viernes, 2 de enero de 2009

Viernes de Recomendación: The Road to Serfdom


Hasta el desencadenamiento de la Gran Depresión, Hayek había sido un economista dedicado exclusivamente al estudio de la coyuntura económica.

Tras la Gran Depresión, el ambiente intelectual cambió radicalmente. El intervencionsimo keynesiano al que Hayek se había dedicado a desmentir se convirtió en el dogma irrefutable. Cualquiera que se le opusiera quedaba de charlatán o anticuado.

Tres años después de la publicación de la obra maestra de Keynes, estalló la Segunda Guerra Mundial.

Terriblemente abrumado por la idea de que el intervencionsimo económico (la Keynes) necesariamente tendía al totalitarismo político (la Hitler), Hayek abandonó prácticamente en su totalidad la economía para dedicarse al campo por el que, a la postre, más sería recordado: la filosofía política.

Así, en 1944 publicó un librito en el que casi desesperadamente intentaba prevenir acerca del despeñadero al que se acercaba la sociedad occidental: The Road to Serfdom.

El libro tuvo tanto impacto que un abstract pronto apareció en una publicación tan pedestre como Reader’s Digest. Asimismo, apareció una versión en cartoons.

Milton Friedman solía preguntar a los liberales más conspicuos qué obra los había llevado a sensibilizarse a la causa de la libertad. Según él, las dos respuestás más comunes eran Atlas Shrugged y The Road to Serfdom.

Al comenzar un año previsto como de crisis y en medio de los clamores por intervención estatal para paliarla, recordamos la imperecedera e inquietante advertencia de Hayek en un formato entretenido y directo: la
versión en cartoons de The Road to Serfom.


jueves, 1 de enero de 2009

Empieza a regir el TLC


En ASOJOD queremos anunciar con alegría una buena noticia: a partir de hoy empieza a regir el TLC con los Estados Unidos, Centroamérica y República Dominicana. Después de muchos años de trabajo duro, negociaciones, esfuerzos, dificultades y hasta procesos electorales que lo definieron, Costa Rica da un buen paso hacia la senda de la libertad comercial con este tratado. Estamos concientes de que falta mucho camino por recorrer y que el aumento de la libertad depende de la capacidad que tengamos cada uno de nosotros como ciudadanos para articular nuestras demandas y nuestros recursos de poder.

Ahora miles de consumidores y productores podrán verse beneficiados por más empleos, productos más baratos, competencia en servicios, mejores precios y más oportunidades para el desarrollo. Esperemos que lo que nuestro gobierno ha logrado con la mano no lo borre con el codo, máxime en esta época de crisis, donde pareciera que las puertas para las ideas estúpidas, irresponsables y populistas se empiezan a abrir.

Cincuenta años después, Cuba no tiene mucho que mostrar


Cincuenta años después de que Fidel Castro llegó al poder en Cuba, la gran pregunta sobre la revolución cubana no es si fue justificada, sino si valió la pena. Sobre la base de las evidencias disponibles, la respuesta es un claro no.

Un vistazo desapasionado sobre la Cuba de hoy demuestra que aunque el país ha erradicado los bolsones de pobreza extrema que existían durante la dictadura de Fulgencio Batista, la mayoría de la población tiene un estándar de vida más bajo y menos oportunidades de progreso personal que hace cinco décadas.

Los cubanos de hoy tienen un ingreso per cápita más bajo que gran parte de los países latinoamericanos. Tienen menos televisores, teléfonos, computadoras y automóviles en proporción con su población que la mayoría de los países de la región y figuran en el último lugar de América Latina en porcentaje de personas con acceso a internet, incluso por debajo de Haití.

Y aunque en algunos rubros Cuba sale bien parada, como en la alfabetización y la mortalidad infantil, en otros deja mucho que desear. Cuba, por ejemplo, tiene uno de los índices de suicidio más altos de las Américas.

Antes de hablar de mis impresiones de cuando viajaba con frecuencia a la isla a principios de la década de 1990, veamos las estadísticas concretas.

En el aspecto positivo, Cuba tiene un 99.8 por ciento de alfabetización entre los adultos, uno por ciento más que Trinidad y Tobago, y una tasa de mortalidad infantil de 6 por cada mil nacidos vivos, un poco más baja que la de Chile, según el Informe de Desarrollo Humano de las Naciones Unidas de 2008. Eso convierte a Cuba en el país con la mejor tasa de alfabetización de adultos y mortalidad infantil en la región.

Sin embargo, según el Anuario Estadístico de la ONU de 1957, Cuba ya estaba entre los cuatro países latinoamericanos con más alfabetizados y con mayor porcentaje de consumo calórico en ese año, así como el índice más bajo de mortalidad infantil de la región. En otras palabras, Cuba ha ascendido tres puestos en la clasificación de alfabetización y ha conservado su primer lugar en el índice de mortalidad infantil.

En lo que respecta al ingreso per cápita, el Informe de Desarrollo Humano de la ONU --la fuente estadística favorita del régimen cubano-- indica que el ingreso per cápita de la isla es $6,000 anuales, aunque la cifra está acompañada por un asterisco que indica que se trata de un cálculo del gobierno cubano y que ``procuramos generar un cálculo más preciso''.

De hecho, Cuba se niega a calcular su ingreso per cápita según las normas internacionales. Lo mismo ocurre con el índice de pobreza. Cuba emplea métodos estadísticos internacionales en los sectores que le conviene, como en algunos rubros de la salud y la educación, pero se niega a hacerlo en áreas en las que no sale bien parada. El informe sobre la ONU deja en blanco el casillero que corresponde a Cuba en el rubro del porcentaje de la población que vive en la pobreza.

''Ni las Naciones Unidas ni ninguna otra institución internacional tienen la menor idea de cuál es el ingreso per cápita o la tasa de pobreza en Cuba porque Fidel [Castro] ordenó que el país usara su propia metodología'', dice Carmelo Mesa Lago, profesor de Economía retirado de la Universidad de Pittsburgh, que desde hace tiempo es uno de los analistas más serios de la economía cubana.

''Las cifras del gobierno cubano no son creíbles, lo que hace que todo el mundo tenga que usarlas con un asterisco o no usarlas en absoluto'', añadió.

Lo que se puede constatar es que el salario promedio de los cubanos es de alrededor de $20 mensuales, según lo han reconocido los medios oficiales, lo que daría un ingreso promedio de $240 anuales.

Incluso si uno quiere darle al gobierno cubano el beneficio de la duda y aceptar su dudosa cifra de ingreso per cápita de $6,000 anuales --que supuestamente toma en cuenta los subsidios a los alimentos, la salud y la educación--, Cuba ocupa el puesto número 21 en Latinoamérica, muy por debajo de países como Argentina, México, y Brasil e incluso por debajo de la República Dominicana, Surinam y Belice, según el informe de la ONU.

Otras instituciones internacionales publican cifras que ofrecen un cuadro aún más sombrío de la Cuba actual.

Mientras que en 1959 Cuba ocupaba el primer lugar de Latinoamérica en el porcentaje de familias con televisores, hoy sólo el 70 por ciento de las familias cubanas tienen televisor, comparado con 97 por ciento en Argentina, 93 por ciento en México, 83 por ciento en El Salvador y 76 por ciento en la República Dominicana, según los Indicadores Mundiales de Desarrollo de 2008 del Banco Mundial.

En lo que corresponde a los teléfonos, sólo 9 por ciento de los cubanos tienen acceso a un teléfono de línea fija y apenas 1 por ciento de la población está suscrita a un servicio de telefonía móvil, según las cifras del Banco Mundial, uno de los porcentajes más bajos de la región, muy inferior al de Honduras.

Lo que es peor, sólo 2 por ciento de los cubanos tiene acceso a internet. En comparación, 27 por ciento de los costarricenses, 10 por ciento de los guatemaltecos y 7 por ciento de los haitianos tiene acceso a internet, según las cifras del Banco Mundial.

El gobierno cubano culpa de sus problemas económicos al embargo comercial de Estados Unidos. Pero aunque algunos creemos que el embargo en su forma actual es una política desacertada, tiene tantos agujeros que difícilmente se le puede culpar por el bajo nivel de vida en la isla. Estados Unidos es ya el principal exportador de productos alimenticios a la isla y muchos otros productos estadounidenses entran a Cuba a través de terceros países.

