
El ateo es aquella persona que niega la existencia de dios, no por rebeldía o resentimiento, sino simplemente por la imposibilidad de conocerlo ante la falta de toda evidencia racional de su existencia. El ateo suele ser visto como un nihilista ético por aquellos que han logrado “conocer” a dios: alegan que, al fin y al cabo, si no hay un ser allá arriba que nos mire y nos castigue ¿por qué los seres humanos hemos de encontrar límite a nuestras acciones y deseos? Como Iván Karamazov decía en Los hermanos Karamazov, la célebre novela de Fiódor Dostoyevski: “si Dios no existe, todo es permitido”.
Por supuesto esta concepción es totalmente absurda, la negación de dios no lleva consigo la negación de la ética: no significa un cheque en blanco para obrar como se antoje. El ateo, a diferencia del hombre temerario a dios, es alguien que ha elegido sus valores por el valor mismo y no como una transacción comercial para obtener las llaves del cielo y librarse del infierno; el ateo elige su moral a partir de la razón, la escogencia y la comprobación, no a partir la obediencia y la revelación. Elige no por el miedo sino por la convicción. El ateo sabe bien que la virtud es un estado de constancia en la vida y no algo que se alcanza por el mero arrepentimiento durante los santos oleos.
Evidentemente el ateo es un hombre verdaderamente libre, pues actúa no para lograr la gracia de un ser superior ni su salvación en el paraíso, sino para si mismo. Al ser libre inmediatamente pesa sobre él la responsabilidad, una de las virtudes más detestadas por los hombres. Al ser responsable no tiene chivo expiatorio a quien culpar o deidad a quien acudir: todas las consecuencias de sus actos y omisiones, las buenas y las malas, son suyas única y exclusivamente, por lo que el ateo no busca refugio en frases vacías como: “si dios quiere”, “dios sabe porque hace las cosas” o “dios tiene cosas mejores preparadas para mí”. El ateo disfruta de este mundo plenamente porque sabe que el tiempo perdido jamás podrá ser recuperado, que lo dejado de vivir jamás podrá ser experimentado. El ateo tiene el reto de cultivarse plenamente en este mundo, de alcanzar sus metas en esta tierra ante la inexistencia de una segunda oportunidad más allá de la muerte.
Por todo ello el ateo tiene la difícil tarea de descubrir el arte de vivir, de no enajenarse de su realidad, de alcanzar la felicidad por sus propios medios en el hoy y en el ahora, sin acudir a seres fantásticos que le deparen la salvación. Ante esto ¿quién es el verdaderamente virtuoso?
Manuel Echeverría
Por supuesto esta concepción es totalmente absurda, la negación de dios no lleva consigo la negación de la ética: no significa un cheque en blanco para obrar como se antoje. El ateo, a diferencia del hombre temerario a dios, es alguien que ha elegido sus valores por el valor mismo y no como una transacción comercial para obtener las llaves del cielo y librarse del infierno; el ateo elige su moral a partir de la razón, la escogencia y la comprobación, no a partir la obediencia y la revelación. Elige no por el miedo sino por la convicción. El ateo sabe bien que la virtud es un estado de constancia en la vida y no algo que se alcanza por el mero arrepentimiento durante los santos oleos.
Evidentemente el ateo es un hombre verdaderamente libre, pues actúa no para lograr la gracia de un ser superior ni su salvación en el paraíso, sino para si mismo. Al ser libre inmediatamente pesa sobre él la responsabilidad, una de las virtudes más detestadas por los hombres. Al ser responsable no tiene chivo expiatorio a quien culpar o deidad a quien acudir: todas las consecuencias de sus actos y omisiones, las buenas y las malas, son suyas única y exclusivamente, por lo que el ateo no busca refugio en frases vacías como: “si dios quiere”, “dios sabe porque hace las cosas” o “dios tiene cosas mejores preparadas para mí”. El ateo disfruta de este mundo plenamente porque sabe que el tiempo perdido jamás podrá ser recuperado, que lo dejado de vivir jamás podrá ser experimentado. El ateo tiene el reto de cultivarse plenamente en este mundo, de alcanzar sus metas en esta tierra ante la inexistencia de una segunda oportunidad más allá de la muerte.
Por todo ello el ateo tiene la difícil tarea de descubrir el arte de vivir, de no enajenarse de su realidad, de alcanzar la felicidad por sus propios medios en el hoy y en el ahora, sin acudir a seres fantásticos que le deparen la salvación. Ante esto ¿quién es el verdaderamente virtuoso?
Manuel Echeverría
3 comentarios:
Bueno, yo diría que la virtud está en el ojo del observador, no? Lo que para alguien puede parecer virtuoso para otro sería lo contrario.
