Apoyo la argumentación de Andrea Marín, quien escribió en La Nación (30/07/07) que en la UCR se adoctrina a los estudiantes, de modo tal que la casa de enseñanza ha perdido su norte y su vocación crítica y académica para convertirse, por decirlo de manera elegante, en una organización de formación política revolucionaria. Desde que entré a Ciencias Políticas, en el 2004, he sido testigo de cómo algunos de los profesores (no todos, porque también hay profesores decentes) se empeñan no sólo en transmitir sus puntos de vista, sino incluso evaluarlos como si fueran hechos objetivos y teorías comprobadas, no ya tentativas como afirmara Popper. Algunos de esos profesores, hoy fieles activistas del NO al TLC, han buscado crear soldados para la lucha y transmitirles sus miedos y frustraciones como espadas y lanzas. Podría pensarse que son casos aislados, de profesores con poco profesionalismo y reducida ética, pero cuando uno ve que la situación se extiende de escuela en escuela y de facultad en facultad, tiene que comenzar a ser un poco más suspicaz.
Problema institucional. De manera irremediable, el mal que se extiende como cáncer por la UCR (y por muchas otras universidades y colegios) es resultado de una clara política institucional que promueve el NO como símbolo de patriotismo (más bien nacionalismo, diría yo) y de posesión exclusiva de la verdad y de la razón. Lo más preocupante es que la UCR, en este caso específico, se preste para este circo y después afirme que está obrando bien. Sin ningún empacho en contradecirse, aún cuando financian propaganda, “debates” (curiosamente atiborrados de gente del NO), espacios radiales y televisivos totalmente parcializados, impedimentos fácticos para la participación de la gente del Sí, reclamos de supuesta violación a la autonomía tan sólo porque se les recuerda no usar fondos públicos para la campaña del TLC y, peor aún, tolerancia (activa o pasiva) de la violencia sistemática contra los que pensamos diferente.
Represión. Sí, la UCR de una manera u otra tolera la represión en su propio seno. El mes pasado, los integrantes de la Asociación de Jóvenes para el Desarrollo (ASOJOD), recibimos una amenaza de muerte a nuestro correo electrónico, y a pesar de haberlo denunciado a las autoridades correspondientes en la primera del debido proceso, aún no hay resultados. También, la Asociación de Estudiantes de Ciencias Políticas, en asamblea general, acordó limitar el derecho de expresión de aquellos que estamos a favor del TLC, prácticamente reduciendo, sino impidiendo, el uso de pizarras y espacios para transmitir información positiva respecto al TLC. Y las autoridades correspondientes guardaron silencio, aduciendo que las asociaciones son autónomas. Y como si eso no fuera suficiente, diversos personajes políticos de clara posición favorable al TLC, han sido insultados y atacados cuando se acercan a instalaciones de la UCR. Y las autoridades universitarias no investigan, no castigan, no sientan responsabilidades. Los agresores, los marchistas, los bloqueadores de calles, los irrespetuosos, siguen gozando de impunidad. Si eso no es complicidad, entonces alguien por favor explíqueme qué es. Yo considero que ya la UCR perdió su etiqueta de conciencia lúcida y decidió ser parte del suicidio intelectual colectivo.
A pesar de todo eso, algunos estudiantes nos mantenemos con la frente en alto, tratando de funcionar como contrapeso a lo interno de la Universidad, sin temer toda la amplia gama de amenazas y obstáculos de los que hemos sido objeto.
Alejandro Barrantes Requeno
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