Ya van dos. Pero, posiblemente, se pueden encontrar más. Las llamadas reformas tributarias, no son más que improvisaciones fiscales.
Por si no bastara la historia hacendaria queda, para examen, la gestión reciente del gasto y el pésimo diseño de una llamada fiscalidad anti-cíclica, que llamó escudo, a lo que era daga.
Para mostrar el desencuentro de los impulsores de estas improvisaciones con la realidad fiscal, basta examinar lo ocurrido con aquellas reformas aprobadas en el pasado. El déficit no se ha controlado y el despilfarro se ha estimulado. Como contraste, la no aprobación del paquete tributario anterior, canalizó una gestión hacendaria que resultó en un superávit, sin precedentes en muchas décadas de fiscalidad costarricense. Pero, un evidente descontrol de la contratación pública, especialmente en planilla estatal, canalizó los recursos públicos hacia una descomunal creación de puestos burocráticos y se destruyó, impunemente, lo logrado.
La utilización, desde hace años, de una para-fiscalidad, que recauda fondos, por medio de superávits institucionales, engaña cualquier cálculo superficial de la carga tributaria nacional y del endeudamiento público. Los fondos de la para-fiscalidad van al ministerio de hacienda, contabilizados como deuda, aunque se sepa y conozca que nunca se va, ni se puede pagar. Esta creativa contabilidad de deudas e intereses, permite asustar con el cuero del tigre, disimular una verdadera y pesada carga tributaria y alegar fondos para un mayor fiasco hacendario.
En Costa Rica, se debe tomar en serio una reforma, no solo tributaria, sino fiscal. Debe nutrirse de la historia hacendaria y la realidad de la manipulación del gasto y el endeudamiento públicos, a fin de no repetirlos. En vez de importar fracasados esquemas españoles o de otros orígenes o atender complacientes consultorías, esta reforma fiscal debe derivar de reflexión muy aplomada acerca de lo que más conviene a la germinación de proyectos empresariales exitosos, con salarios y productividad crecientes y sostenidos y con la meta, irrenunciable, de alcanzar beneficios para las familias costarricenses en libertad y calidad general de vida. La activación de la economía es clave, para facilita el aumento recaudatorio, sin enajenar a los pueblos con insoportables cargas fiscales. El círculo vicioso debe romperse, porque las reformas tributarias aprobadas, en vez de generar superávit o reducir el déficit, han estimulado el abultamiento del gasto público y el despilfarro, así como la desmejora y el encarecimiento de los servicios públicos, al tiempo que entraban los emprendimientos de quienes no dan “catering service” a los políticos.
Además, la tramitación de las dos últimas improvisaciones, se ha convertido en un fraude de la democracia representativa. Los impulsores aceptan- no pueden hacer otra cosa ante la evidencia- que van a flagrante contrapelo de la voluntad popular. Además, los textos cambiados por pactos elitistas, se dejan sin oportuna publicación y las propuestas y el debate se acallan con mecanismos que equivocan la urgencia, con complacencia. Pero la degradación de la representatividad tiene límites y ya los síntomas están presentes. El impulso de improvisaciones fiscales por medio de falsificaciones de la democracia, arrastra consecuencias que trascienden la hacienda pública y se incardinan en la esencia misma de la vida republicana, para amputarla.
Los mantras con los que quieren disimular el abuso son chapuceros, gastados y fastidiosos. Llaman justicia tributaria a la incontinencia fiscal; solidaridad al favoritismo hacia grupos organizados y al desfavor general causado por el incremento tributario en educación, salud y otros servicios utilizados directamente por la población general o por quienes, indirectamente, también los trasladarán a ella; expresión de la democracia, a votaciones mecánicas, reprimiendo cualquier oposición que haga eco a la voluntad popular, expresada con toda claridad por otros medios no sometidos, aún, a la arrogancia política y al silenciamiento.
Es hora de reflexionar, con seriedad, para alejar los fantasmas que ya se materializan en el horizonte. Los cambios demográficos con poblaciones envejecidas, con tasa de fertilidad que augura una población decreciente y un sistema de seguridad social que es cada vez más mito y menos realidad, no son atendidos. La educación, la salud, la energía, las comunicaciones y el transporte muestran que el criterio técnico muta hacia servilismo técnico. La carga burocrática estatal y el clientelismo, encadenan la productividad y la creatividad del sistema económico, las claves reconocidas para una prosperidad sostenible. En materia hacendaria, como en otros muchos asuntos, Costa Rica debe tomarse las cosas en serio, para sostener, en vez de buena gobernabilidad para el descaro… buen gobierno.
