I. DISCURSO MANIQUEO. Se ha extendido, en algunos segmentos poblacionales, cierta sensibilidad maniqueísta, en cuyo seno las personas se dividen y enfrentan según sean empresarias o no, asalariadas o empleadoras, ricas o pobres, nacionales o extranjeras; esto ocurre, mientras algunos utilizan, de modo sistemático, un discurso que deslegitima las instituciones republicanas e insiste en el carácter dictatorial y fraudulento del actual gobierno, apoyado, dicen, por “las transnacionales” y la “manipulación mediática”. Esta es, en esencia, la retórica de un segmento ideológico minoritario, experto en el arte de socavarse a sí mismo y a quienes se le acerquen.
II. CONTRAPODER. ¿Qué objetivo inspira el discurso anterior? Sin más preámbulo, avanzar en un proceso de acumulación de fuerzas que conduzca a la colisión con el poder establecido. A tal circunstancia se le conoce, desde principios del siglo pasado, como poder dual, una condición histórica en la que coexisten dos tipos de poder mutuamente excluyentes, uno de los cuales es emergente, mientras el otro se encuentra debilitado en virtud de diversas causas. La dualidad de poderes constituye el mejor momento para que las corrientes ideológicas radicales intenten “tomar el cielo por asalto”, es decir, derribar el poder constituido y crear otro, autodenominado “solidario y popular”. Se comprende los beneficios que el radicalismo obtiene al insistir en la presencia de dos visiones opuestas e irreconciliables de desarrollo, que dividen a la población en dos bloques enemigos entre sí. Los llamados a huelga general, el “rechazo total y absoluto” de la agenda de implementación, las críticas al proceso de diálogo entre las fracciones parlamentarias, el menosprecio a la voluntad mayoritaria expresada en las urnas y la convocatoria a lanzarse “…a la ofensiva…”, constituyen pequeñísimas muestras de la intención destructiva que anima a estos movimientos.
III. DOCILIDAD O AUTONOMÍA. El surgimiento de una situación de poder dual en Costa Rica requiere que las luchas extraparlamentarias (“democracia callejera”), además de contar con una estructura de acción ciudadana descentralizada, distribuida en todo el país (“comités patrióticos”), se haga acompañar, en la Asamblea Legislativa, por un bloque parlamentario entregado dócilmente en brazos de quienes en las calles se creen representantes del poder emergente. Solo la lucidez y conciencia democrática de las fracciones parlamentarias, puede evitar su transformación en simples ecos y sombras del añorado poder dual, solo esas mismas características son capaces de canalizar el ímpetu renovador de la ciudadanía sin caer en la prisión de las retóricas insurreccionales.
IV. DIFERENCIARSE. A este respecto, ¿cómo pueden los diputados y diputadas que discrepan de las leyes de implementación rechazar la seducción del maniqueísmo político, denunciar el objetivo de establecer una situación de poder dual, enriquecer y posicionar su propia visión del desarrollo nacional y proteger de infantilismos ideológicos a la ciudadanía organizada? A través de cuatro decisiones puntuales: primera, denunciar, sin silencios ni tibiezas, el lenguaje del odio, acostumbrado en los sectores ideológicos radicalizados; segunda, concentrarse en el desarrollo de su propio perfil político y programático, tercera, esforzarse por encauzar los ímpetus transformadores de la población en una dirección pluriclasista y, cuarta, rediseñar sus alianzas para consolidarse como una fuerza de centro, distinta del anarcocapitalismo globalista y del antiglobalismo neoestatista tendecialmente despótico. Estas decisiones permitirían alcanzar dos propósitos: que el poder dual siga siendo lo que siempre ha sido, una pesadilla en la mente de unos pocos; y que el centro democrático se convierta, sin ambigüedades, en el núcleo articulador de la dinámica nacional. ¿Será esto posible o, por el contrario, seguiremos contemplando alianzas oportunistas y frágiles, construidas al mejor estilo de la vieja política y en el más puro, equívoco y ambiguo cálculo electoralista? Las buenas victorias no se edifican sobre arenas movedizas, pretender ganar, aliándose a los lenguajes del odio, es perder por anticipado
Fernando Araya
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