
Porque es mi deber. Como artista, como intelectual y como costarricense. Abstenerme de pronunciarme en torno al TLC sería infinitamente más fácil: no quedar mal con nadie. Pero lo he dicho antes y lo repetiré de nuevo: mi ambición en la vida no es llegar a ser campeón mundial de la popularidad. Más me interesa expresar mis ideas que ser universalmente amado.
La misión de un artista no se limita a improvisar sublimes cánticos en dorada arpa eólica, la frente ceñida por el laurel de Virgilio. Miengagement ha sido siempre activo, mi posición, explícita. Participo del debate porque no creo que ningún costarricense esté eximido de hacerlo. Soy enfático al decir que el TLC no es únicamente –quizás ni siquiera fundamentalmente– un asunto de economistas y expertos en derecho constitucional. Quienes en el mundo saben solo de una cosa terminan por no saber ni siquiera de ella.
Quiero ver manos levantarse en la clase: ¿Hay quien entienda a cabalidad todas las derivaciones políticas, económicas, sociales, éticas, constitucionales, históricas –en suma, humanas– del TLC? Y lo que es más importante: ¿Será alguien capaz de integrarlas y crear luego una síntesis transdisciplinaria generadora de certezas? ¡Curioso: no veo en el horizonte manos ansiosas por responder!
Prudencia contra intolerancia. Y ya que hablo de certezas, me pregunto: ¿puedo honestamente decir que mi fe en el TLC sea absoluta y desprovista por completo de fisuras? No. Creo en el TLC dentro de la ponderación de beneficios y concesiones inherente a todo tratado. Mi posición es mucho más que una mera corazonada, pero bastante menos que una certeza total (una “verdad cartesiana”, la llamarían los filósofos). Pero llegó el momento de tomar la decisión, y Costa Rica ya conoce la mía.
Este es un punto llamativo: he observado que los partidarios del SÍ tienen, en general, una actitud más tamizada, más prudente, más saludablemente equilibrada por la duda. Hablan de balance, no de certezas. Algunos militantes del NO son en cambio intransigentes, furibundos, compactos como colonias de insectos. Actúan gregariamente, tal como un solo animal animado por miles de cabezas. No consideran –o pretenden no hacerlo– la posibilidad (¡tan solo la posibilidad!) de estar equivocados, o siquiera ligeramente sobremodulados. Son certezas ambulantes, paladines de la Verdad, con respecto a la cual todo lo demás son máscaras y embustes. ¡Dichosos! ¡Cuánto envidio su infalibilidad para el diagnóstico social y su don de la certeza! Yo, en cambio, tengo dudillas sobre mi propia posición, ¡qué vergüenza!
Algunos lectores entran en convulsiones cada vez que escribo sobre política: tal cosa “no me luce”, y buscan protegerme contra “el repudio del país”. Otros optan por el poco original método de la descalificación epistemológica: “¡Qué puede saber don Jacques sobre estas cosas! ¡Zapatero, a tus zapatos!” (vayan ustedes, señores y señoras, a vivir dentro de un zapato si así les place; yo lo encuentro constrictivo, insalubre y maloliente).
Lo divertido es esto: si yo estuviese respaldando el discurso del “peligro de entregar la soberanía nacional”, o de “la amenaza a nuestra identidad cultural”, entonces sí aplaudirían frenéticos mi participación en la política. En tal caso la “intromisión” del pianista sería considerada “un modelo de responsabilidad cívica”. Esto significa que el problema no consiste en que “nuestro artista se nos haya ensuciado metiéndose en política”, sino en que no se enrolara en el bando “correcto”. La irritación es en este caso generada por razones estrictamente ideológicas. No es elengagement per se el que genera la urticaria de mis críticos, sino el hecho de que dichoengagement no fuera el mismo que el de ellos. ¡Bonita manera de juzgarme!
Razones, no coces. Decir que todos aquellos que apoyamos el TLC estemos derivando sórdidos beneficios de él no es un razonamiento: es una coz. Cosa estéril, dialogar con jumentos. ¿Es esto mala fe o ignorancia? Platón diría que la segunda es siempre origen de la primera.
¡Y algunos de los “argumentos” esgrimidos! Ignotos depósitos de gas natural custodiados en nuestros mares por una invisible flotilla de botes guardianes, caídas de sistemas planeadas mefistofélicamente para alterar datos clasificados… Ambas historietas han sido ya usadas en sendas películas de James Bond: “El Doctor No” y “El mañana nunca muere”, para ser precisos. Amigos: la paranoia comienza ahí donde capitula el razonamiento. Es a través del terror como mejor se manipula a los pueblos; eso lo sabemos todos, pero a ustedes se les ha ido la mano en truculencia y hollywoodismo.
Es mi profundo sentir que las universidades públicas no han estado a la altura de la circunstancia histórica que vive el país. No por su posición ideológica que, como la de toda persona o institución, es perfectamente respetable. Tampoco por el uso unilateral de sus recursos para propagar sus puntos de vista, cosa autorizada por el inviolable principio de autonomía universitaria. Menos aún por el ejercicio de la libertad de cátedra, que siempre he defendido. Nada de eso, no. El problema ha sido más bien de tipo formativo y pedagógico.
¿Una universidad? ¿De qué sirve hablar de autonomía institucional cuando se conspira contra la autonomía del pensamiento? Recuerden, señores, que la libertad de cátedra conlleva la responsabilidad inherente a todas las libertades. Y esa responsabilidad es la siguiente: enseñar no es adoctrinar, transferir al educando la suma de fobias, terrores, resentimientos y antipatías del educador. ¿Segregar o burlarse de un estudiante que se atreve a discrepar del profesor o de sus compañeros? ¿Es eso una universidad? ¿Responde esta forma de aplastar la disensión al concepto subyacente a la palabra universidad: universal?
No tengo ni la más remota intención de callar. El silencio no es precisamente mi vocación natural. ¿Para qué escribir si no es para decir lo que se piensa? Hacer las veces de la termita que avanza a contrapelo del resto de la colonia no es cosa que me preocupe. Lo he hecho toda mi vida y a estas alturas estoy bien entrenado para ello. Las ocasionales caritas que me han sido “infligidas” durante mis visitas a la Universidad de Costa Rica, los e-mails que, entre espeluznantes faltas de ortografía, pretenden insultarme… nada de eso es democracia. Porque el espíritu de la democracia no es solo la tolerancia, sino la capacidad de considerar el punto de vista del otro, de permitir que este inspire una saludable revisión del nuestro; en suma, de considerar la posibilidad de que uno esté equivocado e integrar a nuestras convicciones los puntos de vista de los demás.
El TLC no representa la entrada triunfal al nirvana económico. La verdad es que con él tendremos que trabajar más y mejor, porque nos vamos a ver obligados a poner en práctica dos conceptos que nos sumen en el terror: la eficacia y la competencia. En el fondo larval donde se arrastran miserablemente los temores subconscientes estas son dos de las moti- vaciones del NO hermético, bravucón y desafiante que hoy confunde al país con filmes de ciencia ficción y apocalípticas visiones.
Si por expresar mi opinión voy a malquistarme con personas que otrora me respetaran, pues ¡qué le vamos a hacer! ¿Quiénes estarían en tal caso pecando de intolerancia? Tengo buenas enzimas espirituales para digerir la censura de que en ciertos círculos seré objeto. Las muecas callejeras están asumidas, aceptadas, más aún: debidamente catalogadas. A la patética necesidad de aceptación universal preferiré siempre la libertad.
Por Jacques Sagot
Tomado de la Nación
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