¿Qué vendrá después? ¿Carlos Gutiérrez proponiendo un proyecto de ley para "proteger" a los trabajadores de casinos? ¿Impulsando que los puestos en estos lugares dependan del servicio civil? ¿Apoyando un impuesto a los casinos de lujo o los que tengan utilidades superiores a cierto nivel?

En definitiva, cuando uno cree que no puede ver nada peor, Carlos Gutiérrez sale a la arena pública y sigue fastidiando a los que defendemos la libertad. Esperemos que si la fracción libertaria tiene todavía un poco de decencia, se oponga con vehemencia a esta aberrante idea.

Tragedia venezolana y latinoamericana


Un artículo del diputado José Merino (“¿Por qué Chávez?”, La Nación , 3/12/2008) sobre el régimen de Hugo Chávez en Venezuela debe ser desvirtuado ante la opinión pública costarricense por deformar groseramente la realidad de mi país.

Argumenta el diputado Merino que Hugo Chávez ha llevado a cabo once elecciones y ha ganado “limpiamente” diez de ellas. Debo decirle que lo de “limpiamente” no es verdad. Hugo Chávez ha poseído todos estos años el control político del Consejo Nacional Electoral. Las campañas para cada elección han sido modelo de abusos de poder por parte de Chávez, el cual encadena a su capricho los medios de comunicación para hacer su propaganda y utiliza sin ningún reparo fondos estatales para promover sus campañas y desvirtuar a sus oponentes.

Condiciones para la democracia. Pero más allá de esto, el diputado Merino debería saber que las elecciones transparentes son condición indispensable pero no suficiente para que un gobierno pueda ser definido como democrático. Se requiere, además, una separación efectiva de poderes, una rendición sistemática de cuentas al pueblo, una alta transparencia en el manejo de las finanzas públicas, respeto a la disidencia política y un tratamiento equitativo ante la justicia para todos los ciudadanos. Ninguno de estos requisitos ha estado presente en los diez años de régimen autocrático de Hugo Chávez, y ello es fácilmente comprobable.

Se refiere Merino a los “logros” sociales del régimen chavista. Es necesario comenzar por decir que Chávez ha recibido ingresos del orden de los $600.000-700.000 millones –nadie sabe exactamente cuánto– durante sus diez años en el poder. El gasto público se ha incrementado de un 18% del PIB en 1999 a un 30% en el 2006. Sin embargo, afirma el brillante economista venezolano Francisco Rodríguez, profesor en Wesleyan University y exasesor de Economía del Congreso Nacional en Venezuela, la desigualdad social, medida por el coeficiente de Gini, ha aumentado bajo Chávez, al pasar de 0,44 en el 2000 a 0,48 en el 2005. En esta evaluación negativa concuerdan dos otros excolaboradores chavistas de mucho prestigio en Venezuela: Felipe Pérez Martí (exministro de Planificación de Chávez) y Domingo Maza Zavala (director del Banco Central de Venezuela). La política de Chávez ha sido la de repartir peces, pero no enseñar a pescar.

Estrepitosa caída. Sin embargo, no solo en la desigualdad social estamos peor. En 1999, un 8,4% de los niños recién nacidos en Venezuela estaban bajo peso. En el 2006 es el 9,1%. Los hogares sin agua corriente han aumentado del 7,2% en 1999 al 9,2% en el 2006 y las casas con pisos de barro han pasado a representar el 6,8% en comparación con el 2,5% de 1999. El presupuesto combinado del régimen de Chávez para educación, salud y vivienda representa el 24% del PIB, en comparación con el 26% durante los 8 años anteriores a Chávez. Al contrario de lo afirmado por Merino, el puesto de Venezuela en el Índice de Desarrollo Humano elaborado por las Naciones Unidas ha sufrido una estrepitosa caída, al pasar del número 43 en 1999 al 76 hoy en día.

Los índices de corrupción de Transparencia Internacional colocan a Venezuela en el último lugar del hemisferio, junto a Haití, mientras que los índices de competitividad y gobernabilidad generados por el Banco Mundial también colocan a Venezuela en uno de los últimos lugares, junto a algunos países de África. La llamada revolución social de Hugo Chávez ha sido más propaganda vacía que otra cosa.

Una mentira escandalosa del régimen chavista ha sido decir que el analfabetismo ha desaparecido en Venezuela, gracias a la revolución. El último informe de la Unesco establece la verdad: la tasa de analfabetismo en Venezuela en el 2007 es idéntica a la de 1999, el 7%. Más tristemente aún, el 15% de estos analfabetos tienen entre 15 y 24 años, es decir, crecieron durante estos diez años chavistas sin ser educados en lo más básico.

La tasa de mortalidad infantil durante el régimen de Chávez ha declinado en un 3,3% anual, lo mismo que declinaba antes de la llegada de Chávez al poder. Mientras tanto, en Chile declina al 5,3%, y en México, al 5,2%, excepto que en ninguno de estos países ha sido necesario tener una “revolución”.

La inflación venezolana este año será del 40%, la más alta en América Latina. Cerca de 14.000 venezolanos morirán violentamente en las calles del país. Mientras tanto, los venezolanos hacen colas de tres horas o más para comprar los alimentos más esenciales. Venezuela está gastando más de $40.000 millones al año en importar hasta lo más elemental, porque la insensata política agrícola de Chávez (invasiones de fincas productivas) e industrial (estatificación de empresas productivas sin pago de indemnización) y su control de cambios instalado hace seis años ha causado el cierre de la mitad de la capacidad productora del país. Según el Banco Central de Venezuela (manejado por Chávez) el índice de escasez de algunos alimentos básicos durante el 2007 en Venezuela fue del 86% (sardinas), 85% (cereales) y 65% (leche).

