sábado, 16 de agosto de 2008

En Vela


Nos dicen las últimas noticias de Cuba que la apertura de una moderna tienda estatal en La Habana, llamada Trasval, con tufillo capitalista, ha causado furor. La curiosidad ha prevalecido sobre la capacidad de compra y las candorosas colas se alargan en la calle bajo el concupiscente sol habanero.

La oferta de artículos de ferretería, limpieza, plomería, accesorios para carros, electrodomésticos, zapatos y otros es amplia. Un fantasma recorre Cuba… La prensa oficial, tentada por el consumismo, ha desenfundado las mohosas armas de la crítica para exigir un buen servicio y mejores mercancías. Esto es bueno. Un cuerpo de seguridad custodia el edificio, como si fuera una exposición de diamantes. Un cubano compró un televisor portátil, valorado en más del doble de su salario, para ver los Juegos Olímpicos, y Regina, jubilada, no pudo comprar una escoba pues el precio equivalía a su salario mensual. Pero ¡qué importa! Otro día será.

¿Qué ha funcionado en esta tienda? Algo muy simple: la naturaleza humana que el comunismo trató, por décadas, de destruir para construir otra, sin mancha alguna, sin pecado, angelical, sin ambición, sin egoísmo, unisex, pacífica, libre y, como expresó un gurú comunista, tan maravillosa que los seres humanos podrían, a la hora triunfal del comunismo, comunicarse por medio del pensamiento sin la intermediación burguesa de la palabra. El proyecto del “nuevo hombre” se ha derrumbado, bajo un Himalaya de muertos, igual que la Torre de Babel. En Cuba, Dios, que, como omnisciente, tiene un exquisito sentido del humor, le ha alargado la vida al gran hermano, Fidel, para que sea testigo ocular de su inmenso fracaso. Su sustituto y panteonero, el hermano Raúl, está entendiendo la lección: los hechos son testarudos y la naturaleza humana, con virtudes y vicios, grandeza y bajeza, siempre sale a flote, y lo mismo se extasía ante el Partenón como ante un electrodoméstico, y adora a Dios con Bach o suspira con Celia Cruz... Así somos.

También los ticos, sin tiranos ni represión, corrimos como locos, un día, a ver un Jumbo estacionado en el aeropuerto; contemplamos extasiados las primeras escaleras eléctricas en San José, donde los chiquitos y sus padres caían como racimos; imploramos un cubito de hielo a las primeras familias que tenían refrigeradora; nos congregábamos, sobresaltados, frente al portón eléctrico de una casa, en Heredia, donde un cartel previsor decía: “No se asuste, se abre solo”, u organizábamos excursiones a San José a ver los semáforos, que se apagaban o encendían “solos”…

Que nadie mate el niño que llevamos dentro...

Julio Rodríguez

No hay comentarios.: