
El llamado a la subversión de la Comisión Nacional de Enlace, publicado el viernes pasado en La Nación , ha suscitado ira y angustia en el país. Ira por su desconocimiento y desprecio de la institucionalidad democrática y de nuestra propia democracia, y angustia por dos razones: por la existencia de un grupo extremista, capaz de llevar a cabo sus amenazas, y porque este grupo traduce lo que algunos políticos y profesionales han proclamado desde el 2005.
En otras palabras, este grupo extremista ha puesto en blanco y negro las premisas aportadas por otros “demócratas”, entre ellos dos expresidentes de la República, dos excandidatos a la presidencia y un número no desdeñable de profesionales y profesores universitarios. Nos referimos a las declaraciones contra el orden constitucional, el sistema electoral y la legitimidad del actual gobierno, así como al propio planteamiento contra el TLC por atentar, según ellos, contra la soberanía nacional, contra nuestra patria y por estimular el despojo de los bienes públicos, hasta del propio territorio nacional. Costa Rica, repetían, se convertiría en una colonia norteamericana, se permitiría el comercio de órganos, se entregaría el agua y se mercadearía el derecho a la vida. De ahí las evocacio- nes aberrantes de 1856 y de Juanito Mora, suscritas aun por los firmantes del documento de la Comisión de Enlace.
La mentira tiene una lógica propia. De lo dicho se desprende que los patriotas son los enemigos del TLC, mientras que sus defensores son traidores a los bienes y valores esenciales de Costa Rica. Este lenguaje es explosivo. El pueblo bueno y sencillo, sin la suficiente capacidad crítica para discernir entre una cosa y otra, obviamente se atemoriza, pero los extremistas actúan con coherencia ideológica: si el TLC produce estos males, si se ha roto el orden constitucional, y la Sala Constitucional, los jueces, el TSE, la Asamblea Legislativa y el Gobierno no cuentan, la vía lógica es la violencia. Desde este punto de vista, la Comisión Nacional de Enlace y los manifiestos de algunos sindicatos proceden coherentemente. Simplemente sacan las conclusiones pertinentes de las premisas y de los mensajes que otros, demócratas, beneficiarios del sistema democrático, les ofrecieron a plenitud.
Algunos se han asustado y han puesto el grito en el cielo. Otros, sembradores de estas semillas perniciosas, han callado. Ojalá aprendan la lección: con las palabras se tejen versos, se ama y se arrulla a los niños, pero con las palabras mentirosas se destila odio y violencia en los corazones. Con palabras Jesús entonó las bienaventuranzas y con palabras los tiranos anticipan la violencia.
Por Julio Rodríguez
Tomado de la Nación
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