Manejo criminal. El manejo que Hugo Chávez ha hecho de nuestros recursos financieros ha sido criminal. Durante los últimos seis años ha dado a líderes amigos de otros países unos $30.000 millones. Solo a Fidel Castro le ha dado unos $14.000 millones en petróleo, casas y dinero en efectivo. Miles de millones han ido a los gobiernos de Evo Morales, Rafael Correa, los Kirchner, Daniel Ortega, entre otros. Esto no es “generosa ayuda exterior”, como lo define algún desprevenido presidente Nobel latinoamericano con reputación de demócrata, sino vulgar soborno y malversación del dinero que pertenecía a los venezolanos y que nunca más veremos.

Las instituciones de Venezuela, desde la empresa estatal Petróleos de Venezuela hasta el Ejército, pasando por el Consejo Nacional Electoral, el Tribunal Supremo de Justicia y la Asamblea Nacional, se encuentran en el bolsillo del autócrata, hasta el punto de que los contrapesos institucionales, que son esenciales para la democracia, han desaparecido.

El diputado Merino dirá si ese es el tipo de país donde a él le gustaría vivir. Sería bueno que los costarricenses lo supieran.


Gustavo Coronel

martes, 9 de diciembre de 2008

Ciencia y Pseudociencia.

El respeto que siente el hombre por el conocimiento es una de sus características más peculiares. En latín conocimiento se dice scientia y ciencia llegó a ser el nombre de la clase de conocimiento más respetable. ¿Qué distingue al conocimiento de la superstición, la ideología o la pseudociencia? La Iglesia Católica excomulgó a los copernicanos, el Partido Comunista persiguió a los mendelianos por entender que sus doctrinas eran pseudocientíficas. La demarcación entre ciencia y pseudociencia no es un mero problema de filosofía de salón; tiene una importancia social y política vital.

Muchos filósofos han intentado solucionar el problema de la demarcación en los términos siguientes: un enunciado constituye conocimiento si cree en él, con suficiente convicción, un número suficientemente elevado de personas. Pero la historia del pensamiento muestra que muchas personas han sido convencidos creyentes de nociones absurdas. Si el vigor de la creencia fuera un distintivo del conocimiento tendríamos que considerar como parte de ese conocimiento a muchas historias sobre demonios, ángeles, diablos, cielos e infiernos. Por otra parte, los científicos son muy escépticos incluso con respecto a sus mejores teorías. La de Newton es la teoría más poderosa que la ciencia ha producido nunca, pero el mismo Newton nunca creyó que los cuerpos se atrajeran entre sí a distancia. Por tanto, ningún grado de convencimiento con relación a ciertas creencias las convierte en conocimiento. Realmente lo que caracteriza a la conducta científica es un cierto escepticismo incluso con relación a nuestras teorías más estimadas. La profesión de fe ciega en una teoría no es una virtud intelectual sino un crimen intelectual.

De este modo un enunciado puede ser pseudocientífico aunque sea eminentemente plausible y aunque todo el mundo lo crea, y puede ser científicamente valioso aunque sea increíble y nadie crea en él. Una teoría puede tener un valor científico incluso eminente, aunque nadie la comprenda y, aún menos, crea en ella.

El valor cognoscitivo de una teoría nada tiene que ver con su influencia psicológica sobre las mentes humanas. Creencias, convicciones, comprensiones son estados de la mente humana. Pero el valor científico y objetivo de una teoría es independiente de la mente humana que la crea o la comprende. Su valor científico depende solamente del apoyo objetivo que prestan los hechos a esa conjetura. Como dijo Hume:

Si tomamos en nuestras manos cualquier volumen de teología o de metafísica escolástica, por ejemplo, podemos preguntarnos: ¿contiene algún razonamiento experimental sobre temas fárticos y existenciales? No. Arrojémoslo entonces al fuego porque nada contendrá que no sean sofismas e ilusiones.

Pero ¿qué es el razonamiento «experimental»? Si repasamos la enorme literatura del siglo XVII sobre brujería descubriremos que está repleta de informes referentes a observaciones cuidadosas, y que abundan los testimonios bajo juramento, incluso experimentos. Glanvill, el filósofo favorito de la primera Royal Society, consideraba la brujería como el paradigma del razonamiento experimental. Tendríamos que definir el razonamiento experimental antes de comenzar la quema de libros humeana.

En el razonamiento científico las teorías son confrontadas por los hechos y una de las condiciones básicas del razonamiento científico es que las teorías deben ser apoyadas por los hechos. Ahora bien, ¿de qué forma precisa pueden los hechos apoyar a una teoría?

Varias respuestas diferentes han sido propuestas. El mismo Newton pensaba que él probaba sus leyes mediante los hechos. Estaba orgulloso de no proponer meras hipótesis: él sólo publicaba teorías probadas por los hechos. En particular pretendió que había deducido sus leyes a partir de los fenómenos suministrados por Kepler. Pero su desplante carecía de sentido puesto que, según Kepler, los planetas se mueven en elipses, mientras que, según la teoría de Newton, los planetas se moverían en elipses sólo si los planetas no se influyeran entre sí en sus movimientos. Pero eso es lo que sucede. Por ello Newton tuvo que crear una teoría de las perturbaciones, de la que se sigue que ningún planeta se mueve en una elipse.

Hoy es posible demostrar con facilidad que no se puede derivar válidamente una ley de la naturaleza a partir de un número finito de hechos, pero la realidad es que aún podemos leer afirmaciones en el sentido de que las teorías científicas son probadas por los hechos. ¿A qué se debe esa obstinada oposición a la lógica elemental?

Hay una explicación muy plausible. Los científicos desean que sus teorías sean respetables y merecedoras del título «ciencia», esto es, conocimiento genuino. Ahora bien, el conocimiento más relevante en el siglo XVII, cuando nació la ciencia, incumbía a Dios, al Diablo, al Cielo y al Infierno. Si las conjeturas de una persona eran erróneas en temas relativos a la divinidad, la consecuencia del error era la condenación eterna. El conocimiento teológico no puede ser falible sino indudable. Ahora bien, la Ilustración entendió que éramos falibles e ignorantes en materias teológicas. No existe una teología científica y por ello no existe un conocimiento teológico. El conocimiento sólo puede versar sobre la Naturaleza, pero esta nueva clase de conocimiento había de ser juzgada mediante los criterios que, sin reforma, tomaron de la teología; tenía que ser probada hasta más allá de cualquier duda. La ciencia tenía que conseguir aquella certeza que no había conseguido la teología. A un científico digno de ese nombre no se le podían permitir las conjeturas; tenía que probar con los hechos cada frase que pronunciara. Tal era el criterio de la honestidad científica. Las teorías no probadas por los hechos eran consideradas como pseudociencia pecaminosa; una herejía en el seno de la comunidad científica.

