Como miembro de la comunidad de la Universidad de Costa Rica (UCR), en mi carácter de docente, lamento profundamente que nuestra alma máter haya perdido una excelente oportunidad de desempeñar el papel que nuestra patria le hubiera agradecido asumir, en todo lo relativo al Tratado de Libre Comercio (TLC) y su consecuencia obligada, el referendo.
El TLC es desconocido hasta la fecha, en muchos de sus alcances, para la gran mayoría de los que votaremos el 7 de octubre próximo, a favor o en contra. Por su extrema complejidad y por lo especializado de los diferentes temas que abarca, requería una cuidadosa disección en todas sus partes, por medio de un análisis imparcial de una serie de expertos, para poder llegar a ser comprendido en detalle por cualquier lego en la materia, sin necesidad de haber recibido una información distorsionada y satanizada, principalmente sobre las cosas más sensibles ahí contenidas, como lastimosamente considero que ha ocurrido.
¿Por qué nos falló? ¿Quién si no la Universidad de Costa Rica reúne en su seno las mentes más preclaras y calificadas para haber podido realizar esta hermosa tarea? En esta universidad me enseñaron y así lo he hecho durante mi carrera, por principio, a mostrar en todos sus detalles lo bueno y lo malo, lo conveniente y lo inconveniente, la parte saludable y la parte enferma y, como producto del análisis, poder determinar qué es lo que más conviene, para así poder ofrecerlo a quien lo necesite.
¿Por qué nos falló la Universidad a este respecto? ¿Acaso no era esta una parte de la acción social, uno de los tres componentes mayores a los que está obligada esta institución pública para con el país, además de la docencia y la investigación? Imposible pedirle neutralidad a una institución cuyo quehacer diario debería ser el pensamiento que genere opinión, pero en este asunto del TLC sí le reclamo el no haber investigado y analizado a fondo todos y cada uno de los componentes del documento para haber podido enseñarle al pueblo, de una manera objetiva, transparente e imparcial, las ventajas y las desventajas del Tratado para que el elector pudiera formarse una opinión madura en el momento de emitir su voto. ¿No es la UCR una institución que se financia con fondos públicos?
Pero no; con gran decepción vimos cómo, desde el principio, altas autoridades, docentes y estudiantes, las diferentes dependencias universitarias y sus medios de comunicación tomaron partido, haciendo a un lado el esperado análisis reposado e imparcial que tanta falta le hizo al país. Se ha comportado como un ente político, sin serlo. Ni la libertad de expresión, ni la libertad de cátedra, ni la autonomía universitaria que se han blandido como justificantes a esa postura, me dejan convencido de que la actitud que asumió la Universidad era precisamente lo que más convenía a Costa Rica.
Cayó en la trampa Ciertos grupos de presión, acostumbrados a tratar de desestabilizar y especialistas en no reconocer a nuestras instituciones democráticas, a su conveniencia, hicieron desde el principio del proceso lo que es ya un hábito en ellos: parcializarse y radicalizarse hacia el bando que más les conviene, en forma no razonada. De ellos no es de extrañar, ya todos lo sabemos. Empero, la UCR, me parece, cayó en la trampa y, quizás sin advertirlo –¿gente de tan alto nivel intelectual?–, se fue a cerrar filas con esos grupos, sin reparar en el riesgo que estaba corriendo, de llegar a ser partícipes de los extremismos de aquellos agitadores, con todas sus eventuales y peligrosas consecuencias. Que me perdonen los compañeros universitarios que se han mantenido al margen y no forman parte de estas consideraciones.
El prestigio, la credibilidad y el respeto de los seres humanos en particular y de las instituciones en general, se forjan al rojo vivo con actos ejemplares que redunden en beneficio de la sociedad. Por eso digo que la Universidad de Costa Rica dejó escapar esta valiosa oportunidad.
Rodrigo Cedeño Gómez, tomado del periódico La Nación
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