Por si no bastara la historia hacendaria queda, para examen, la gestión reciente del gasto y el pésimo diseño de una llamada fiscalidad anti-cíclica, que llamó escudo, a lo que era daga.
Para mostrar el desencuentro de los impulsores de estas improvisaciones con la realidad fiscal, basta examinar lo ocurrido con aquellas reformas aprobadas en el pasado. El déficit no se ha controlado y el despilfarro se ha estimulado. Como contraste, la no aprobación del paquete tributario anterior, canalizó una gestión hacendaria que resultó en un superávit, sin precedentes en muchas décadas de fiscalidad costarricense. Pero, un evidente descontrol de la contratación pública, especialmente en planilla estatal, canalizó los recursos públicos hacia una descomunal creación de puestos burocráticos y se destruyó, impunemente, lo logrado.
La utilización, desde hace años, de una para-fiscalidad, que recauda fondos, por medio de superávits institucionales, engaña cualquier cálculo superficial de la carga tributaria nacional y del endeudamiento público. Los fondos de la para-fiscalidad van al ministerio de hacienda, contabilizados como deuda, aunque se sepa y conozca que nunca se va, ni se puede pagar. Esta creativa contabilidad de deudas e intereses, permite asustar con el cuero del tigre, disimular una verdadera y pesada carga tributaria y alegar fondos para un mayor fiasco hacendario.
En Costa Rica, se debe tomar en serio una reforma, no solo tributaria, sino fiscal. Debe nutrirse de la historia hacendaria y la realidad de la manipulación del gasto y el endeudamiento públicos, a fin de no repetirlos. En vez de importar fracasados esquemas españoles o de otros orígenes o atender complacientes consultorías, esta reforma fiscal debe derivar de reflexión muy aplomada acerca de lo que más conviene a la germinación de proyectos empresariales exitosos, con salarios y productividad crecientes y sostenidos y con la meta, irrenunciable, de alcanzar beneficios para las familias costarricenses en libertad y calidad general de vida. La activación de la economía es clave, para facilita el aumento recaudatorio, sin enajenar a los pueblos con insoportables cargas fiscales. El círculo vicioso debe romperse, porque las reformas tributarias aprobadas, en vez de generar superávit o reducir el déficit, han estimulado el abultamiento del gasto público y el despilfarro, así como la desmejora y el encarecimiento de los servicios públicos, al tiempo que entraban los emprendimientos de quienes no dan “catering service” a los políticos.
Además, la tramitación de las dos últimas improvisaciones, se ha convertido en un fraude de la democracia representativa. Los impulsores aceptan- no pueden hacer otra cosa ante la evidencia- que van a flagrante contrapelo de la voluntad popular. Además, los textos cambiados por pactos elitistas, se dejan sin oportuna publicación y las propuestas y el debate se acallan con mecanismos que equivocan la urgencia, con complacencia. Pero la degradación de la representatividad tiene límites y ya los síntomas están presentes. El impulso de improvisaciones fiscales por medio de falsificaciones de la democracia, arrastra consecuencias que trascienden la hacienda pública y se incardinan en la esencia misma de la vida republicana, para amputarla.
Los mantras con los que quieren disimular el abuso son chapuceros, gastados y fastidiosos. Llaman justicia tributaria a la incontinencia fiscal; solidaridad al favoritismo hacia grupos organizados y al desfavor general causado por el incremento tributario en educación, salud y otros servicios utilizados directamente por la población general o por quienes, indirectamente, también los trasladarán a ella; expresión de la democracia, a votaciones mecánicas, reprimiendo cualquier oposición que haga eco a la voluntad popular, expresada con toda claridad por otros medios no sometidos, aún, a la arrogancia política y al silenciamiento.
Es hora de reflexionar, con seriedad, para alejar los fantasmas que ya se materializan en el horizonte. Los cambios demográficos con poblaciones envejecidas, con tasa de fertilidad que augura una población decreciente y un sistema de seguridad social que es cada vez más mito y menos realidad, no son atendidos. La educación, la salud, la energía, las comunicaciones y el transporte muestran que el criterio técnico muta hacia servilismo técnico. La carga burocrática estatal y el clientelismo, encadenan la productividad y la creatividad del sistema económico, las claves reconocidas para una prosperidad sostenible. En materia hacendaria, como en otros muchos asuntos, Costa Rica debe tomarse las cosas en serio, para sostener, en vez de buena gobernabilidad para el descaro… buen gobierno.
Mario Quirós Lara
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