El hundimiento de la teoría newtoniana en este siglo hizo que los científicos comprendieran que sus criterios de honestidad habían sido utópicos. Antes de Einstein la mayoría de los científicos pensaban que Newton había descifrado las leyes últimas de Dios probándolas a partir de los hechos. Ampère, a principios del siglo XIX, entendió que debía titular su libro relativo a sus especulaciones sobre electromagnetismo: Teoría Matemática de los Fenómenos Electrodinámicos inequívocamente deducida de los experimentos. Pero al final del volumen confiesa de pasada que algunos de los experimentos nunca llegaron a realizarse y que ni siquiera se habían construido los instrumentos necesarios.

Si todas las teorías científicas son igualmente incapaces de ser probadas ¿qué distingue al conocimiento científico de la ignorancia y a la ciencia de la pseudociencia?

Los «lógicos inductivos» suministraron en el siglo XX una respuesta a esta pregunta. La lógica inductiva trató de definir las probabilidades de diferentes teorías según la evidencia total disponible. Si la probabilidad matemática de una teoría es elevada ello la cualifica como científica; si es baja o incluso es cero, la teoría es no científica. Por tanto, el distintivo de la honestidad intelectual sería no afirmar nunca nada que no sea, por lo menos, muy probable. El probabilismo tiene un rasgo atractivo; en lugar de suministrar simplemente una distinción en términos de blanco y negro entre la ciencia y la pseudociencia, suministra una escala continua desde las teorías débiles de probabilidad baja, hasta las teorías poderosas de probabilidad elevada.

Pero en 1934 Karl Popper, uno de los filósofos más influyentes de nuestro tiempo, defendió que la probabilidad matemática de todas las teorías científicas o pseudocientíficas, para cualquier magnitud de evidencia, es cero. Si Popper tiene razón, las teorías científicas no sólo son igualmente incapaces de ser probadas, sino que son también igualmente improbables. Se requería un nuevo criterio de demarcación y Popper propuso uno magnífico. Una teoría puede ser científica incluso si no cuenta ni con la sombra de una evidencia favorable, y puede ser pseudocientífica aunque toda la evidencia disponible le sea favorable. Esto es, el carácter científico o no científico de una teoría puede ser determinado con independencia de los hechos. Una teoría es «científica» si podemos especificar por adelantado un experimento crucial (o una observación) que pueda falsarla, y es pseudocientífica si nos negamos a especificar tal «falsador potencial». Pero en tal caso no estamos distinguiendo entre teorías científicas y pseudocientíficas sino más bien entre método científico y método no científico.

Para un popperiano el marxismo es científico si los marxistas están dispuestos a especificar los hechos que, de ser observados, les inducirían a abandonar el marxismo. Si se niegan a hacerlo el marxismo se convierte en una pseudociencia. Siempre resulta interesante preguntar a un marxista qué acontecimiento concebible le impulsaría a abandonar su marxismo. Si está vinculado al marxismo, encontrará inmoral la especificación de un estado de cosas que pueda refutarlo. Por tanto, una proposición puede fosilizarse hasta convertirse en un dogma pseudocientífico, o llegar a ser conocimiento genuino dependiendo de que estemos dispuestos a especificar las condiciones observables que la refutarían.

Entonces ¿es el criterio de falsabilidad de Popper la solución del problema de la demarcación entre la ciencia y la pseudociencia? No. El criterio de Popper ignora la notable tenacidad de las teorías científicas. Los científicos tienen la piel gruesa. No abandonan una teoría simplemente porque los hechos la contradigan. Normalmente o bien inventan alguna hipótesis de rescate para explicar lo que ellos llaman después una simple anomalía o, si no pueden explicar la anomalía, la ignoran y centran su atención en otros problemas. Obsérvese que los científicos hablan de anomalías, ejemplos recalcitrantes, pero no de refutaciones. La historia de la ciencia está, por supuesto, repleta de exposiciones sobre cómo los experimentos cruciales supuestamente destruyen a las teorías. Pero tales exposiciones suelen estar elaboradas mucho después de que la teoría haya sido abandonada. Si Popper hubiera preguntado a un científico newtoniano en qué condiciones experimentales abandonaría la teoría de Newton, algunos científicos newtonianos hubieran recibido la misma calificación que algunos marxistas.

¿Qué es entonces lo que distingue a la ciencia? ¿Tenemos que capitular y convenir que una revolución científica sólo es un cambio irracional de convicciones, una conversión religiosa? Tomas Kuhn, un prestigioso filósofo de la ciencia americano, llegó a esta conclusión tras descubrir la ingenuidad del falsacionismo de Popper. Pero si Kuhn tiene razón, entonces no existe demarcación explícita entre ciencia y pseudociencia ni distinción entre progreso científico y decadencia intelectual: no existe un criterio objetivo de honestidad. Pero ¿qué criterios se pueden ofrecer entonces para distinguir entre el progreso científico y la degeneración intelectual?

En los últimos años he defendido la metodología de los programas de investigación científica que soluciona algunos de los problemas que ni Popper ni Kuhn consiguieron solucionar.

