A todos nos gusta hablar de regulación, como si esta fuera la gran panacea. Pero la disparidad entre los costos totales y los que recaen sobre los reguladores es muy significativa. Los costos asumidos por el gobierno son solamente cerca del 2 por ciento de los costos de cumplimiento en los Estados Unidos, por ejemplo, y serían un porcentaje aun menor de los costos totales de regulación si se incluyeran los costos invisibles. Por eso, en cuanto se refiere al gobierno y a las agencias gubernamentales, la mayor parte de los costos es “externa” (esto es, recae sobre otros); éste más que cualquier otro factor parece explicar el ímpetu detrás del crecimiento de las regulaciones.
En verdad los argumentos utilizados por la mayoría de economistas para introducir regulaciones pueden ser dados vuelta fácilmente. Su argumento es que existen “externalidades” que los mercados no tomarán en cuenta, por ello el gobierno debe intervenir para asegurar que todo costo y beneficio externo sea tenido en cuenta. Pero, en la práctica, la introducción de regulaciones crea nuevas externalidades. Costos que habrían sido “internos” (y por lo tanto tomados en cuenta por quienes toman decisiones) no son soportados por los reguladores y, por lo tanto, no importa cuán bien intencionados estén, estos costos se convierten en externalidades.
En estas circunstancias, con la mayor parte de los costos de regulación no recayendo sobre quienes regulan, la cantidad de regulación crece más allá de su nivel “eficiente” –que sería cuando se extendió hasta el punto justo en el cual el costo de una regulación adicional excede sus beneficios. En otras palabras, el Estado sobre regula, pero como todo el costo de la regulación (costos de trámites, costos de oportunidad y costos superfluos); los asume el mercado, a nivel gubernamental, los legisladores no tienen una idea de cuáles son los efectos negativos de la regulación.
En síntesis, aunque el fracaso de mercado es la razón usual para demandar regulación gubernamental, la misma institución de la regulación lleva a una forma diferente de fracaso.
En verdad los argumentos utilizados por la mayoría de economistas para introducir regulaciones pueden ser dados vuelta fácilmente. Su argumento es que existen “externalidades” que los mercados no tomarán en cuenta, por ello el gobierno debe intervenir para asegurar que todo costo y beneficio externo sea tenido en cuenta. Pero, en la práctica, la introducción de regulaciones crea nuevas externalidades. Costos que habrían sido “internos” (y por lo tanto tomados en cuenta por quienes toman decisiones) no son soportados por los reguladores y, por lo tanto, no importa cuán bien intencionados estén, estos costos se convierten en externalidades.
En estas circunstancias, con la mayor parte de los costos de regulación no recayendo sobre quienes regulan, la cantidad de regulación crece más allá de su nivel “eficiente” –que sería cuando se extendió hasta el punto justo en el cual el costo de una regulación adicional excede sus beneficios. En otras palabras, el Estado sobre regula, pero como todo el costo de la regulación (costos de trámites, costos de oportunidad y costos superfluos); los asume el mercado, a nivel gubernamental, los legisladores no tienen una idea de cuáles son los efectos negativos de la regulación.
En síntesis, aunque el fracaso de mercado es la razón usual para demandar regulación gubernamental, la misma institución de la regulación lleva a una forma diferente de fracaso.
Andrés Pozuelo Arce

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