La vida en Cuba es sombría, según pude apreciar cuando viajaba a la isla y lo que cuentan los recién llegados.

La isla es como un enorme jardín de infantes, donde todos tienen garantizado un ingreso de susbsistencia pero el gobierno decide lo que uno puede estudiar, donde uno puede trabajar, que cosas uno puede comprar y si puede viajar al exterior. Es un buen lugar para subsistir si uno es un holgazán, o un inepto, pero puede ser muy exasperante para el que sea ambicioso o tenga opiniones propias.

Recuerdo una entrevista que le hice en La Habana al nieto del Che Guevara, Canek Sánchez Guevara, en 1991, cuando era un joven veinteañero y tocaba en una banda de rock heavy metal. Canek, quien más tarde emigró a México, era muy crítico --como muchos jóvenes cubanos-- de la revolución.

''Esta revolución está en ruinas'', me dijo. ``No hay comida, ni libertad... La gente dice que todo es culpa de la agresión yanqui, pero eso es un mito... un cuento infantil''.

La gente joven no tenía nada que hacer en Cuba, me dijo Canek. El estudiaba diseño gráfico en una escuela de arte pero consideraba que era una pérdida de tiempo.

''No hay papel, ni lápices, ni interés de parte de los profesores en hacer nada'', me dijo. ``Y si te gradúas, no hay trabajo en tu especialidad. Te van a pedir que vayas al campo para trabajar en la agricultura. Aquí no hay futuro''.

Cuando le pregunté que pensaría el Che Guevara de estas palabras si estuviera vivo, el nieto del héroe cubano dijo: ``Estaría orgulloso de mí. El Che Guevara era un rebelde. Jamás aprobaría en lo que ha terminado esta revolución''.

Y las cosas no han cambiado mucho desde entonces. No es sorprendente que cada periodista que viaja a la isla regrese contando lo mismo: es un país detenido en el tiempo, esperando --hasta el momento en vano-- que algo cambie.

La parte de la familia del Che Guevara que conocí en Cuba es un ejemplo típico de la división generacional que existe en la isla. Los abuelos tienden a apoyar la revolución --han invertido su vida en ella-- mientras los cubanos de mediana edad tienden a ser escépticos y la mayoría de los jóvenes son críticos. Como me dijo un joven en La Habana, ``esta revolución se ha convertido en una institución''.

La desesperanza que reina en la isla es posiblemente uno de los factores que inciden en el alto índice de suicidio, de 24.8 por cada 100,000 personas. A principios de esta década Cuba tenía el índice de suicidio más alto de Latinoamérica, pero este año ha descendido al cuarto puesto, detrás de Guyana, Uruguay y Trinidad y Tobago, según cifras de la Organización Mundial de la Salud.

Los funcionarios gubernamentales admiten que muchos cubanos se quejan de la falta de alimentos y oportunidades, pero alegan que la mayoría del país apoya a la revolución. Lo dudo mucho, por tres motivos fundamentales. Primero, porque he escuchado a muchos cubanos decir lo contrario --muchos con miedo a que los escuchen-- en la época en la que viajaba a la isla con frecuencia. Segundo, porque una encuesta realizada en Cuba este mismo año por el Instituto Internacional Republicano revela que casi el 70 por ciento de los cubanos de entre 19 y 49 años dijo que les gustaría tener un sistema democrático con elecciones multipartidistas y libertad de expresión.

Tercero, y más importante, porque el régimen cubano tiene una maquinaria de encuestas muy bien aceitada. Si el gobierno de Castro creyera que puede ganar en elecciones libres y que el pueblo cubano está tan orgulloso de los logros de la revolución, hubiera permitido elecciones libres hace mucho tiempo. Si no lo ha hecho es porque sabe que las perdería.

Entonces, ¿valió la pena mejorar algunos indicadores sociales al precio de bajar el estándar de vida general de la isla?

Definitivamente no. Otros países, como Chile y Costa Rica, han reducido la pobreza a un mínimo y con mucho menos trauma social.

En Cuba casi el 10 por ciento de la población huyó al exilio, cientos de miles de familias quedaron separadas, sin poder verse durante muchos años, y miles --decenas de miles, según algunos informes-- han muerto en el mar tratando de abandonar la isla. Millones de los que se quedaron fueron forzados al llamado trabajo voluntario, a cortando caña o destinados a otras ``tareas revolucionarias''.

Y todo eso sin tomar en cuenta a las víctimas de la violencia política. Un total de 2,077 cubanos murieron en las llamadas guerras internacionalistas de Cuba en Angola, Mozambique, Etiopía y otros países africanos, según cifras oficiales citadas por el autor Norberto Fuentes en su Autobiografía de Fidel Castro.

Además, el Archivo Cubano, con sede en Nueva Jersey, afirma que ha documentado 8,273 ejecuciones, asesinatos extrajudiciales y desapariciones en la isla desde 1959.

''Tenemos los nombres y las fuentes de todas esas muertes y están disponibles en internet'', dice María Werlau, directora del Archivo.

El precio que han pagado los cubanos en libertades básicas perdidas ha sido enorme. Hay más de 200 prisioneros políticos en la isla, entre ellos 29 periodistas arrestados en el 2003, según los grupos de derechos humanos. Adolfo Fernández Saínz, uno de esos 29 periodistas, cumple una condena de 15 años de cárcel por ''subvertir el orden interno de la nación''. En su juicio, el gobierno presentó ''pruebas'' de su delito confiscadas en el apartamento del periodista: una máquina de escribir y libros prohibidos, entre ellos 1984, de George Orwell.

Mi conclusión: la dictadura cubana ha mejorado algunos indicadores sociales, pero otros países latinoamericanos han hecho lo mismo sin sacrificar libertades básicas y a un costo muchísimo menor en sufrimiento humano. Para los cubanos, la revolución puede haber sido justificada, pero no valió la pena.

Andrés Oppenheimer

domingo, 28 de diciembre de 2008

La opinión pública y los principios liberales


Este artículo se leyó ante la 6a reunión de la Sociedad Mont Pélerin en su conferencia de Venecia, en septiembre de 1954; se publicó (en italiano) en Il Politico, 20, 1955, y (en alemán) en Ordo, 8, 1956

Las observaciones que siguen tuvieron por objeto proporcionar material para un debate en una reunión internacional de liberales (en la acepción inglesa del término). Mi único propósito era sentar las bases de un buen debate general. Como podía suponer las concepciones liberales de mi auditorio, lo que me interesaba era subrayar, más que corroborar, las suposiciones populares relativas a estas concepciones.

I EL MITO DE LA OPINIÓN PÚBLICA

Hemos de estar prevenidos contra diversos mitos relativos a la «opinión pública», que a menudo se aceptan de forma acrítica.

En primer lugar está el mito clásico de vox populi vox que atribuye a la voz del pueblo una suerte de autoridad final sabiduría sin límites. Su equivalente moderno es la fe en la certeza de esa figura mítica encarnación del sentido común, «el hombre de la calle», en la justeza de su voto y de su voz. En ambos casos, es característico evitar el plural. Pero, gracias a Dios, la gente rara vez es unánime, y diversas personas de diferentes calles son tan diferentes como cualquier grupo de VIPs en una sala de reuniones. Y si, ocasionalmente, se expresan de forma unánime, lo que dicen no es necesariamente sensato. Pueden tener razón, o pueden estar equivocados. «La voz» puede ser muy firme en cuestiones muy dudosas (ejemplo: la aceptación casi unánime e incuestionada de la exigencia de una «rendición incondicional»). Y puede oscilar en cuestiones sobre las cuales apenas cabe duda (ejemplo: la cuestión de si hay que condonar el chantaje político, o el asesinato a gran escala). Puede estar bienintencionada pero ser imprudente (ejemplo: la reacción pública que echó por tierra el plan Hoare-Laval). O bien puede no ser ni bienintencionada ni muy prudente (ejemplo: la aprobación de la misión de Runciman; la aprobación del Pacto de Munich de 1938).

No obstante, creo que el mito de la vox populi tiene un núcleo de verdad oculto. Puede expresarse del siguiente modo: a pesar de la información limitada de que disponen, a menudo muchos hombres comunes son más sensatos que sus gobiernos; y si no más sensatos, inspirados por intenciones mejores o más generosas (ejemplos: la disposición a luchar del pueblo de Checoslovaquia, en vísperas de Munich; o, de nuevo, la reacción Hoare-Laval).