En primer lugar defiendo que la unidad descriptiva típica de los grandes logros científicos no es una hipótesis aislada sino más bien un programa de investigación. La ciencia no es sólo ensayos y errores, una serie de conjeturas y refutaciones. «Todos los cisnes son blancos» puede ser falsada por el descubrimiento de un cisne negro. Pero tales casos triviales de ensayo y error no se catalogan como ciencia. La ciencia newtoniana, por ejemplo, no es sólo un conjunto de cuatro conjeturas (las tres leyes de la mecánica y la ley de gravitación). Esas cuatro leyes sólo constituyen el «núcleo firme» del programa newtoniano. Pero este núcleo firme está tenazmente protegido contra las refutaciones mediante un gran «cinturón protector» de hipótesis auxiliares. Y, lo que es más importante, el programa de investigación tiene también una heurística, esto es, una poderosa maquinaria para la solución de problemas que, con la ayuda de técnicas matemáticas sofisticadas, asimila las anomalías e incluso las convierte en evidencia positiva. Por ejemplo, si un planeta no se mueve exactamente como debiera, el científico newtoniano repasa sus conjeturas relativas a la refracción atmosférica, a la propagación de la luz a través de tormentas magnéticas y cientos de otras conjeturas, todas las cuales forman parte del programa. Incluso puede inventar un planeta hasta entonces desconocido y calcular su posición, masa y velocidad para explicar la anomalía.

Ahora bien, la teoría de la gravitación de Newton, la teoría de la relatividad de Einstein, la mecánica cuántica, el marxismo, el freudianismo son todos programas de investigación dotados cada uno de ellos de un cinturón protector flexible, de un núcleo firme característico pertinazmente defendido, y de una elaborada maquinaria para la solución de problemas. Todos ellos, en cualquier etapa de su desarrollo, tienen problemas no solucionados y anomalías no asimiladas. En este sentido todas las teorías nacen refutadas y mueren refutadas. Pero ¿son igualmente buenas? Hasta ahora he descrito cómo son los programas de investigación. Pero ¿cómo podemos distinguir un programa científico o progresivo de otro pseudocientífico o regresivo?

En contra de Popper, la diferencia no puede radicar en que algunos aún no han sido refutados, mientras que otros ya están refutados. Cuando Newton publicó sus Principia se sabía perfectamente que ni siquiera podía explicar adecuadamente el movimiento de la luna; de hecho, el movimiento de la luna refutaba a Newton. Kaufmann, un físico notable, refutó la teoría de la relatividad de Einstein en el mismo año en que fue publicada. Pero todos los programas de investigación que admiro tienen una característica común. Todos ellos predicen hechos nuevos, hechos que previamente ni siquiera habían sido soñados o que incluso habían sido contradichos por programas previos o rivales.

En 1686, cuando Newton publicó su teoría de la gravitación, había, por ejemplo, dos teorías en circulación relativas a los cometas. La más popular consideraba a los cometas como señal de un Dios irritado que advertía que iba a golpear y a ocasionar un desastre. Una teoría poco conocida de Kepler defendía que los cometas eran cuerpos celestiales que se movían en líneas rectas. Ahora bien, según la teoría de Newton, algunos de ellos se movían en hipérbolas o parábolas y nunca regresaban; otros se movían en elipses ordinarias. Halley, que trabajaba en el programa de Newton, calculó, a base de observar un tramo reducido de la trayectoria de un cometa, que regresaría setenta y dos años después; calculó con una precisión de minutos cuándo se le volvería a ver en un punto definido del cielo. Esto era increíble. Pero setenta y dos años más tarde, cuando ya Newton y Halley habían muerto tiempo atrás, el cometa Halley volvió exactamente como Halley había predicho.

De modo análogo los científicos newtonianos predijeron la existencia y movimiento exacto de pequeños planetas que nunca habían sido observados con anterioridad. O bien, tomemos el programa de Einstein. Este programa hizo la magnífica predicción de que si se mide la distancia entre dos estrellas por la noche y si se mide la misma distancia de día (cuando son visibles durante un eclipse del sol) las dos mediciones serán distintas. Nadie había pensado en hacer tal observación antes del programa de Einstein. De este modo, en un programa de investigación progresivo, la teoría conduce a descubrir hechos nuevos hasta entonces desconocidos. Sin embargo, en los programas regresivos las teorías son fabricadas sólo para acomodar los hechos ya conocidos. Por ejemplo, ¿alguna vez ha predicho el marxismo con éxito algún hecho nuevo? Nunca. Tiene algunas famosas predicciones que no se cumplieron. Predijo el empobrecimiento absoluto de la clase trabajadora. Predijo que la primera revolución socialista sucedería en la sociedad industrial más desarollada. Predijo que las sociedades socialistas estarían libres de revoluciones. Predijo que no existirían conflictos de intereses entre países socialistas. Por tanto, las primeras predicciones del marxismo eran audaces y sorprendentes, pero fracasaron. Los marxistas explicaron todos los fracasos: explicaron la elevación de niveles de vida de la clase trabajadora creando una teoría del imperialismo; incluso explicaron las razones por las que la primera revolución socialista se había producido en un país industrialmente atrasado como Rusia. «Explicaron» los acontecimientos de Berlín en 1953, Budapest en 1956 y Praga en 1968. «Explicaron» el conflicto ruso-chino. Pero todas sus hipótesis auxiliares fueron manufacturadas tras los acontecimientos para proteger a la teoría de los hechos. El programa newtoniano originó hechos nuevos; el programa marxista se retrasó con relación a los hechos y desde entonces ha estado corriendo para alcanzarlos.

Para resumir: el distintivo del progreso empírico no son las verificaciones triviales: Popper tiene razón cuando afirma que hay millones de ellas. No es un éxito para la teoría newtoniana el que al soltar una piedra ésta caiga hacia la tierra, sin que importe el número de veces que se repite el experimento. Pero las llamadas «refutaciones» no indican un fracaso empírico como Popper ha enseñado, porque todos los programas crecen en un océano permanente de anomalías. Lo que realmente importa son las predicciones dramáticas, inesperadas, grandiosas; unas pocas de éstas son suficientes para decidir el desenlace; si la teoría se retrasa con relación a los hechos, ello significa que estamos en presencia de programas de investigación pobres y regresivos.

¿Cómo suceden las revoluciones científicas? Si tenemos dos programas de investigación rivales y uno de ellos progresa, mientras que el otro degenera, los científicos tienden a alinearse con el programa progresivo. Tal es la explicación de las revoluciones científicas. Pero aunque preservar la publicidad del caso sea una cuestión de honestidad intelectual, no es deshonesto aferrarse a un programa en regresión e intentar convertirlo en progresivo.

