Tras la invasión estadounidense a Irak en 2003 y la
subsecuente caída del régimen de Saddam
Hussein, que provocó la destrucción de los precarios equilibrios étnicos y sectarios que mantenían unido a ese país, así como el desmantelamiento de las instituciones políticas y militares, se le prohibió el empleo público y se les negaron las pensiones a 400.000 miembros del ejército iraquí derrotado.
Como resultado, los militares veteranos y miembros de los servicios de inteligencia de Saddam que no encontraron la
respuesta a sus necesidades en las nuevas autoridades políticas de Irak, pasaron
a formar parte de la dirigencia de Dáesh. Paradójicamente la caída
del dictador, lejos de ser la solución, ha fracturado al país generando el
caldo de fermentación para el extremismo islámico.
Algo similar ocurrió en Libia. Cuatro años después del derrocamiento y asesinato de
Muamar El Gadafi, el país se divide entre numerosas
milicias armadas, enfrentamientos tribales y grupos
terroristas que disputan el poder. La consecuencia no esperada de la Primavera
Árabe es que ahora "la nueva Libia es como una incubadora, que produce nuevos Gadafis"
En
ambos casos, ante la ausencia de instituciones políticas, de seguridad y justicia, así como liderazgos que permitan una transición
ordenada y estable del sistema tras la caída de los dictadores, han surgido
numerosos actores que buscan llenar los espacios de poder antes ocupados por
los liderazgos fuertes. El mal mayor
resultó en realidad, ser el mal menor.
Un
fenómeno similar ocurre con los carteles de la droga en nuestra región. Ante la ausencia de instituciones políticas
estables e incorruptas, cada vez que un
alto mando del narcotráfico sale de escena –o más bien, es sacado- explota una
guerra entre los aspirantes a llenar el espacio de poder que se deja.
Nuevamente, ante la ausencia de
una respuesta de las autoridades políticas y de seguridad para retomar el
control, las plazas de venta de droga son dominadas por nuevos cabecillas. Así,
sin distinción, cualquiera
sea la organización o sistema político, a nivel micro o macro, todos siguen una misma regla: no existen vacíos
en el poder.
Los mexicanos conocen bien este axioma. Cuando una pieza importante de
alguna banda del narcotráfico ha caído y su entorno de influencia no ha sido
ocupado por la Policía o el Ejército, pronto es llenado por otra pieza
de la narcocriminalidad, no sin antes librar
una cruenta batalla contra todos los grupos rivales.
No se trata de enaltecer a los tiranos, ensalzar a los criminales, ni abstraernos de toda moral, sino de pensar con
gran dosis de realismo en las consecuencias no intencionadas de las políticas bien
intencionadas. Si algo nos enseña la historia es que la democracia no es el maná que cae del cielo,
a la que se llega a través de utopías y buenas
intenciones.
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