Una forma del mito -o quizá de la filosofía subyacente al mito- que me parece de especial interés e importancia es la doctrina de que la verdad es patente. Entiendo por esto la doctrina según la cual, aunque el error es algo que en ocasiones tiene que explicarse (por falta de buena voluntad o por sesgo o prejuicios), la verdad brilla por sí misma, siempre y cuando se suprima. Surge así la creencia de que la libertad, una vez desterrada la opresión y otros obstáculos, debe conducir necesariamente al Reino de la Verdad y la Bondad, a «un Elíseo creado por la razón y agraciado de los más puros goces conocidos por su amor a la humanidad» en palabras de la última frase del Esbozo de un cuadro histórico del progreso de la mente humana, de Condorcet.

Deliberadamente he simplificado en exceso este importante mito, que también puede formularse así: «Nadie que se enfrente a la verdad puede dejar de reconocerla». Quiero denominar a ésta «la teoría del optimismo racionalista». En realidad, se trata de una teoría que comparte la Ilustración con la mayoría de sus herederos políticos y sus mentores intelectuales. Al igual que el mito de la vox populi, es otro mito de voz unánime. Si la humanidad es un Ser al que debemos culto, la voz unánime de la humanidad ha de considerarse su autoridad última. Pero hemos aprendido que esto es un mito, y hemos aprendido a desconfiar de la unanimidad.

Una reacción a este mito racionalista y optimista es la versión romántica de la teoría de la vox populi, la doctrina de la autoridad y singularidad de la voluntad popular, de la volante genérale, del espíritu del pueblo, del genio de la nación, del espíritu de grupo o del instinto de la sangre. No tengo que reiterar aquí la crítica que formularon Kant y otros autores -entre ellos, yo mismo- a estas doctrinas de la aprehensión irracional de la verdad, que culminan en la doctrina hegeliana de la astucia de la razón que utiliza nuestras pasiones como instrumentos para la aprehensión instintiva o intuitiva de la verdad; y que hace imposible que el pueblo se equivoque, especialmente si éste sigue sus pasiones en vez de su razón.

Una variante importante y aún muy influyente del mito es la que puede denominarse el mito del progreso de la opinión pública, que es el mito de la opinión pública del liberal decimonónico. Puede ilustrarse con una cita del Phineas Finn de Anthony Trollope, obra sobre la que ha llamado la atención el profesor E.H. Gombrich. Trollope describe el destino de una moción parlamentaria en favor de los derechos de los arrendatarios agrícolas irlandeses. Se instaura una división de opiniones, y el ministro es derrotado por una mayoría de veintitrés votos. «Y ahora -dice mr. Monk, Presidente del Gobierno- la pena es que no es- tamos ni una pizca más cerca de los derechos de los arrendatarios agrícolas de lo que estábamos antes.»

«Pero sí lo estamos.» «En un sentido, sí. Este debate y esta mayoría harán pensar a la gente. Pero no; "pensar" es una palabra demasiado elevada; por regla general, la gente no piensa. Pero le hará pensar que tiene algo de razón. Muchas personas que antes consideraban quimérica la legislación sobre este asunto, pensarán ahora que sólo es peligrosa, o quizá simplemente difícil. Y así, con el tiempo, pasará a considerarse algo posible, y luego algo probable; y así, finalmente, se considerara en la lista de las pocas medidas que el país precisa como algo absolutamente necesario. Ésta es la manera en que se forma la opinión pública.»«No ha sido una pérdida de tiempo -dijo Phineas- haber dado el primer paso para formarla.» «El primer gran paso lo dieron hace mucho -dijo mr. Monk- los hombres que fueron considerados demagogos revolucionarios, casi traidores, por darlo. Pero es una gran cosa dar cualquier paso que nos lleve hacia delante.»

La teoría aquí expuesta por el miembro liberal-radical del Parlamento, mr. Monk, quizá puede denominarse una teoría de la vanguardia de la opinión pública, o la teoría del liderazgo de los adelantados. Es la teoría de que existen líderes o creadores de opinión pública que, mediante libros o folletos y cartas al Times, o bien mediante discursos y mociones parlamentarias, consiguen que algunas ideas sean rechazadas primero, luego debatidas y finalmente aceptadas. Aquí se concibe la opinión pública como una especie de respuesta pública a las ideas y esfuerzos de aquellos aristócratas de la mente que crean nuevos pensamientos, ideas y argumentos. Se concibe como un proceso lento, algo pasivo y por naturaleza conservador, pero que sin embargo es capaz de discernir intuitivamente, a la postre, la verdad de las pretensiones de los reformadores, como arbitraje lento, pero definitivo y de autoridad, de los debates de la élite. Sin duda, ésta es otra forma de nuestro mito, por mucho que, a primera vista, pueda parecer que gran parte de nuestra realidad inglesa se ajusta a él.

Indudablemente, las pretensiones de los reformadores a menudo han prosperado exactamente de esta forma. Pero, ¿sólo prosperan las exigencias válidas? Tiendo a creer que, en Gran Bretaña, no es tanto la verdad de una afirmación o la sensatez de una propuesta lo que hace probable que una política goce del apoyo de la opinión pública, como la sensación de que se está cometiendo una injusticia que puede y debe rectificarse. Lo que describe Trollope es la característica sensibilidad moral de la opinión pública, y la forma en que a menudo se ha suscitado, al menos en el pasado; su intuición de la injusticia más que su intuición de la verdad de hecho. Es discutible en qué medida es aplicable a otros países la descripción de Trollope; y sería peligroso suponer que incluso en Gran Bretaña la opinión pública seguirá siendo tan sensible como en el pasado.

II. LOS PELIGROS DE LA OPINIÓN PÚBLICA

La opinión pública (sea cual fuere) es muy poderosa. Puede cambiar gobiernos, incluso gobiernos no democráticos. Los liberales deben contemplar semejante grado de poder con cierta dosis de sospecha.

Gracias a su anonimato, la opinión pública es una forma irresponsable de poder y, por ello, particularmente peligrosa desde el punto de vista liberal (ejemplo: los obstáculos por razón del color de la piel y otros problemas raciales). El remedio en una dirección es obvio: al reducir al mínimo el poder del Estado, se reducirá el peligro de la influencia de la opinión pública, que se ejerce a través del Estado. Pero esto no garantiza la libertad de la conducta y el pensamiento individual de la presión directa ejercida por la opinión pública. En este aspecto, el individuo necesita la poderosa protección del Estado. Estos requisitos contrapuestos pueden reconciliarse, al menos parcialmente, con un cierto tipo de tradición.

La doctrina de que la opinión pública no es irresponsable, sino de algún modo «responsable ante sí misma» -en el sentido de que sus errores tienen consecuencias que caen sobre el público que defiende la opinión equivocada- es otra forma del mito colectivista de la opinión pública: la propaganda equivocada de un grupo de ciudadanos puede perjudicar fácilmente a otro grupo.

III. LOS PRINCIPIOS LIBERALES: UN GRUPO DE TESIS

1. El Estado es un mal necesario: sus poderes no deben multiplicarse más allá de lo necesario. Podría llamarse a este principio la navaja liberal (en analogía con la navaja de Ockham, es decir, el famoso principio de que no se deben multiplicar las entidades o esencias más de lo necesario).

Para demostrar la necesidad del Estado no apelo a la concepción del hombre sustentada por Hobbes: homo-homini-lupus. Por el contrario, puede demostrarse su necesidad aun si suponemos que homo homini felis, es decir, aun si suponemos que -debido a su amabilidad o su angélica bondad- nadie perjudica nunca a nadie. Aun en un mundo semejante habría hombres débiles y fuertes, y los más débiles no tendrían ningún derecho legal a ser tolerados por los más fuertes, sino que tendrían que agradecerles su bondad al tolerarlos. Quienes (fuertes o débiles) piensen que éste es un estado de cosas satisfactorio y que toda persona debe tener derecho a vivir y el derecho a ser protegido contra el poder del fuerte, estará de acuerdo en que necesitamos un Estado que proteja los derechos de todos.

