Desgraciadamente nuestra sociedad se ha convertido en tierra fértil para el cultivo de una serie de falacias comerciales, que nos atrapan en un mundo de idiotez y que nos ciega a la hora de tomar las medidas comerciales que el país necesita para su crecimiento económico. Este ensayo tiene como fin desnudar esos mitos comerciales que diversos sectores de nuestra sociedad se han encargado de cosechar.
¿Exportar e Importar ?
La exportación y la importación no son más que compras y ventas comunes y silvestres. Estamos frente a una exportación cuando se entrega un bien, producto o servicio, en cambio nos encontramos frente a una importación cuando se recibe un bien, producto o servicio. En nada cambia la naturaleza de estas dos actividades económicas, por el mero hecho de que se realicen en países distintos. Si Juan desea venderle un pantalón a José, la operación que debe realizar para cumplir su objetivo no es distinta por el hecho de que José se encuentre en Costa Rica o en cualquier otra parte del mundo. La esencia del comercio es siempre la misma sin importar donde se encuentren los sujetos que la realizan. Por tanto, es absurda la preocupación que surge cuando se da un déficit en la balanza comercial –infortunadamente hemos caído en el mito de que exportar es bueno e importar es malo- pues nadie lleva la balanza comercial entre San José y Limón o entre Alajuela y Heredia, simple y sencillamente porque no es relevante. La balanza comercial siempre estará equilibrada, ya que uno sólo podrá importar cuanto exporte. Es decir, para continuar con el ejemplo, si Juan vende ese pantalón en 200 colones, este sólo podrá importar sumas por este monto, no más que eso. Por eso es importante aclarar que el fin de la exportación siempre será la importación: nosotros entregamos un bien, servicio o producto, con la finalidad de después adquirir otros bienes, servicios y productos los cuales satisfagan nuestras necesidades de consumo.
¿Quiénes ganan y quiénes pierden?
Ya desde la década de los 70, con la popular teoría de la dependencia, nos han querido meter la idea de que el juego de la creación de la riqueza es de suma cero, que para que haya ganadores debe haber necesariamente perdedores, que el mundo no es más que un complot entre los países del centro contra los de la periferia, etc. Pero esto no es así: la transacción comercial libre siempre beneficiará a las dos partes por la simple razón que de no hacerlo, el intercambio no se realizaría, pues las partes son intercambian por su voluntad. Siguiendo con el mismo ejemplo, para Juan es más valioso tener 200 colones en sus manos que tener el pantalón, mientras que para José es más valioso obtener el pantalón que seguir teniendo guardados los 200 colones en su billetera. Para que se de un intercambio libre, lo que uno va a recibir debe ser considerado más valioso que lo que va a entregar. Esta es la razón por la que existe un verdadero beneficio mutuo dentro de estas transacciones.
¿Son los países unidades económicas?
Desdichadamente siempre que se habla de comercio se involucra a los países, los cuales son vistos como unidades económicas, más aun, como agentes económicos. Se nos dice que Costa Rica exportó tantos productos, que importó tantos otros, que consumió estos productos, mientras que produjo tales otros. Esto es un craso error: los países no producen, ni consumen, ni exportan, ni importan absolutamente nada; no existen como entes económicos, sino que son los individuos los que realizan todas estas actividades. Esto es importante ya que dentro de los países se debe distinguir entre dos grupos: los productores y los consumidores, los cuales se ven favorecidos en forma muy distinta dependiendo de la política comercial que se adopte. No se tiene que ser muy inteligente para darse cuenta de que los productores se benefician por políticas que produzcan escasez de opciones en el mercado, lo cual acrecienta el precio de sus productos. En cambio, los consumidores se ven beneficiados por aquellas políticas que permitan que exista la más amplia gama de opciones. Por eso, los consumidores se ven beneficiados por aquellas políticas que causan la abundancia y con ello disminuyen los precios.
Por tanto, no se puede hablar si tal política comercial beneficia o perjudica a Costa Rica, la discusión se debe dar en otros términos. La pregunta a responder es a cuál grupo beneficia tal política comercial: a los productores o a los consumidores. Es claro que se debe optar siempre por la política comercial que beneficie a los consumidores, primero porque el número neto de consumidores es siempre superior al de los productores, y segundo porque estas políticas son las que mayor riqueza generan, ya que son las que satisfacen las necesidades de consumo de una manera más eficiente. Esto ya había sido explicado por Adam Smith cuando en 1776 escribió que “en todos los países, el interés de la inmensa mayoría de la población es y debe ser siempre comprar lo que necesita a quien vende más barato”.
¿Son tan malos los subsidios?
Un subsidio no es más que la transferencia de dinero que hacen los tax payers del país en donde se produce el bien o servicio subsidiado, a los consumidores que adquieren el producto subsidiado. Por eso, los subsidios son una gran injusticia para quienes los pagan, no para los consumidores de otros países que no contribuyen a pagarlo y que más bien logran adquirir productos más baratos. Mucho se ha hablado de los famosos subsidios respecto al tema del TLC; muchos demagogos afirman que nuestros productores no podrán sobrevivir ante la “competencia desleal” que realizarán los productores americanos, los cuales se ven favorecidos por los subsidios que les regala su gobierno a costo del dinero del resto de la sociedad. Pero es necesario poner las cosas en perspectiva: de los productos que reciben subsidio por parte del gobierno americano, el único producto que se produce en el país es el arroz, por lo que el resto de productos subsidiados que ingresen al país no pondrían en peligro a nuestros productores, todo lo contrario, más bien pueden servir como materia prima sumamente abaratada.
