
Seríamos necios si no aprendemos las lecciones de la historia. La depresión de los años 30 se prolongó demasiado y fue mucho más profunda por la actitud proteccionista de los países que buscaron salvar a fabricantes nacionales, imponiendo barreras a productos importados. Así, las economías se fueron aislando, las tensiones aumentaron y terminó cumpliéndose en 1939 lo previsto por el economista francés Federico Bastiat: “Si los bienes no cruzan las fronteras, lo harán los soldados”.
La situación actual parece estar todavía lejos de tan funesta consecuencia, pero ¿por qué jugar con fuego? Ahora las economías operan de manera diferente y la imposición de barreras destruye el funcionamiento de empresas que importan componentes de subsidiarias en otros países. Eso no era así en los años 30. Hoy, la producción es global y, a menudo, la unidad de producción local depende del insumo importado de una subsidiaria en otro país.
Pero en América Latina, la crisis revela las convicciones contra el comercio de algunos gobiernos. Si bien el presidente Lula visita a Obama para que abandone sus tendencias proteccionistas, Argentina y Uruguay ya realizan maniobras que violan tanto la letra como el espíritu de su asociación comercial en Mercosur.
Uruguay comenzó a aplicar una tasa consular del 2% a todas las importaciones, incluyendo las que provienen de Argentina, aunque el tratado no lo permite. Uruguay y Brasil, a su vez, se quejan de que Argentina exige licencias especiales de importación para productos textiles y cueros que deberían emitirse en 60 días, pero tardan mucho más.
Esto se suma a las manipulaciones cambiarias. Mientras Brasil denuncia el proteccionismo global, acelera la devaluación del real y Argentina sigue los mismos pasos. Todo ello bajo la presión de industriales nacionales, cuya solución para todos los problema económicos suele ser el aumento de aranceles y la devaluación de la moneda.
Pocos se ocupan de incrementar su competitividad, reduciendo costos, y los gobiernos no los apoyan en eso reduciendo impuestos y regulaciones. Pero los costos de tales políticas no se pueden ocultar y dañan el poder adquisitivo de los salarios. Para proteger a algunos pocos, se empobrece a todos, especialmente a los más débiles.
Bajo la excusa de proteger a los más desposeídos, esas políticas “progresistas” son diseñadas para beneficiar a sectores específicos, a costa de todos los demás ciudadanos.
Martín Krauze
La situación actual parece estar todavía lejos de tan funesta consecuencia, pero ¿por qué jugar con fuego? Ahora las economías operan de manera diferente y la imposición de barreras destruye el funcionamiento de empresas que importan componentes de subsidiarias en otros países. Eso no era así en los años 30. Hoy, la producción es global y, a menudo, la unidad de producción local depende del insumo importado de una subsidiaria en otro país.
Pero en América Latina, la crisis revela las convicciones contra el comercio de algunos gobiernos. Si bien el presidente Lula visita a Obama para que abandone sus tendencias proteccionistas, Argentina y Uruguay ya realizan maniobras que violan tanto la letra como el espíritu de su asociación comercial en Mercosur.
Uruguay comenzó a aplicar una tasa consular del 2% a todas las importaciones, incluyendo las que provienen de Argentina, aunque el tratado no lo permite. Uruguay y Brasil, a su vez, se quejan de que Argentina exige licencias especiales de importación para productos textiles y cueros que deberían emitirse en 60 días, pero tardan mucho más.
Esto se suma a las manipulaciones cambiarias. Mientras Brasil denuncia el proteccionismo global, acelera la devaluación del real y Argentina sigue los mismos pasos. Todo ello bajo la presión de industriales nacionales, cuya solución para todos los problema económicos suele ser el aumento de aranceles y la devaluación de la moneda.
Pocos se ocupan de incrementar su competitividad, reduciendo costos, y los gobiernos no los apoyan en eso reduciendo impuestos y regulaciones. Pero los costos de tales políticas no se pueden ocultar y dañan el poder adquisitivo de los salarios. Para proteger a algunos pocos, se empobrece a todos, especialmente a los más débiles.
Bajo la excusa de proteger a los más desposeídos, esas políticas “progresistas” son diseñadas para beneficiar a sectores específicos, a costa de todos los demás ciudadanos.
Martín Krauze
6 comentarios:
Exelente aporte
No se si recuerdas la conferencia de Guatemala y al orador hablar del peligro de volver a las decadas oscuras de centro america.
Que miedo
Cucho:
Muy cierto, debemos reconocer nuestros errores pasados para no volver a cometerlos, y poder seguir avanzando.
Manuel
Abogado Volio: cuando se intenta prevenir un delito no se viola el derecho a la privacidad ni a la intimidad.
que opinan de esa afirmacion
Cucho:
Le contesto desde mi cuenta personal porque respecto a este tema tampoco tenemos una posición "oficial" en ASOJOD.
Desgraciadamente es un tema sumamente complicado, que al menos para mi no tiene una solución satisfactoria, lo que nos queda es escoger el "mal menor". En lo personal creo que existe un campo legítimo de intervención de las comunicaciones privadas, el problema es demarcar ese campo.
Por ejemplo no me cabe ninguna duda que una vez cometido el delito es legítimo hacerlo, este sería el caso del secuestro de una persona, en este caso la policía debería hacer todo lo posbile por interceptar comunicaciones de los secuestrantes -el ordenamiento jurídico jamás puede ni debe tutelar ni resguardar actividades ilícitas-.
El caso se complica más cuando estamos en las etapas de preparación de un delito. Por ej que tengamos información de que alguien planea un supuesto ataque, información que podría ser falsa o verdadera. Para este tipo de casos no me atrevería a enunciar una regla tajante como en el anterior, creo que mucho dependerá de las condiciones particulares del caso. Disculpe que no pueda ser más preciso y concreto, pero la verdad que es un tema sumamente complejo.
Manuel
Manuel, muchas gracias.
Yo estoy en las mismas que usted. Me parece una afirmacion Minority Report la pelicula.
Cucho:
No he visto la película.
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