Es fácil comprender que el Estado es un peligro constante o (como me he aventurado a llamarlo) un mal, aunque necesario. Pues para que el Estado pueda cumplir su función, debe tener más poder que cualquier ciudadano privado o cualquier corporación pública; y aunque podamos crear instituciones en las que se reduzca al mínimo el peligro del mal uso de esos poderes, nunca podremos eliminar completamente el peligro. Por el contrario, parece que la mayoría de los hombres tendrán siempre que pagar por la protección del Estado, no sólo en forma de impuestos, sino hasta bajo la forma de la humillación sufrida, por ejemplo, a manos de funcionarios prepotentes. De lo que se trata es de no pagar demasiado por ello.

2. La diferencia entre una democracia y una tiranía es que en la primera es posible sacarse de encima el gobierno sin derramamiento de sangre; en una tiranía, eso no es posible.

3. La democracia como tal no puede conferir beneficios al ciudadano, y no debe esperarse que lo haga; los únicos que han de actuar son los ciudadanos de una democracia (incluidos, por supuesto, los ciudadanos que integran el gobierno). La democracia no proporciona más que la armazón en la cual los ciudadanos pueden actuar de una manera más o menos organizada y coherente).

4. Somos demócratas no porque la mayoría siempre tenga razón, sino porque las tradiciones democráticas son las menos malas que conocemos. Si la mayoría (o la «opinión pública») se decide en favor de la tiranía, un demócrata no tiene que suponer que por ello se ha puesto de manifiesto una incongruencia fatal en sus opiniones. Más bien debe comprender que la tradición democrática no es lo suficientemente fuerte en su país.

5. Las instituciones solas nunca son suficientes si no están atemperadas por las tradiciones. Las instituciones son siempre ambivalentes en el sentido de que, a falta de una tradición fuerte, también pueden servir al propósito opuesto al que estaban destinadas a servir. Por ejemplo, se supone que una oposición parlamentaria debe impedir, hablando en términos generales, que la mayoría robe el dinero de los contribuyentes. Pero recuerdo bien un turbio asunto que se dio en un país del sudeste de Europa que ilustra la ambivalencia de esta institución: en ese país, la oposición compartió el botín con la mayoría.

Resumiendo: las tradiciones son necesarias para establecer una especie de vínculo entre las instituciones y las intenciones y evaluaciones de las personas individuales.

6. Una utopía liberal -esto es, un Estado racionalmente diseñado a partir de una tabula rasa sin tradiciones- es algo imposible. Pues el principio liberal exige que las limitaciones a la libertad de cada uno que hace necesaria la vida social deben ser reducidas a un mínimo e igualadas en lo posible (Kant). Pero, ¿cómo aplicar a la vida real un principio a priori semejante? ¿Debemos impedir a un pianista que estudie o debemos privar a su vecino de una siesta tranquila? Todos estos problemas sólo se pueden resolver en la práctica apelando a las tradiciones y costumbre existentes y a un tradicional sentido de justicia; al derecho común, como se llama en Gran Bretaña, y a la apreciación equitativa de un juez imparcial. Por ser principios universales, todas las leyes han de interpretarse de forma que puedan ser aplicadas; y una interpretación requiere algunos principios de práctica concreta, que sólo una tradición viva puede aportar. Y esto es especialmente cierto con respecto a los principios tan abstractos y universales del liberalismo.

7. Los principios del liberalismo pueden considerar (al menos en la actualidad) principios para evaluar -y, si es preciso, modificar o cambiar- las instituciones existentes, en vez de sustituirlas. También se puede expresar esto diciendo que el liberalismo es un credo evolutivo más que revolucionario (a menos que se enfrente a un régimen tiránico).

8. Entre las tradiciones que debemos considerar más importantes está la que podríamos llamar el «marco moral» (correspondiente al «marco legal» institucional de una sociedad). Este marco contiene el sentido tradicional de la justicia o la equidad de una sociedad, o el grado de sensibilidad moral que ha alcanzado. Este marco moral sirve de base que hace posible alcanzar un compromiso justo o equitativo entre intereses en conflicto cuando es necesario. Por supuesto, no es inmutable, pero cambia comparativamente a ritmo lento. No hay nada más peligroso que la destrucción de este marco tradicional, como se propuso hacer el nazismo. Su destrucción conduce, finalmente, al cinismo y el nihilismo, es decir, al desprecio y la disolución de todos los valores humanos.

IV. LA TEORÍA LIBERAL DE LA LIBRE DISCUSIÓN

La libertad de pensamiento y la libre discusión son valores liberales supremos que en realidad no necesitan ulterior justificación. Sin embargo, también pueden justificarse pragmáticamente sobre la base del papel que desempeñan en la búsqueda de la verdad.

La verdad no es manifiesta, y no es fácil llegar a ella. La búsqueda de la verdad exige, al menos,

a) imaginación
b) ensayo y error
c) el descubrimiento gradual de nuestros prejuicios mediante
a), b) y la discusión crítica.

La tradición racionalista occidental, que deriva de los griegos, es la tradición de la discusión crítica, del examen y la comprobación de proposiciones o teorías mediante intentos de refutación. No hay que confundir este método racional con un método de prueba, es decir, con un método para establecer definitivamente la verdad; tampoco es un método que asegure siempre el acuerdo. Su valor está, más bien, en el hecho de que todos los participantes en una discusión cambiarán de opinión en cierta medida, y se separarán siendo un poco más sabios que antes.

A menudo se afirma que la discusión sólo es posible entre personas que tienen un lenguaje común y que aceptan suposiciones básicas comunes. Creo que esto es un error. Todo lo que se necesita es la disposición a aprender del interlocutor en la discusión, lo cual incluye un genuino deseo de comprender lo que éste quiere decir. Si existe esta disposición, la discusión será tanto más fructífera cuanto mayor sea la diferencia de los puntos de partida de los interlocutores. Así, el valor de una discusión depende en gran medida de la variedad de las opiniones rivales. Si no hubiera habido una Torre de Babel, deberíamos inventarla. El liberal no sueña con un perfecto acuerdo en las opiniones; sólo desea la mutua fertilización de las opiniones y el consiguiente desarrollo de las ideas. Aun cuando resolvamos un problema con universal satisfacción, al resolverlo creamos muchos nuevos problemas acerca de los cuales es probable que discrepemos. Y esto no debe lamentarse.

Aunque la búsqueda de la verdad por medio de la discusión racional es un asunto público, a partir de ella no se forma la opinión pública (sea cual fuere). Aunque la opinión pública pueda recibir la influencia de la ciencia y pueda juzgar a ésta, no es el producto de la discusión científica.
Pero la tradición de la discusión racional crea, en el campo político, la tradición de gobernar mediante la discusión y, con ella, el hábito de escuchar el punto de vista del otro, el desarrollo del sentido de la justicia y la predisposición al compromiso.

Por lo tanto, lo que esperamos es que la tradiciones, al cambiar y desarrollarse bajo la influencia de la discusión crítica y en respuesta al desafío que suponen los nuevos problemas, puedan reemplazar a gran parte de lo que se llama habitualmente la «opinión pública» y asuman las funciones que se supone cumple ésta.

V. LAS FORMAS DE LA OPINIÓN PÚBLICA

Hay dos formas principales de opinión pública: la institucionalizada y la no institucionalizada.
Ejemplos de instituciones que sirven a la opinión pública (o influyen sobre ésta): la prensa (inclusive las Cartas al Director); los partidos políticos, sociedades como la Sociedad Mont Pélerin, las universidades, las editoriales, la radiodifusión, el teatro, el cine y la televisión.

Ejemplos de opinión pública no institucionalizada: lo que la gente comenta en los trenes y otros lugares públicos acerca de los «hombres de color»; o lo que las personas se dicen alrededor de una mesa de comedor (esto puede incluso llegar a institucionalizarse).

VI. ALGUNOS PROBLEMAS PRÁCTICOS: LA CENSURA Y LOS MONOPOLIOS DE LA PUBLICIDAD

En esta sección no ofrecemos tesis, sino sólo problemas. ¿Hasta qué punto la lucha contra la censura depende de una tradición de censura autoimpuesta?

¿Hasta qué punto los monopolios editoriales establecen una especie de censura? ¿En qué medida tienen los pensadores líber para publicar sus ideas? ¿Puede haber una completa libertad para publicar? Y ¿debe haber una total libertad para publicar cualquier cosa?

La influencia y la responsabilidad de la intelligentsia: a) sobre la difusión de las ideas (ejemplo: el socialismo); b) sobre la aceptación de modas a menudo tiránicas (ejemplo: el arte abstracto).