En cuanto al caso del arroz muchas cosas se deben decir: la primera de ellas es que la desregulación del mismo está pactada para un plazo de 20 años, por lo que los arroceros contarán con todo el tiempo necesario para prepararse para la apertura. En segundo lugar, a nuestros queridos estudiantes, que en una forma tan desinteresada bloquean calles para proteger a “pequeños campesinos”, les informo que la situación que atraviesan estos en el caso del arroz no podría ser hoy aun más decadente. Hoy en día la Corporación Arrocera se tiene montada una artimaña mercantilista, que beneficia a los grandes productores. En el informe No. DFOE-AM-16/2004 del 4 de agosto del 2004, la Contraloría General de la República indica que: “el efecto distributivo regresivo que se presentó, donde el menos beneficiado fue el productor pequeño que apenas subsiste, se muestra claramente con los siguientes datos: en manos de 33 grandes productores que representan apenas un 3% del total, quedó más del 50% de las ganancias”. Tan sólo una de esas 33 empresas obtuvo la cuantiosa suma de $ 476.000,00.
¿Cómo se crea la riqueza?
Muchos equivocadamente creen que el secreto de la riqueza se encuentra en la producción. Creen que por el sólo hecho de producir algo ya se hay riqueza, noción que es totalmente errónea. Como se ha venido diciendo a lo largo de este ensayo, sólo se crea riqueza cuando se produce un bien que satisfaga una necesidad de consumo, puesto que somos más ricos cuanto más podamos consumir y para poder consumir debemos exportar productos que el resto de individuos quiera importar, y para lograrlo debemos hacerlo de la forma más eficiente posible.
Para satisfacer estas necesidades de consumo existen dos caminos que se pueden recorrer, pero que nos llevan a lugares distintos. El primero es el modelo de la autosuficiencia, en donde el individuo produce todo aquello que necesita consumir. A simple vista salta el problema que presenta este sistema, ya que el individuo se verá obligado a producir cosas para las cuales no tiene una facilidad o que las circunstancias de espacio, tiempo, especificaciones climatológicas, etc. le impiden producir. El segundo es el modelo de la especialización e intercambio, en donde cada individuo se concentra en un producto y después lo intercambia por otros. Este sistema permite una mayor asignación de recursos al tiempo que permite que la persona se vuelva más experta en su labor, con lo que mejora su productividad, haciendo a su producto más atractivo y accesible. Es claro que para que este sistema funcione a la perfección se requiere de una amplia libertad económica, ya que de nada nos sirve que alguien produzca un producto de mejor calidad a un mejor precio si un gobierno, mediante barreras arancelarias, nos impide obtenerlo. También se necesita de un amplio respeto a la propiedad privada, para que con ello ninguna persona se vea disuadida a producir o consumir.
El flagelo del proteccionismo
El proteccionismo es el desarrollo de una política económica en la que, para proteger los productos del propio país, se imponen limitaciones a la entrada de similares o iguales productos extranjeros mediante aranceles e impuestos a la importación que encarezcan el producto. Una vez que se elige esta política se deben de soportar sus devastadoras consecuencias. Lo primero que significa proteccionismo es tener menos dinero en nuestros bolsillos, ya que pagamos un sobreprecio artificial creado simplemente por designios políticos y además porque se debe mantener a toda la burocracia que se encarga de verificar que las políticas proteccionistas se apliquen. Prueba de ello es el estudio realizado por Ricardo Monge y Julio Rosales en 1998, donde se demostró que la “protección a los productos sensibles” reducía el ingreso de los más pobres en un 41%. Al tener menos dinero en los bolsillos no hay que ser muy perspicaz para darse cuenta que las personas van a consumir menos.
Con las políticas proteccionistas también se impide la generación de nuevos empleos, ya que todo este dinero que se pierde en sobreprecios e impuestos debería ser utilizado por los ciudadanos para obtener más productos, lo cual no sólo los beneficiaría a ellos sino también a los productores y a todas las personas involucradas en el proceso de producción. El otro gran problema que plantea el proteccionismo son las distorsiones que el arancel provoca dentro de la estructura de la producción, haciendo que los recursos se transfieran a actividades menos productivas, provocando con ello una reducción de la productividad media y del trabajo. Respecto a esto, Rigoberto Stewart ha mencionado lo siguiente: “las restricciones al comercio hacen que la producción se desplace de lugares donde las condiciones naturales de producción son más favorables a lugares donde lo son menos; de actividades que cuentan con ventajas comparativas a otras que carecen de ellas. La liberalización del comercio tiene el efecto opuesto. En Panamá, por ejemplo, muchos recursos de producción han sido utilizados en actividades donde los productores no tienen ventajas comparativas y, por tanto, el retorno económico, al país ha sido negativo”. En solo cuatro de esas actividades –arroz, ganadería, leche y azúcar -, Stewart (1996) estimó que la asignación de 1.6 millones de hectáreas generaba al país, en 1996, una rentabilidad anual de $19 millones (calculada con precios no distorsionados). Por último, el proteccionismo genera el mal hábito que Buchanan llamara rent seeking behavior, que es aquel comportamiento económico dentro de marcos institucionales en que los esfuerzos de los individuos para maximizar valor generan pérdidas más que beneficio social. Ejemplo de esto el empresario, productor proteccionista, el cual en vez de inventar un nuevo producto o satisfacer en forma mejor las necesidades de consumo de sus compradores, gasta sus esfuerzos en conseguir el favor político que le permita seguir en su negocio sin el más mínimo logro.
Por Manuel Echeverría
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