
Hugo Chávez formuló, el viernes pasado, una confesión terrible: retirar el calificativo de terrorista, aplicado a las FARC y al ELN, para declararlas fuerzas insurgentes que “tienen un proyecto político, un proyecto bolivariano, que aquí es respetado”. Luego, condicionó el diálogo con el Gobierno colombiano a la aceptación de este nuevo estatus. La respuesta inmediata del Gobierno de Colombia fue vigorosa y digna.
Ese mismo día, la exlegisladora Consuelo González, liberada el jueves por las FARC, denunció que los militares y policías presos por estas viven encadenados día y noche. Cargan su cadena al cuello para cualquier actividad. Carecen de los más elementales derechos humanos. El terrorismo es su esencia. Su negación o, mejor, su exaltación, de parte de Chávez, mediante un artilugio verbal, revela la estructura psicológica y moral del presidente de Venezuela, anfitrión y aliado del terrorismo islámico, militante en este país. Chávez se desenvuelve en una espiral demoníaca del poder que solo la tragedia podrá contenerlo.
La conversión del estatus terrorista por el de insurgente no es una propuesta alocada de Chávez. Es la reiteración histórica de una táctica: la mentira o la manipulación del lenguaje, como avanzada y nutriente de la corrupción, la ideología o el terrorismo. Una de las formas más socorridas de manipulación es el eufemismo de las palabras, común en el lenguaje políticamente correcto, todo lo contrario de “al pan, pan, y al vino, vino”, y corrosivo en el orden ideológico, como cuando a la tortura se la llama “método de persuasión”; al terrorismo, “brazo armado”, “fuerza emergente” o, como en ciertas agencias de noticias, “acto sangriento espectacular”; “cárcel del pueblo” a un centro de secuestro y tortura; “democracia popular” a un régimen totalitario; “comandante” a un facineroso o “revolución bolivariana” a un proyecto desestabilizador y antidemocrático.
La democracia es el gobierno de la persuasión, de la negociación, de la transparencia, de la publicidad, todo lo cual supone el manantial de la palabra límpida y de la razón (logos). Recordemos, por ello, a Confucio. “¿Qué hacemos, maestro, ante la división del pueblo y las penurias que lo avasallan?”, le pregun- taron. Confucio respondió: “Busquen un diccionario”. Es decir, vuelvan al lenguaje terso, a la palabra henchida de sentido y de veracidad, como expresión de la realidad, pues la corrupción de la palabra, por el ocultamiento de su sentido, por su desnaturalización, por el miedo, por su exceso (la verborrea), o por el babelismo, donde nadie se entiende, es el principio de toda corrupción y de todos los males…
2 comentarios:
Pobre anciano senil y amargado...
!viva el che¡
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