La libertad de las universidades: a) la interferencia del Estado; b) la interferencia privada; c) la interferencia en nombre de -a opinión pública.

La administración (o la planificación) de la opinión pública. Los «funcionarios de relaciones públicas».

El problema de la propaganda en favor de la crueldad en los periódicos (en especial en los cómics), el cine, etc.

El problema del gusto. Estandarización y nivelación.

El problema de la propaganda y la publicidad versus la difusión de la información.

VII. UNA BREVE LISTA DE EJEMPLOS POLÍTICOS

La siguiente lista contiene casos dignos de un minucioso análisis:

1. El plan Hoare-Laval y su derrota por el poco razonable entusiasmo moral de la opinión pública.
2. La abdicación de Eduardo VIII.
3. Munich.
4. La rendición incondicional.
5. El caso Crichel-Down.
6. El hábito inglés de aceptar las situaciones de penuria sin quejarse.

Esta entidad intangible y vaga llamada opinión pública revela a veces una sagacidad sin rebuscamiento o, más a menudo, una sensibilidad moral superior a la del gobierno. Sin embarga, constituye un peligro para la libertad si no está moderada por una fuerte tradición liberal. Es peligrosa como árbitro del gusto e inaceptable como arbitro de la verdad. Pero a veces puede asumir el papel de un ilustrado árbitro de la justicia (ejemplo: la liberación de los esclavos en las colonias británicas). Desgraciadamente, puede ser «administrada». Sólo se pueden contrarrestar estos peligros reforzando la tradición liberal.

Hay que distinguir la opinión pública de la publicidad de la discusión libre y crítica que es (o debería ser) la norma en la ciencia, y que incluye la discusión de problemas relativos a la justicia y otras cuestiones morales. La opinión pública recibe la influencia de discusiones de este tipo, pero no es el resultado de éstas ni está bajo su control. Su benefactora influencia será tanto mayor cuanto más honradas, simples y claras sean tales discusiones.

Karl R. Popper


sábado, 27 de diciembre de 2008

¡Que pena!



No se sabe si reír o llorar.

viernes, 26 de diciembre de 2008

Viernes de Recomendación


En este último viernes de recomendación del año 2008, en ASOJOD queremos ofrecerles un artículo sobre el Círculo de Viena, un grupo de pensadores que tuvo gran influencia en la Filosofía y la Ciencia del siglo XX.

jueves, 25 de diciembre de 2008

La América amoral


Treinta y tres países de América Latina y el Caribe se reunieron en Sauípe, Brasil, para discutir y estimular la integración latinoamericana. Los convocaba Lula da Silva, con su enorme prestigio nacional e internacional. Deliberadamente, excluyeron a Estados Unidos y Canadá, lo que dejaba a Brasil como la gran potencia regional. Ese es el regalo de despedida que Lula quiere hacerle a su pueblo: el liderazgo del subcontinente.

En principio, parece una meta positiva y no hay nada censurable en vetar la presencia de las potencias anglosajonas, pero es ingenuo esperar grandes logros de ese esfuerzo diplomático. No es verdad que la economía de escala soluciona los problemas de la pobreza. China y la India tenían los dos mayores mercados potenciales del planeta y hasta hace muy poco eran dos de las naciones más miserables del mundo. ¿Cuándo comenzó a cambiar ese triste panorama? Cuando fueron capaces de crear empresas eficientes y competitivas que producían bienes o servicios con gran valor agregado. La clave no está en las dimensiones del mercado sino en la calidad de la oferta.


Tampoco es verdad, como supone el presidente ecuatoriano Rafael Correa, que eso se hubiera podido lograr mejor con una común divisa latinoamericana, con bancos regionales de desarrollo que gestionen el ahorro colectivo y con organismos supranacionales como el ALBA que coordinen el comercio internacional. Eso fue el rublo cuando existía la URSS, eso fue el CAME que conciliaba los intercambios comerciales en el llamado ''bloque del Este'', en lugar de estimular la competencia, y ya sabemos el cuadro de atraso y pobreza que caracterizaba al ''fraterno bloque socialista''. Correa, que se formó como economista, tal vez posee una vaga idea sobre cómo se distribuye la riqueza, pero ignora totalmente cómo se crea.

El dólar, el euro, el yen, la libra esterlina, el franco suizo, son divisas internacionales porque, aún en épocas de crisis, como sucede hoy, los Estados que las emiten son estables, se respetan los derechos de propiedad, y cuentan como respaldo tangible con un poderoso aparato productivo moderno e innovador. ¿Por qué tener confianza en la moneda de naciones que repudian arbitrariamente la deuda externa e incumplen sus compromisos cada vez que les viene en gana? Chile, por ejemplo, Costa Rica o Uruguay, que son países razonablemente gestionados, cometerían la peor locura si entregaran su destino económico a una burocracia regional administrada por representantes de gobiernos terriblemente corruptos, como son casi todos los de América Latina, de acuerdo con los espeluznantes informes de Transparencia Internacional. ¿Se imagina el lector lo que sería un banco continental emisor de moneda bajo la dirección, por ejemplo, de Néstor Kirchner?


Pero, al margen de los delirios integracionistas, hay algo mucho más grave en la Cumbre de Sauípe: la absoluta ausencia de requisitos éticos. Ahí estaba, dando gritos, el señor Daniel Ortega, culpable de tantas cosas feas en su lamentable pasado, que acaba de robarse descaradamente unas elecciones en Nicaragua. Ahí estaba, como una de las estrellas, el pintoresco Hugo Chávez, que intenta fraudulentamente perpetuarse en el poder mientras encabeza la peor cleptocracia que ha padecido ese pobre país. Y ahí estaba, como gran invitado, el general Raúl Castro, hoy presidente de la más larga y empobrecedora dictadura de la historia latinoamericana. Nadie, por supuesto, les hizo la menor crítica: los aplaudieron como si se tratara de honorables representantes de sus pueblos. Era la vieja tradición latinoamericana de complacencia con el delito e indiferencia ante el dolor de las víctimas: todos festejaban o callaban.

En la Cumbre se invocó el ejemplo de la Unión Europea: ¿qué tiene que ver esa América amoral que no defiende la libertad ni la decencia, con una unión de países que, para pertenecer a ella, pone como requisito el comportamiento democrático, el respeto por los derechos humanos, la subordinación de todos al imperio de la ley y la sensatez y la honradez en las labores de gobierno? Mientras las élites políticas latinoamericanas no entiendan que el objeto fundamental de los gobiernos democráticos debe ser luchar por mantener las libertades y garantizar la dignidad de las personas, no sólo van a fracasar en el terreno administrativo, sino que, además, van a continuar provocando en los ciudadanos el desprecio más rotundo y las actitudes más cínicas. Por eso estamos como estamos.

Carlos Alberto Montaner

miércoles, 24 de diciembre de 2008

¿Falló el capitalismo?

Capitalismo es el respeto a la propiedad privada y la libertad de acción. Debido a la crisis económica actual, se han escrito muchos artículos cuestionando al capitalismo como sistema sostenible para crear bienestar. Se ilustra con el ejemplo de la situación actual en los Estados Unidos. Veamos si allí existía capitalismo; analicemos algunos sectores.

El financiero. El Community Reinvestment Act originado en la época de Jimmy Carter manda a los bancos otorgar un porcentaje de sus préstamos de vivienda a personas de bajos ingresos. Sumado a eso, otras leyes mandan a Fannie Mae y Freddie Mac, organizaciones cuasigubernamentales, comprar paquetes de hipotecas que luego revendían para realimentar al sistema hipotecario. Incluidos en esos paquetes estaban los préstamos subprime .

Adicionalmente, las empresas financieras operan bajo la reciente nueva ley de expresar los estados financieros revaluados a valor de mercado en vez de a valor de adquisición, como se hacía tradicionalmente. Esto amplificó pérdidas no realizadas que obligaron a colocar más reservas y crearon desconfianza. Todo lo anterior alimentado por una política monetaria expansiva aumentando la oferta de moneda para mantener bajas tasas de interés que estimularon niveles de apalancamiento y toma de riesgos que no se hubiesen tomado con la existencia de tasas más altas. El Banco de La Reserva es una organización federal innecesaria que en balance ha tenido efecto negativo en generar inflación y desempleo. Antes de la Fed, creada en 1913, la economía se desarrollaba satisfactoriamente.

