
L a Nación nos ofreció ayer noticiosamente los dos caminos del TLC: el “no”, representado por Rolando Araya, por Merino, diputado, Arguedas, sindicalista, Eugenio Trejos, rector del ITCR, Albino, sindicalista, y otros. El “sí”, encarnado en los formidables artículos de Rodrigo Gámez, presidente director del INBio, y de Francisco de Paula Gutiérrez, presidente ejecutivo del Banco Central, eco de su comentario pro TLC del domingo anterior.
Toda la argumentación del “no” se reduce, como quedó documentado en su lanzamiento del sábado y en toda su campaña anterior, a equiparar el TLC a la guerra de 1856 y, por lo tanto, a una invasión de los EE. UU. “La hora de Juanito Mora”, dijo Eugenio Trejos. De lo sublime a lo ridículo solo hay un paso, confesión paladina de la falta total de argumentos contra el TLC. En consecuencia, los antipatriotas somos los partidarios del “sí”, en cuenta los parientes de Rolando Araya o todo su equipo en la elecciones del 2002. EE. UU. fue el generoso financiador (¡qué rica invasión!) del gobierno de su tío Luis A. Monge, del que Araya fue ministro, tras la debacle económica de la administración Carazo. Ahora, los patriotas, visa gringa en mano, se juntan.
Dijo anteayer Araya: “¿Hasta dónde llegar con el combate (sic)? Hasta lo más hondo (sic). Hay que presionar a la Sala IV. A mí no se me olvida que la Sala votó contra (sic) la Constitución y permitió la reelección”. Conclusiones: una ofensa contra la Sala IV, de la que se puede disentir, pero no “presionar” con estas arengas y este tipo de descalificaciones que, en el seno del “no”, han sido frecuentes. Como precandidato presidencial del “no” y líder de este movimiento, Araya debe sopesar sus palabras, como cuando afirmó que entre el TSE y el Gobierno había compadre hablado.
La cuestión es honda y grave. Lo que está en juego, en este referendo, no es solo el TLC, un acuerdo comercial, como otro de los muchos ratificados por Costa Rica, en cuenta el de Panamá, hace unos días, o el que firmaremos con China, sino la institucionalidad democrática. ¿Un Gobierno legítimo, como el elegido en el 2006, o la democracia callejera, a partir del 2007? ¿La patria, como simple bandera manipulada, o la patria de seres humanos de carne y hueso, urgidos de reformas y ansiosos de reconquistar el tiempo perdido? Este es el dilema trazado por los dirigentes más extremistas del “no”, un irrespeto contra sus propios copartidarios de buena fe.
En Costa Rica no hay polarización alguna, como algunos quieren. No abusemos de las palabras. Lo que enfrentamos es una gran decisión en libertad y por la patria, la verdadera, la que se construye y no se manosea.
Por Julio Rodríguez
Tomado de la Nación
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