En su libro, ¡Crear o morir! Andrés
Oppenheimer describe a los países latinoamericanos como enormes reservas de
talento, con poblaciones con gran potencial creativo e innovador, que sin
embargo, no está trascendiendo ni se traduce con la velocidad necesaria en crecimiento de la economía ni
reducción de la pobreza.
Resulta paradójico que aunque tengamos
a la generación más preparada y educada de nuestra historia, esta cultura y creatividad no se transforme en muchos emprendimientos dinámicos y negocios lucrativos, al ritmo que otras economías en desarrollo lo están haciendo. Algo falta en
la ecuación latinoamericana del desarrollo.
La respuesta es la pobre cultura
de la innovación y el débil espíritu emprendedor de nuestra población.
No nos debemos confundir. Aunque en América Latina, y
particularmente en Costa Rica, el grueso del parque empresarial está conformado
por micro, pequeñas y medianas empresas, la mayoría de estos emprendedores han
tomado el riesgo y han decidido emprender más como una vía de escape ante la
falta de oportunidades laborales, que como una oportunidad de negocios basado en el deseo de innovar y crear valor.
Según los datos de la Corporación Andina de Fomento, en América Latina existe una proporción relativamente baja de empresas grandes y medianas, frente a una abrumadora fracción de firmas pequeñas y micro que se caracterizan por ingresos muy bajos y volátiles, sin perspectivas de crecimiento.
En Costa Rica, la Encuesta Nacional de Hogares Productores (Enhopro) del 2014
señalaba que si bien en el país existen cerca de 340 mil emprendedores, 63,2% de
ellos tuvo razones de necesidad para iniciar su propia empresa.
Estamos
hablando de dos paradigmas muy diferentes entre los emprendimientos dinámicos o transformadores que tienen un impacto considerable sobre la capacidad de generar empleo y aumentos en la productividad, y quienes emprenden porque no tienen otra opción para vivir.
No se trata de restar el mérito de
quienes inician una empresa para encontrar una forma de vida, pero la apuesta
debe ser por aquellos emprendedores creativos que generan alto valor agregado a
la economía. La clave está en crear una cultura que estimule la innovación
productiva, dándole significancia
y un protagonismo mucho mayor al emprendedor capaz de visualizar nuevas
demandas y encontrar aplicaciones de mercado a nuevas tecnologías.
Y es que para que una economía
crezca se debe mejorar el clima de negocios y los factores clave de la
competitividad, la calidad de la educación y exportar
productos de mayor valor agregado, pero para que esto suceda, necesitamos antes
mejorar la percepción que nuestras sociedades tienen sobre el emprendedurismo. Siguiendo
a Oppenheimer, nuestro país debe aprender a estimular y glorificar al
emprendedor y al innovador.
¿Cómo podríamos tener al próximo
Steve Jobs o al siguiente Elon Musk, cuando en nuestra sociedad
se glorifica al futbolista, la modelo o el cantante, mientras se desconoce al
innovador?
La promoción de una cultura de la
innovación y el emprendedurismo, que genere un clima colectivo a favor de la
creatividad y elogie a los innovadores es el paso previo, que
desafortunadamente nos hemos dado, para ascender en la escalera del desarrollo
hacia una economía basada en el conocimiento.
Oppenheimer nos recuerda que “de
poco sirven los estímulos gubernamentales, ni la producción masiva de ingenieros,
ni mucho menos los parques tecnológicos, sin una cultura de la innovación”. Alentar
una cultura que convierta al innovador en un héroe es la clave para mejorar o reafirmar las
percepciones acerca de nuestras propias capacidades como sociedad.
En julio del año pasado El Financiero mostraba los datos de una encuesta según la cual la mayoría de los jóvenes
costarricenses aspiran a ser empleados públicos. Nada peor para una economía
que necesita de jóvenes con deseos de emprender.
Esto refleja la imperiosa necesidad de promover
una cultura que no penalice el fracaso, que interiorice la capacidad de tolerar
el riesgo, que promueva jóvenes motivados para enfrentar dificultades, resolver
problemas y trazarse objetivos ambiciosos. Como país necesitamos dar pasos concretos para promover una cultura de la innovación.

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