
El tema de los gobiernos “neopopulistas” latinoamericanos, tocado en esta columna la semana pasada, causa reacciones pasionales, a juzgar por los comentarios que he recibido durante estos días. Como el espacio es limitado, no se puede analizar este tema con la profundidad debida, sino apenas esbozar algunos aspectos básicos.
Un concepto erróneo de muchos es pensar que la culpa de todos los males que existen hoy en día en Latinoamérica se deben a las políticas llamadas “neoliberales”, y que, si han surgido líderes “neopopulistas”, es por los procesos liberalizadores de los ochenta y noventa. La verdad, ningún país de la región se puede considerar 100% liberal.
En algún grado, mayor o menor, las políticas de corte intervencionista persisten en casi todos los gobiernos de la región. En Costa Rica, por ejemplo, existen instituciones públicas dedicadas a actividades tan diversas, que van desde programas para la ayuda a los pobres hasta la fabricación de licores. En el medio, existen casi 400 instituciones, de las cuales muchas fueron creadas para beneficiar a grupos de interés muy específicos, y otras, si bien no fueron creadas con ese fin, hoy en día se las ha apropiado algún grupo. Así, la persistencia de instituciones populistas en los países de la región ha acabado en un deterioro de la distribución de los ingresos (a favor de los favorecidos) y una agudización de la pobreza, con el lógico descontento de la población.
Otro concepto erróneo es pensar que, si los países desarrollados adoptan políticas intervencionistas, eso justifica que los países sub-desarrollados hagan lo mismo. Cuando se es un país rico, con un nivel de ingreso suficientemente alto para cubrir las necesidades básicas y más, el efecto negativo sobre la distribución y el ingreso de este tipo de medidas es mucho menor. Vemos cómo Europa y EE. UU. protegen fuertemente a los agricultores con cargo a los consumidores.
Estos pagan precios más altos por los productos agrícolas sin quejarse demasiado, ya que los alimentos representan una proporción muy baja de su consumo total. Pero adoptar medidas proteccionistas en países en desarrollo, donde las necesidades básicas alimentarias aún no han sido cubiertas satisfactoriamente es ilógico y contraproducente. Es obligar a las familias más pobres a pagar precios más altos por sus alimentos, que representan la mayor proporción de sus escasos ingresos.
Estos ejemplos ponen en evidencia cómo muchas de las medidas de corte intervencionista adoptadas en Latinoamérica están hechas para favorecer a grupos específicos de la sociedad, en contra del beneficio de la mayoría. Son medidas populistas porque ayudan a unos pocos en contra de muchos, que empeoran la distribución del ingreso y perpetúan la pobreza.
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