El de salud. Diferenciación en el tratamiento impositivo dado a quien compra la póliza de salud crea un divorcio entre el que paga por el servicio y el que lo recibe. La diferenciación impositiva fue creada posterior a la Segunda Guerra pues el Gobierno congeló los salarios y las empresas solo podían competir por empleados ofreciendo beneficios adicionales. Si la empresa paga la póliza, el gasto es deducible; si un individuo la paga, no lo es.

Esta interferencia ha creado un sistema de salud sin control de costos por parte del usuario final. Adicionalmente, cada estado de la Unión tiene mandatos que establecen los beneficios que las pólizas que se venden en ese estado deben ofrecer, lo cual encarece las pólizas.

Además existen regulaciones federales que no permiten que aquellos que viven en un estado compren seguro vendido por un proveedor de otro estado.

El de automóviles. Por supuesto que siempre se podrán señalar empresas mal administradas. El mercado las castiga y la libre competencia las sustituye con otras más eficientes que producen los productos que los consumidores demandan. Algo de eso ha sucedido en el sector automovilístico norteamericano donde los gerentes no han puesto en su lugar a los sindicatos al punto que una hora de trabajo de un empleado “cuello azul” cuesta $ 73.

Sin embargo, además de lo anterior, los mandatos de las leyes federales CAFE (Corporate Average Fuel Economy) que obligan a millajes mínimos por galón de la flota han tenido un efecto determinante en obtener rentabilidades negativas.

Estos mandatos han obligado a las empresas a producir automóviles pequeños, livianos, que el consumidor no quiere y que solo se pueden vender a pérdida.

El energético. Mandatos de producción de etanol causaron el aumento de precios de alimentos. Interferencias con exploración y extracción de combustibles fósiles generaron altos precios de petróleo. Mandatos contra energía nuclear impidieron desarrollo de fuentes alternas. Altos precios disminuyen consumo y provocan recesión.

Dentro del aumento de la participación gubernamental, los anteriores pocos ejemplos ilustran la ausencia de capitalismo en EUA. En 1900 la participación de los gobiernos federales y estatales era el 7 % del PTB. Para 1950 la cifra ya era del 22%; en el 2007 fue 32%. Actualmente el 53% de los norteamericanos reciben alguna forma de subsidio o transferencia de pago.

El presidente electo Obama indica que va a aumentar los gastos directos del Gobierno, los subsidios y las regulaciones. La reacción natural es que cuando hay un problema, debemos hacer algo. Más bien deberíamos preguntarnos si anteriormente haber hecho algo creó el problema.

Parafraseando a Reagan, existen dos criterios: los que creen que el Estado es la solución, o los que creemos que el Estado es el problema.

Hermógenes Moreno

martes, 23 de diciembre de 2008

Por unas fronteras abiertas

Las migraciones son un fenómeno tan antiguo como la humanidad, hasta tal punto que se podría afirmar que forman parte de la propia naturaleza humana. Desde siempre, el hombre se ha desplazado en un afán de mejorar su vida, ya sea en grupos ya sea de manera individual. De hecho, en el ser humano era nómada en los primeros estadios de su desarrollo, lo que supone quizá el grado máximo del migrante al suponer un constante cambio geográfico a lo largo de la vida de una persona. En la mayor parte de los casos los motivos han sido y son económicos, pero no siempre es así. También ha habido y hay quien cambia de país de residencia en el afán de conseguir un nuevo hogar donde poder desarrollarse según sus propios valores o donde gozar de un mayor respeto a sus derechos.

En la actualidad el fenómeno migratorio ha alcanzado unos niveles en números absolutos mayores que en ninguna otra época. Los motivos son diversos. Nunca antes habían habitado tantos seres humanos sobre la tierra, lo que aumenta la cantidad de potenciales migrantes. Los medios de transportes son más veloces, cómodos y baratos que en cualquier momento del pasado. Si hace tan sólo un siglo cruzar de Europa a América (la ruta entonces habitual) suponía semanas de travesía en barcos mal acondicionados y con billetes caros, hoy en día el viaje en sentido contrario implica tan sólo unas horas de vuelo en cómodos y modernos aviones y a un precio proporcionalmente inferior al que pagaban españoles, alemanes, italianos o irlandeses por llegar a Argentina o Estados Unidos. Hay excepciones, no obstante, a esta norma de "más barato, corto y cómodo", sobre todo en lo que se refiere a los africanos.

Otro motivo que conduce al incremento de la inmigración es la diferencia de niveles de vida entre países, tal vez mayor que nunca antes en la historia, lo que supone un incentivo para emigrar. Esto no se debe al lugar común de que "los pobres son cada vez más pobres". No hay unos niveles de miseria que no haya conocido la humanidad en el pasado. Sin embargo, en amplias regiones del mundo (Norteamérica, Europa occidental y Sudeste Asiático, sobre todo) la mejoría ha sido mayor que en el resto del mundo y la diferencia se ha incrementado.

Y es este mundo rico el que trata de poner coto a la inmigración, al tiempo que la incentiva. Los gobiernos de los estados más desarrollados invierten cada vez mayores cantidades de dinero (procedente de los impuestos que pagan los ciudadanos) en sistemas que tratan de impedir la entrada de personas procedentes de otros países. Imponen asimismo visados para disminuir la cantidad de hombres y mujeres que cruzan legalmente las fronteras como turistas para después pasar a la categoría de irregulares o establecen moratorias como la que impide a rumanos y búlgaros establecerse en los demás países de la Unión Europea en igualdad de condiciones con el resto de los ciudadanos europeos.

Sin embargo, nada de esto logra frenar la inmigración. El motivo es que los mismos estados que ponen todas estas trabas son los que no cejan en su empeño de frenar el crecimiento económico de los países de origen de los inmigrantes. En un intento de proteger la "propia" industria y la agricultura, los gobiernos de la Unión Europea, Estados Unidos y otros países subvencionan al campo, así como otros bienes y servicios producidos dentro de sus fronteras, al tiempo que a la producción externa le imponen altísimos aranceles. Esto no sólo obliga a los locales pagar precios artificialmente elevados (lo que supone un freno a la economía de estos lugares), sino que además impide que se enriquezca el resto del mundo. Quien no puede vender su producción a otros, con independencia de que estos estén a cientos o miles de kilómetros, termina por no mejorar su nivel de vida o incluso se empobrece más. Y ante esta tesitura la emigración se transforma en la vía más factible de mejorar la situación personal.

Por muchas trabas que se traten de poner o por muy alto que llegue a ser el nivel de vida en todo el mundo, siempre habrá migraciones y es un fenómeno que no para de crecer. La única política realista para que estos flujos se reduzcan es el desarrollo de los países de origen, y este ha de llegar por el libre comercio. Mientras los países ricos se nieguen a permitir que las naranjas o los coches nuevos crucen las fronteras, quienes las pasarán legal o ilegalmente serán las personas. Y se trata de algo legítimo.

Es necesario, por tanto, poner fin a las trabas al comercio entre países. Los gobiernos de los países más desarrollados deben dejar de impedir que sus ciudadanos adquieran libremente bienes y servicios procedentes de las regiones del mundo más pobres. Si lo hacen, las personas de viven en ellas se enriquecerán y la emigración perderá gran parte de su atractivo para muchos. Bajarán los flujos migratorios y las fronteras podrán estar como debería ser su situación: abiertas para todo el que las quiera cruzar con el fin de hacer turismo, estudiar o quedarse a vivir. Desaparecería así la irregularidad y los cruces ilegales, que ponen en manos de mafias a miles de personas que tan sólo buscan una legítima mejora de su vida.

Antonio José Chinchetru

lunes, 22 de diciembre de 2008

Tema Polémico: el aguinaldo


Para estas vísperas de Navidad, en ASOJOD queremos reflexionar sobre un tema que todos conocen: el aguinaldo

El aguinaldo se estableció por vía legal a partir de la ley 2412, que fue reglamentada por el Decreto Ejecutivo Nº 20236-TSS, el cual manda en su artículo primero que "todos los patronos particulares cualquiera que sean sus actividades, pagaran a sus trabajadores, sin distinción alguna, un beneficio económico anual equivalente a un mes de salario completo por cada año de labores".

En ASOJOD nos oponemos al aguinaldo por dos razones principalmente: el hecho de que es un ahorro forzoso y porque crea la ilusión de ser un "regalo navideño" para el empleado.

