Jueves 12 de abril de 2007, fecha en que una bomba se deja caer; día en que el Tribunal Supremo de Elecciones falló a favor del referéndum vinculante respecto al Tratado de Libre Comercio con Centroamérica, República Dominicana y los Estados Unidos (CAFTA). El triunfo máximo de los defensores del paradigma participativo de la democracia, quienes celebran con júbilo el funeral de la institucionalidad. Así como Nietzsche dijo que “Dios no existe. Lo mataron los hombres”, hoy es posible afirmar lo mismo de los canales institucionales de la democracia costarricense.
La autopsia revela que las causas de muerte fueron varias: hace no más de un año se realizaron las elecciones presidenciales y legislativas en Costa Rica y el tema central de campaña fue, sin lugar a dudas, el CAFTA. Fue sumamente claro cuáles partidos estaban a favor o en contra de dicho acuerdo comercial. Por eso ahora nadie puede venir a afirmar que lo engañaron, o en su defecto, lo sorprendieron. Nadie puede venir a alegar desconocimiento de las propuestas de campaña en torno a ese tema.
Lo que pasa es que algunos, no contentos con el resultado de las elecciones, y no precisamente hablando de las presidenciales, sino más bien con la conformación de la Asamblea Legislativa, con mayoría a favor del CAFTA, decidieron iniciar el proceso de segunda ronda electoral atrasada. Se trata de un momento político donde el mismo pueblo no respeta su propia decisión. La mayoría eligió a un Presidente y a 38 diputados que claramente apoyan el acuerdo comercial. Pero ahora resulta que los intérpretes por antonomasia de la voluntad popular afirman que la mayoría se equivocó. Y como nuestro país no se caracteriza por tener votantes muy críticos ni racionales, no sólo se pone en tela de duda su propia decisión, sino que se aplaude con frenesí la de de ir a referéndum.
¿Quiénes son esas personas interesadas en la segunda ronda? Son los defensores del nuevo paradigma de democracia participativa. ¿Por qué nuevo? Porque normalmente, por democracia participativa se entiende el conjunto de procedimientos establecidos por el régimen político que garantizan el derecho de elegir y ser electo, así como la posibilidad de generar espacios para que el ciudadano debata, analice y proponga proyectos de ley, es decir, participe en el proceso de toma de decisión. Pero los amantes del nuevo paradigma abogan por la entelequia populista de los movimientos sociales (a los cuales les han atribuido una teoría, como si marchar por la calle fuera una ciencia), afirmando que la participación va más allá de los canales institucionales de la democracia representativa, lo cual implica salir con pancartas a hacer alboroto para influir en el proceso de toma de decisiones. ¿Y qué pasa si no se les escucha? ¿Terminarán rodando cabezas? Quizá si, quizá no. Lo único claro es que esos movimientos sociales del nuevo paradigma de democracia participativa son quienes cargan el féretro de la institucionalidad. ¿Y cómo la mataron? Muy fácil, buscando que las decisiones se tomen a partir de una técnica primitiva, ejecutada por aquellos derrotados o por quienes se abstuvieron de votar en las pasadas elecciones: el atajo político que implica no tener que pasar por el filtro electoral, sino reunir a una gran cantidad de personas y moldearlas cual alfareros para conformar una gran masa útil para amedrentar a quienes ganaron en el recorrido electoral.
Lo anterior solo lleva a la incertidumbre. Incertidumbre en términos de legitimidad, pues la voz de las urnas no es escuchada y por eso se convoca a “elecciones anticipadas” para la configuración de un nuevo poder político. Así las cosas, si esto está sucediendo, ¿qué impedirá que se utilice el referéndum como mecanismo para hacer que se vote sobre cualquier tema o para crear o derribar agendas de gobierno? La capacidad decisoria del Gobierno se vería menguada cada vez que alguien quiera conseguir las firmas necesarias para convocar a referéndum. Y consecuentemente, la gobernabilidad se vería afectada, uniéndose a la lista de víctimas fatales de la entelequia participativa. A lo anterior se le suma el agravante de la incertidumbre en el campo financiero-empresarial. ¿Quién invertiría dinero en un país que podría cambiar las reglas del juego en cualquier momento, vía referéndum?
Esto deja claro que la aplicación de este mecanismo no refleja más que el desorden y la improvisación que tanto gusta en nuestro país. Señores y señoras, no nos engañemos; no nos traguemos la mala interpretación que han hecho acerca del referéndum. Este no es la quintaesencia de la democracia, sino tan sólo un apaga fuegos para salir del paso ante nuestra incompetencia, demostrada durante las dos últimas administraciones, para la toma de decisiones. Hasta donde teníamos entendido, la democracia es un mecanismo para tomar decisiones, no para calmar las pataletas y resentimientos políticos.
Si no podemos tomar decisiones como se debe, entonces, sencillamente, no podemos atrevernos a considerar a Costa Rica como una democracia madura y avanzada. Tanto que nos vanagloriamos como país de estar lejos de la inestabilidad política característica de Centroamérica, Bolivia, Ecuador, Perú, etc. y en realidad estamos haciendo lo que la historia latinoamericana siempre ha tenido como una constante: la variación antojadiza de las reglas del juego y por tanto del Estado de Derecho, que no es otra cosa que una organización político-jurídica que consagra el imperio de la ley y establece normas lo suficientemente claras como para prever ciertos comportamientos. Sin embargo, un apaga fuegos como este no son más que un atentado contra el Estado de Derecho mismo, por eso ¿qué nos separaría del país de la mitad del mundo, que recién acaba de darle el sí a la convocatoria a una Asamblea Constituyente? Bueno, juzgue usted.
No nos malinterprete, no aborrecemos la figura del referéndum per se. Este mecanismo es muy útil para tratar situaciones extemporáneas, como por ejemplo que el CAFTA hubiese sido aprobado durante la Administración Pacheco de la Espriella, pues nadie votó en el 2002 en función de dicho acuerdo comercial, que en ese entonces estaba apenas en pañales. El referéndum sirve como un mecanismo para manifestar la voluntad popular sobre un respectivo tema, pero no como segunda instancia electoral.
No tiene nada de malos aceptar que este referéndum es un apaga fuegos ante la ruptura de la institucionalidad que estamos presenciando. Es propio de las sociedades políticamente inmaduras este tipo de acciones. Pero por favor, no nos engañemos creyendo que somos el paradigma de la democracia y la participación política. Estamos muy lejos de ser una democracia madura y avanzada, por más que le duela a los tejedores de sueños.
La democracia no significa sólo elegir o ser electo. Va más allá, por supuesto, implica participación política pero esta debe ser responsable y no limitarse a una burda manifestación callejera. Se trata de participación responsable y respetuosa de los canales institucionales, es decir, en arreglo con los procedimientos formales y legales debidamente estatuidos. Y aunque a veces nos comportemos como democracia, aún nos falta mucho para serlo plenamente. La única forma de crecer y madurar es viéndonos tal cuales somos, acabando con el imaginario de que contamos, como parte de nuestra genética, con el más alto desarrollo y entendimiento de la democracia. En tema de democracia, como en muchos otros, es necesario envidiar los goces de Europa.
Por Alejandro Barrantes y Manuel Echeverría
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