Por otro lado, la argumentación parte de generalizaciones tanto hacia el lado del creyente como del ateo. En el primer caso, se trata de una persona reprimida por leyes y reglas que no comprende, obediente únicamente por temor al castigo. En el segundo, un librepensador que asume plenamente la responsabilidad de sus actos, siguiendo una ética íntegra hasta el fin de sus días. Sin embargo, estas dos visiones no son, ni con mucho, las únicas posiblidades. Si una es blanca y otra negra, habría toda clase de matices de gris intermedios (es más me atrevería a decir que incluso, más colores o dimensiones).
En todo caso, obviando el problema de la subjetividad y volviendo a la pregunta final: "¿quién es el verdaderamente virtuoso?", yo respondería: "aquel que actúe virtuosamente", sin entrar a averiguar sus motivaciones. Requerir además, que sea ateo es tan superfluo como pretender que no lo sea. No les parece?
Estamos de acuerdo Terox en que ser virtuoso es precisamente actuar en forma virtuosa, pero esto nos lleva ineludiblemente de nuevo a la pregunta de qué es precisamente la virtud, ¿será aquello qué cada uno crea que es virtuoso, o se podrá construir una definición objetiva de virtud? Antes de entrar a este punto queremos referirnos a lo que usted comenta respecto a las generalizaciones, cuando en el artículo se habla de teístas o ateístas se refiere a personas que precisamente han internalizado dichos conceptos. Efectivamente muchas personas de las que se llaman católicos no actuan así precisamente porque no lo son. En el artículo hacemos referencia al concepto católico como al concepto ateo, no a quienes utilizan estas etiquetas sin asumir precisamente el contenido que llena de significado a las mismas. Así por ejemplo no será católico quien no crea en la santísima trinidad, quien dude de que efectivamente come el cuerpo de Cristo los domingos, quien utilize métodos anticonceptivos prohibidos por la Iglesia ya que recordemos que el Papa es infalibe en temas de fe y moral y así sucesivamente. ¿Por qué este tipo de personas que no asumen las implicaciones de lo que dicen creer siguen llamándose así mismos católicos o ateos está más allá de nuestra comprensión.?
Ahora bien retomando el primer tema, precisamente eso es a lo que se dedica la rama de la filosofía que se conoce como ética. Ética ciencia de la virtud o de los valores. Por supuesto que la palabra ciencia no es gratuita esta implica un método una técnica una racionalidad por ello precisamente el fin del artículo es demostrar porque la persona que actua ciegamente a partir de la fe, el dogma, y la revelación no puede jamás estar actuando éticamente.
Nuestros valores no nos pueden caer del cielo precisamente debemos de descubrirlos la única forma para ello es la razón preguntándonos que es de valor para el hombre (hombre aquí en sentido de su esencia de su concepto como tal). Así como el agua es de valor para la planta ciertas actitudes y creencias también son de valor para el hombre qua hombre esto es precisamente lo que la ética busca encontrar.
ASOJOD, entonces estamos comparando dos posturas específicas que no corresponden a la mayoría de las posturas observadas en la sociedad en estado “natural”. Aún así, me parece que la descripción de la postura teísta corresponde a estrechos conceptos, muy ligados (según entreveo en su respuesta) a la percepción de dogmas y doctrinas, más que a su "interpretación" de los individuos que las practican. (De hecho, me pregunto si no constituye esto una “falacia colectivista”?). Por ejemplo, es el Dios cristiano un padre amoroso o un juez implacable? Qué criterio usar para contestar esta pregunta? Hacemos una encuesta?
En cuanto al asunto de la ética, una primera pregunta es si los actos tienen en sí mismos un valor ético (entendido como un grado de virtud) independientemente de su motivación, o por el contrario, es su motivación lo que les brinda esa cualidad.
Veamos un ejemplo algo extremo.
Digamos que conocemos a una persona por muchos años (10, 20). En ese tiempo hemos visto que es una persona afable, amable con otras personas, respetuoso de las leyes y del pensamiento ajeno, es una persona segura y centrada, etc. Sin embargo, nunca hemos hablado de “religión” con él. ¿Necesitamos preguntarle si es ateo antes de considerarlo virtuoso?
Por otro lado, suponga que conocemos una persona que no se preocupa en absoluto de otras personas, ni siquiera de sí mismo (a mediano y largo plazo), es insolente, prepotente, y gusta de humillar y abusar de otros cuando está en ventaja. Suponga que él diga que es ateo y después de años de reflexión concluyó que no vale la pena preocuparse por ninguna otra cosa que su satisfacción a corto plazo. ¿Esto lo vuelve virtuoso?
Por último, personalmente no creo que el teísta renuncie tácitamente a la lógica y la razón, aún en cuestiones morales. A lo mejor, precisamente por eso, algunos otros más ortodoxos los tachen de “tibios”, pero, a fin de cuentas, quién no está entre un extremo y otro?
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