En cuanto el primer punto, está claro que se trata de un ahorro forzoso, toda vez que el empleador no está pagando de más, sino que simplemente divide entre 13, y no entre 12, el total anual que estaba dispuesto a pagarle a un empleado. Esto provoca que, en vez de recibir un poco más de dinero cada mes, al empleado se le descuente un porcentaje de su salario para dárselo luego en diciembre (igual sucede con el famoso "ahorro escolar"). ¿Por qué en diciembre? Pues obviamente para aprovechar la temporada navideña, que es cuando más gastos tiene la gente, pero también para valerse de que hay más dinero circulando, pues en esa época, el Estado costarricense, muy astutamente, cobra el impuesto sobre la renta, el marchamo, los impuestos municipales, etc. Ahora sí que nadie puede excusarse en que no tenía dinero para pagar. Así pues, lo que sucede acá es una materialización de la metáfora de las dos manos de Bastiat: lo que con una se da, con la otra se quita.

Este engaño tiene su repercusión política-electoral: el aguinaldo, como se desprende del artículo supracitado, es algo con lo cual el patrono no puede hacer distinciones de ningún tipo: tiene que darlo indiferentemente de que el trabajador haya laborado bien o mal. Esto, evidentemente, refuerza la cultura del facilismo, la inmediatez, la no previsión y la mediocridad. ¿Para qué esforzarse más de la cuenta si al final a todos nos van a premiar igual? Definitivamente, el aguinaldo es parte de una familia de "bonificaciones" que incluyen los bonos, los subsidios, las proponas obligatorias, el salario escolar, etc. que premian al que no lo merece y mantienen al costarricense en el estado de eterno infante, impidiéndole hacerse responsable de sus propias decisiones. Pero, como poca gente hace el ejercicio mental para llegar a esta conclusión, cree que el Estado es el que le ha hecho la concesión graciosa de dinero:
así, los distintos operarios del Estado costarricense han pregonado a los cuatro vientos que los trabajadores tienen más dinero gracias a aquellos políticos solidarios y con "conciencia social", con la intención, claro está, de que tan fantástico anuncio sea recordado positivamente por los votantes en las urnas electorales.

Por eso, en ASOJOD aspiramos a un sistema más ético, donde el empleador sea libre de entregar un bono navideño a aquellos que, durante un duro año de trabajo honrado, lo merecen y de no premiar al holgazán. Con esto, se estaría ante un juego de suma positiva, donde las partes ganan: por un lado, la empresa o institución mejora la productividad y logra conseguir los objetivos planeados, al tiempo que el empleado se siente premiado y motivado por su esfuerzo. Dicho sistema también eliminaría el incentivo perverso de "ahorrar por otros", de forma tal que sea cada quién el que decide si gasta ahora todo su salario o si guarda una parte para gastos de otra índole.

Esperamos que esta feliz navidad lo haga reflexionar sobre la gran cantidad de estratagemas y engaños desarrolla nuestro "benefactor" Estado costarricense.

sábado, 20 de diciembre de 2008

Efectos de la competencia en telefonía celular


Hace unos días llegué a Panamá a visitar a mi familia. El día 14 de diciembre, decidí conseguirme el celular más barato para poder comunicarme durante mi estadía libremente. Terminó sucediendo lo siguente:

12:20 pm - Entré a la sucursal de Digicel

12:23 pm - Encontré 4 celulares de diferentes marcas, ¡todos a US$ 9.99!

12:25 pm - Escogí un Nokia 1200. Un modelo sencillo con pantalla en blanco y negro y linterna.

12:35 pm - Luego de hacer una fila de cinco personas salí con un celular con línea, un dólar de saldo para hacer llamadas y un MP3 player de 1 GB.

Hagamos la comparación con Costa Rica, en donde tantas personas todavía insisten en que la competencia no nos va a beneficiar:

Precio

El celular en Panamá me costó US$ 9.99, lo que equivale a aproximadamente a 5 500 colones. Un celular Nokia con las mismas características (Nokia 1112) cuesta en Costa Rica entre 30 000 y 35 000 colones (US$ 54 a 63). Más o menos cinco veces lo que me costó a mi aquí. Esto sin contar el MP3 player USB que venía incluido.

Además, el costo de las llamadas entre celulares de la misma red es de US$0,24 (132 colones) por los primeros dos minutos y la media hora siguente es gratis. Es decir, el minuto sale aproximadamente a 4 colones en los primeros 32 minutos de llamada. Si la llamada es a otra red (Movistar o Cable and Wireless) cada minuto cuesta US$ 0,12, pero se cobra al segundo.

Tiempo de espera

No creo que haya mucho que decir sobre esto. Como pueden ver, entre el momento en que entré a la tienda y el momento en que salí pasaron con costo 15 minutos. En Costa Rica, con suerte se duran 2 horas haciendo una fila interminable en alguna sucursal del ICE.

Antes de que Digicel entrara a Panamá, el precio por minuto de celular rondaba los US$ 0,35 a 0,45 por minuto. La competencia puede beneficar a los usuarios, pues mejora tanto los precios, como el servicio. Esperemos que tengamos una competencia efectiva en Costa Rica el año que viene, porque el ICE simplemente da un pésimo servicio.

Felipe Echandi L.

¿Hay hipocresía en la defensa de la democracia?


La decisión de la Unión Europea y Estados Unidos de suspender la ayuda exterior a Nicaragua por el aparente fraude gubernamental en las recientes elecciones municipales es una buena noticia, pero plantea una pregunta espinosa: si los países ricos no se están ensañando con la diminuta Nicaragua mientras se hacen los distraídos cuando Venezuela y otros países más grandes cometen atropellos contra las libertades democráticas.

El embajador estadounidense en Nicaragua, Robert Callaghan, anunció esta semana que Washington suspenderá unos $175 millones de ayuda externa a Nicaragua bajo la Corporación Cuenta del Milenio (CCM) si el presidente Daniel Ortega no resuelve la disputa con los partidos de oposición respecto de los resultados de la elecciones municipales del 9 de noviembre. El gobierno izquierdista de Ortega alega haber ganado en la capital, Managua, y en casi todas las otras ciudades, pero la oposición, la Iglesia Católica y organizaciones internacionales --incluyendo el Centro Carter-- tienen serias dudas sobre los resultados oficiales.

Anteriormente, la Unión Europea había suspendido alrededor de $31.7 millones en ayuda a Nicaragua, tras las denuncias de fraude en las elecciones municipales. Para Nicaragua, uno de los países más pobres del continente, la ayuda externa equivale a la mitad de los ingresos por exportaciones y es crucial para financiar los planes contra la pobreza.

Los políticos venezolanos de oposición mueven la cabeza con desconcierto cuando leen sobre las medidas económicas de la Unión Europea y Estados Unidos contra Nicaragua.

¿Por qué los países ricos no hicieron nada cuando el presidente venezolano Hugo Chávez prohibió a casi 300 políticos de la oposición --incluyendo a algunos de los más populares-- presentarse en las elecciones regionales del 23 de noviembre en Venezuela?, se preguntan. ¿O cuando el gobierno de Chávez cerró la cadena de televisión independiente RCTV?, se interrogan.

''Hay una alta dosis de hipocresía en la manera en que Estados Unidos y Europa hacen estas cosas, que perjudica su imagen'', dijo Oswaldo Alvarez Páez, un ex candidato presidencial venezolano, en una entrevista telefónica desde Caracas. ``Si Europa y Estados Unidos actúan en base a principios , deberían aplicarlos en todas las circunstancias similares''.

Los países ricos deberían usar sus compras de petróleo venezolano como herramienta para presionar a Chávez para que respete las libertades fundamentales, de la misma manera en que Chávez usa sus exportaciones de petróleo como arma política en Latinoamérica, agregó. Si la oposición venezolana gana algunas elecciones es porque a veces puede superar la enorme maquinaria de fraude del gobierno, concluyó.

En Bolivia, los políticos de la oposición denuncian que el gobierno del presidente Evo Morales cometió fraude en el referéndum nacional del 10 de agosto, y que Morales habitualmente pasa por alto las leyes en su intento de permanecer indefinidamente en el poder.

El gobierno de Bush recientemente suspendió algunas preferencias comerciales a Bolivia tras la expulsión de su embajador allí, pero Washington mantiene otros programas de ayuda en el país.