En contra de Popper, la metodología de los programas de investigación científica no ofrece una racionalidad instantánea. Hay que tratar con benevolencia a los programas en desarrollo; pueden transcurrir décadas antes de que los programas despeguen del suelo y se hagan empíricamente progresivos. La crítica no es un arma popperiana que mate con rapidez mediante la refutación. Las críticas importantes son siempre constructivas; no hay refutaciones sin una teoría mejor. Kuhn se equivoca al pensar que las revoluciones científicas son un cambio repentino e irracional de punto de vista. La historia de la ciencia refuta tanto a Popper como a Kuhn; cuando son examinados de cerca, resulta que tanto los experimentos cruciales popperianos como las revoluciones de Kuhn son mitos; lo que sucede normalmente es que los programas de investigación progresivos sustituyen a los regresivos.

El problema de la demarcación entre ciencia y pseudociencia también tiene serias implicaciones para la institucionalización de la crítica. La teoría de Copérnico fue condenada por la Iglesia Católica en 1616 porque supuestamente era pseudocientífica. Fue retirada del índice en 1820 porque para entonces la Iglesia entendió que los hechos la habían probado y por ello se había convertido en científica. El Comité Central del Partido Comunista Soviético en 1949 declaró pseudocientífica a la genética mendeliana e hizo que sus defensores, como el académico Vavilov, murieran en campos de concentración; tras la muerte de Vavilov la genética mendeliana fue rehabilitada; pero persistió el derecho del Partido a decidir lo que es científico y publicable y lo que es pseudocientífico y castigable. Las instituciones liberales de Occidente también ejercitan el derecho a negar la libertad de expresión cuando algo es considerado pseudocientífico, como se ha visto en el debate relativo a la raza y la inteligencia. Todos estos juicios inevitablemente se fundamentan en algún criterio de demarcación. Por ello el problema de la demarcación entre ciencia y pseudociencia no es un pseudoproblema para filósofos de salón, sino que tiene serias implicaciones éticas y políticas.

Imre Lakatos

lunes, 8 de diciembre de 2008

Tema polémico: Una nueva Constituyente para ¿Costa Rica?


Este día en ASOJOD queremos hacer referencia a la propuesta del Ministro de la Presidencia, Rodrigo Arias, de la necesidad de convocar a una Asamblea Constituyente para reformar de forma total la Carta Magna costarricense. Consideramos que es una idea no sólo innecesaria, sino poco prudente, por varias razones que explicaremos a continuación.

Mal diagnóstico

En primer lugar, una de las justificaciones que esgrime Arias es la falta de gobernabilidad. Pero el Ministro parte de una comprensión errónea de la ingobernabilidad, al asociarla a la inoperancia de la Asamblea Legislativa y a la incapacidad del Poder Ejecutivo para poner en práctica las normas. O sea, confunde la causa con la consecuencia: la gobernabilidad, siguiendo a Arbós y Giner es la actuación de las autoridades gubernamentales en espacios considerados como legítimos por la ciudadanía, por lo cual ésta permite el ejercicio libre y obedece los mandatos del poder gubernamental. Asociado al concepto de legitimidad, vale recordar la bifurcación conceptual de la que habla Constantino Urcuyo, al diferenciar la legitimidad de origen y la legitimidad en ejercicio, siendo la primera básicamente el reconocimiento del mandato y del poder, mientras la segunda remite a la aceptación de la actuación, a la eficacia del sistema político, tanto a nivel de sus partes como del todo.

Por oposición a la definición de Arbós y Giner, se entiende que la ingobernabilidad está relacionada con un sentimiento de que la actuación gubernamental es ilegítima y por tanto susceptible de la desobediencia cívica. En ese sentido, resulta preocupante notar que el 40,6% de los ciudadanos calificaron como mala o muy mala la labor de la Asamblea y el 26,5% consideraron como malo o muy malo el papel del Ejecutivo en el periodo 2002-2007, lo cual denota que se puede hablar de fuerte pérdida de legitimidad en ejercicio y, consecuentemente, ciertos cuestionamientos a la de origen, pero todavía se está muy lejos de llegar a una crisis de gobernabilidad, es decir, situaciones que conllevan amenazas al funcionamiento de las instituciones políticas.

Lo que queremos dar a explicar es que si bien hay antecedentes para sentirse, de cierta forma preocupados por el funcionamiento del sistema político costarricense, es claro que la ingobernabilidad no se manifiesta en el empantanado camino legislativo ni en el despistado trabajar del Ejecutivo -que son en parte su causa-, sino en el descontento ciudadano respecto a la labor de las autoridades gubernamentales. ¿A dónde vamos con esto? En ASOJOD no negamos que existan ciertas manifestaciones de ingobernabilidad, pero más que todo, son ejemplos casi aislados, donde pocos actores políticos -individuales o colectivos- cuestionan con fuerza -con capacidad de movilizar sus recursos y actuar en consecuencia- la actuación de las autoridades, entre los que cabe destacar a SINTRAJAP, ANDE y ciertos grupos de la sociedad civil (transportistas, estudiantes universitarios, algunos grupos del NO, entre otros). El resto de grupos que consideran ilegítima la actuación gubernamental, entre los que es necesario ubicar a la misma ASOJOD, son ejemplos de esfuerzos aislados y con poco peso en el sistema político, por lo cual, no cuentan como actores relevantes en esta situación. Pero aún más claro se ve que la desobediencia civil está lejos de ser una realidad: lo que en verdad hay son ciertos actos de desacato a la norma, pero más por un reconocimiento de la incapacidad del Ejecutivo de hacerlas eefctivas que por una consideración de estas como ilegítimas.

