sábado, 18 de agosto de 2007

La UCR rompe valiosa tradición


Ese trigal de libertades cultivado por la Universidad de Costa Rica se ha visto tronchado en estos tiempos. Desde Rodrigo Facio hasta ahora –así lo recuerdo–, verdad, libertad e imparcialidad convivían juntas, hermanadas por el respeto a las personas y sus creencias. Hoy, una fuerza ideológica en torno al TLC rompe este hermanamiento y la suprema autoridad universitaria parcializa una postura y fomenta un reduccionismo inadmisible, como si toda la institución adversara el Tratado.

Aunque está en su derecho de combatirlo, abusa del derecho cuando coacciona la libertad de manifestarse a quienes lo apoyan. Ya se trate de enmendar el error-abuso proclamando después una apertura y una discusión abierta, el daño está hecho y costará mucho restituir el ambiente de libertad y tolerancia, universal y universalizante, propio de toda universidad. Lo suyo fue un típico reduccionismo filosófico: adoptar la parte por el todo, presentar su visión como una cosmovisión vinculante. No se puede decir: este es el criterio válido porque salió de la Universidad, si ella omitió expresamente al otro grupo y no permitió el debate.

Fuente de vida. No debe permitirse el menor roce de las corrientes políticas o ideológicas imperantes, pasadas o futuras, aunque sus miembros –por cierto transitorios– lleven en su fuero interno sus preferencias. La UCR no puede omitir la imparcialidad, hija del respeto a la libertad. Como país universitario joven, todavía falta mucho crecer y madurar, ¿o algunos, asimilándola a un partido político, se prevalecen de ello? La universidad es fuente subterránea de nuestra vida democrática. Mantener esa fuente limpia y fluida es un deber ciudadano esencial.

Hasta los medios de comunicación de la UCR: prensa, radio, televisión… cerraron filas desde un principio y no hubo diálogo, discusión, enfrentamiento de ideas y opiniones. Es un mal precedente para el contingente estudiantil y administrativo, para sus próximos profesionales y para el país. La casa de estudio y de cultura por excelencia cerró sus puertas al pensamiento opuesto. Está muy bien que haya nombrado para el estudio del TLC a profesionales altamente calificados; no podía ser de otra forma; pero debió haber incorporado o constituido el equipo de profesionales de la otra parte. Juzgó inconveniente el Tratado y quiso imponerle al gran público un fallo inapelable y ha roto una tradición.

Quede esto para la historia, y abriguemos la esperanza de que el gran médico del tiempo haga florecer aquel trigal marchito.

Por Enrique Vargas Soto
Tomado de la Nación

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