''En Bolivia hay fraude electoral'', dice Manfred Reyes Villa, ex prefecto de Cochabamba y posible candidato presidencial el año próximo. ``¿Por qué Washington toma medidas contra Nicaragua y no contra Bolivia?''

Manuel Orozco, un experto centroamericano del instituto de investigación centrista Inter-American Dialogue, con sede en Washington, afirma que Nicaragua ha sido el país latinoamericano en el que más se deterioró la democracia en el 2008, seguido por Bolivia. ''En Venezuela por lo menos los resultados de las elecciones fueron más creíbles'', señaló.

Funcionarios del gobierno norteamericano dicen que el caso de Nicaragua es diferente al de Bolivia o Venezuela.

''De los países que usted menciona, Nicaragua es el único que firmó un contrato con la Corporación Cuenta del Milenio por el cual el país se compromete a actuar en 17 áreas concretas, incluyendo el respeto a las libertades políticas'', me dijo Heide Bronke Fulton, una vocera del Departamento de Estado.

Mi opinión: En un momento en el que la mayoría de los presidentes latinoamericanos le están dando la espalda a la defensa colectiva de la democracia --apenas esta semana le dieron una bienvenida de rey en la cumbre celebrada en Brasil al gobernante militar cubano Raúl Castro, que no ha permitido una elección libre en cinco décadas--, resulta difícil no apoyar medidas para presionar a Nicaragua para que realice un recuento de votos transparente.

Pero me pregunto si Washington y los países europeos no están exigiendo elecciones limpias en países chicos, mientras que aceptan ''fraudes tolerables'' en países más grandes.

Espero que el gobierno de Barack Obama logre inspirar a la región para que vuelva a abrazar la defensa colectiva de la democracia, bajo los términos de la Carta Interamericana del 2001, sin excepciones, y en el marco de organizaciones internacionales. Si Estados Unidos y Europa son vistos como potencias que sólo exigen la democracia a los países más chiquitos, nadie los tomará muy en serio

Andrés Oppenheimer

viernes, 19 de diciembre de 2008

Viernes de recomendación


No es común escuchar que alguien utilice el término "liberal" en la manera en que fue concebido. Hoy casi siempre lo escuchamos como parte de expresiones como "neo-liberalismo" o "liberalismo social". Por esta razón, hoy hemos decidido recomendar el artículo "Notas sobre el liberalismo clásico" de Ezequiel Gallo, quien intenta brevemente aclarar la confusión que se ha generado en el uso del término "liberal"

jueves, 18 de diciembre de 2008

Books Reviews


Este día ASOJOD quisiera recomendarles dos libros muy interesantes. Estos son Theory and History: An Interpretation of Social and Economic Evolution y Epistemological Problems of Economics. Ambos fueron escritos por Ludwig von Mises, el primero publicado en los 50 y el segundo en los 60.

Theory and History representa una sinopsis interesante del pensamiento de von Mises en varios temas relacionados con las ciencias sociales. En el libro va externalizando la necesidad que existe en tener dos metodologías para el conocimiento humano, una para las ciencias naturales y otra para las ciencias sociales, liderada esta última por la praexeología. A su vez, va haciendo una crítica a otras metodologías en ciencias sociales como el marxismo, el historicismo y el materialismo. Por último, von Mises escribe sobre cual cree será el futuro de las ideas liberales por lo que resulta interesante compararlo con lo que realmente sucedió.

Epistemological Problems of Economics son una serie de artículos que von Mises escribió entre 1929 y 1932 donde busca justificar la praexología, para ese entonces, todavía la consideraba como parte de la sociología por lo que el nombre no aparece hasta más adelante en su vida cuando ve la necesidad de separarla de la sociología. A su vez, se refiere a la influencia que recibió de varios pensadores como Menger y Weber, sin embargo, también señala en que discrepa con ellos. Por último, el prólogo constituye una buena introducción histórica a la disputa conocida como los Methodenstreit y sobre el pensamiento social de la época.

miércoles, 17 de diciembre de 2008

El poder y el delirio: todos a las balsas


Enrique Krauze es un especialista en caudillos. Krauze es un gran historiador mexicano que ha puesto bajo la lupa a estas peculiares criaturas. ''Hay gente pa'tó'', decía el torero. Pudo darle por las arañas o los escorpiones, pero le dio por los caudillos. Y es bueno que así sea. El caudillismo es una patología endémica en América Latina y entenderla es una manera de tratar de evitarla o, al menos, de aprender a sobrevivirla, aunque hasta ahora no se conoce otra cura que salir corriendo hacia las balsas al primer síntoma de que ha llegado un tipo a salvarnos.

Prácticamente todos los países de este pobre mundillo nuestro latinoamericano han padecido a los caudillos. Son esos tipos palabreros y carismáticos, tuteadores de Dios, que cuando estamos en crisis se encaraman en una tribuna, seducen a las masas, se apoderan de la casa de gobierno, hacen trizas las instituciones, agotan el tesoro, nos endeudan hasta las orejas, se declaran indispensables, se eternizan en el poder y, como no se están quietos, y están llenos de iniciativas extravagantes, agravan hasta la locura todos los problemas que existían antes de la aparición de ellos en un carro de fuego.

En el siglo XX los dos caudillos más emblemáticos y pintorescos de América Latina han sido el argentino Perón y el cubano Fidel Castro. Perón murió en 1973, pero como el peronismo tiene algo de tablero de Ouija, Perón sigue dando guerra por medio de una variopinta descendencia ideológica que incluye gente de rompe y rasga a la derecha de Gengis Khan y a la izquierda de Lenin. Fidel Castro no ha conseguido morirse todavía, pero lo ensaya tesoneramente desde el verano de 2006, cuando se le amotinaron en los intestinos unos divertículos al servicio de la CIA que lo han dejado flaquito y turulato, como esos viejitos locos que uno ve riéndose y hablando solos en todos los pueblos españoles.

Hugo Chávez, en fin, es hijo de Fidel Castro y nieto de Juan Domingo Perón. Enrique Krauze acaba de filiarlo con total precisión en un brillante libro que, desde ya, se convierte en lectura indispensable para todo aquel que se empeñe en la ingrata tarea de tratar de comprender a la América Latina de nuestro tiempo. La obra se llama El poder y el delirio, la publicó Tusquets en España, y es un estudio a fondo de Venezuela y de Hugo Chávez, lo que inevitablemente precipitó a su autor a mezclar la historiografía con el ensayo, el periodismo, la entrevista y el psicoanálisis, porque sólo así, con una mirada poliédrica, como de mosca, se puede abordar de manera inteligible un drama tan complejo e irracional como el venezolano.

El asunto es muy importante. Aunque Hugo Chávez es un personajillo de cuarta categoría, una especie de Idi Amin Dada de Sabaneta, conecta muy bien con una amplia zona de América Latina que pertenece a esa misma liga --la del populismo mágico que compra y vende conciencias con dinero público, hasta que las conciencias y el dinero se acaban--, y a base de petrodólares está creando su imperio ideológico a una sorprendente velocidad. A diferencia de su padre Fidel, que en enero cumplirá cincuenta años al frente del negocio de mandar, en su larga vida de tirano intervencionista sólo pudo colonizar a Nicaragua, y apenas durante una década, Chávez ya cuenta con Bolivia, Ecuador y Nicaragua bis, mientras se afila los dientes ante el probable triunfo del chavismo en El Salvador dentro de pocos meses.

¿A dónde irá a parar este fenómeno? Descartarlo porque es una cosa disparatada no parece sensato. Mussolini y Hitler, bien mirados, eran también un par de payasos intoxicados con las más absurdas teorías y eso no les impidió seducir a las muchedumbres y organizar el peor matadero de la historia. Hay países, hasta ahora, que parecen inmunes al chavismo (Chile, Costa Rica, Panamá, Uruguay, Colombia, tal vez México, en general los que el embajador norteamericano Manuel Rocha llama ``América Uno''), pero el resto del continente puede sucumbir a esta enfermedad y arruinar con ello a un par de generaciones tontilocas. Francamente, no es mucho lo que puede hacerse. Por lo pronto, sentarse a leer cuidadosamente El poder y el delirio, cruzar los dedos de que no nos toque, e ir fabricando una balsa, que fue lo que se le ocurrió al avispado Noé cuando se olió que iba a comenzar a llover.

Carlos Alberto Montaner