
La desconfianza, como mecanismo de supervivencia, tiene una base psicobiológica muy arraigada en la historia de la adaptación del hombre y de las demás especies del reino animal.
Mecanismo hasta cierto punto compulsivo, que se manifiesta desde las arcaicas estructuras del sistema límbico primordial, la desconfianza es un instinto básico de protección del individuo ante lo desconocido y ante su propia falta de control del entorno. Las pasiones y emociones básicas - el miedo, la ira…- que tienen sus raíces en el hipotálamo, son acentuadas por este demonio que llamamos desconfianza y que puede variar de individuo a individuo, según la arquitectura cerebral y las experiencias de vida de cada uno.
Podríamos decir entonces que la confianza, en sí misma, es la ausencia de desconfianza, dado que el estado de alerta natural del ser humano lo obliga a permanecer en una situación de sospecha en equilibrio que solo baja su escudo si se presentan señales del entorno que ayuden a desactivarla y, por ende, a aumentar el nivel de confianza.
Con esto en mente, ¿cómo hacemos para construir confianza en las comunidades humanas, por ejemplo en la sociedad costarricense, cuando por muchos años se ha vivido bajo un esquema sociocultural en que la desconfianza ha influido en la generación de leyes, educación, reglamentos y comportamientos civiles que alimentan el círculo vicioso de la suspicacia colectiva y una escasa empatía.
En Costa Rica, igual que en otros países de Latinoamérica, los líderes políticos y empresariales han cometido el error, durante muchos años, de acentuar los sentimientos de vulnerabilidad e incertidumbre de los ciudadanos por medio de sistemas educativos estatizados y estandarizados, un paternalismo excesivo con asistencias pedestres y, lo más grave, un sinnúmero de leyes, reglamentos y controles que hacen de los asuntos colectivos una verdadera pesadilla.
Si lo que realmente queremos es desactivar el exagerado nivel de prevención y desconfianza ciudadana, resulta evidente que estamos enviando las señales equivocadas, cuando contamos con entidades de control y comando remoto como el Setena, el ministerio de salud, el MEP, la Contraloría, la Procuraduría y otras que sacan a relucir continuamente los errores de procedimiento, de por sí tediosos, y las diferencias regionales naturales, a menudo sin tomar en cuenta el carácter local y particular de los problemas colectivos.
Es urgente que pasemos, en nuestro país, de un sistema de desconfianza redundante a uno de confianza y empatía básica, en el que nos atrevamos a formar individuos con confianza en sí mismos y a otorgar fe pública a ciudadanos con una moral y conocimiento superiores al mismo Estado, cada quien en su área, para que ayuden a velar por el cumplimiento de las leyes generales, evitando que estas se vuelvan una traba al desarrollo.
Además, hay que eliminar los obstáculos al comercio y la interacción personal, como los aranceles y controles proteccionistas, los impedimentos migratorios, y las regulaciones nacionales, que impiden el libre intercambio entre seres humanos, por el simple hecho de proteger a grupos económicos, instituciones y burócratas irresponsables e ineficientes. Esta comprobado que un alto grado de libertad económica e individual, aumenta los niveles de confianza entre los ciudadanos.
Se trata, en todo caso, de una gran asignatura pendiente que podría convocarnos y hermanarnos y que tiene algo de los mejores sueños de la humanidad.
Andrés Pozuelo Arce
Mecanismo hasta cierto punto compulsivo, que se manifiesta desde las arcaicas estructuras del sistema límbico primordial, la desconfianza es un instinto básico de protección del individuo ante lo desconocido y ante su propia falta de control del entorno. Las pasiones y emociones básicas - el miedo, la ira…- que tienen sus raíces en el hipotálamo, son acentuadas por este demonio que llamamos desconfianza y que puede variar de individuo a individuo, según la arquitectura cerebral y las experiencias de vida de cada uno.
Podríamos decir entonces que la confianza, en sí misma, es la ausencia de desconfianza, dado que el estado de alerta natural del ser humano lo obliga a permanecer en una situación de sospecha en equilibrio que solo baja su escudo si se presentan señales del entorno que ayuden a desactivarla y, por ende, a aumentar el nivel de confianza.
Con esto en mente, ¿cómo hacemos para construir confianza en las comunidades humanas, por ejemplo en la sociedad costarricense, cuando por muchos años se ha vivido bajo un esquema sociocultural en que la desconfianza ha influido en la generación de leyes, educación, reglamentos y comportamientos civiles que alimentan el círculo vicioso de la suspicacia colectiva y una escasa empatía.
En Costa Rica, igual que en otros países de Latinoamérica, los líderes políticos y empresariales han cometido el error, durante muchos años, de acentuar los sentimientos de vulnerabilidad e incertidumbre de los ciudadanos por medio de sistemas educativos estatizados y estandarizados, un paternalismo excesivo con asistencias pedestres y, lo más grave, un sinnúmero de leyes, reglamentos y controles que hacen de los asuntos colectivos una verdadera pesadilla.
Si lo que realmente queremos es desactivar el exagerado nivel de prevención y desconfianza ciudadana, resulta evidente que estamos enviando las señales equivocadas, cuando contamos con entidades de control y comando remoto como el Setena, el ministerio de salud, el MEP, la Contraloría, la Procuraduría y otras que sacan a relucir continuamente los errores de procedimiento, de por sí tediosos, y las diferencias regionales naturales, a menudo sin tomar en cuenta el carácter local y particular de los problemas colectivos.
Es urgente que pasemos, en nuestro país, de un sistema de desconfianza redundante a uno de confianza y empatía básica, en el que nos atrevamos a formar individuos con confianza en sí mismos y a otorgar fe pública a ciudadanos con una moral y conocimiento superiores al mismo Estado, cada quien en su área, para que ayuden a velar por el cumplimiento de las leyes generales, evitando que estas se vuelvan una traba al desarrollo.
Además, hay que eliminar los obstáculos al comercio y la interacción personal, como los aranceles y controles proteccionistas, los impedimentos migratorios, y las regulaciones nacionales, que impiden el libre intercambio entre seres humanos, por el simple hecho de proteger a grupos económicos, instituciones y burócratas irresponsables e ineficientes. Esta comprobado que un alto grado de libertad económica e individual, aumenta los niveles de confianza entre los ciudadanos.
Se trata, en todo caso, de una gran asignatura pendiente que podría convocarnos y hermanarnos y que tiene algo de los mejores sueños de la humanidad.
Andrés Pozuelo Arce
No hay comentarios.:
Publicar un comentario