El error de Arias no es sólo conceptual sino que, como bien saben los médicos, un mal diagnóstico puede ser peor para el paciente. Cuando el Ministro de la Presidencia considera que la ingobernabilidad está representada por la parálisis en la toma de decisiones y las trabas en su ejecución, entonces propone como remedio un nuevo "texto mágico" que haga más fuerte al Poder Ejecutivo. Nos preocupa que, dentro de esa concepción de "texto mágico", la intención sea diseñar una nueva Constitución "a la medida", que convierta al Estado en una lámpara maravillosa y a sus operarios en los aladinnes costarricenses, quienes con sólo frotarla, resolverán fantásticamente todos los problemas.

Caja de Pandora

Esta "inocente" medida, puede implicar varias cosas como la eliminación de la reserva de ley en muchos temas (por ejemplo restricción a los derecho fundamentales) y, por supuesto, un Leviatán mucho más grande y poderoso. Esto se podría traducir en más intervención estatal, en más oficinas, en más impuestos, en más personal y, en general, en más perjuicios para los ciudadanos. Es muy probable que algunos partidos políticos aboguen por hacer más social al Estado Social de Derecho y terminen proponiendo ampliar el espectro de garantías sociales. Las preguntas que en cada tema polémico hemos dejado para reflexionar podrían encontrar respuesta en el nuevo Texto Político: ¿vivienda digna para todos? ¿carro digno para todos? ¿educación de primera clase para todos? ¿alimentos finos para todos? ¿ropa de marca para todos? ¿vacaciones pagadas y en el extranjero para todos? ¿mascotas gordas y felices para todos?

Asimismo, nos preocupa que, a falta de reglas claras sobre el procedimiento para realizar una Constituyente y ante tantas preguntas sin respuesta como ¿quiénes podrán participar en ella? ¿tendrán derecho a deuda politica? ¿cuantos constituyentes? ¿cuál será el mecanismo para definir la magnitud electoral? ¿cuál será el sistema de asignación de escaños? ¿sólo desde partidos politicos se podría participar?, etc., los dados vayan cargados de antemano, para que unos logren materializar jurídicamente todos sus deseos.

También es necesario reflexionar qué pasará con las libertades y derechos fundamentales. Como bien dice Arias, "la reforma no afectará los derechos fundamentales que se contemplan en la actual Carta Magna. Sin embargo, una vez convocada y en funcionamiento, la Asamblea Nacional Constituyente es soberana de modificar y tutelar sobre la organización del Estado, los derechos y garantías individuales, los derechos y deberes políticos de los ciudadanos, la organización y atribuciones de la Asamblea Legislativa y del Poder Ejecutivo, entre otras áreas de la vida pública". En ASOJOD creemos que una situación así es como una Caja de Pandora: miles de sopresas pueden salir de su anterior y no queremos que una de ellas nos asuste o haga daño.

En particular, uno que nos preocupa sobremanera es la intención de Arias de buscar mecanismos para limitar la capacidad de las fracciones minoritarias para obstaculizar el avance de los proyectos de ley. Es cierto que buena parte del descontento generalizado respecto a la labor de la Asamblea es causado por la lentitud y la extensa discusión en el proceso de toma de decisiones, pero cuidado, si la "solución" es silenciar a las minorías, dejarlas maniatadas e impedidas para defender sus derechos, entonces se estaría cayendo en la tiranía de las mayorías, un argumento más que refuerza el temor de una Constitución "hecha a la medida".

Si se supone que estamos en un régimen democrático, el disenso y la oposición son necesarias. Si se impide que se desempeñe ese papel se limita la competencia política (que supera la electoral), el control y la crítica: caeríamos en un totalitarismo solapado. Arias lo que está dejando ver es que considera negativo que las minorías defiendan sus intereses mediante la oposición y el obstruccionismo, es decir, que ejerciten su derecho. Imaginemos tan sólo qué habría pasado si Federico Malavassi y otros diputados libertarios no hubiesen combatido valientemente la Reforma Fiscal impulsada por la Administración Pacheco de la Espriella: hoy los costarricenses tendríamos que pagar más impuestos, tendríamos menos dinero en nuestros bolsillos, algunos funcionarios corruptos se habrían enriquecido más y, quizá, hasta tendríamos más poblemas como individuos para afrontar la actual crisis financiera.

Un asunto de timing

Una razón más para oponernos a la convocatoria a una Constituyente es porque no es el momento adecuado para hacerlo. Recién acabamos de superar el primer referéndum en la historia política nacional y con un mal sabor de boca: cuestionamientos a su pureza, irrespeto a la voluntad popular expresada en las urnas, intentos de rupturas al orden institucional, persistencia de odios, rencores y dolores de algunos, etc. A todo esto se le une que el fantasma del populismo reivindicativo anda cerca, con los casos de las Constituyentes "a la medida" de Chávez, Evo y Correa, que podrían tener cierto apoyo en Costa Rica. La pregunta que hay que hacerse al respecto es si en verdad queremos convertirnos en otro circo de esa índole.

Sumémosle que en el calendario están pendientes al menos dos propuestas de referéndum: la de matrimonios homosexuales (donde algunos pretenden que las mayorías aplasten el derecho individual) y el del UPOV (donde unos quieren mantener intacta cada entidad natural y que el resto muera de hambre sepultado en una florida selva). Definitivamente, como lo hemos expresado antes en ASOJOD, alguien tiene que parar esta fiesta participativa pues no podemos pasarnos en votaciones eternas, donde cada quien propone la primera sandez que se le viene a la mente, so riesgo de desgastar el sistema y aprobar cosas que resulten ser perjudiciales para los individuos y su libertad.

Finalmente, en ASOJOD creemos que lo que Costa Rica necesita es más libertad y menos Estado. Más libertad para que la gente resuelva los asuntos por sí sólos y que dependa menos de las acciones estatales. Menos Estado para robarle menos dinero a la gente y para que las pocas acciones que este debe desempeñar, puedan ser llevadas a cabo en un marco de eficiencia y eficacia. Más claridad en las normas, para dejar de estar aprobando lo que sea con tal de aprobar algo, para que las pocas normas necesarias sean útiles y aplicables, más capacidad de los actores políticos para negociar y alcanzar acuerdos y menos imposición de las mayorías. Rechazamos la idea de que los problemas del país se resolverán con tan sólo aprobar una norma mágica: no es verdad que los problemas generados por la mala ejecución y pésima fiscalización del gasto público, por la maraña legal que entorpece el accionar legislativo y ejecutivo, por la lentitud de la Administración Pública para reaccionar, tramitar y/o contratar, por las prácticas antiinstitucionales de los distintos grupos políticos antes señalados o por la baja popularidad de las autoridades acaben con el día después de que la nueva Constitución entre en vigencia.

Los cambios que necesitan el país se pueden lograr por medio de reforma/eliminación de muchas de las normas existentes, de un cambio de actitud en las personas, de limitaciones al Poder Público. Se trata de pequeños grandes cambios que se pueden realizar sin necesidad de abrir una Caja de Pandora y que, a la postre, son los verdaderos mecanismos que podrían mejorar el sistema político costarricense.

sábado, 6 de diciembre de 2008

El gran engaño latinoamericano


Una nueva encuesta mundial revela que, sorprendentemente, los latinoamericanos están mucho más satisfechos con la educación pública de sus países que la gente de otras regiones que obtienen mucho mejores resultados en los exámenes estudiantiles y en los rankings universitarios.

Antes de explicar por qué esto debería ser motivo de preocupación en Latinoamérica, veamos los resultados de la encuesta Gallup de 40,000 personas en 24 países de la región, encargada por el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) como parte de un estudio más amplio sobre los niveles de satisfacción en diversos rubros.

Cuando se les preguntó a los encuestados si estaban satisfechos con el sistema de educación pública de sus países --incluyendo las escuelas primarias, las secundarias y las universidades-- la respuesta fue enormemente positiva.

El 85 por ciento de los costarricenses, el 84 por ciento de los venezolanos, el 82 por ciento de los cubanos, el 80 por ciento de los nicaragüenses, el 77 por ciento de los salvadoreños y más del 72 por ciento de colombianos, jamaiquinos, hondureños, bolivianos, panameños, uruguayos y paraguayos dijeron estar satisfechos con la educación pública de sus respectivos países.

Comparativamente, sólo el 66 por ciento de los encuestados en Alemania, el 67 por ciento de los estadounidenses y el 70 por ciento de los japoneses están satisfechos con la educación pública de sus respectivos países, según revela el estudio.

''Los latinoamericanos en general están más satisfechos con su educación pública de lo que justifican los resultados de los exámenes internacionales'', dice Eduardo Lora, el economista del BID que coordinó el estudio. ``Están satisfechos sin fundamento''.

Los exámenes estandarizados internacionales para estudiantes de 15 años revelan que Venezuela, Paraguay, Bolivia, Honduras y República Dominicana, cuyos encuestados se mostraron más satisfechos de su educación pública que Japón, obtuvieron resultados promedio de un 35 por ciento más bajo que los estudiantes japoneses, según el estudio del BID.

En lo que hace a la educación superior, Latinoamérica --que tiene algunas de las universidades estatales más grandes del mundo-- tampoco tiene un gran desempeño en comparación con otras regiones. Un ranking reciente de las 200 mejores universidades del mundo realizado por el suplemento de Educación Superior del Times de Londres, Gran Bretaña, no incluye ninguna universidad latinoamericana entre las 100 mejores del mundo, a pesar de que Brasil y México están entre las 15 economías más grandes del mundo.

Sólo tres universidades latinoamericanas figuraban en la lista de las mejores 200: La Universidad Nacional Autónoma de México (150), la Universidad de Sao Paulo, Brasil (196) y la Universidad de Buenos Aires, Argentina (197). En comparación, hay nueve universidades asiáticas entre las 50 mejores del mundo.

Cuando le pregunté por qué tantos latinoamericanos tienen una visión optimista de sus sistemas educativos, Lora me respondió que la mayoría de la gente en la región tiende a juzgar su sistema educativo por la calidad de los edificios escolares, o por el trato que reciben sus hijos en la escuela, más que por lo que los estudiantes aprenden.

En otras palabras, ha habido un gran avance en cuanto a la expansión de la educación --los índices de alfabetismo se han duplicado desde la década de los años 30, para llegar al 86 por ciento de la población de la región-- pero no se ha producido un avance similar en la calidad de la educación.

''El peligro es que, si la gente está satisfecha, no existe la exigencia social de mejorar los estándares educativos'', me dijo Lora. ``Paradójicamente, esa demanda sólo existe donde ya se han alcanzado los estándares relativamente más altos de la región, como Chile''.

Mi opinión: Por suerte, la gente de algunos países de la región es cada vez más consciente de la baja calidad de su sistema educativo, y de que eso impide que sus países se desarrollen más rápidamente en una economía global en la que las exportaciones basadas en el conocimiento son mucho más redituables que las materias primas.

El estudio del BID revela que sólo el 54 por ciento de los argentinos y el 45 por ciento de los peruanos están satisfechos con la educación pública de sus países. ¡Bien por ellos! Los mexicanos y los brasileños son algo menos conscientes de sus deficiencias educativas, aunque tampoco están entre los más ilusos: el 68 por ciento de los mexicanos y el 64 por ciento de los brasileños están satisfechos con sus respectivos sistemas de educación pública.

Sin embargo, la mayoría de los países de la región debería dejar de vivir en la negación. Al igual que los adictos a la droga o al alcohol, el primer paso para resolver su problema educativo debería ser reconocer que tienen un problema, para luego tomar medidas para solucionarlo.

Andrés Oppenheimer

viernes, 5 de diciembre de 2008

Viernes de recomendación

Para este Viernes de recomendación, en ASOJOD hemos querido ofrecerles un interesante artículo de Carl Menger, padre fundador de la Escuela Austriaca de Economía, titulado El origen del dinero. En él se analiza por qué el ser humano acepta cierto tipo de mercancía a cambio de otras, para luego proceder a intercambiarlas por otrás más y así conseguir la satisfacción de sus necesidades.

jueves, 4 de diciembre de 2008

Sin palabras


Hoy La Gaceta publica el expediente 17,209, "Creación del Día Nacional de las Personas Trabajadoras Domésticas", propuesto por el diputado Carlos Gutiérrez.

