
Ese trigal de libertades cultivado por la Universidad de Costa Rica se ha visto tronchado en estos tiempos. Desde Rodrigo Facio hasta ahora –así lo recuerdo–, verdad, libertad e imparcialidad convivían juntas, hermanadas por el respeto a las personas y sus creencias. Hoy, una fuerza ideológica en torno al TLC rompe este hermanamiento y la suprema autoridad universitaria parcializa una postura y fomenta un reduccionismo inadmisible, como si toda la institución adversara el Tratado.
Aunque está en su derecho de combatirlo, abusa del derecho cuando coacciona la libertad de manifestarse a quienes lo apoyan. Ya se trate de enmendar el error-abuso proclamando después una apertura y una discusión abierta, el daño está hecho y costará mucho restituir el ambiente de libertad y tolerancia, universal y universalizante, propio de toda universidad. Lo suyo fue un típico reduccionismo filosófico: adoptar la parte por el todo, presentar su visión como una cosmovisión vinculante. No se puede decir: este es el criterio válido porque salió de la Universidad, si ella omitió expresamente al otro grupo y no permitió el debate.
Fuente de vida. No debe permitirse el menor roce de las corrientes políticas o ideológicas imperantes, pasadas o futuras, aunque sus miembros –por cierto transitorios– lleven en su fuero interno sus preferencias. La UCR no puede omitir la imparcialidad, hija del respeto a la libertad. Como país universitario joven, todavía falta mucho crecer y madurar, ¿o algunos, asimilándola a un partido político, se prevalecen de ello? La universidad es fuente subterránea de nuestra vida democrática. Mantener esa fuente limpia y fluida es un deber ciudadano esencial.
Hasta los medios de comunicación de la UCR: prensa, radio, televisión… cerraron filas desde un principio y no hubo diálogo, discusión, enfrentamiento de ideas y opiniones. Es un mal precedente para el contingente estudiantil y administrativo, para sus próximos profesionales y para el país. La casa de estudio y de cultura por excelencia cerró sus puertas al pensamiento opuesto. Está muy bien que haya nombrado para el estudio del TLC a profesionales altamente calificados; no podía ser de otra forma; pero debió haber incorporado o constituido el equipo de profesionales de la otra parte. Juzgó inconveniente el Tratado y quiso imponerle al gran público un fallo inapelable y ha roto una tradición.
Quede esto para la historia, y abriguemos la esperanza de que el gran médico del tiempo haga florecer aquel trigal marchito.
Por Enrique Vargas Soto
Tomado de la Nación
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