Durante décadas, en el continente latinoamericano el llamado Estado benefactor ha tenido notable éxito. En realidad se trata de una contradicción en términos, puesto que el gobierno no puede hacer beneficencia. Como es sabido, la caridad consiste en un acto libre y voluntario realizado con recursos propios y de ser posible, de forma anónima. Seguramente todos coincidirán que no estaré haciendo beneficencia si le arranco la cartera a una mujer en la vía pública y se la entrego a otra dama. Esto es más bien un asalto, por más que diga que es un acto de caridad, pensando que ayudé a la persona a quien entregué la cartera. Es irrelevante la situación patrimonial de ambas señoras. Asalté a una y le entregué a otra algo que no me pertenecía.
El gobierno es el aparato de coerción y compulsión . En una sociedad libre está para proteger los derechos de todos. Usar la fuerza para sacar recursos de unos y entregárselos a otros no es beneficencia sino despojo. Hay un correlato interesante entre la libertad y las obras filantrópicas y, simultáneamente, existe una relación inversa entre el llamado Estado Benefactor y la caridad. La caridad es mayor en un país libre que en aquellos esclavizados por el Estado Benefactor. Por el contrario, no sería conducente buscar ejemplos de caridad en Cuba. En los "paraísos" del Estado Benefactor, los impuestos restan capacidad a la genuina caridad, al tiempo que arrancan la responsabilidad e interés natural del individuo, respecto de la situación de su prójimo.
Ningún ministro hace "beneficencia" de su bolsillo en función de su actividad política. Siempre recurre a la fuerza para sacar recursos a otros o, directamente, despoja a los propios interesados, para su propio bien.
En esta ocasión quisiera detenerme en éste último caso. Se trata de las jubilaciones estatales, paradójicamente, a veces conocidas como el sistema de seguridad social. No se necesita ser un experto en matemática financiera para concluir que el sistema constituye un estafa gigantesca. Coactivamente se le descuenta a la gente parte del fruto de su trabajo para aportar a instituciones oficiales de seguridad social, cuando llega la edad jubilatoria, se le entrega al candidato sumas que resultan ser migajas en relación a sus aportes. El interés compuesto y la tasa de interés de mercado son conceptos ignorados y dejados de lado en estos ámbitos.
Uno de los espectáculos más vejatorios, humillantes y degradantes consiste en ver filas de gente de edad, expuestas muchas veces al rayo del sol, y también bajo la lluvia, esperando recibir su miserable chequecito de la jubilación. Todo esto en nombre de la justicia social, el Estado Benefactor y la Seguridad Social. Hipocresía mayúscula. Esto perjudica muy especialmente a los aportantes más débiles, puesto que los de mayores ingresos invierten en otros sitios. Los relativamente más pobres están entrampados en el sistema, no tienen salida. Se les roba sin misericordia ni contemplación alguna. Para colmo de males en algunos países, se han paralizado juicios de quienes reclamaban aquellos mendrugos que no fueron ni siquiera pagados en término.
Esto subleva, indigna y hace hervir la sangre. Y no se trata de reorganizar esos aparatos infernales del gobierno. Se trata de comprender que no es posible seguir manejando a la gente como si fueran animales. Se trata de que cada uno decida donde invertirá de acuerdo a lo que considere le reporta mayores beneficios, y que el gobierno se limite a hacer cumplir los arreglos contractuales con toda la fuerza que le es propia.
El gobierno es el aparato de coerción y compulsión . En una sociedad libre está para proteger los derechos de todos. Usar la fuerza para sacar recursos de unos y entregárselos a otros no es beneficencia sino despojo. Hay un correlato interesante entre la libertad y las obras filantrópicas y, simultáneamente, existe una relación inversa entre el llamado Estado Benefactor y la caridad. La caridad es mayor en un país libre que en aquellos esclavizados por el Estado Benefactor. Por el contrario, no sería conducente buscar ejemplos de caridad en Cuba. En los "paraísos" del Estado Benefactor, los impuestos restan capacidad a la genuina caridad, al tiempo que arrancan la responsabilidad e interés natural del individuo, respecto de la situación de su prójimo.
Ningún ministro hace "beneficencia" de su bolsillo en función de su actividad política. Siempre recurre a la fuerza para sacar recursos a otros o, directamente, despoja a los propios interesados, para su propio bien.
En esta ocasión quisiera detenerme en éste último caso. Se trata de las jubilaciones estatales, paradójicamente, a veces conocidas como el sistema de seguridad social. No se necesita ser un experto en matemática financiera para concluir que el sistema constituye un estafa gigantesca. Coactivamente se le descuenta a la gente parte del fruto de su trabajo para aportar a instituciones oficiales de seguridad social, cuando llega la edad jubilatoria, se le entrega al candidato sumas que resultan ser migajas en relación a sus aportes. El interés compuesto y la tasa de interés de mercado son conceptos ignorados y dejados de lado en estos ámbitos.
Uno de los espectáculos más vejatorios, humillantes y degradantes consiste en ver filas de gente de edad, expuestas muchas veces al rayo del sol, y también bajo la lluvia, esperando recibir su miserable chequecito de la jubilación. Todo esto en nombre de la justicia social, el Estado Benefactor y la Seguridad Social. Hipocresía mayúscula. Esto perjudica muy especialmente a los aportantes más débiles, puesto que los de mayores ingresos invierten en otros sitios. Los relativamente más pobres están entrampados en el sistema, no tienen salida. Se les roba sin misericordia ni contemplación alguna. Para colmo de males en algunos países, se han paralizado juicios de quienes reclamaban aquellos mendrugos que no fueron ni siquiera pagados en término.
Esto subleva, indigna y hace hervir la sangre. Y no se trata de reorganizar esos aparatos infernales del gobierno. Se trata de comprender que no es posible seguir manejando a la gente como si fueran animales. Se trata de que cada uno decida donde invertirá de acuerdo a lo que considere le reporta mayores beneficios, y que el gobierno se limite a hacer cumplir los arreglos contractuales con toda la fuerza que le es propia.
Alberto Benegas Lynch
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