Convenimos, don Rodrigo Carazo: usted y yo nos debemos respeto mutuo, en primer lugar porque, como usted bien lo dice, ambos somos seres humanos y de no hacerlo estaríamos incurriendo en el crimen de lesa humanidad. Lo que es más, mi delito sería peor, por cuanto yo estaría además pecando de lesa majestad; o sea, de afrenta al rey.
Como músico y escritor –es decir, como educador, porque hoy una cosa presupone la otra–, he tratado siempre de detectar y erradicar en mi país toda forma de adoctrinamiento. El prejuicio es la negación del pensamiento crítico: pre-juicio; esto es, lo que precede al juicio. Y lo que precede al juicio es el miedo, la rabia, el egoísmo… y de nuevo el miedo.
El debate en torno al TLC se ha convertido en una guerra religiosa, y cuando las cosas llegan a este punto, la razón comienza a evaporarse. Es la quinta vez que lo digo: a pesar de reiterados y honestos esfuerzos, sigo careciendo del instrumental de navegación necesario para surcar estos mares, pero ello no significa que no sea capaz de oler la mala voluntad y la argumentación tendenciosa. He aquí la forma en que, en mi personal sentir, estas se han manifestado.
La falacia a d hóminem: “refutar” los puntos de vista del adversario, descalificándolo por medio de la derogación o la burla.
Quien apoya al TLC es (léase en el orden que se quiera y añádanse apelativos ad líbitum): un cavernícola, un reaccionario, un vendepatrias, un fascistoide, un ignorante, un esbirro del Presidente, un apologista del poder, una pluma vendida, un dinosaurio). Un magnífico recurso icónico es también pegar las fotos de estos jurásicos especímenes en pizarras y pintarles cachos y tridentes… ¡qué valentía!
El síndrome de Espartaco. La falacia del gran emancipador, o “síndrome de Espartaco”: “Yo voy al frente y doy la cara porque ustedes vienen detrás”. ¿Ah sí? ¿Y quién es “ustedes”? Porque podrían ser menos de los que el intrépido paladín cree. Francamente, ¿en qué difiere este épico gesto del “¡síganme los buenos!”, del Chapulín Colorado?
La falacia a d populum, o apelación a la multitud: sostener que un argumento es verdadero porque “el pueblo” –siempre asumido como “mayoría”– lo endosa. ¿Cómo podría equivocarse tanta gente? –es el sustento de tal asunción–. A lo que yo respondería, como Sócrates: “Para demostrar que no tengo razón convocas a todos los atenienses, pero yo, aunque no soy más que uno, insisto en rebatir tus ‘argumentos’. En lugar de convencerme, te limitas a presentar contra mí cientos de testigos falsos”.
La falacia patética : punge las fibras delpathos (emoción) más que dellogos (razón), y se nutre de los lugares comunes de la mitología patriótica. “Hay que correr al rescate del labriego sencillo”; “el límpido azul de nuestro cielo será mancillado por la garra de la arpía imperial”; “la antorcha imperecedera de Juan Santamaría no debe extinguirse”. ¿Significa esto que simpatice con las políticas expansionistas de Bush? No. De hecho, creo que es el gobernante más tontico desde Jorge IV “el idiota”.
La falacia del argumento ad terrorem : “Si la mayoría diputadil apoya al TLC, las marejadas de sangre van a llegar hasta la Casa Presidencial, como sucediera cuando los infames 27 legisladores de 1948 burlaron la voluntad popular”. Apocalíptica y falaz.
Por supuesto que de los errores históricos hay que aprender, pero procuremos que la lección sea la correcta. Si un niño tropieza y se golpea, la prevención debe ser “camine con cuidado”, no “métase en la cama y no vuelva a caminar”. ¿Qué tiene que ver 1948 con el TLC? La coyuntura histórica es radicalmente diferente. Si vamos a ponernos en ese plan, remontémonos a las guerras púnicas entre cartagineses y romanos.
Pensar o aporrear ollas. La falacia de la generalización: “Mi novia me dejó por otro. De ello se sigue que todas las mujeres son criaturas ofídicas y traicioneras”. Que el TLC no haya funcionado aún en México, en toda su plenitud social, no significa que sea intrínseca, inexorablemente malo.
Uno de los rasgos que sustentan la identidad cultural de un país es su especificidad económica y jurídica. Cada nación digiere sus procesos políticos de manera diferente.
Claro está, más fácil que pensar es ir a aporrear ollas y toda suerte de trastos por las aulas universitarias. El problema es que para eso están las batucadas, que por cierto tienen mejor sentido del ritmo y bastante mejores caderas que ustedes.
¡“Concientizar” a la gente! ¡Qué pobre asimilación de la filosofía de Paulo Freire! Los costarricenses no somos prisioneros de la caverna platónica a quienes hay que sacar del mundo de las sombras y revelarles “la Verdad”. Bien les haría a los “iluminadores” considerar de vez en cuando la posibilidad de que ellos mismos necesiten ser “iluminados”.
Don Rodrigo, amigos en la divergencia: errar es un rasgo definitorio de la naturaleza humana; lo hago yo a cada rato y acaso lo hayan hecho ustedes alguna vez. Si en algún momento descubro estar equivocado en los puntos que defiendo, juro pedirles perdón, a ustedes como a mi país. Lo que nunca haré es “interpretar” las cosas como me plazca y asumir la misión de “despertar” a un pueblo que no está ni comatoso ni descerebrado.
Jacques Sagot, tomado de la Nación
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