Entrevista: Richard Dawkins



En esta entrevista, el biólogo de Oxford Richard Dawkins explica los males de la religión.

miércoles, 3 de diciembre de 2008

Para variar, la Iglesia Católica...

Hoy sale publicado en la prensa internacional que la Iglesia Católica se opone a la despenalización de la homosexualidad planteada por Francia en el marco de ONU. Lamentamos ver que a estas alturas de la vida, con la gran cantidad de avances científicos y tecnológicos y con la gran ampliación en las fronteras del conocimiento humano, todavía persista una mentalidad tan primitiva y salvaje que pretende, por la fuerza, imponer su credo y castigar a aquellos que, de una u otra manera, se atreven a no aplicarlo en sus vidas.

Este tipo de noticias no pueden causarnos más que asco en ASOJOD ,pues nos preguntamos ¿cuál es el fundamento por el cual, en un acto barbárico y arcaico, un grupo pretende castigar a otros por hacer uso de su libertad? Que sepamos, los homosexuales que viven en los países que mantienen esta aberrante penalización, no le hacen ningún daño a nadie con el ejercicio de su libertad, por lo que la excusa de daños a terceros no es válida.

Una vez más vemos como los gobiernos y la Iglesia Católica se erigen como enemigos de la libertad, revisando, cuestionando y prohibiendo que las personas tomen las riendas de sus vidas y las manejen como mejor les parezca. ¿Con qué derecho hacen esto? Con ninguno. Se basan simplemente en la fuerza del misticismo (tanto del músculo como de la mente, como decía Rand) para asustar y atropellar los derechos de las personas.

Esperemos que las personas decentes del mundo eleven su voz en defensa de la libertad y presionen para que sus gobiernos dejen en el olvido esta estúpida penalización.

martes, 2 de diciembre de 2008

Frase del día


"El dogma de que los derechos humanos son superiores a los derechos de propiedad sólo significa que algunos seres humanos tienen derecho a hacer de otros su propiedad, y como el competente nada tiene que ganar del incompetente, ello representa el derecho de este último a adueñarse de los mejores y a utilizarlos como ganado productivo. Quien considera esto como humano y justo no tiene derecho al título de humano"

Ayn Rand

lunes, 1 de diciembre de 2008

Tema Polémico: vivienda ¿digna?

En los últimos días se ha anunciado que un grupo de precaristas marchará hasta la Presidencia de la República para exigir vivienda digna. Este tipo de acciones no pueden más que causarnos tremenda molestia, pues en ASOJOD creemos que el mayor acto de perversión del ser humano es exigir algo que no merece, mucho menos cuando dicho acto implica quitarle a unos para darle a otros.

Sea cual sea la razón por la que una persona vive en la miseria, no hay justificación para obligar a otros a hacerse cargo de aquella existencia. El Estado benefactor, que no es otra cosa que la ficción por la cual, parafraseando a Bastiat, unos quieren vivir a expensas de otros, hace uso de las exacciones para desarrollar medidas populistas, donde la consigna es cambiar prebendas por apoyos políticos. De hecho, desde 1953 hasta la fecha, en todas las campañas electorales en Costa Rica el tema de vivienda y tierra ha estado presente, lo cual refleja la forma en que el tema se ha institucionalizado.

Algunos dirán que es necesario dotar de oportunidades a todos; otros consideran que es moral y virtuoso sacrificarse a los demás y unos son del criterio de que ayudar a los pobres evita el crimen. En el primer caso, en ASOJOD hemos enfatizado en los perjuicios que generan las políticas de igualdad de oportunidades; en cuanto al segundo, consideramos que, como bien apuntaba Hayek, “no hay virtud sin voluntad”, lo que quiere decir que el acto de ayudar es un ejercicio pleno de la libertad y tiene que nacer por decisión propia, no por coacción estatal. Y finalmente, el último argumento lo que justificaría es una sociedad de chantaje, donde hay que darle a unos para evitar agresiones, al mejor estilo de la mafia en Chicago durante los años 20 y 30.

Cuando las ayudas surgen por la fuerza, el Estado se convierte en un ladrón. Y además, fomenta las actitudes que provocan la pobreza: ¿para qué trabajar, para qué estudiar, para qué esforzarse si el Estado me va a regalar lo que necesito? Por el contrario, al que sí se esfuerza y se arriesga por sacar adelante actividades productivas, cada vez se le ponen más obstáculos: se le obliga a pedir permisos, tener licencias, sacar patentes, pagar impuestos, etc. Esto demuestra que el Estado no puede repartir riqueza, sino que terminan repartiendo pobreza.

Esta semana en que un grupo de precaristas viene ya no a mendigar sino a exigir vivienda digna, los funcionarios deberían ponerse a meditar. Si ceden esta vez, luego ¿qué vendrán a exigir? ¿Carro digno? ¿Viajes dignos al extranjero? ¿Maestrías dignas? ¿Ropa digna?

Si estas personas desean vivienda digna, que empiecen por procurársela ellos mismos. Las cosas no se exigen, se ganan honradamente. Si trabajando duro no pueden acceder a una vivienda digna, entonces los interesados deberían buscar apoyos privados para obtenerla por medio de acciones de caridad. La caridad, como la que ha originado grandes instituciones (Cruz Roja, cooperación para ayudar luego de catástrofes naturales, etc.) ha sido y es un excelente medio por el que se puede canalizar la colaboración con los que menos tienen, en tanto se basa en el principio de voluntad para actuar. Y si resultara imposible solucionar el problema de vivienda por medio de estas iniciativas privadas, será lamentable, pero ello nunca justificaría que el Estado le robe a unos para darle a otros.

Costa Rica no será el país más lleno de oportunidades del mundo (ni el más libre del mundo), pero en este país, quien quiere trabajar puede hacerlo, quien no quiere pasar hambre no tiene por qué hacerlo, quien quiere sacar adelante una familia decente, tiene los mecanismos y quien quiere vivienda digna la puede llegar a tener con esfuerzo propio.